Capítulo 29 El anzuelo del rey
Don Baltasar de Mendoza recibió primero a Melibea.
El detalle sorprendió a Hernán.
E l consejero no pidió que la mujer esperara en el patio ni la trató como acompañante del cartógrafo. Ordenó colocar dos sillas frente a la mesa y esperó a que ambos se sentaran antes de formular la primera pregunta.
—Ruperto Zamora me escribió hace doce días —dijo—. Prometía enviarme una copia de ciertas cuentas que podían comprometer a un miembro del Consejo. La copia llegó hace tres noches.
Abrió un cajón.
Sacó un paquete de documentos sujeto con cordel encerado.
El sello llevaba las iniciales R. Z.
Hernán reconoció la letra de Zamora en la cubierta.
—Entonces está vivo —dijo.
Mendoza no compartió el alivio.
—Estaba vivo cuando entregó el paquete al mensajero. No sé dónde está ahora.
Colocó los papeles sobre la mesa.
—Lo que me envió es grave. También incompleto. Hay autorizaciones, manifiestos contradictorios y pagos relacionados con Gaspar Arce. No hay una prueba directa de qué se transportó ni de dónde terminó.
Hernán abrió su tubo.
—Nosotros traemos esa parte.
No entregó todos los documentos a la vez.
Siguió el orden decidido por Melibea.
Primero extendió las dos posiciones de Santa María del Mar.
Mendoza se colocó las gafas.
Hernán explicó la distancia, el raspado de la vitela, el cambio de tinta y la reutilización del sello auténtico. Después mostró las tres incisiones de Juan de la Cruz.
—El copista está vivo —dijo—. Declarará que Gaspar Arce le entregó el modelo y que un hombre enmascarado recogió la carta.
—¿Puede identificarlo?
—La voz. El anillo. El sello.
Mendoza no mostró satisfacción.
—Eso servirá para orientar una pesquisa, no para condenar a un consejero.
Hernán añadió el diario del San Telmo y la carta de Llanos.
Explicó el cambio de rumbo, la balandra, la cala llamada La Espera y las doce cajas acompañadas de seis barriles.
Después Melibea puso sobre la mesa el recibo de los cuatro mil ochocientos marcos de oro.
Mendoza leyó dos veces la cifra.
—¿Dónde lo obtuvieron?
—En La Espera —respondió ella—. Del mensajero que lo transportaba desde el embarcadero hasta los almacenes.
—¿Lo robaron?
—Sí.
—Eso permitirá a Castro impugnar su origen.
—Puede impugnar cómo llegó a nuestras manos —dijo Hernán—. No puede explicar por qué la cantidad coincide con los libros secretos del puerto.
Melibea mostró las dos páginas arrancadas.
Mendoza se levantó.
Las llevó hasta el ventanal y examinó la tinta, el papel y la dirección de las fibras.
—No proceden del mismo libro que el recibo.
—No —dijo Melibea—. El recibo se redactaba junto al embarcadero. Estas hojas pertenecían a la contabilidad central.
—¿Vio el libro completo?
—Sí.
—¿Podría reconocerlo?
—Sí.
—¿Quién más estaba presente?
—Los empleados de Castro.
Mendoza dejó las hojas sobre la mesa.
—Negarán que haya existido.
—La Espera ardió —respondió Hernán—. Quizá el libro también.
El consejero lo miró por encima de las gafas.
—Eso dificulta comprobar su relato.
—Castro ordenó el incendio precisamente para conseguirlo.
La siguiente prueba fue el registro de Cartagena.
La Santa Irene había declarado cueros, aceite de pescado y herramientas. Había descargado sin inspección en el embarcadero de Martín Valdés.
Mendoza sacó una hoja de la copia de Zamora.
El nombre de Martín Valdés aparecía en una relación de pagos efectuados por un secretario de Castro.
Las dos fuentes coincidían.
—Ahora la firma —dijo Melibea.
Hernán colocó sobre la mesa la autorización de salida de las doce cajas y seis barriles.
Mendoza leyó el nombre al pie.
Amadeo de Castro.
No reaccionó de inmediato.
Comparó la firma con las muestras reunidas por Zamora. Después comprobó las abreviaturas, las rúbricas y la forma de escribir ciertas letras.
—La mano parece la misma —admitió.
—Lo es —dijo Hernán.
—Ante el Consejo, «parece» y «es» pueden separar una condena de una absolución.
—Juan puede declarar sobre el encargo. Zamora cotejó la escritura. Ocampo conserva el testimonio de Treviño. Felipe de la Vega vio parte de la operación y tiene detenido al hombre que intentó matarnos.
Mendoza levantó la vista.
—¿Quién es Felipe de la Vega?
Hernán explicó quién era, lo ocurrido en la Santa Bárbara y la orden hallada en poder de Ramiro de la Fuente.
—¿Dónde está el contramaestre?
—La última vez que lo vimos, continuaba al mando de la nao.
—Entonces está fuera de nuestro alcance inmediato.
—Regresará.
—Eso no es una fecha.
Mendoza empezó a pasear por la biblioteca.
—Castro lleva doce años en el Consejo. Controla secretarios, factores, capitanes y al menos una parte de los alguaciles.
Si presento estos documentos en sesión abierta, sabrá qué poseemos antes de que termine la lectura.
Podrá declarar falsas las copias, eliminar los originales y hacer desaparecer a los testigos.
—Por eso acudimos a vos —dijo Melibea.
—Mi honradez no me concede soldados.
—Os concede una voz en el Consejo.
—Una voz puede ser silenciada.
—También puede obligar a otros a escucharla antes.
Mendoza se detuvo.
La observó con interés.
—Zamora tenía razón al decir que debía hablar con los dos.
Volvió a sentarse.
—Necesitamos a Ocampo.
Hernán mantuvo el rostro inmóvil.
—¿Confiáis en él?
—No.
La respuesta fue inmediata.
—Confío en que detesta que utilicen el nombre del Santo Oficio para cometer delitos fuera de su autoridad. Confío también en que lleva meses investigando la muerte de Treviño y la desaparición de varios testimonios. Sus motivos no tienen que ser los nuestros.
—Ocampo puede detenerme en cuanto me vea.
—Puede.
—Sigo acusado de matar a Lucio.
—Por una denuncia presentada antes de que los falsos familiares llegaran a su taller. Ocampo ya ha comprobado que las insignias utilizadas aquella noche no procedían de su tribunal.
Hernán recordó la reacción del alguacil al oír el nombre del dominico.
—¿Por qué no ha retirado la acusación?
—Porque hacerlo avisaría a Castro de que la denuncia ha fracasado.
Mendoza juntó las manos sobre la mesa.
—Hasta ahora, Ocampo ha dejado que sus enemigos crean que controla la investigación. En realidad, ha seguido las órdenes falsas, las firmas y los hombres que las ejecutaron.
—¿Y por qué no ha detenido a Castro? —preguntó Melibea.
—Porque sospechar no basta cuando el sospechoso se sienta en el Consejo de Indias.
Mendoza tocó el recibo de La Espera.
—Esto puede cambiarlo.
—¿Qué proponéis? —preguntó Hernán.
—Yo conservaré la copia cotejada por Zamora y los documentos que han traído. Antes de una hora, un mensajero mío los entregará personalmente a Ocampo en el convento de San Pablo.
—No un criado —dijo Melibea.
Mendoza comprendió la objeción.
—No. Irá mi capellán, acompañado por dos hombres de mi familia. Ninguno trabaja en esta casa.
Hernán miró hacia la puerta.
El criado de librea gris que los había conducido hasta la biblioteca permanecía fuera.
Ruy.
No se oían sus pasos.
—¿Cuántas personas saben que Zamora os escribió? —preguntó.
—Mi secretario, mi capellán y yo.
—¿Y que hemos venido?
—El portero y Ruy.
—Demasiadas.
—En una casa grande, dos personas ya son demasiadas.
Mendoza sacó un pliego nuevo.
Redactó una relación breve de lo recibido, enumerando cada documento sin describir su contenido completo. Firmó al pie y estampó su sello.
Después preparó una segunda hoja dirigida a fray Leodán de Ocampo.
—¿Qué le decís? —preguntó Hernán.
—Que tengo pruebas documentales de desvío de caudales, falsificación de cartas de marear y uso fraudulento de su autoridad. Que los testigos están vivos. Y que si no viene personalmente, presentaré la acusación ante el pleno del Consejo mañana.
—Eso también avisa a Castro —dijo Melibea.
—Solo si alguien intercepta el mensaje.
—O si Ocampo no está tan solo como creéis.
Mendoza dobló el pliego.
—No existe una acción sin riesgo.
—¿Y nosotros? —preguntó Hernán.
—Regresen a la casa del Arenal por caminos separados.
—Castro conoce la casa.
—Precisamente. Esperará que huyan.
—No entiendo.
Mendoza se quitó las gafas.
—Quiero que crea que ustedes han regresado sin pruebas concluyentes y que buscan desesperadamente un protector. El verdadero legajo permanecerá aquí hasta que Ocampo lo recoja. Ustedes llevarán una copia incompleta.
—Un señuelo —dijo Melibea.
—Un anzuelo.
Mendoza miró la autorización firmada por Castro.
—Los hombres que roban al rey terminan creyendo que también pueden engañarlo. Dejaremos que Castro vea el cebo. Cuando intente tomarlo, Ocampo podrá seguir su mano.
—Está utilizando nuestras vidas —dijo Hernán.
—Sus vidas ya están siendo utilizadas por Castro. Yo propongo escoger para qué.
Melibea no apartó la vista del consejero.
—¿Qué espera que haga?
—Que intente recuperar el mapa, los sellos o a Juan de la Cruz. Tal vez secuestrar a uno de ustedes para averiguar dónde están los originales.
—Habla de ello como si fuera una ventaja.
—Será una ventaja si estamos preparados.
—¿Lo estamos?
Mendoza no respondió inmediatamente.
—No del todo.
Aquella sinceridad resultó más convincente que cualquier promesa de seguridad.
Hernán miró a Melibea.
No decidió por ella.
—¿Qué opinas?
—Que Castro ya intentará capturarnos aunque rechacemos el plan.
—Eso no es una respuesta.
—Acepto el anzuelo. No acepto que Mendoza decida dónde nos colocamos.
El consejero sonrió apenas.
—Negocian incluso cuando están perseguidos.
—Por eso seguimos vivos —respondió Melibea.
Acordaron las condiciones.
El legajo completo quedaría en poder de Mendoza hasta la llegada de Ocampo.
El capellán llevaría una copia adicional por una ruta distinta.
Juan y Cata no serían trasladados ni mencionados.
Hernán y Melibea regresarían por separado al Arenal, llevando solo papeles parciales.
Si alguno desaparecía, Mendoza entregaría públicamente la acusación.
Si ambos desaparecían, Ocampo recibiría los nombres de Gaspar Arce, Esteban Riaño, Martín Valdés y Juan de la Rúa.
Antes de salir, Hernán señaló la autorización de Castro.
—¿Qué pasará cuando Ocampo la vea?
—Primero intentará verificarla con documentos independientes —respondió Mendoza—. Después decidirá si actúa como inquisidor o como hombre al que han utilizado.
—¿Y cuál de los dos es más peligroso?
—Espero que Castro lo descubra antes que nosotros.
* * *
Mendoza acompañó personalmente el paquete hasta la puerta interior.
Llamó a su capellán.
No utilizó a Ruy.
El criado de librea gris apareció, sin embargo, al otro lado del patio. Llevaba una bandeja vacía y caminaba con la cabeza baja.
Al pasar junto a ellos, sus ojos se detuvieron sobre el paquete.
Solo un instante.
Melibea lo vio.
—Ese hombre escucha demasiado —dijo cuando salieron a la calle.
—¿Lo conoces?
—No.
—Entonces ¿por qué lo dices?
—Porque los buenos criados miran las manos de sus señores. Él miraba los documentos.
Se separaron en la siguiente esquina.
Hernán tomó el camino hacia la catedral.
Melibea se dirigió hacia el río.
En el jubón de cada uno viajaba una parte del señuelo.
Detrás, en la casa de los naranjos, don Baltasar de Mendoza entregaba las pruebas a un sacerdote que debía llevarlas hasta Ocampo.
Y Ruy, el criado de la librea gris, abandonaba el patio por una puerta de servicio que nadie había ordenado abrir.