El mapa del guarda Capítulo 27 La carta de Zamora
81%

Capítulo 27 La carta de Zamora

La casa de Ruperto Zamora se encontraba en una calle estrecha de la collación de San Vicente.

Hernán y Melibea llegaron después de medianoche.

C ata había insistido en acompañarlos. Melibea se negó.

No por considerarla incapaz, sino porque alguien debía custodiar las pruebas que no llevaban consigo. Juan permaneció también en la casa del Arenal, dispuesto a acudir personalmente a Ocampo si no regresaban antes del amanecer.

Hernán transportaba solo el recibo del San Gabriel y una copia de las hojas de La Espera.

Melibea llevaba la página del San Telmo y el registro copiado en Cartagena.

La carta falsa auténtica quedó oculta con Cata.

La calle estaba vacía.

Ningún sello cerraba la puerta de Zamora.

Hernán introdujo una lámina de metal junto al pestillo. La madera cedió con facilidad.

—Demasiada —susurró Melibea.

Entraron.

El aire olía a polvo, tinta seca y papel quemado.

La sala principal mostraba señales de una búsqueda apresurada. Había libros en el suelo, cajones abiertos y varias hojas rotas junto a la chimenea. Sin embargo, los muebles permanecían en su sitio y no faltaban los objetos de valor visibles.

Quien registró la casa buscaba documentos, no dinero.

Hernán encendió un candil y cubrió parte de la llama.

—El hogar —dijo.

La chimenea estaba fría.

Frente a ella había una fila de baldosas cuadradas. Hernán contó desde la pared.

La tercera no parecía distinta de las demás.

Introdujo la punta del cuchillo en la junta.

La baldosa se levantó.

Debajo había un hueco forrado con tela encerada. Dentro descansaban un paquete de papeles y una carta sellada con las iniciales R. Z.

Melibea vigiló la puerta mientras Hernán rompía el lacre.

La letra de Zamora era firme y apretada.

No mostraba temblor.

Hernán:

Si lees estas líneas, significa que Cata recibió mi aviso y que has logrado regresar. No sé qué habrás encontrado al otro lado del océano. Sé, en cambio, qué encontrarán aquí los hombres de Castro si permanecéis demasiado tiempo.

Lucio Ferrol murió por una verdad que apenas había empezado a comprender. No permitas que quienes lo asesinaron escriban también la versión que quedará en los registros.

Hernán tuvo que detenerse.

Melibea se acercó.

No intentó quitarle la carta.

Solo esperó.

Hernán continuó.

El legajo escondido bajo esta baldosa contiene una copia cotejada de los documentos que he reunido durante cinco años: autorizaciones de salida de caudales, manifiestos rectificados después de zarpar, recibos de naves que nunca llegaron al puerto consignado y relaciones de pagos a tripulaciones inexistentes.

Encontrarás también muestras auténticas de la mano de Amadeo de Castro y de las rúbricas utilizadas por sus secretarios.

No todas las órdenes llevan su firma completa.

Algunas solo muestran las iniciales A. C.

o la fórmula “por mandato superior”. Por separado pueden negarse. Juntas forman un sistema.

Melibea desató el legajo.

La primera hoja era una relación de siete naves.

Una de ellas era el San Telmo .

Otra, el San Gabriel .

La tercera, la Santa Irene .

Hernán se inclinó.

Zamora había encontrado la conexión antes de que ellos viajaran, aunque no poseía las páginas internas de La Espera ni el recibo de los cuatro mil ochocientos marcos.

Sus pruebas se complementaban.

He preparado dos copias cotejadas. Esta es la primera. La segunda viajará con un mensajero distinto hacia don Baltasar de Mendoza, miembro del Consejo de Indias. No sé si llegará. Si no lo hace, llevadle esta.

Los originales no están en esta casa ni en el archivo. Permanecerán separados de las copias mientras yo siga vivo.

Hernán levantó la vista.

—Está vivo.

—Lo estaba cuando escribió —corrigió Melibea.

Siguió leyendo.

No acudas a ningún secretario, alguacil o familiar que afirme actuar en nombre de fray Leodán de Ocampo. Los hombres de Castro han utilizado órdenes falsas con su nombre y pueden volver a hacerlo.

No creo que Ocampo esté comprado. Al contrario: sospecho que su investigación es la razón por la que Castro ha actuado con tanta prisa. Pero la severidad de un hombre no impide que otros falsifiquen su autoridad.

Si decides recurrir a él, hazlo personalmente y solo después de que Mendoza conserve una copia completa. Ocampo necesita pruebas que no puedan desaparecer con la muerte de un testigo.

Melibea leyó la frase por encima del hombro de Hernán.

—Zamora confía más en él que nosotros.

—Confía con condiciones.

—Es la única forma sensata de confiar.

La carta continuaba.

Juan de la Cruz debe declarar la marca de punta seca, el encargo de Gaspar Arce, la máscara y el anillo del meñique izquierdo. Su fragmento de lacre demostrará que el sello de la torre estaba en el documento original.

El testimonio de Alonso de Treviño consta en la copia guardada por Ocampo. El de Pedro de Llanos está en el diario y en su carta. Si habéis encontrado La Espera, necesitáis una prueba de la carga y, si fuera posible, un testigo vivo que haya visto el oro.

No basta con demostrar que el mapa es falso. Hay que demostrar para qué servía la mentira.

Hernán sacó el recibo del San Gabriel .

Lo colocó junto al legajo.

Después añadió las dos páginas arrancadas por Melibea.

Las fechas coincidían.

Las cantidades también.

Zamora había trazado la red desde Sevilla.

Ellos habían encontrado el extremo oculto en Tierra Firme.

—Ahora está completo —dijo Melibea.

—Casi.

—¿Qué falta?

—Que alguien lo presente sin que Castro lo destruya antes.

Hernán volvió a la carta.

He salido hacia Sanlúcar. No permaneceré con mi primo, aunque eso será lo que dirán quienes pregunten. Cuanto menos sepáis, menos podrán sacaros.

Si sobrevivo, haré llegar la segunda copia a Mendoza. Si no, esta deberá bastar.

No abandonéis Sevilla sin entregar los documentos. Castro espera que huyáis. Un fugitivo con pruebas sigue siendo un criminal a ojos del Consejo. Un documento leído en sesión obliga a todos a escoger una versión.

Cuidaos.

Ruperto Zamora.

Hernán dobló la carta.

Melibea examinaba el legajo.

Había facturas, copias de órdenes, listas de tripulantes, recibos y cotejos de firmas. Zamora había anotado en los márgenes la procedencia de cada documento y la ubicación del original.

No era una colección desordenada, sino una acusación preparada para sobrevivir a su autor.

Un ruido llegó desde la calle.

Dos pasos.

Pausa.

Otros dos.

Hernán apagó el candil.

Una sombra cubrió la rendija inferior de la puerta.

Alguien probó el pestillo.

—Han visto la entrada abierta —susurró Melibea.

Hernán envolvió el legajo.

—La salida trasera.

Atravesaron la cocina.

La puerta del patio estaba cerrada con una barra. Hernán la levantó despacio, procurando que el hierro no golpeara la madera.

En la sala principal, el pestillo cedió.

La puerta se abrió.

—Han estado aquí —dijo una voz.

Hernán reconoció el tono.

Esteban Riaño.

El hombre de la cicatriz que los había atacado en la lonja.

Melibea sacó el puñal.

—No peleamos —murmuró Hernán.

—No pensaba invitarlos a cenar.

Salieron al patio.

Un muro bajo lo separaba de la vivienda contigua. Hernán apoyó una caja contra los ladrillos y ayudó a Melibea a subir. El hombro herido no le permitía sostenerse bien, pero ella encontró el borde con la mano izquierda y pasó al otro lado.

Dentro de la casa sonaron golpes.

—¡El patio!

Hernán arrojó el legajo sobre el muro.

Después trepó.

La herida del brazo derecho protestó. Los dedos resbalaron sobre el ladrillo y quedó colgado por los antebrazos.

Melibea lo agarró del jubón.

—Impúlsate.

Hernán encontró apoyo y cayó al otro lado.

Recogieron los documentos.

Atravesaron el patio vecino, una cochera y un corredor que desembocaba en otra calle. Cuando Riaño saltó el primer muro, ellos ya habían desaparecido entre dos edificios.

No regresaron directamente al Arenal.

Dieron tres rodeos, cruzaron una taberna por la puerta delantera y salieron por la cocina. Después se mezclaron con un grupo de panaderos que caminaba hacia los hornos antes del amanecer.

—Mendoza —dijo Melibea.

Hernán asintió.

—Primero preparamos una copia adicional.

—No tenemos tiempo.

—Precisamente por eso.

Llegaron a la casa cuando las primeras luces comenzaban a perfilar los tejados.

Cata abrió.

Juan esperaba detrás.

Hernán colocó el legajo sobre la mesa.

—Ruperto dejó una acusación completa —dijo—. Y cree que Ocampo investiga de verdad.

Juan observó los documentos.

—¿Qué hacemos?

Hernán miró a Melibea.

No decidió solo.

—Mendoza conserva una copia —dijo ella—. Después iremos personalmente a Ocampo.

—Juntos —añadió Hernán.

Melibea sostuvo su mirada.

—Juntos.

Sobre la mesa, las cuentas de Sevilla se encontraron con las páginas robadas en La Espera.

Por primera vez, el mapa completo no describía una costa.

Describía a los hombres que habían intentado borrarla.