Capítulo 33 La escalera del patíbulo
La casa del Molino Viejo no tenía molino.
C onservaba una torre cuadrada junto al río, una vivienda de dos plantas y varias construcciones bajas alrededor de un patio. Detrás se extendían olivares. Delante, un embarcadero permitía cargar cajas y barriles sin utilizar el camino de Camas.
Berrocal condujo el esquife hacia un canal oculto entre cañaverales.
—La cocina da al norte —susurró—. El sótano tiene dos accesos: una escalera desde el interior y una trampilla de carbón junto al muro oriental.
—¿Dónde estarán los guardias?
—Uno en el embarcadero. Otro en el camino. Los demás dentro.
—¿Cuántos?
—La última vez, cuatro.
—Fue hace años.
—Entonces quizá hayan aprendido a multiplicarse.
Vararon el bote bajo las cañas.
Hernán bajó.
El tobillo protestó al tocar tierra, pero se sostuvo. Berrocal extrajo una espada corta, una cuerda y un pequeño martillo de calafate.
—¿Para qué es eso?
—En un barco arregla vías de agua. En tierra abre puertas.
Se acercaron a la casa por una acequia seca.
Desde el patio llegó el relincho de un caballo.
Un hombre aguardaba junto al camino, pero miraba hacia Sevilla. Esperaba la señal de Castro o la llegada de los familiares.
No observaba el río.
Berrocal señaló la torre.
Una campana pequeña colgaba bajo el tejado.
—El primer toque de prima —murmuró Hernán.
—Cuando suene, cumplirán la orden.
Todavía faltaba tiempo.
Pero no mucho.
Llegaron a la pared oriental.
La trampilla de carbón estaba cerrada mediante un pasador interior. Hernán introdujo la daga por la rendija mientras Berrocal presionaba la hoja de madera hacia arriba.
El metal encontró el pestillo.
Lo levantó.
La trampilla cedió.
Un olor a polvo, humedad y ceniza salió del hueco.
—Yo primero —dijo Berrocal.
Descendió.
Hernán fue detrás.
El sótano estaba dividido por muros de ladrillo. Había sacos de carbón, toneles y un corredor abovedado que conducía hacia el centro de la casa.
Escucharon una voz.
—El señor debía haber enviado ya la señal.
Ruy.
La respuesta pertenecía a Esteban Riaño.
—Han detenido al mensajero o Giráldez no ha llevado los papeles.
—¿Qué hacemos?
—Esperamos al toque. Después terminamos con ella y salimos por el camino norte.
—Castro dijo que quemáramos la casa.
—Castro no estará aquí para comprobarlo.
Ruy rió.
—¿Y los libros?
—Nos llevamos los que puedan venderse.
La lealtad del traidor había empezado a buscar un nuevo dueño.
Hernán avanzó hasta una esquina.
Vio a los dos hombres.
Riaño llevaba la cicatriz de la lonja y un brazo aún rígido por el golpe recibido allí. Ruy sostenía una lámpara. Detrás de ellos había una puerta reforzada con una barra.
Melibea estaba al otro lado.
—Necesitamos separarlos —susurró Berrocal.
Señaló una escalera secundaria que conducía hacia las caballerizas.
—Subiré. Soltaré los animales y haré que el hombre del camino crea que llegan alguaciles. Cuando Riaño suba, ocúpate de Ruy.
—Dijisteis que pelearíais vos.
—También dije que utilizaras la daga para cortar cuerdas. Los planes cambian cuando conocemos la habitación.
Berrocal desapareció por la escalera.
Hernán permaneció detrás del muro.
Arriba se oyó un golpe.
Después otro.
Los caballos empezaron a relinchar.
Una puerta se abrió con violencia.
—¡Jinetes en el camino! —gritó Berrocal con una voz distinta—. ¡Vienen desde Sevilla!
Riaño maldijo.
—Quédate con la mujer.
Subió corriendo.
Ruy dejó la lámpara sobre un tonel y se acercó a la puerta.
—Todo esto por una mujer del Arenal.
Hernán salió.
—Y por un botón.
Ruy se volvió.
Su mano buscó la espada.
Hernán lanzó el martillo de Berrocal.
No pretendía acertarle: el instrumento golpeó la lámpara.
El sótano quedó a oscuras.
Ruy desenvainó.
—Giráldez.
—Vuestra librea os delató.
—La mujer ya estaba vigilada. Yo solo abrí una puerta.
—También entregasteis a Mendoza.
—Mendoza paga poco.
Ruy avanzó hacia la voz.
Hernán retrocedió.
Conocía la posición de los toneles y el corredor. Ruy solo había visto la habitación iluminada y ahora debía buscarlo.
La espada cortó el aire.
Hernán sintió el movimiento junto al rostro.
Golpeó la muñeca del criado con la regla de boj.
Ruy perdió la espada, pero se abalanzó sobre él.
Ambos cayeron contra los sacos de carbón.
Hernán no tenía fuerza para vencerlo. La herida del brazo derecho se reabrió y el hombro cedió bajo el peso. Ruy le rodeó el cuello.
—Castro pagará por tu cabeza aunque esté en una celda.
Hernán buscó la daga.
No la encontró.
Un sonido metálico llegó desde la puerta cerrada.
Después otro.
Melibea golpeaba desde dentro.
Ruy volvió la cabeza.
Hernán hundió dos dedos en la herida que el botón arrancado había dejado en la manga del criado. No encontró carne herida, pero tiró de la tela y desequilibró al hombre.
Rodaron.
Hernán alcanzó la daga.
La apoyó contra el cuello de Ruy.
No llegó a hundirla.
—La llave.
Ruy se quedó inmóvil.
—No la tengo.
—Entonces morirás sin poder demostrarlo.
—En el cinturón.
Hernán encontró una llave pequeña.
Golpeó a Ruy en la sien con el pomo de la daga. El criado cayó inconsciente.
Corrió hacia la puerta.
La llave abrió la cerradura.
Retiró la barra.
Melibea estaba encadenada a una argolla de la pared.
Tenía las muñecas sujetas por delante y una cuerda alrededor de los tobillos. El rostro mostraba nuevos golpes, pero permanecía consciente. A sus pies había un trozo de metal con el que intentaba forzar uno de los eslabones.
—Has tardado —dijo.
Hernán se arrodilló.
—Ocampo necesitaba una orden.
—Siempre supe que la burocracia acabaría matándome.
Probó la llave de Ruy.
La llave no servía para los grilletes.
—¿Dónde está la otra?
—Riaño la lleva al cuello.
Arriba sonó un choque de espadas.
Berrocal y Riaño.
—Tendremos que romper la cadena.
Hernán introdujo la daga entre dos eslabones.
Los eslabones no cedieron.
Melibea señaló la argolla.
—La piedra está floja.
Había trabajado alrededor del hierro con el fragmento de metal. El mortero se había deshecho parcialmente.
Hernán tomó el martillo.
Golpeó.
El ruido resonó en el sótano.
La primera piedra se agrietó.
La campana de la torre comenzó a sonar.
Prima.
Melibea levantó la cabeza.
—Esa es la orden.
En el piso superior, uno de los guardias gritó:
—¡Matad a la mujer!
Hernán golpeó otra vez.
La argolla se movió.
Pasos descendieron por la escalera principal.
Riaño apareció.
Sangraba sobre una ceja y sostenía la espada. Berrocal llegó detrás, pero el guardia del camino lo sujetaba por el jubón.
—Apartaos de ella —ordenó Riaño.
Hernán se situó delante de Melibea.
—Castro está detenido.
Riaño sonrió.
—Castro pagaba. Otro pagará.
La espada avanzó.
Melibea tiró de la cadena.
La argolla, casi desprendida, salió de la pared con parte de la piedra. El hierro cruzó el aire y golpeó la rodilla de Riaño.
El hombre cayó.
Hernán le arrebató la espada antes de que pudiera levantarse.
Berrocal golpeó al segundo guardia con la cabeza y lo lanzó contra el muro.
La pelea terminó en pocos segundos.
Riaño quedó boca abajo, con el brazo retorcido por Hernán y la espada de Berrocal contra la nuca.
—La llave —dijo el piloto.
Riaño escupió sangre.
—Id al infierno.
Berrocal presionó la hoja.
—He navegado demasiado para temer una amenaza tan corta.
La llave colgaba bajo la camisa.
Hernán la tomó.
Liberó primero las muñecas de Melibea y después los tobillos.
Ella intentó ponerse en pie.
Las piernas no respondieron.
Hernán la sostuvo.
—Despacio.
—No me cargues.
—No pensaba hacerlo.
—Mientes peor que antes.
Melibea apoyó un brazo sobre sus hombros.
Berrocal ató a Riaño y a Ruy con la misma cadena retirada de la pared.
Fuera sonaron caballos.
Los familiares de Ocampo cerraban el camino y el embarcadero principal. Los otros guardias intentaron escapar por los olivares, pero encontraron hombres armados en la ruta de Santiponce.
La casa de Camas quedó asegurada sin que nadie pudiera quemar los libros.
En el piso superior encontraron cajas de cuentas, órdenes de pago, correspondencia con Martín Valdés y varios documentos sellados con la torre. Había también una relación de personas vigiladas.
Íñigo Grijalva.
Juan de la Cruz.
Ruperto Zamora.
Alonso de Treviño.
Hernán Giráldez.
Lucio Ferrol.
Junto al nombre de Lucio aparecía una sola palabra:
Resuelto.
Melibea leyó por encima de su hombro.
—Guárdalo.
Hernán dobló la hoja.
—Llegará al Consejo.
* * *
En Sevilla, Ocampo condujo a Castro desde el patio de su palacio hasta un carruaje cerrado.
El consejero descendió la escalinata con las manos atadas.
Cada peldaño parecía ofenderlo.
—No podéis mantenerme detenido —dijo—. Mis amigos acudirán a la corte.
—Que acudan —respondió Ocampo.
—El Consejo no aceptará el testimonio de fugitivos y prostitutas.
—Aceptará los documentos que hemos encontrado en vuestra casa.
Castro miró hacia el interior.
Los escribanos del Santo Oficio sellaban cajas, libros y armarios. Ruy no había podido avisarlo. La casa de Camas tampoco había ardido.
—Todo puede explicarse —dijo.
—Entonces tendrá ocasión de intentarlo.
Llegó al último peldaño.
Ocampo abrió la puerta del carruaje.
—Subid.
Castro se detuvo.
—¿Creéis que esto es el final?
—No.
El inquisidor señaló la escalinata.
—Es el primer escalón.
* * *
Hernán ayudó a Melibea a subir desde el sótano de la casa del Molino Viejo.
Ella se detenía en cada peldaño para recuperar el aliento. La cadena había dejado marcas en las muñecas y la herida del hombro volvía a sangrar.
Berrocal caminaba detrás con los documentos.
Al alcanzar el patio, la luz de la mañana los obligó a cerrar los ojos.
Melibea miró el camino, los familiares y los guardias detenidos.
—¿Castro?
—Ocampo ha ido a arrestarlo.
—¿Y tú?
Hernán la ayudó a sentarse junto al pozo.
—Yo vine aquí.
—Elegiste de nuevo.
No había ira en sus palabras, solo una pregunta.
Hernán negó.
—No elegí por ti. Vine a abrir una puerta.
Melibea observó las muñecas liberadas.
Después lo miró.
—Esta vez basta.
Desde Camas podían verse, a lo lejos, las torres de Sevilla.
Castro descendía hacia una celda.
Melibea había ascendido desde otra.
Entre ambas escaleras, las pruebas viajaban ya hacia el Consejo de Indias.