El mar que nos arrastra Prólogo
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El mar que nos arrastra

El mar que nos arrastra

Por Laurent Kosta

© inepub.com

Prólogo

Miguel asoma entre las rocas a orillas del mar, los pies se le hunden en la arena húmeda, el viento le llega salpicado de agua salada y el frío empieza a entumecerle los huesos.

A su lado, otros once cristianos cautivos aguardan amordazando su inquietud, los ojos abiertos a la noche que los envuelve.

—¿Son esos? —pregunta el hugonote francés a su lado, Malsín.

—No estoy seguro.

Es una noche sin luna y el Mediterráneo se ofrece como un monstruo de oscuridad. No se distingue nada, salvo el rugido de las olas chocando con violencia entre las rocas.

—Hay que ir ya…

—Aún no. ¡Esperad a la señal!

Llevan horas aguardando. En realidad llevan años de larga espera; son los desaparecidos, los dados por muertos, los olvidados, agarrados con desesperación a migajas de esperanza.

Su hermano aguarda en el mar con una embarcación para rescatarlos.

El tiempo apremia, la guardia del sultán podría llegar en cualquier momento, pero aún no alcanzan a distinguir el palo mayor de la nave.

De pronto se escucha el estallido de un cañón y la alarma se dispara entre los prisioneros fugados ocultos entre las rocas. Otro cañonazo, y otro…, de golpe parecen llenar el espacio con su rugido inconfundible.

—¿Quién dispara? —pregunta alguien; no se ve nada.

En pocos minutos la playa se convierte en una humareda de pólvora entre el estruendo inconfundible de los cañones de la Armada otomana.

—¡Los han encontrado! —grita alguien—. ¡Estamos perdidos!

Entre la confusión y los gritos algunos de los cautivos emprenden una huida desesperada hacia el mar, corren hacia la orilla, corren descalzos enfrentándose a las olas que los envuelven como la boca de un animal mitológico.

El mar parece haberse confabulado también en su contra.

La playa se llena de jinetes turcos, corsarios que cabalgan en dirección a la orilla lanzándose a la caza de los fugitivos, atravesándolos con sus espadas, dejando un rastro de sangre sobre la arena.

Solo seis de los fugados quedan aún agazapados entre las rocas y son apresados por los soldados de la guardia del sultán.

Los arrastran a empujones hasta la playa y Miguel ve acercarse a Dalí Mamí, el griego, montado en su corcel negro.

A lo lejos, mar adentro, le parece distinguir al fin las velas blancas de una carabela, aunque es difícil saber si son reales o solo un espectro de su imaginación.

Miguel observa cómo se alejan de la orilla, llevándose con ellas la esperanza de volver a España.

—¿Hasta cuándo vamos a seguir con este juego, Miguel? —el griego se acerca y le habla desde su montura.

—¿Qué puedo decir? Había que intentarlo.

—Mi capitán quiere veros.

—Vaya, ¿a qué debo el honor?

El corsario desmonta, se acerca despacio, con su barba negra en punta y su turbante enroscado sobre la cabeza, su piel oscura parece marcada por algún tipo de erupción.

Se detiene a pocos centímetros de su rostro y lo amenaza clavándole la punta de su puñal bajo el mentón.

Tiene algunos dientes negros y el aliento le apesta.

—Esta vez no os libraréis tan fácilmente. Os van a ejecutar a todos y vuestro amiguito el bajá no podrá hacer nada para evitarlo.

Miguel sonríe, sabe que está jodido, pero también sabe que si el griego no lo ha matado aún, es porque alguien se lo impide.

—Eso ya se verá.