El mapa del guarda Capítulo 31 La guarida del lobo
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Capítulo 31 La guarida del lobo

Hernán no trepó el muro.

L legó a la puerta principal del palacio de Amadeo de Castro cuando las campanas terminaban de tocar completas. Llevaba el tubo de cuero bajo la capa, el legajo señuelo contra el pecho y las manos visibles.

Dos criados armados vigilaban la entrada.

Uno comprobó su rostro a la luz de una linterna.

—El maestro Giráldez —dijo.

No pareció sorprendido.

Ruy apareció detrás.

Ya no vestía la librea gris de Mendoza. Llevaba un jubón negro sin distintivos y una espada corta al cinto. El botón que faltaba en su manga coincidía con el encontrado en el patio de la casa del Arenal.

Hernán lo observó.

—La librea os sentaba mejor.

Ruy bajó la vista hacia su manga.

—Entregad las armas.

—No llevo ninguna.

Lo registraron.

Encontraron la regla de boj, pero no descubrieron el compartimento interior donde Hernán conservaba únicamente nombres, fechas y cantidades escritos sobre una tira estrecha. Le retiraron el tubo, el legajo incompleto y un cuchillo pequeño.

—La señora Grijalva —dijo Hernán—. Quiero verla.

Ruy sonrió.

—El señor decidirá lo que veis.

Atravesaron un patio rodeado de columnas.

La fuente central estaba apagada. Las ventanas del piso superior permanecían iluminadas y varias sombras se movían detrás de los cristales. A pesar de la hora, el palacio no dormía.

Hombres entraban y salían con cajas.

Un escribano quemaba documentos en un brasero bajo la galería. Otro arrancaba páginas de un libro antes de arrojarlas al fuego.

Castro no esperaba negociar.

Esperaba borrar.

—Vuestro amo parece ocupado —dijo Hernán.

Ruy lo empujó hacia una escalera.

—Caminad.

Subieron hasta un despacho situado en la primera planta.

Amadeo de Castro esperaba tras una mesa de caoba.

No llevaba máscara.

Vestía un jubón de terciopelo oscuro, una golilla impecable y el anillo de oro en el meñique izquierdo. La torre y las tres figuras brillaron cuando movió la mano para indicar a los guardias que dejaran el tubo sobre la mesa.

—Maestro Giráldez.

La misma voz de La Espera.

La misma cadencia utilizada desde el esquife del Guadalquivir.

Hernán permaneció de pie.

—Don Amadeo.

Castro acarició la tapa del tubo.

—Nos ha causado molestias desproporcionadas para un hombre que solo dibuja costas.

—Vos habéis causado demasiados muertos para un hombre que solo firma órdenes.

La expresión del consejero no cambió.

—¿Se refiere al muchacho?

—Lucio Ferrol.

—Gaspar Arce debía recuperar la carta. Nada más.

—Lucio apareció con la garganta cortada.

—Los subordinados cometen excesos.

—Y los superiores los llaman excesos para no llamarlos órdenes.

Castro estudió su rostro.

Después abrió el tubo.

Sacó la reproducción del mapa y la extendió. Examinó Santa María del Mar, el sello roto y la marca de tres incisiones.

—Una copia.

—La carta que buscabais.

—No.

Castro señaló una diferencia mínima en el trazado de la costa.

—Juan de la Cruz dibujaba las desembocaduras con un trazo doble. Esto lo ha hecho otra mano.

—La mía.

—Entonces es inútil.

—Os ha traído hasta aquí.

Castro abrió el legajo.

Encontró copias parciales de las cuentas, varias páginas incompletas y hojas en blanco colocadas entre documentos auténticos.

Su mirada se endureció.

—¿Dónde están los originales?

—A salvo.

—¿Con Mendoza?

Hernán no respondió.

Castro levantó la cabeza.

—Ruy os vio entrar en su casa. Vio salir al capellán con un paquete y siguió a la mujer hasta el Arenal. Sabemos que Mendoza posee algo.

—Entonces sabéis que matarnos no resolverá vuestro problema.

—Depende de cuánto posea.

Castro hizo una señal.

Ruy salió del despacho.

Antes de cerrar, el consejero ordenó:

—Envía un hombre a Camas. Que esperen mi mensaje hasta el primer toque de prima. Si no llega, terminan el trabajo y queman la casa.

Hernán mantuvo el rostro inmóvil.

Camas.

La confirmación que necesitaba.

—¿El molino o la casa del río? —preguntó.

Castro lo miró.

Hernán había lanzado dos posibilidades al azar.

La reacción llegó cuando pronunció la segunda.

Un movimiento mínimo en los ojos.

La casa del río.

—No sabéis dónde está —dijo Castro.

—Sé más de lo que creéis.

—No lo suficiente para salvarla.

El consejero abrió un cajón y sacó una bolsa de cuero. La dejó caer sobre la mesa.

Las monedas sonaron.

—Quinientos ducados.

Hernán no miró la bolsa.

—¿Por qué?

—Porque prefiero comprar el talento antes que destruirlo. Podéis partir mañana hacia las Indias con un nombre nuevo. Tendréis dinero, protección y trabajo. Dibujaréis cartas para mis agentes y viviréis mejor de lo que habéis vivido nunca.

—¿Y Melibea?

—Será liberada cuando reciba todos los documentos.

—¿Viva?

Castro sonrió.

—Viva cuando salga de la casa.

—No habéis respondido.

—La vida no incluye garantías, maestro.

Hernán comprendió que Melibea moriría aunque entregara las pruebas.

Él también.

La oferta solo pretendía averiguar dónde estaban los documentos antes de matarlos.

—Mendoza conserva una copia completa —dijo—. Juan de la Cruz conserva los sellos. Ocampo posee la declaración de Treviño. Cata guarda la carta falsa. Y un sacerdote tiene instrucciones de presentar todo en público si no regresamos.

No todo era cierto, pero cada afirmación contenía una parte posible.

Castro dejó de sonreír.

—Ocampo no lo ayudará.

—Utilizasteis su nombre para registrar mi taller.

—Una necesidad.

—Utilizasteis falsas insignias del Santo Oficio.

—Un recurso.

—Matasteis a un muchacho y colocasteis mi cuchillo junto al cuerpo.

—Una previsión.

—Eso lo convierte en vuestro enemigo.

Castro se levantó.

Rodeó la mesa y se detuvo frente a Hernán.

Era ligeramente más bajo que él, pero vestía el poder como otros llevaban una armadura.

—Ocampo sirve a la institución que le ordene servir. Mendoza es un anciano. Juan es un copista asustado. La muchacha del Arenal no sobrevivirá a un interrogatorio. Y usted…

Levantó la mano izquierda.

El anillo quedó a la altura del rostro de Hernán.

—Usted está solo en mi casa.

—No estoy solo mientras los papeles existan.

Castro lo golpeó con aquella misma mano.

El sello abrió la piel sobre su pómulo.

—Los papeles arden.

—No todos.

El consejero volvió a la mesa.

—¿Quién llevó el paquete de Mendoza?

—No lo sé.

—¿Adónde?

—Tampoco.

—Miente.

—Sí.

La franqueza desconcertó a Castro.

—Pero no sabéis en qué parte.

El consejero apretó el puño.

—Tenéis hasta el amanecer para decidir si preferís vivir.

—No podéis ofrecerme lo que no pensáis conceder.

Castro llamó a los guardias.

Ruy regresó con dos hombres.

—Encerradlo en el sótano —ordenó el consejero—. Que nadie entre sin mi permiso.

Los guardias agarraron a Hernán.

Antes de salir, él miró el tubo abierto.

Castro había recibido exactamente lo que Mendoza pretendía que recibiera: una prueba de que existían documentos, pero no suficientes para conocer el alcance de la acusación.

—Don Amadeo —dijo Hernán.

Castro levantó la vista.

—En La Espera llevabais una máscara porque todavía temíais que alguien reconociera vuestro rostro.

—Ya no la necesito.

—No. Ahora todos sabrán quién estaba debajo.

Lo sacaron del despacho.

* * *

El sótano del palacio estaba dividido en pequeñas cámaras utilizadas para guardar vino, grano y objetos que no debían figurar en los inventarios.

Hernán fue encerrado en la más profunda.

No tenía ventana.

La puerta de madera dejaba pasar una línea de luz por debajo. El suelo era de tierra húmeda y las paredes olían a moho.

Se sentó.

El brazo derecho volvía a sangrar. El golpe del anillo le había abierto el pómulo y el tobillo dolía después del camino.

No intentó forzar la puerta.

No había acudido allí para escapar por sus medios, sino para obligar a Castro a actuar.

Para confirmar Camas.

Para retener al consejero en el palacio mientras Mendoza y Ocampo decidían qué hacer con las pruebas.

Solo podía confiar en que el mensaje de Cata hubiese llegado.

Y confiar, descubrió, era otra forma de permanecer inmóvil mientras otro elegía.

Arriba se oyeron pasos.

Una puerta se abrió.

Ruy descendió acompañado por otro hombre.

Hernán se acercó a la madera.

—El caballo está preparado —dijo el desconocido.

—Lleva la orden a la casa del río —respondió Ruy—. Si el señor no envía el sello antes de prima, matan a la mujer, arrojan el cuerpo al Guadalquivir y prenden fuego al lugar.

—¿Qué ocurre con los libros?

—Primero al carro. Después el fuego.

—¿Y los guardias?

—Se dispersan por la ruta de Santiponce.

Los pasos se alejaron.

Hernán había obtenido algo más que una localización.

La casa tenía acceso al río.

Los captores retirarían los libros en carro.

Y esperaban una señal física de Castro.

Probablemente el anillo o una impresión del sello.

Se sentó otra vez.

No sabía si aquella información llegaría a alguien.

Castro podía matarlo antes de que Ocampo entrara.

Ocampo podía no entrar.

Mendoza podía haber sido detenido.

Cata podía haber sido seguida.

Melibea podía estar ya muerta.

Hernán apoyó la cabeza contra la pared.

No aseguró que todo saldría bien. Había aprendido a desconfiar de las promesas destinadas únicamente a aliviar a quien las pronunciaba.

—Aguanta —murmuró.

No sabía si hablaba con Melibea o consigo mismo.

Pasó el tiempo.

Cerca del amanecer cambió el silencio del palacio.

Primero dejaron de escucharse las cajas.

Después llegó el ruido de caballos en el patio.

Una voz exigió abrir en nombre del Santo Oficio.

Otra respondió que ningún inquisidor tenía autoridad para entrar en la casa de un miembro del Consejo.

La primera voz no elevó el tono.

—La autoridad está escrita y sellada. La puerta puede abrirse con una llave o con un hacha. Elija qué desea conservar.

Hernán reconoció a Ocampo.

Arriba corrieron muebles.

Un hombre gritó.

La puerta principal recibió un golpe.

Después otro.

Al tercero, la madera cedió.

La guarida del lobo acababa de ser abierta desde fuera.