Capítulo 28 El hombre sin máscara
Las pruebas ocuparon toda la mesa.
C ata había retirado los platos, el pan y la jarra de vino. Juan de la Cruz cerró los postigos y colocó dos candiles protegidos por pantallas de metal. Melibea permanecía sentada junto a la puerta de la cocina, desde donde podía escuchar cualquier movimiento en la calle.
Hernán abrió el legajo de Ruperto Zamora.
No empezó a leerlo de principio a fin.
Primero separó los documentos por lo que podían demostrar.
—Aquí —dijo—, el mapa.
Extendió la carta falsa de Tierra Firme.
La vitela mostraba Santa María del Mar desplazada una legua hacia el sur. El sello auténtico había sido levantado de otro documento y adherido con cola. Junto al margen inferior seguían las tres incisiones realizadas por Juan de la Cruz.
El copista acercó el rostro.
—Son mías.
—Tendrás que declararlo bajo juramento —dijo Hernán.
—Ya lo hice ante Ocampo.
—Volverás a hacerlo ante el Consejo.
Juan no mostró entusiasmo.
—Si llegamos a verlo.
Cata colocó al lado la copia del derrotero antiguo utilizado por la Santa Bárbara . En él, Santa María del Mar figuraba en su posición correcta.
Dos mapas.
Una costa.
Una legua de diferencia.
Hernán dispuso después las páginas del diario del San Telmo , la carta de Pedro de Llanos y la copia del registro donde constaba la salida de doce cajas y seis barriles desde los depósitos de la Hacienda.
—Esto demuestra que la alteración tenía una función —explicó—. Los barcos no se perdían por azar. Llegaban a una posición concreta, esperaban una balandra y recibían órdenes para apartarse de la derrota oficial.
Melibea desplegó el recibo robado en La Espera.
—Y esto demuestra lo que transportaban.
La hoja consignaba la recepción de cuatro mil ochocientos marcos de oro procedentes del San Gabriel . Debajo aparecían la cantidad de cajas, el número de barriles y las iniciales A. C.
Cata leyó en silencio.
—¿Cuánto oro es eso?
—Más del que cualquiera de nosotros verá en toda su vida —respondió Juan.
—No es la cantidad lo importante —dijo Hernán—. Es la procedencia. El recibo reconoce que salió de los depósitos de la Real Hacienda.
Melibea añadió las dos páginas arrancadas del libro interno del puerto clandestino.
Una registraba la entrada del cargamento.
La otra, su traslado a la Santa Irene con destino a Cartagena.
—Y esta es la copia del registro portuario —continuó Hernán.
Colocó junto a las páginas la nota obtenida mediante Paredes.
La Santa Irene había entrado en Cartagena declarando cueros, aceite de pescado y herramientas. No se había practicado visita de bodega. La descarga se realizó en el embarcadero privado de Martín Valdés.
—La Espera recibe oro —dijo Cata—. La Santa Irene lo transporta y en Cartagena declaran otra cosa.
—Exactamente.
—¿Y Castro?
La pregunta hizo que todos miraran el legajo de Zamora.
Hernán extrajo varias hojas.
La primera era la autorización firmada por Amadeo de Castro para trasladar desde los depósitos doce cajas de herramientas y seis barriles de suministros destinados al San Telmo .
La segunda contenía una orden de pago a Gaspar Arce por servicios extraordinarios.
La tercera era una muestra de la firma completa de Castro, obtenida de un documento público y cotejada por Zamora con las iniciales y rúbricas presentes en las cuentas secretas.
No había una carta donde Castro confesara haber robado el oro.
Había algo más difícil de rechazar: una cadena de decisiones.
—Castro autoriza la salida —dijo Hernán—. Arce entrega el modelo al copista y retira las cartas manipuladas. Los barcos siguen la posición falsa. La Espera recibe la misma cantidad y el mismo tipo de carga. Después el oro sale en una nave relacionada con los factores de Castro.
—Puede decir que alguien utilizó su firma —señaló Juan.
—Lo hará —respondió Melibea.
Hernán sacó la copia del interrogatorio de Ramiro de la Fuente.
Junto a ella estaba dibujado el disco de plomo que Felipe de la Vega conservaba a bordo de la Santa Bárbara : una torre rodeada por tres figuras.
—Entonces tendremos esto —dijo—. Ramiro fue contratado para robarnos el mapa y matarnos. Llevaba la señal de la red.
Juan abrió su envoltorio de tela.
Depositaron sobre la mesa los dos fragmentos de lacre.
Uno procedía del documento original que el hombre enmascarado quemó en el taller del copista.
El otro había caído del tubo señuelo abierto en el embarcadero de la casa de Castro.
Ambos mostraban partes del mismo relieve.
Una torre.
Tres figuras.
—Y el anillo —dijo Cata.
Juan asintió.
—En el meñique izquierdo.
—Yo también lo vi —añadió Hernán—. Primero en el Guadalquivir, cuando Castro nos persiguió desde el muelle. Después en La Espera, en la mano del hombre enmascarado.
—Eso sigue siendo tu palabra —señaló Melibea.
—No solo mi palabra.
Hernán sacó la declaración preliminar escrita por Juan.
—La voz coincide. El anillo coincide. El sello coincide. Gaspar Arce sirve de enlace en Sevilla y La Espera obedece al mismo hombre.
Melibea permaneció inmóvil.
—Y Castro conocía a Íñigo.
Cata levantó la cabeza.
Su madre no la miró.
—Lo interrogó en La Espera —explicó Hernán—. Admitió que la muerte de Íñigo no había sido un accidente.
—¿Lo admitió? —preguntó Cata.
Melibea sostuvo la medalla que llevaba al cuello.
—Dijo que no lo había matado personalmente.
El rostro de Cata se endureció.
—Eso es una confesión.
—Es una frase pronunciada delante de hombres que trabajan para él —respondió Melibea—. Todos jurarán que nunca la dijo.
—Yo te creo.
—No se trata de creerme.
Melibea tocó las páginas de La Espera.
—Se trata de que no puedan explicar todo esto sin admitir lo que hicieron.
Hernán observó la mesa.
Todavía faltaban testigos.
Juan podía demostrar la falsificación.
Felipe de la Vega podía declarar sobre la Santa Bárbara , el espía y las naves que había visto entrar en la cala.
Bartolomé Cruces conocía La Espera y había visto el oro años atrás.
Melibea podía relacionar a Gaspar Arce con la investigación de Íñigo.
Cata había seguido el mapa señuelo hasta la casa de Castro.
Él podía demostrar la manipulación cartográfica y describir lo visto en el puerto clandestino.
Ninguno bastaba por separado.
Juntos formaban un dibujo.
—Necesitamos tres juegos —dijo.
Cata ya había preparado papel, tinta y plumas.
—Uno para Mendoza —continuó Hernán—. Otro para Ocampo. El tercero quedará aquí, separado de los originales.
—No podemos copiarlo todo esta noche —dijo Juan.
—Lo esencial.
—Eso son muchas páginas.
—Por eso sois copista.
Juan lo miró con fingida indignación.
—He trabajado con clientes más agradecidos.
—Y con menos posibilidades de acabar ahorcados.
—No tantas como crees.
Se pusieron a trabajar.
Juan copió las autorizaciones y los cotejos de firma.
Cata reprodujo las listas de naves, cantidades y fechas.
Hernán trazó una comparación de las dos posiciones de Santa María del Mar y añadió una explicación técnica de la alteración: raspado del pergamino, tinta posterior, sello levantado y uso de cola.
Melibea ordenó las pruebas según las preguntas que un consejero formularía:
¿Qué documento fue falsificado?
¿Quién podía acceder a los sellos?
¿Para qué se modificó la costa?
¿Qué barcos obedecieron las instrucciones?
¿Qué carga transportaron?
¿Dónde fue recibida?
¿Quién autorizó la salida?
¿Quién intentó matar a los testigos?
No escribía deprisa porque no lo necesitaba.
Había escuchado durante años las excusas de hombres que ocultaban deudas, amantes y delitos. Sabía dónde terminaba una explicación y empezaba una mentira.
—La firma de Castro no debe encabezar el legajo —dijo.
Hernán levantó la vista.
—Es la prueba más directa.
—Por eso debe ir después.
—No entiendo.
Melibea señaló la carta.
—Si Mendoza ve primero el nombre de Castro, buscará razones para no creer lo demás. Es un miembro del Consejo. Antes de acusarlo, el consejero se defenderá a sí mismo y a la institución.
—¿Qué propones?
—Primero el mapa. Después el viaje del San Telmo . Luego la carga y La Espera. Cuando ya no pueda negar el sistema, le enseñas quién lo autorizó.
Juan sonrió.
—Tu madre habría sido una excelente escribana —dijo a Cata.
—Mi madre habría dirigido el Consejo mejor que ellos.
—Eso no parece difícil —respondió Melibea.
Hernán reorganizó el legajo.
La falsificación.
El método.
La finalidad.
La carga.
La red.
Castro al final.
Cuando terminó, la acusación tenía una progresión que ningún documento aislado poseía.
No pedía al lector que creyera en la culpabilidad del consejero: lo conducía hasta ella.
* * *
Las campanas marcaron maitines.
Juan guardó el fragmento de lacre original en un escondite distinto de la casa. Cata cosió una copia de las páginas de La Espera dentro de una funda de almohada que enviaría a padre Jerónimo antes de amanecer.
Los originales se dividieron.
Hernán llevaría a Mendoza el recibo de La Espera, la autorización de Castro y el cotejo de Zamora.
Melibea llevaría las páginas del libro secreto y el registro de Cartagena.
La carta falsa permanecería con Cata.
Juan conservaría los sellos y su declaración.
—No me gusta que salgáis juntos —dijo Cata.
—Mendoza debe escuchar a tu madre —respondió Hernán.
—Puede escucharla después.
Melibea se acercó a su hija.
—Si no regresamos antes de mediodía, Juan irá a buscar personalmente a Ocampo.
—¿Y yo?
—Tú llevarás la tercera copia a padre Jerónimo.
—Puedo acompañarte.
—Lo sé.
—Entonces déjame.
Melibea acarició la mejilla de Cata.
—No confundas que confíe en ti con que necesite ponerte siempre en peligro.
Cata quiso replicar.
No lo hizo.
Hernán cerró el tubo.
—Mendoza recibió quizá la segunda copia de Zamora.
—¿Y si no llegó? —preguntó Juan.
—Tendrá la nuestra.
—¿Y si Castro ya lo ha comprado?
Melibea ajustó el mantón sobre el hombro.
—Entonces intentará retener los documentos.
—¿Qué haréis?
—No llevará todos.
—Puede reteneros a vosotros.
Hernán tocó la regla de boj.
Dentro conservaba un resumen de la acusación y la declaración de Juan.
—Si no salimos, Ocampo sabrá dónde mirar.
Juan no pareció convencido.
—Sigues confiando demasiado en que los hombres lean lo que deben.
—Soy cartógrafo.
—Precisamente.
Salieron cuando la ciudad comenzaba a despertar.
Hernán caminaba junto a Melibea.
Ni delante ni detrás.
La casa de don Baltasar de Mendoza se encontraba al otro lado de una Sevilla que todavía ignoraba que uno de sus consejeros había gobernado durante años un puerto inexistente.
En el tubo viajaba el mapa de aquella mentira.
En la memoria de Hernán, el hombre de la máscara ya no llevaba terciopelo sobre el rostro.
Tenía el rostro de Amadeo de Castro.