Capítulo 32 La celda del inquisidor
La puerta del sótano se abrió poco después del amanecer.
La luz del candil obligó a Hernán a cubrirse los ojos.
F ray Leodán de Ocampo permanecía en el umbral. Detrás de él había dos familiares armados y un hombre alto, de barba gris, vestido con ropa de marinero.
Ocampo observó las heridas.
—Maestro Giráldez.
—Habéis tardado.
—He tenido que conseguir una orden que ni siquiera Castro pudiera hacer desaparecer.
El dominico tendió la mano.
Hernán se levantó sin aceptarla. Al apoyar el pie izquierdo, el tobillo cedió y tuvo que sujetarse al marco.
El marinero se adelantó.
—Despacio.
Hernán lo miró.
El hombre tenía el rostro quemado por el sol, una cicatriz bajo el mentón y la mano derecha deformada por una antigua fractura.
—Gonzalo Berrocal —se presentó.
El nombre le resultó conocido.
—El maestre de la Santa Lucía .
—Lo fui.
—Bartolomé dijo que habíais muerto en Veracruz.
—Bartolomé dice muchas cosas cuando le conviene que un hombre continúe respirando.
Berrocal lo ayudó a salir.
—La noticia de mi muerte fue idea mía. Después de ver La Espera, dos hombres empezaron a seguirme. Dejé mi nombre en Veracruz y regresé como marinero en una urca portuguesa.
—¿Cómo habéis llegado hasta Ocampo?
—Ruperto Zamora me encontró en Sanlúcar.
Ocampo comenzó a subir la escalera.
—Las explicaciones completas pueden esperar.
Hernán lo siguió apoyándose en Berrocal.
—Melibea está en la casa del río, cerca de Camas. Castro ha ordenado matarla antes de prima si no envía su sello.
Ocampo se detuvo.
—¿Está seguro?
—Lo oí a través de la puerta. Retirarán los libros en un carro y quemarán la casa. Los hombres escaparán hacia Santiponce.
El inquisidor miró a uno de sus familiares.
—Busca al capitán Morales. Que cierre la ruta de Santiponce con cuatro hombres, pero que no se acerquen a la casa hasta recibir señal. Si los guardias ven hábitos antes de tiempo, matarán a la prisionera.
El familiar salió corriendo.
—¿Conocéis la casa? —preguntó Hernán a Berrocal.
—Sí.
—¿Habéis estado allí?
—Llevé dos veces libros y dinero desde un embarcadero del Guadalquivir. La llaman la casa del Molino Viejo, aunque el molino dejó de funcionar hace años.
—¿Tiene acceso desde el agua?
—Un canal estrecho detrás de los cañaverales.
Ocampo reanudó la marcha.
En el piso superior, los hombres del Santo Oficio registraban habitaciones, cerraban armarios con sellos y obligaban a los criados a permanecer contra las paredes.
Castro esperaba en el centro del patio.
Vestía una capa sobre el jubón y sostenía un pliego.
—Esta orden es irregular —decía—. No existe acusación presentada ante el pleno del Consejo.
—La acusación está en manos de don Baltasar de Mendoza —respondió Ocampo—. La orden lleva la firma del presidente y la del tribunal del Santo Oficio.
—No podéis detenerme basándoos en las fantasías de un fugitivo.
Castro vio a Hernán.
Su expresión cambió.
—Ese hombre es un asesino.
Ocampo se volvió hacia él.
—La garganta de Lucio Ferrol fue cortada con una hoja estrecha, introducida de izquierda a derecha por un agresor situado detrás. El cuchillo del maestro Giráldez tiene una hoja más ancha y estaba colocado después de la muerte. La sangre sobre la empuñadura no pertenece a Hernán.
El cartógrafo sintió que el patio quedaba en silencio.
—¿Lo habéis comprobado? —preguntó.
—Con el cirujano que examinó el cuerpo antes de que padre Jerónimo lo retirara. También hemos detenido a uno de los hombres que participó en el falso registro. Ha identificado a Esteban Riaño y a Gaspar Arce.
Castro no apartaba la vista de Hernán.
—Un criminal puede decir cualquier cosa para salvarse.
—Por eso no tengo solo su palabra.
Ocampo mostró el fragmento de lacre entregado por Juan de la Cruz.
—El sello de la torre.
Después señaló el anillo del consejero.
—Quitáoslo.
Castro cerró la mano.
—Es una joya familiar.
—Precisamente por eso servirá para cotejar la impresión.
—No tenéis derecho.
Ocampo hizo una seña.
Dos familiares se acercaron.
Castro retrocedió.
—Si me tocáis, responderéis ante la corte.
—Responderemos —dijo el dominico—. Vos también.
Hernán se acercó a Ocampo.
—Debo ir a Camas.
—No podéis apenas caminar.
—Melibea está allí por mi causa.
—Está allí por la traición de Ruy y por la decisión de Castro.
—Eso no cambia nada.
Ocampo observó a Berrocal.
—¿Podéis llevarlo por el río?
—Tengo un esquife esperando junto a la puerta de la Barqueta. Con la corriente y dos remos llegaremos antes que un grupo a caballo.
—Llevad también a dos hombres.
Berrocal negó.
—Cuatro personas harán que el bote se hunda demasiado y los centinelas verán los remos desde la casa. Giráldez y yo entraremos por el canal. Vuestros familiares pueden cerrar la carretera y el embarcadero principal.
—No sois soldado.
—He tomado barcos donde había hombres menos dispuestos a rendirse que esos guardias.
Ocampo miró a Hernán.
—Yo debo permanecer aquí. Castro será conducido al Alcázar y los documentos del palacio quedarán sellados antes de que sus amigos puedan intervenir.
La división de tareas era inevitable.
Ocampo arrestaría al consejero.
Hernán y Berrocal irían a Camas.
—¿Por qué confiáis en nosotros? —preguntó Hernán.
—No confío.
Ocampo bajó la voz.
—Pero Berrocal conoce la entrada. Vos reconoceréis a Melibea y cualquier documento relacionado con La Espera. Y si envío una columna armada por el camino, sus carceleros la degollarán antes de que lleguemos a la puerta.
El argumento no admitía objeción.
—Necesito un arma —dijo Hernán.
Berrocal le entregó una daga corta.
—Utilizadla para cortar cuerdas. Para pelear ya estoy yo.
Castro escuchaba desde el centro del patio.
—No llegará vivo a Camas —dijo.
Hernán se volvió.
—¿Porque Ruy nos espera?
El consejero no respondió.
—Ruy os entregó a Mendoza y secuestró a Melibea. Cuando esto termine, sabrá que la lealtad de un traidor dura exactamente hasta que encuentra otro comprador.
Castro sonrió.
—Cuando esto termine, maestro, todos estaremos muertos.
—Algunos antes que otros.
Ocampo hizo avanzar a sus hombres.
—Don Amadeo de Castro, quedáis detenido mientras se instruyen cargos por falsificación de documentos, fraude contra la Real Hacienda, usurpación de la autoridad del Santo Oficio, secuestro y homicidio.
—Soy miembro del Consejo.
—También los miembros del Consejo pueden llevar cadenas.
Uno de los familiares tomó la mano izquierda de Castro.
El anillo se resistió al pasar por la articulación.
Tuvieron que humedecer el dedo con aceite.
Cuando salió, Ocampo lo envolvió en tela y lo guardó dentro de una caja.
—Esto es una afrenta —dijo Castro.
—No —respondió el inquisidor—. Es una prueba.
Hernán y Berrocal abandonaron el patio.
Antes de cruzar la puerta, Ocampo los llamó.
—Maestro.
Hernán se volvió.
—Mendoza conserva los documentos. Juan y Cata están protegidos. Ruperto Zamora sigue vivo y ha enviado una segunda copia cotejada.
El cartógrafo cerró los ojos un instante.
—¿Dónde está?
—No lo sé. Y por una vez prefiero que continúe así.
—Melibea…
—Todavía hay tiempo.
Ocampo no dijo que todo saldría bien.
Hernán agradeció que no lo hiciera.
* * *
El esquife esperaba oculto bajo el puente de una huerta.
Berrocal soltó la amarra.
La corriente del Guadalquivir avanzaba hacia el sur, en dirección contraria a Camas. Tendrían que remar río arriba durante parte del recorrido y aprovechar después un brazo secundario protegido de la corriente principal.
Hernán ocupó la proa.
Berrocal remaba con movimientos largos y silenciosos.
—¿Por qué os ocultasteis? —preguntó Hernán.
—Porque vi descargar oro en La Espera.
—Bartolomé dijo que os enviaron a Veracruz.
—Me enviaron. Un mes después alguien intentó arrojarme desde un muelle. Decidí facilitarles un cadáver que no necesitaran buscar.
—¿Quién murió?
—Un marinero sin nombre que apareció ahogado. Mis papeles quedaron en su ropa.
Hernán no aprobó el procedimiento.
Tampoco podía fingir que no lo comprendía.
—Íñigo Grijalva fue a veros —dijo.
Berrocal interrumpió una palada.
—Sí.
—Le hablasteis de La Espera.
—Le dije demasiado y no lo suficiente.
—Después murió.
—Lo sé.
Berrocal volvió a introducir los remos.
—Por eso estoy aquí.
Las torres de Sevilla quedaron atrás.
La luz del amanecer empezaba a extenderse sobre los campos. A lo lejos, Ocampo conducía a Castro hacia las dependencias del Alcázar.
En el río, Hernán y Berrocal avanzaban hacia la casa donde una orden esperaba el primer toque de prima.
El tiempo se medía ya en campanadas.