El mapa del guarda Capítulo 30 La sombra del traidor
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Capítulo 30 La sombra del traidor

Hernán llegó a la casa del Arenal antes que Melibea.

Cata abrió la puerta y volvió a cerrarla en cuanto entró.

—¿

D ónde está mi madre?

—Regresa por otra ruta.

—¿Cuánto hace que os separasteis?

—Menos de media hora.

Juan se levantó de la mesa.

—¿Mendoza aceptó?

—Ha entregado las pruebas a Ocampo.

—¿Las ha entregado ya?

—Su capellán salió con ellas antes que nosotros.

Cata observó el tubo que llevaba Hernán.

—¿Y eso?

—El señuelo.

Explicó el plan.

La joven escuchó sin interrumpir, pero su expresión empeoró a medida que comprendía que Mendoza pretendía atraer a los hombres de Castro.

—¿Y mi madre ha aceptado?

—Sí.

—¿O tú aceptaste por los dos?

La pregunta encontró su punto débil.

—Le pregunté.

Cata pareció creerle.

No perdonarlo.

—Entonces debería haber llegado.

Hernán miró hacia la puerta.

El trayecto de Melibea era algo más corto que el suyo.

Podía haberse detenido para comprobar si la seguían.

Podía haber dado un rodeo.

Podía haber encontrado una patrulla.

Esperaron.

Las campanas marcaron media hora.

Después otra.

Melibea no llegó.

Cata tomó el cuchillo.

—Voy a buscarla.

—No.

—No vuelvas a decirme eso.

—Castro puede estar esperando que salgamos.

—También puede tenerla.

Juan intervino:

—Primero comprobemos la casa.

—¿Para qué?

—Si alguien siguió a Melibea hasta aquí, quizá haya entrado antes.

Recorrieron las habitaciones.

No encontraron señales de registro. Los escondites seguían cerrados, la copia de la carta falsa permanecía detrás de una tabla y los sellos de Juan no habían sido tocados.

En el patio, sin embargo, la puerta lateral estaba abierta.

Cata la había cerrado al amanecer.

Hernán se agachó.

El pestillo no estaba roto.

Alguien había utilizado una llave.

—¿Quién tiene copia? —preguntó.

—Mencía, mi madre y yo.

—¿Nadie más?

Cata negó.

Juan examinó el suelo.

Había huellas recientes junto al muro. Una bota con tacón estrecho y otra más ancha. Entre ambas se distinguía la punta arrastrada de un tercer calzado.

—Han entrado con alguien que no caminaba por voluntad propia —dijo.

Cata palideció.

—Mi madre.

Hernán salió al callejón.

No vio a nadie.

Encontró, sin embargo, un hilo azul enganchado en una astilla de la puerta. Procedía del mantón que Melibea había utilizado para cubrir el hombro.

Junto al hilo había un botón gris.

Lo recogió.

La pieza llevaba grabada una pequeña M coronada.

La casa de Mendoza.

—La librea —dijo.

Recordó al criado del patio.

Ruy.

Melibea había advertido que observaba los documentos.

—Uno de los hombres de Mendoza estuvo aquí —dijo Cata.

—O alguien vestido como él.

Juan tomó el botón.

—No parece nuevo. El hilo está desgastado. Pertenecía realmente a una librea.

Volvieron a la cocina.

Hernán extendió sobre la mesa el plano de la casa y las calles cercanas. Marcó la ruta que Melibea debía haber seguido desde la residencia de Mendoza.

—Si Ruy salió por la puerta de servicio, pudo adelantarse.

—¿Cómo sabía adónde iba mi madre? —preguntó Cata.

—No necesitaba saberlo. Castro vigila esta casa. Ruy solo tenía que avisar de que habíamos regresado y de que Mendoza conservaba los documentos.

—Entonces ¿por qué entrar aquí?

—Por las copias.

Juan comprobó de nuevo los escondites.

—No encontraron nada.

—Porque Melibea llegó mientras registraban —dijo Hernán.

Imaginó la escena.

La puerta abierta con una llave.

Dos hombres dentro.

Melibea entrando por el patio para evitar la vigilancia de la calle.

El forcejeo.

El mantón rasgado.

La punta de la bota arrastrada sobre el suelo.

—Se la llevaron cuando los sorprendió.

Cata apretó el cuchillo.

—¿Adónde?

—Primero a Castro.

—¿A su palacio?

—Es demasiado visible.

—La casa de Camas —dijo Juan.

Hernán se volvió.

—¿Qué casa?

—Ocampo preguntó por propiedades utilizadas por los hombres de Arce. Una pertenece en los registros a un comerciante de grano, pero los pagos proceden de un factor de Castro. Está al otro lado del río, cerca de Camas.

—¿Por qué no lo mencionaste?

—Porque Ocampo no sabía para qué la utilizaban.

—Ahora sí.

Un golpe sonó en la puerta principal.

Tres veces.

Pausa.

Una cuarta.

No era la señal de Mencía.

Cata se situó junto a la pared.

Hernán sacó el cuchillo.

—¿Quién? —preguntó Juan.

—Un mensaje para el maestro Giráldez.

La voz pertenecía a un muchacho.

Hernán abrió solo lo suficiente para verlo.

Tenía unos doce años y sostenía un pliego doblado. Entregó el papel y salió corriendo antes de recibir una moneda.

No llevaba sello.

La escritura era cuidada.

Demasiado cuidada para un mensaje apresurado.

Maestro Giráldez:

La señora Grijalva vive. Continuará haciéndolo mientras entregue la carta falsa, las cuentas de La Espera, los fragmentos de sello y cualquier copia preparada por Zamora.

Acuda solo al palacio de don Amadeo de Castro después de completas. Si avisa a Mendoza, al Santo Oficio o a cualquier alguacil, recibirá una prueba de que no hemos exagerado.

Traiga los originales.

No había firma.

Al pie aparecía dibujada una torre rodeada por tres figuras.

Cata leyó por encima de su hombro.

—No irás solo.

—Eso esperan.

—He dicho que no.

Hernán dejó el papel sobre la mesa.

—No poseen los originales. Creen que los llevábamos nosotros.

—Entonces tenemos ventaja.

—Hasta que comprendan que Mendoza los conserva.

Juan miró hacia la calle.

—Ruy se lo dirá.

—Ya se lo habrá dicho.

—Entonces Castro sabe que Ocampo puede recibirlos.

Hernán pensó en el tiempo.

El capellán de Mendoza había salido antes que ellos. Si había llegado al convento, Ocampo ya tendría una copia.

Si Ruy avisó con rapidez, Castro intentaría interceptarla o destruir al consejero antes de que actuara.

Melibea no era el único objetivo.

—Hay que avisar a Mendoza —dijo.

—La nota dice que…

Cata rompió el pliego por la mitad.

—La nota puede irse al infierno.

—Un mensajero visible atraerá a los vigilantes —advirtió Juan.

—Padre Jerónimo —dijo Hernán—. Cata irá por los tejados hasta su casa. Él enviará a uno de los niños de la cofradía a Mendoza.

—Y a Ocampo —añadió Cata.

—No.

—¿Por qué?

Hernán dudó.

El plan de Mendoza dependía de que Ocampo actuara al recibir las pruebas. Avisarlo de la captura podía precipitar un movimiento antes de saber dónde retenían a Melibea.

Pero esperar significaba dejarla en manos de Castro.

No volvería a elegir por ella creyendo que una estrategia justificaba cualquier riesgo.

—Sí —corrigió—. También a Ocampo.

Cata guardó el cuchillo.

—¿Qué le digo?

Hernán escribió:

Ruy ha traicionado a Mendoza. Melibea Grijalva ha sido secuestrada. Castro exige las pruebas y me cita en su palacio después de completas. Existe una casa relacionada con sus factores cerca de Camas. Actúe antes de que trasladen a la prisionera.

Firmó.

Juan añadió una frase:

Los documentos de Zamora, Juan de la Cruz y el sello de la torre confirman la acusación.

—Ocampo reconocerá mi letra —dijo.

Cata guardó el mensaje dentro del jubón.

Antes de salir, agarró el brazo de Hernán.

—Promete que no entrarás en el palacio hasta que regrese.

—No puedo.

—Promételo.

—Si no me presento a la hora…

—No la matarán antes de obtener los documentos.

Hernán sostuvo la mirada.

Cata había aprendido de su madre.

—Esperaré hasta completas —dijo—. No más.

—Eso no es una promesa.

—Es la verdad.

La joven salió por el patio.

Juan empezó a preparar el señuelo.

Introdujo dentro del tubo varias copias incompletas, hojas en blanco y una reproducción del mapa con la misma legua falsa. Añadió un fragmento de lacre sin valor y cerró el conjunto con cordel.

—Castro lo examinará.

—Necesito que crea que puede obtener el resto.

—¿Qué llevarás realmente?

Hernán tocó la regla de boj.

—Nombres. Fechas. Cantidades. Lo suficiente para demostrar que sé dónde buscar, pero nada que pueda destruir.

Juan observó el dibujo de la torre en la nota.

—No entrarás en la casa de un consejero y saldrás porque lleves un tubo falso.

—No espero que me deje salir.

—Entonces ¿qué esperas?

—Que Ocampo haya recibido el mensaje.

Juan guardó silencio.

Afuera empezó a oscurecer.

* * *

Cata regresó antes de completas.

Venía acompañada por padre Jerónimo.

El sacerdote cerró la puerta tras ellos.

—Mendoza ha recibido el aviso —dijo—. Ruy no ha vuelto a la casa. El capellán entregó los documentos.

—¿A Ocampo?

—Personalmente.

Hernán sintió que una parte del peso cedía.

—¿Qué hará?

—No me lo ha dicho.

—¿Habéis hablado con él?

—Lo vi entrar en el convento acompañado por cuatro hombres. Después salieron por puertas distintas.

—¿Hacia dónde?

—Uno fue al Alcázar. Otro, al río. Los demás no los vi.

Castro todavía podía creer que controlaba el tiempo.

No sabía que Ocampo tenía las pruebas.

—¿Y la casa de Camas? —preguntó Hernán.

Jerónimo negó.

—Nadie ha confirmado que Melibea esté allí.

—Pero pertenece a un factor de Castro.

—Eso basta para investigar, no para irrumpir sin orden.

Cata miró a Hernán.

—No vas a esperar una orden.

—Voy al palacio.

—Entonces voy contigo.

—No.

La palabra salió por costumbre.

Hernán la retiró.

—Necesito que permanezcas con Juan y conserves la última copia. No porque no puedas acompañarme. Porque si ninguno vuelve, alguien debe entregar la acusación en sesión pública.

Cata apretó la mandíbula.

Aquella razón podía discutirla.

No negarla.

—Tráela de vuelta.

—Haré todo lo posible.

—No es suficiente.

—Es lo único honrado que puedo prometer.

Las campanas comenzaron a tocar completas.

Hernán colocó el tubo señuelo bajo la capa.

Guardó la nota de Castro y la regla de boj.

Después salió.

El palacio de don Amadeo se alzaba junto al río, iluminado como una casa donde nadie temía a la justicia.

En algún lugar, Melibea esperaba.

En otro, Ocampo acababa de abrir los documentos que podían condenar a Castro.

Entre ambos se extendía la sombra de Ruy.

Y Hernán caminó hacia ella.