El mapa del guarda Capítulo 34 El juicio del Consejo #2
95%

Capítulo 34 El juicio del Consejo #2

—Esta declaración fue entregada a padre Jerónimo antes de que la carta reapareciera. Describe la ubicación, la longitud y la inclinación de cada trazo.

Ocampo presentó el escrito.

La fecha era anterior al regreso de Hernán y Melibea de las Indias.

Las tres incisiones coincidían con la descripción.

Juan miró a Castro.

—No podía impedir que se llevaran la mentira. Solo podía dejarle una cicatriz.

La sala permaneció en silencio.

El copista había pasado casi toda su vida reproduciendo las palabras de otros.

Aquel día, tres arañazos suyos hablaban más que una página.

* * *

Ruperto Zamora entró por la puerta lateral.

Hernán lo reconoció pese al cabello más largo y la barba descuidada. Parecía haber envejecido varios años en unos meses, pero caminaba erguido.

Castro se volvió hacia él.

Mostró sorpresa verdadera.

—Está vivo —murmuró.

Zamora ocupó el lugar de los testigos.

—De momento.

Presentó los libros originales de salida de la Hacienda, las solicitudes firmadas para retirar documentos del archivo y las copias notariales cotejadas durante su escondite en Sanlúcar.

Explicó cómo Castro había ordenado sacar del archivo el diario del San Telmo y varias relaciones antiguas de Santa María del Mar. Explicó también que Gaspar Arce retiraba cartas en nombre de una autoridad que nunca se consignaba.

—¿Por qué no denunció antes? —preguntó uno de los jueces.

—Porque tenía indicios, no una cadena completa. Y porque cada hombre que habló antes que yo terminó en el río, bajo tierra o acusado de un delito que no cometió.

—¿Temió por su vida?

—Todavía temo por ella.

Rojas intentó desacreditarlo.

Lo acusó de resentimiento, de haber sustraído papeles del archivo y de buscar protección después de incumplir sus deberes.

Zamora no negó lo que había hecho.

—Retiré copias para impedir que desaparecieran los originales. Oculté documentos porque los hombres que debían protegerlos eran quienes los alteraban. Si este tribunal considera que también debo responder por ello, responderé.

La ausencia de excusas debilitó el ataque.

Después declaró Bartolomé Cruces.

Reconoció La Espera por sus accidentes costeros, contó la entrada de la Santa Lucía y describió el lingote que cayó de un barril. Admitió haber entregado a Íñigo Grijalva un bosquejo de la cala.

—¿Por qué no declaró cuando murió Grijalva? —preguntó Rojas.

Bartolomé sostuvo el gorro entre las manos.

—Porque fui cobarde.

No añadió nada. La respuesta hizo imposible discutir con él.

Gonzalo Berrocal confirmó el viaje de la Santa Lucía , la presencia del hombre del anillo y la conversación mantenida con Íñigo. También explicó por qué había fingido su muerte.

Felipe de la Vega declaró sobre la Santa Bárbara , el intento de asesinato de Ramiro de la Fuente, la orden escrita, el disco de plomo y el barco que había visto entrar cargado entre las dos lomas.

—No entré en La Espera —aclaró—. No diré que lo hice. Vi desaparecer una nave cargada y salir al día siguiente mucho más alta sobre el agua. Meses después vi en Cartagena un lingote con el sello real raspado. Es lo que puedo jurar.

La precisión fortaleció su testimonio.

No fingía saber más de lo que había visto.

* * *

Melibea fue la última.

Entró sin ayuda.

Cata permaneció detrás de la barandilla, pero su madre no volvió la cabeza hacia ella. Caminó hasta el centro y colocó sobre la mesa la medalla de Íñigo Grijalva.

—Mi marido descubrió partidas que salían de la Hacienda y no aparecían en los puertos de destino —declaró—. Una semana antes de morir, Gaspar Arce me interrogó fingiendo ser compañero suyo. Yo le confirmé, sin saberlo, que Íñigo conservaba copias.

Contó la muerte en el río.

Las cuentas escondidas.

La búsqueda de La Espera.

Las páginas arrancadas del libro clandestino.

El interrogatorio de Castro.

—¿Qué dijo exactamente el acusado sobre vuestro marido? —preguntó Ocampo.

Melibea miró a Castro.

—Dijo que Íñigo había recibido oportunidades de olvidar. Cuando le pregunté si lo había matado, respondió: “No personalmente”.

Rojas se levantó.

—Una conversación sin testigos independientes.

—Había guardias.

—Hombres cuyo nombre no podéis proporcionar.

—Algunos están detenidos.

Ocampo colocó sobre la mesa una declaración.

—Esteban Riaño reconoce que Castro visitó La Espera y ordenó trasladar a Melibea a Camas. Riaño niega haber participado en la muerte de Grijalva, pero confirma que Gaspar Arce recibía instrucciones directas del acusado.

—Una declaración obtenida bajo amenaza —protestó Rojas.

—Obtenida en presencia de un notario real —respondió Ocampo.

Melibea mostró las muñecas.

—En Camas esperaban el sello de Castro. Si no llegaba antes de prima, debían matarme y quemar la casa.

Se presentó la orden encontrada en el palacio.

También el libro recuperado en Camas.

En una de sus páginas figuraba una relación de personas vigiladas.

Junto a los nombres de Alonso de Treviño, Íñigo Grijalva y Lucio Ferrol aparecía la palabra:

Resuelto.

Junto a Hernán, Juan, Ruperto y Melibea:

Pendiente.

Castro se levantó.

—Eso no es mi letra.

Ruperto pidió examinar la página.

La comparó con otros documentos.

—La columna principal pertenece a Gaspar Arce —dijo—. Las notas marginales son de Ruy. Pero la autorización para pagar los servicios está firmada por Castro.

—Servicios —insistió el acusado—. No asesinatos.

Melibea recogió la medalla de Íñigo.

—Podéis llamar servicio a cualquier cosa. El río sigue llamando muerto a mi marido.

* * *

La defensa de Castro duró dos días.

El licenciado Rojas atacó cada documento por separado.

La carta falsa podía haber sido fabricada por Hernán.

El recibo de La Espera había sido robado.

Las páginas del libro clandestino carecían de encuadernación.

Los testigos eran fugitivos, contrabandistas, mujeres del Arenal o subordinados que buscaban clemencia.

El anillo podía haber sido utilizado por un secretario.

Las iniciales A. C. podían pertenecer a otro hombre.

La firma podía haber autorizado herramientas reales sin conocimiento de su sustitución por oro.

Castro habló al final.

Lo hizo con serenidad.