El mapa del guarda Capítulo 34 El juicio del Consejo
93%

Capítulo 34 El juicio del Consejo

El juicio comenzó seis semanas después de la detención de Amadeo de Castro.

D urante aquel tiempo, las dependencias del Real Alcázar donde trabajaban la Casa de la Contratación y el Consejo de Indias se llenaron de escribanos, alguaciles, testigos y cajas selladas.

Cada documento recuperado en el palacio de Castro o en la casa del Molino Viejo fue numerado, copiado y cotejado antes de entrar en la sala.

Fray Leodán de Ocampo había insistido en ello.

—Una prueba que cambia de manos sin dejar rastro —dijo— acaba convirtiéndose en una opinión.

Las cajas de Camas llegaron cerradas con tres sellos distintos: el del Consejo, el del Santo Oficio y el de don Baltasar de Mendoza. Ninguna podía abrirse sin romper los tres.

Castro continuaba preso.

Había presentado dos recursos, invocado sus años de servicio y enviado cartas a hombres de la corte. Ninguno había logrado impedir la formación de una comisión especial integrada por cinco consejeros, dos jueces de la justicia real y un representante del Santo Oficio.

No era una reunión improvisada ni una sentencia decidida de antemano. Era un juicio.

Y en un juicio, como en un mapa, cada línea debía llevar a algún lugar.

* * *

Hernán aguardaba en una sala contigua.

Vestía un jubón oscuro prestado por Mendoza. El corte del pómulo había cerrado dejando una línea fina. El brazo derecho seguía perdiendo fuerza después de esfuerzos prolongados y el tobillo dolía cuando cambiaba el tiempo, pero podía caminar sin bastón.

Melibea se encontraba junto a él.

La herida del hombro había vuelto a abrirse durante el cautiverio de Camas. Un cirujano había limpiado la infección y aseguraba que recuperaría casi todo el movimiento, aunque ella todavía no podía levantar el brazo por encima del pecho.

Las muñecas conservaban marcas rojizas.

No las ocultaba.

Cata esperaba al otro lado, sentada junto a Juan de la Cruz. El copista sostenía sobre las rodillas una caja pequeña de madera y mantenía ambas manos cerradas sobre ella.

Ruperto Zamora no estaba con ellos.

Llegaría por una entrada distinta.

Ocampo había hecho circular tres versiones sobre el lugar donde permanecía oculto. Solo una era cierta y Hernán no la conocía.

Felipe de la Vega había regresado a Sevilla diez días antes a bordo de la Santa Bárbara . El capitán se negó inicialmente a permitir que abandonara la nave, pero una orden firmada por el Consejo lo obligó a presentarse.

Bartolomé Cruces también comparecería.

Había llegado sobrio.

Aquello parecía preocuparlo más que el juicio.

Gonzalo Berrocal esperaba con los demás testigos. Durante años había vivido bajo un nombre falso. Aquel día volvería a declarar con el suyo.

El ujier abrió la puerta.

—Maestro Hernán Giráldez.

Hernán se levantó.

Melibea le tocó la mano.

—No intentes contarlo todo a la vez.

—Sé ordenar un mapa.

—Los hombres son más difíciles.

Entró.

* * *

La sala era rectangular, de techo alto y ventanas abiertas hacia uno de los patios del Alcázar.

La comisión ocupaba una mesa larga cubierta con paño verde.

En el centro se sentaba don Rodrigo de Ávila, presidente provisional.

A su derecha estaban los jueces reales. A la izquierda, Ocampo y un secretario del Santo Oficio.

Mendoza ocupaba un asiento lateral como miembro denunciante y custodio de parte de los documentos.

Castro se encontraba frente a ellos.

Vestía de negro.

No llevaba cadenas visibles, pero dos alguaciles permanecían a sus espaldas. Había adelgazado. Las sienes mostraban más canas y el rostro había perdido el cuidado impecable con que recibió a Hernán en su palacio.

El meñique izquierdo estaba desnudo.

El anillo descansaba dentro de una caja sellada sobre la mesa del tribunal.

El defensor de Castro, el licenciado Rojas, ordenaba sus papeles con calma profesional.

Don Rodrigo hizo sonar una pequeña campana.

—Maestro Giráldez, comparecéis como testigo y como parte perjudicada. Antes de comenzar, esta comisión deja constancia de que la acusación formulada contra vos por la muerte de Lucio Ferrol ha sido sobreseída.

Hernán no esperaba que aquellas palabras le afectaran.

Lo hicieron.

—El examen del cuerpo —continuó el presidente—, las declaraciones del cirujano, la detención de los falsos familiares y los documentos hallados en la casa de Camas demuestran que el arma colocada en vuestro taller no produjo la herida mortal.

Vuestro nombre será retirado del proceso y de los avisos públicos.

—¿Y el de Lucio? —preguntó Hernán.

El presidente frunció el ceño.

—No comprendo.

—En los registros figura como muchacho sin familia muerto durante mi fuga. Se llamaba Lucio Ferrol. Tenía diecisiete años y era mi aprendiz.

Don Rodrigo miró al escribano.

—Corríjase.

La pluma raspó el papel.

Lucio Ferrol.

Por primera vez desde el incendio, su nombre entraba en un documento oficial sin estar unido a una mentira.

—Podéis declarar —dijo el presidente.

Hernán empezó por la legua.

No comenzó hablando de Castro ni de La Espera.

Describió la carta que llegó a su taller, la posición tradicional de Santa María del Mar y el desplazamiento deliberado. Mostró el portulano antiguo utilizado por la Santa Bárbara y la carta falsificada.

Un ayudante extendió ambos documentos sobre una mesa menor.

Hernán colocó el compás.

—La diferencia es una legua —explicó—. No procede de una medición deficiente. El pergamino fue raspado y bruñido. La costa volvió a dibujarse después, con una tinta preparada en otra proporción. El sello es auténtico, pero fue levantado de otro documento mediante calor y adherido con cola.

El licenciado Rojas se levantó.

—¿Podría un hombre con los conocimientos del maestro Giráldez realizar todas esas manipulaciones?

—Sí.

—Entonces él mismo pudo fabricar la prueba.

—Pude hacerlo.

Un murmullo recorrió la sala.

Hernán no apartó la mirada.

—Pero no pude introducir esa carta en los registros meses antes de verla. Tampoco autoricé a Gaspar Arce a retirar copias en nombre de Castro, ni obligué a los pilotos a seguir una balandra en Tierra Firme.

Rojas sonrió.

—Eso es lo que intentáis demostrar.

—No. Es lo que demostrarán los documentos y los demás testigos.

Don Rodrigo ordenó continuar.

Hernán explicó el diario del San Telmo , la carta de Pedro de Llanos, las doce cajas y los seis barriles, y la descripción de la cala. Al llegar a las cinco observaciones astronómicas, fue cuidadoso.

—No proporcionan una coordenada exacta —dijo—.

La ballestilla, el movimiento del barco y la ausencia de la hora precisa introducen un margen amplio.

Sirven para situar la nave en una franja probable de latitud.

La identificación definitiva depende de los accidentes costeros: dos elevaciones bajas, un arrecife al norte, un banco de arena al sur, una palmera partida y una roca blanca.

—¿Entonces no podéis afirmar matemáticamente dónde estaba La Espera? —preguntó Rojas.

—Puedo afirmar que las observaciones son compatibles con el lugar al que entramos. La posición se confirma mediante la costa, el diario, los testimonios y los documentos obtenidos allí.

—Una aproximación.

—Todos los mapas lo son. La diferencia está entre reconocer el margen de error y utilizarlo para mentir.

Después habló del viaje.

La Santa Bárbara .

Ramiro de la Fuente.

El disco de plomo.

El código de las luces.

La entrada por el canal de manglares.

El San Gabriel .

El oro.

La Santa Irene .

Y el hombre enmascarado que supervisó el traslado.

—¿Afirmáis que era mi defendido? —preguntó Rojas.

—Sí.

—¿Le visteis el rostro mientras llevaba la máscara?

—Lo vi después, a bordo de la Santa Irene . También lo había visto desde la cubierta de la Santa Bárbara , cuando nos persiguió por el Guadalquivir.

—Una observación nocturna, desde barcos en movimiento.

—Reconocí la voz.

—Subjetivo.

—Reconocí el anillo del meñique izquierdo.

—Una joya familiar que han utilizado varios secretarios.

—Y reconocí que todos los hombres de La Espera lo llamaban don Amadeo.

Rojas abrió las manos.

—Palabras de hombres que no están aquí.

—Algunos sí.

Don Rodrigo ordenó que Hernán se retirara a un lado.

El siguiente testigo fue Juan de la Cruz.

* * *

El copista entró con la caja de madera entre las manos.

Caminó despacio hasta el centro y juró decir verdad. Después pidió que acercaran la carta falsa.

Se inclinó sobre ella.

—Yo tracé esta costa.

—¿Por orden de quién? —preguntó Ocampo.

—Gaspar Arce me entregó un modelo y dinero. Me dijo que se trataba de una corrección reservada del Consejo.

—¿Sabíais que era falsa?

—Supe que la posición no coincidía con las cartas antiguas.

—¿Por qué obedecisteis?

Juan miró hacia Castro.

—Porque Arce conocía dónde vivía y cuántos años tenía. También porque llevaba una orden sellada.

—¿Quién recogió la copia?

—Un hombre enmascarado.

—¿Podéis identificarlo?

—Reconocí su voz cuando lo oí en el Guadalquivir después de la detención. Era don Amadeo de Castro.

Rojas se levantó.

—¿Cuántos meses habían pasado entre ambas ocasiones?

—Los suficientes para no olvidar una amenaza.

—Una voz no es una huella.

—No.

Juan abrió la caja.

Sacó el fragmento de lacre conservado desde la noche en que el enmascarado quemó el mapa original.

—Por eso guardé esto.

Ocampo pidió la caja donde se custodiaba el anillo.

Un escribano rompió los sellos delante de la comisión. Extrajo la joya con unas pinzas y la presionó sobre cera blanda.

La impresión apareció con claridad.

Una torre rodeada por tres figuras.

Después colocaron junto a ella el fragmento de Juan y el recuperado en el embarcadero de Castro.

Las líneas coincidían.

Rojas examinó las piezas.

—El anillo pertenecía a la familia de mi defendido. Eso no demuestra que lo utilizara personalmente.

—No por sí solo —dijo Juan.

Señaló el margen inferior de la carta.

—También dejé una marca.

Tres incisiones diminutas, casi invisibles, cruzaban el pergamino.

—Las tracé con punta seca antes de entregar la copia. Nadie me vio. Pensé que, si el documento aparecía alguna vez, podría jurar que era el mismo.

—Cualquiera pudo añadirlas después.

Juan sacó una hoja doblada.