Capítulo 34 El juicio del Consejo #3
—Puede que hubiera corrupción —admitió—. Puede que Gaspar Arce, Juan de la Rúa o mis factores abusaran de órdenes legítimas. Yo firmaba cientos de documentos. Confiaba en mis subordinados. Ahora pretenden convertirme en responsable de cada delito cometido bajo mi nombre.
Era una defensa mejor que la negación absoluta.
Durante unas horas pareció posible que consiguiera separar su mano de las consecuencias.
Ocampo presentó entonces la última pieza.
Gaspar Arce había sido detenido cuando intentaba embarcar hacia Lisboa. En su equipaje encontraron un libro de pagos cifrado y tres cartas dirigidas a Castro. Una de ellas, escrita antes del asesinato de Lucio, decía:
El muchacho ha visto la corrección y el maestro empieza a desconfiar. Si no entrega la copia, habrá que resolver ambos asuntos antes de que Ocampo intervenga.
Al pie figuraba la respuesta de Castro:
Recupere la carta. Evite que quede testimonio.
La firma había sido cotejada con cuatro documentos públicos.
Castro intentó hablar.
El presidente levantó la mano.
La comisión se retiró a deliberar.
* * *
La espera duró hasta después de anochecer.
Hernán salió al patio.
Melibea se sentó junto a la fuente. Cata permanecía a su lado. Juan caminaba de un extremo a otro murmurando que los jueces utilizaban demasiadas palabras para reconocer lo que tenían delante.
Ruperto Zamora se mantuvo apartado.
—¿Volveréis al archivo? —preguntó Hernán.
—No lo sé.
—La Casa necesita hombres que sepan dónde están los documentos.
—La Casa necesita aprender que un archivo no es una tumba.
Mendoza apareció bajo la galería.
—Han terminado.
Regresaron a la sala.
Castro ocupó de nuevo su lugar.
Ya no miró a Hernán.
Don Rodrigo se puso en pie.
—Esta comisión declara probado que Amadeo de Castro organizó y protegió un sistema destinado a desviar caudales de la Real Hacienda mediante la falsificación de cartas de marear, la alteración de manifiestos, la utilización de un puerto clandestino y la eliminación de testigos.
La voz no temblaba.
—Se declara probado también que utilizó fraudulentamente la autoridad del Santo Oficio, ordenó el secuestro de Melibea Grijalva y consintió las acciones que produjeron las muertes de Íñigo Grijalva, Alonso de Treviño y Lucio Ferrol, entre otros cuya identidad deberá investigarse.
Melibea cerró la mano sobre la medalla.
Hernán oyó el nombre de Lucio.
Aquella vez nadie lo corrigió.
—En consecuencia —continuó el presidente—, queda destituido de todos sus cargos, privado de títulos y bienes, y entregado a la justicia real para la ejecución de las penas correspondientes por fraude, falsedad, homicidio, conspiración y apropiación de caudales de la Corona.
Castro levantó la cabeza.
—Apelaré ante el rey.
—Tenéis derecho —dijo don Rodrigo—. La prisión permanecerá mientras se resuelve.
—Mis amigos en la corte…
—Han tenido seis semanas para declarar a vuestro favor. Ninguno ha comparecido.
Los alguaciles avanzaron.
Le ataron las manos.
Castro buscó a Ocampo.
—Vos no habéis ganado nada.
—No pretendía ganar —respondió el dominico.
Después miró a Hernán.
El odio regresó a sus ojos.
—Todo esto empezó por una legua.
—No —dijo Hernán—. Empezó porque creísteis que nadie mediría.
Se llevaron a Castro.
No pronunció una última amenaza.
El sonido de sus pasos se perdió en el corredor.
* * *
El presidente ordenó restituir oficialmente el nombre de Hernán, reconocer a Lucio Ferrol como víctima de la conspiración e indemnizar con los bienes confiscados los daños causados por el incendio del taller.
Íñigo Grijalva dejó de figurar como suicida.
Su muerte fue registrada como homicidio vinculado a la investigación de las cuentas de la Hacienda.
Melibea no lloró al escuchar la corrección.
Cata sí.
Don Baltasar de Mendoza se acercó a Hernán cuando la sala empezaba a vaciarse.
—Entre las propiedades embargadas a uno de los factores de Castro hay una casa en la calle de los Tintoreros —dijo—. Tiene un local amplio en la planta baja y habitaciones suficientes. La comisión ha decidido concedérosla como parte de la indemnización.
Hernán miró a Melibea.
Hernán no respondió por ella.
—¿Qué opinas?
Melibea tardó en contestar.
—Primero habrá que comprobar que el tejado no se cae.
Mendoza sonrió.
—Mandaré que lo revisen.
—Y que no tenga pasadizos hacia ninguna taberna —añadió Juan.
—Eso será más difícil en Sevilla.
Salieron al patio del Alcázar.
La noche había caído.
Las ventanas de las dependencias de la Casa de la Contratación continuaban iluminadas. Dentro, escribanos corregían registros, sellaban documentos y comenzaban a reconstruir las rutas alteradas por Castro.
Hernán se detuvo bajo la galería.
—Se ha terminado —dijo Cata.
Melibea negó.
—El juicio sí.
Miró a Hernán.
—Lo demás empieza mañana.
Él observó las manos de quienes permanecían junto a él.
Las de Cata, manchadas de tinta.
Las de Juan, deformadas por décadas de copiar.
Las de Ruperto, cerradas sobre un legajo.
La mano izquierda de Melibea, aferrada a la medalla de Íñigo.
Faltaba una.
La de un muchacho que había medido una distancia y se había atrevido a decir que estaba mal.
Hernán alzó la vista hacia las ventanas del archivo.
—Mañana —repitió.