Granada. Capítulo 1
Los caballos se encabritaron ligeramente cuando los forzaron a detenerse a la entrada de la alquería de Gójar, donde don Alfonso de Aguilar los aguardaba con dos de sus mozos de cuadra.
Habían partido de madrugada tras hacer noche en Cártama para evitar el calor, pero a mediodía el sol pegaba ya con fuerza y los animales llegaban jadeantes e inquietos.
Rodrigo desmontó, notando las ropas húmedas pegándosele al cuerpo, y se acercó a estrechar la mano de su anfitrión.
—La última vez que os vi erais apenas un mozuelo —comentó don Alfonso, recibiéndolo con un abrazo que el joven no se había esperado.
—No hace tanto de aquello.
—Siempre fuisteis un niño muy callado —continuó el hidalgo mientras los mozos se ocupaban de sus monturas y ellos se encaminaban a la casa por el camino de tierra—, aunque siempre intuí inteligencia en aquel silencio. Vuestro padre debe estar muy orgulloso.
—El duque ruega que le disculpéis. Le hubiera gustado venir en persona, pero ha tenido un acceso de gota.
—Espero que se recupere, pero me alegra tener la oportunidad de teneros con nosotros —dijo, rodeándolo de los hombros—. Os habéis hecho un hombre, no cabe duda…
Aquella familiaridad lo incomodó, no estaba allí para hablar de los viejos tiempos, había sido hábil de su parte recordarle que aún era demasiado joven para ocuparse de los asuntos de su padre.
Pero no se apresuraría. A su corta edad Rodrigo dominaba ya la virtud de la paciencia; su ligera cojera a causa de una pierna algo más corta que la otra siempre le había hecho llegar más tarde que el resto.
Pensó que, en todo caso, era mejor asearse y descansar del largo trayecto antes de enemistarse con su anfitrión.
Poco podía imaginar entonces cuánto removería su vida aquel viaje.
Su percepción del mundo, incluso su visión de sí mismo, estaban a punto de ser arrasadas por una fuerza inesperada tras la que ya no habría marcha atrás.
En aquel momento, sin embargo, en el que descabalgó con los hombres de armas de su padre, lo único que ocupaba su mente era estar a la altura de la misión que se le había encomendado.
Don Alfonso lo acompañó hasta la casa señorial, donde habían preparado dos habitaciones para el marqués de Marchena.
La villa granadina era fresca y contaba con habitaciones amplias de paredes de piedra y ventanucos estrechos que evitaban la subida de temperaturas.
Encontró en sus aposentos una jofaina de agua para asearse y una bandeja con vino, queso, pan y pasas.
Una vez a solas, se desabrochó el jubón y se acercó a observar el paisaje.
Desde su ventana en la segunda planta se podía ver la alquería al completo, el ganado cercado por muros de piedra a un lado de la casa, las cuadras, el aljibe, algunos animales sueltos, el sonido de carretas y caballos, el balido de las cabras y el cacareo de gallinas, a las que perseguía un perro juguetón.
Tras ellos los viñedos se extendían por la ladera con las uvas marchitándose al sol; un poco más allá, el verde de los olivos, con algunas casas desperdigadas…
Y luego, nada. Las montañas grises de fondo, como la sombra de gigantes antiguos, cansados ya de las luchas de los hombres, de las guerras que habían teñido de sangre Granada una y otra vez.
Dejó su coleto y el jubón de seda sobre la silla y se desató la camisa.
El agua fresca le sentó bien sobre la cara, y no tardó en teñirse de marrón al liberarlo de la tierra seca del camino.
Acababa de dar un largo trago a la jarra de vino tinto cuando llamaron a su puerta.
Dio un segundo trago antes de abrir y una gota del líquido carmesí se deslizó por la comisura de sus labios en dirección a su cuello.
Abrió con demasiado ímpetu y se topó casi de golpe con unos ojos negros inquisitivos.
Un hombre joven de pelo negro rizado, largo hasta el cuello, mandíbula cuadrada y hombros anchos lo miró con descaro.
—Vaya…, por como hablaba mi tío de vos os había imaginado casi un niño. Diago —se presentó, con una sonrisa que desprendía exceso de confianza.
Por algún motivo, aquel comentario, o tal vez la forma en la que el joven lo examinó con la mirada de pies a cabeza, consiguió ruborizar a Rodrigo como a una dama en apuros, y se descubrió a sí mismo estrechando su mano con más fuerza de la necesaria, como queriendo demostrar su hombría.
Don Alfonso había mencionado que su sobrino le enseñaría las tierras, pero imaginó que le daría algo más de tiempo para asearse.
—Aún no he podido… —comenzó a disculparse y el joven volvió a sorprenderlo entrando en su alcoba sin ser invitado.
—Continuad. Puedo esperar. —Tomó un puñado de pasas de la bandeja y se dejó caer en el butacón de cuero con gracia estudiada.
Llevaba el jubón desabrochado dejando al descubierto la curva de su cuello y algunos mechones de su melena recia jugaban descuidados entre sus hombros—.
Así que vos sois el marqués de Marchena y futuro duque de Niebla—.
No era una pregunta, tan solo lo anunció y se lo quedó observando, lanzándose las pasas una a una a la boca.
Y la idea de desvestirse ante su mirada le resultó aterradora de una forma desconcertante—.
Debe ser agradable saber que heredaréis tanto poder… y el favor del rey…
—Es una gran responsabilidad.
—Seguramente. Aun así… —Y otra vez esa sonrisa burlona.
—Sé bien que don Alfonso no tiene hijos…, vos sois su sobrino… ¿Acaso no vais a heredar la alquería y el señorío de Gójar? —se defendió.
Diago dejó escapar una risilla entre dientes.
—No soy esa clase de sobrino… —murmuró en un tono tan bajo que Rodrigo se convencería más tarde de que había oído mal—. En todo caso, ¿no habéis venido para joder a mi tío?
—¡No es eso! —La osadía de ese joven era ofensiva—. Es un asunto del rey… y de honor…
Al oírlo, Diago soltó una carcajada sonora.
—Está bien, don Rodrigo, no os alteréis. En realidad, me traen sin cuidado vuestros asuntos reales. —Y dicho esto se levantó, tomó otro puñado de pasas y se dirigió hacia la puerta—. Tomaos vuestro tiempo. Os espero en las caballerizas.
Poco después se volvieron a encontrar, esta vez lo acompañaban don Pedro, contable de don Alfonso, y un mozo de cuadra con aspecto morisco. Recorrieron a caballo las tierras de la alquería de Gójar, donde la cosecha se pudría bajo el sol a causa de la falta de mano de obra.
—Tras la rebelión de las Alpujarras, pudimos mantener a algunos moriscos trabajando como esclavos —explicaba don Pedro—, pero desde el edicto del rey y la deportación de los moriscos, no hay mano de obra en Granada.
Se ha convertido en una ciudad militar y los soldados no están dispuestos a labrar la tierra.
La mitad de aquellas tierras pertenecían al padre de Rodrigo, el duque de Niebla. Se las había concedido el rey por su contribución para reducir la rebelión de los moriscos en las Alpujarras.
—Hay más de ciento noventa marjales, más las tierras de secano —puntualizó don Pedro—. Además de los viñedos, tenemos olivos, trigo y cebada. Ganadería hay poca, aunque don Alfonso tiene una yeguada de raza española que espera usar para la cría.
El duque tenía un acuerdo con don Alfonso para que gestionara los ingresos de sus tierras a cambio de poder explotarlas. Pero el dinero de las rentas no estaba llegando y el duque se estaba impacientando con las excusas del hidalgo.
Visitaron los talleres de seda, donde la carencia de mano de obra cualificada era aún más evidente.
Apenas quedaban dos esclavas moriscas trabajando bajo la supervisión de un artesano.
La producción de seda había sido el principal sustento de la alquería en el tiempo en que perteneció a los moriscos.
Era un trabajo delicado que los moros habían desarrollado con mano experta, llevaría años entrenar a nuevos trabajadores para su extracción.
La situación en Granada era desesperada; y los hidalgos y señoríos a quienes el rey había entregado las tierras arrebatadas a los moriscos traidores estaban desbordados y se endeudaban de forma irreversible.
—Hay grandes posibilidades de comercio —siguió explicando el escribano—. Los genoveses están muy interesados en la compraventa de seda y azúcar nazarí.
—A mi padre no le interesa el comercio.
—Pues hay quien dice que es el futuro.
Diago se mantuvo en silencio durante toda la visita, siguiéndolos con apatía, aunque cada vez que sus miradas se cruzaban, Rodrigo se sentía azorado por un calor inesperado.
Al caer la noche, un criado fue a buscarlo con un candelabro para guiarlo al comedor donde aguardaban don Alfonso y su sobrino para cenar.
Era un comedor modesto, con una mesa central para tan solo ocho invitados, que permanecía escasamente alumbrado por velas, lo que resaltaba aún más la situación de carencia.
Rodrigo se sentó a un lado de don Alfonso, a la cabecera, enfrentado a Diago, que se distraía desmigajando un trozo de pan.
—Confío en que mi sobrino se haya comportado como un caballero…
—Me ofendéis, tío. De qué otra forma iba a comportarme con un invitado tan encantador.
—Diago… —le riñó su tío, como si le lanzara una advertencia—. Espero que no os haya avergonzado.
—La verdad es que ha sido muy atento —contestó el aludido.
—Me alegra oír eso, mi sobrino tiene cierta tendencia a la provocación que puede resultar irritante.
—¡Me herís, tío!
Había una familiaridad teatral en su forma de comportarse que le hizo recordar el comentario —«No soy esa clase de sobrino»—, y volvió a preguntarse a qué se refería.
En ese momento se presentó doña Inés, la mujer de don Alfonso, seria y distinguida, con un vestido negro largo, de cuello alto, por el que asomaba una puntilla blanca.
Era bastante más joven que el hidalgo, y su delgadez extrema y la palidez de su rostro le otorgaban un aire enfermizo, aunque elegante.
Su entrada provocó una ruptura en el ambiente.
Entró en silencio y saludó con una reverencia casi imperceptible a su marido y al invitado antes de sentarse en la punta opuesta al señor de la casa, ignorando por completo a Diago.
Sirvieron pescado —por ser viernes—, legumbres, pan y leche con harina de arroz, todo ello acompañado del vino que tan famosa había hecho a esa casa y que corría el riesgo de desaparecer.
Diago y doña Inés comieron en silencio, sin mirarse una sola vez.
Mientras, don Alfonso y Rodrigo volvían a comentar la situación dramática de las tierras en Granada.
—Los campesinos no pueden pagar las rentas. Apenas consiguen salir adelante.
—Pero, don Alfonso, han pasado casi veinte años de la rebelión de los moriscos. Y el rey os ha compensado con más tierras.
—Más tierras que labrar, pero nadie para que las trabaje.
—El hidalgo bajó la mirada a su plato, en el que apenas se había servido una pequeña porción de pescado.
El pelo blanco le escaseaba en la frente, pero sus manos y su mirada seguían evocando la firmeza del soldado que había sido—.
La mayoría de los moriscos no estaban a favor de la revuelta.
Eran buenas gentes que lo único que esperaban era poder trabajar y criar a sus hijos en paz…
—Y orar a su dios como perros herejes —interrumpió Diago, y don Alfonso le censuró con la mirada antes de continuar con tono afable.
—Incluso tras el levantamiento estuvieron dispuestos a seguir trabajando, aunque fuese en peores condiciones. Tenía a buenas familias aquí, hombres trabajadores y leales que fueron expulsados injustamente…
—Porque planeaban otra rebelión, tío…
Un golpe sobre la mesa calló al sobrino.
—¡Ya basta! —El grito de don Alfonso sacudió a todos los comensales, incluido a Rodrigo, a quien a sus diecisiete años aún le eran familiares las reprimendas violentas de su padre—.
Discúlpanos, Rodrigo. —Y volvía a tratarlo como a un niño—.
No pretendo insinuar que el rey esté equivocado.
Esta era una tierra rica y volverá a serlo, solo… necesitamos más tiempo.
Pero más tiempo era justamente lo que su padre no quería darle a quien había sido hombre de confianza del duque de Niebla y compañero de armas de su abuelo.
Diago lo acompañó a sus habitaciones al terminar la cena, alumbrando los pasillos de piedra con un candelabro de plata. No parecía interesado en continuar la aburrida charla de economía.
—Si mañana por la noche no estáis demasiado cansado, deberíamos salir y hacer algo más divertido —propuso.
—¿De noche? —se extrañó.
—El mejor momento para guardar secretos…
En su andar relajado y en su sonrisa fácil se notaba que la tensión de la velada no le había afectado en absoluto. Se detuvo frente a su puerta, se giró hacia Rodrigo y este sintió una punzada de vértigo al ver su rostro iluminado por la luz anaranjada de las velas.
—Tal vez queráis ir a conocer algunas mozas —añadió insinuante, guiñando el ojo.
Rodrigo bajó la mirada al instante, el tema de las mujeres era uno con el que no se sentía cómodo. Le avergonzaba su ingenuidad ante otros hombres más expertos, como seguramente era
Diago, que debía aventajarlo al menos en diez años.
—Sí, claro… —se obligó a responder.
—O quizás podemos divertirnos los dos solos. —Y, al decirlo, Diago acercó su mano y acomodó el cuello de su jubón, y la intimidad del gesto lo sobresaltó.
Rodrigo levantó el rostro en busca de sus ojos y lo descubrió sonriendo.
La mano de Diago se apoyó entonces sobre su hombro, como si fuesen viejos conocidos.
Lejos de molestarle esa confianza, le resultó emocionante; el ofrecimiento de una amistad largamente esperada. Rodrigo le devolvió la sonrisa.
—Dulces sueños, Rodrigo.
Y, tras esta despedida, Diago le hizo una leve caricia en la mandíbula con uno de sus dedos. Un ínfimo gesto que, sin embargo, lo dejó temblando y sin palabras. Luego Diago se alejó y desapareció en la oscuridad del pasillo dejándolo a solas con su turbación.