El mapa del guarda Capítulo 26 El regreso del vencido
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Capítulo 26 El regreso del vencido

Melibea pasó cuatro días entre la fiebre y el sueño.

Y uri los ocultó en una choza de pescadores situada en una isla baja, separada de la costa por un laberinto de manglares. La familia que vivía allí no preguntó sus nombres. Una anciana lavaba la herida dos veces al día y mantenía la abertura drenada con una tira de tela hervida.

Hernán dormía cerca de la puerta.

El primer día temió que Melibea no despertara.

El segundo abrió los ojos y lo insultó por haberle dado agua demasiado deprisa.

La anciana aseguró que aquello era una señal favorable.

Al cuarto día pudo sentarse.

—¿Dónde está el tubo? —fue lo primero que preguntó.

Hernán señaló una cesta colgada de una viga.

—Seco.

—¿Y las hojas?

—También.

Melibea tocó el interior de su vestido.

La copia de la declaración de Juan y la página del San Telmo seguían cosidas al forro.

—¿Qué noticias hay?

—Yuri envió a uno de los pescadores a Cartagena. La Santa Irene llegó la misma noche que escapamos.

—¿Descargó?

—En un embarcadero privado al este del puerto. Nadie pudo acercarse.

—¿Castro?

—Se embarcó al día siguiente en un aviso que partía hacia La Habana. Desde allí podrá enlazar con una nave más rápida hacia España.

Melibea cerró los ojos.

—Nos lleva ventaja.

—Semanas, quizá.

—Entonces cuando lleguemos a Sevilla habrá destruido los archivos, comprado a los testigos y preparado nuestra ejecución.

—No puede destruir lo que conservan Cata, Juan y Zamora.

—No sabemos si siguen vivos.

Hernán no respondió.

Aquella duda lo acompañaba desde que salieron del Guadalquivir.

Melibea lo miró.

—¿Cuándo iremos a Cartagena?

—Cuando puedas caminar.

—Puedo caminar ahora.

Intentó levantarse.

La habitación se inclinó bajo sus pies y Hernán tuvo que sostenerla.

—Mañana —aceptó ella.

* * *

Bermúdez llegó aquella tarde.

Apareció en una balandra cargada de sal y pescado seco. Al ver a Hernán sentado en el embarcadero, se quitó la pipa de la boca.

—Sois difíciles de enterrar.

—Eso han dicho otros.

Bermúdez amarró la embarcación.

—Montiel sigue vivo. Los hombres que registraron su almacén no encontraron nada. Pero ha cerrado el negocio y se ha marchado al interior.

—¿Por nuestra culpa?

—Por conservar la vida. No os concedáis tanta importancia.

Hernán le contó lo necesario.

No mencionó dónde estaban ocultas todas las pruebas.

Bermúdez escuchó el nombre de Castro sin mostrar sorpresa.

—La Santa Irene pertenece sobre el papel a una compañía de Cartagena —dijo—. En realidad la utilizan los factores de don Amadeo.

—¿Quién es el maestre?

—Juan de la Rúa.

El nombre figuraba en una de las hojas arrancadas por Melibea.

—¿Lo conoces?

—Lo suficiente para no jugar con él a los dados.

—¿Está implicado?

—Transporta lo que le ordenan y firma lo que le ponen delante. Eso puede llamarse obediencia o complicidad, según quién formule la acusación.

—Necesitamos ver el registro de entrada.

Bermúdez se rio.

—También podéis pedir al gobernador que os entregue las llaves de la ciudad.

—Solo necesito confirmar la fecha, la carga declarada y el muelle.

El barquero miró la cesta donde Hernán ocultaba el tubo.

—¿Para un juicio?

—Sí.

—Entonces todavía sois más necios de lo que parecéis.

—¿Puedes conseguirlo?

Bermúdez meditó.

—Conozco a un auxiliar del puerto. Bebe, juega y debe dinero. No os dará el libro, pero quizá permita copiar una línea.

—Eso basta.

—Costará.

—Todo cuesta.

Bermúdez sonrió.

—Ya empezáis a entender las Indias.

* * *

Entraron en Cartagena dos días después.

No utilizaron el puerto principal. Bermúdez los dejó en un embarcadero de pescadores y los condujo por calles secundarias hasta una casa próxima a los almacenes.

El auxiliar del puerto se llamaba Paredes.

Era un hombre pequeño, de piel amarillenta y dedos manchados de tinta. Los recibió en una habitación sin ventanas y exigió el pago antes de enseñar nada.

Hernán entregó cuatro reales.

Paredes pidió seis.

Melibea dejó una moneda adicional sobre la mesa.

—Cinco. La sexta cuando comprobemos que no mientes.

El hombre aceptó.

Sacó una hoja doblada dentro de su camisa.

No era el registro original, sino una copia apresurada de varias entradas recientes.

Hernán leyó:

Santa Irene. Maestre Juan de la Rúa. Procedencia: costa meridional. Entrada nocturna autorizada por avería de timón. Carga declarada: cueros, aceite de pescado y herramientas. Descarga en embarcadero de Martín Valdés por orden reservada. Sin visita de bodega.

En el margen aparecía una rúbrica.

No era la de Castro.

Pero debajo figuraban las letras:

A. C.

—¿Quién es Martín Valdés? —preguntó Melibea.

—Factor de varios mercaderes sevillanos.

—¿De Amadeo de Castro?

Paredes retrocedió.

—He enseñado el papel. No he prometido responder preguntas.

Hernán señaló la última línea.

—La nave salió al día siguiente.

—Sí.

—¿Con carga?

—Declaró lastre y agua.

—Entró cargada de cueros y salió vacía sin que nadie inspeccionara la bodega.

—Eso dice el registro.

—¿Y don Amadeo?

Paredes recogió la hoja.

—No aparece como pasajero.

—Porque desembarcó en el embarcadero privado.

—No he dicho eso.

—Pero lo sabes.

El auxiliar extendió la mano.

—La última moneda.

Melibea se la entregó.

Antes de que Paredes guardara la copia, Hernán dijo:

—Necesito escribir la entrada.

—No.

—No copiaré la rúbrica. Solo los datos.

—He dicho que no.

Melibea señaló la puerta.

—En ese caso saldremos y preguntaremos en voz alta por qué un auxiliar del puerto conserva bajo la camisa copias de registros reservados.

Paredes la miró con odio.

Después permitió que Hernán utilizara papel y tinta.

El cartógrafo copió cada palabra.

No era una certificación oficial y Paredes podía negarla.

Pero el nombre de Juan de la Rúa, el embarcadero de Martín Valdés y la falsa declaración de carga proporcionaban líneas nuevas de investigación.

Hernán secó la hoja.

—¿Cuándo sale una nave hacia Sevilla?

—La Concepción parte en tres días, si el viento lo permite.

—¿Pasajeros?

—Los acepta.

—¿Quién es el capitán?

—Alonso Bermejo.

Bermúdez negó con la cabeza.

—Cobra hasta por respirar en su cubierta.

—Entonces respiraremos poco —dijo Melibea.

* * *

Durante los tres días siguientes permanecieron ocultos.

Hernán copió las páginas de La Espera dos veces. Una versión quedó en manos de Bermúdez, sellada dentro de un recipiente de barro, con instrucciones de entregarla a Tomás Montiel si reaparecía.

La segunda viajó cosida al jubón de Melibea.

Los originales continuaron repartidos entre ambos.

No volverían a concentrar toda la verdad en un solo tubo.

La noche antes de embarcar, Melibea observó desde una azotea el embarcadero privado de Martín Valdés. Solo encontró almacenes cerrados, guardias y marcas de carros en el barro.

El oro había desaparecido.

—Hemos llegado tarde —dijo.

—Tenemos el recibo y las páginas.

—No tenemos el cargamento.

—Tenemos el nombre del barco.

—Que ya ha zarpado.

—Tenemos a Felipe de la Vega.

—Si acepta declarar.

—Juan de la Cruz vio el anillo y a Gaspar Arce.

—Si sigue vivo.

Hernán se volvió hacia ella.

—¿Qué quieres que diga?

Melibea contempló el puerto.

—Que ganamos.

—No sería verdad.

—Entonces di la verdad.

—Regresamos vencidos.

La mujer asintió.

—Eso se parece más.

Hernán guardó la copia del registro.

—Un vencido puede seguir llevando pruebas.

—Y un muerto también puede llevarlas hasta que le registran el cadáver.

—No pienso morir.

—Nadie lo planea bien.

La Concepción zarpó al amanecer.

* * *

La travesía de regreso fue más larga que la de ida.

El barco navegó primero hacia el norte, hizo escala para recoger agua y esperó durante días un viento favorable. Hernán perdió la cuenta de las semanas.

Las heridas cerraron.

La del brazo derecho dejó una línea rojiza sobre el codo. El pie recuperó la piel y el tobillo dejó de doler salvo durante las tormentas. Melibea volvió a mover el hombro, aunque no podía levantar completamente el brazo.

Entre ambos se instaló una distancia que no era hostilidad.

Trabajaban juntos.

Compartían guardias, agua y documentos.

Pero la discusión de la canoa permanecía abierta.

Hernán había comprendido lo que ella le reprochaba.

Comprender no significaba saber repararlo.

Una noche, mientras revisaban las copias, dijo:

—Cuando lleguemos a Sevilla, no volveré a actuar sin decírtelo.

Melibea continuó leyendo.

—Eso es imposible.

—Lo intentaré.

—Habrá momentos en que no podamos hablar.

—Entonces no fingiré que mi decisión es la única posible.

Ella levantó la vista.

—Eso es distinto.

—¿Suficiente?

—Todavía no.

—Lo acepto.

Melibea volvió al documento.

—Empiezas a aprender.

* * *

Sevilla apareció bajo un cielo gris.

El olor llegó antes que las torres: brea, humo, pescado, estiércol y agua de río.

Hernán permaneció junto a la borda mientras la Concepción remontaba el Guadalquivir.

Había imaginado aquel regreso cada noche.

En ninguna versión sentía miedo de poner un pie en su propia ciudad.

Desembarcaron en un muelle secundario de Triana mezclados con cargadores y marineros. Llevaban ropa prestada y los documentos divididos bajo las costuras.

No fueron directamente al Arenal.

Primero rodearon la zona para comprobar la vigilancia.

El taller continuaba quemado y sellado. Dos tablones cerraban la puerta. Sobre ellos colgaba un aviso del Santo Oficio que mantenía la acusación contra Hernán por falsificación, asesinato y fuga.

Lucio seguía figurando como víctima de su maestro.

Hernán leyó el texto desde la esquina.

—Lo corregiremos —dijo Melibea.

No prometió justicia.

Prometió una corrección.

Para un cartógrafo era suficiente por el momento.

Llegaron a la casa de Melibea después del anochecer.

Cata abrió la puerta.

Nadie se movió al principio.

La joven miró el rostro de su madre, el brazo que aún protegía y las cicatrices nuevas. Después se lanzó hacia ella.

Melibea la abrazó con el brazo sano.

No habló.

Cata tampoco.

Hernán permaneció en el umbral hasta que la joven lo hizo entrar y cerró la puerta.

Juan de la Cruz apareció desde la cocina.

Estaba más delgado, pero vivo.

—Ocampo me encontró —dijo antes de que Hernán preguntara—. O yo lo encontré a él. Todavía no sé quién tuvo más suerte.

—¿Te interrogó?

—Me escuchó. Después hizo detener a dos de los hombres que fingieron actuar en su nombre.

Hernán miró a Melibea.

Ocampo no había ordenado el registro del taller.

—¿Sabe que hemos vuelto? —preguntó.

—No todavía.

—¿Y Zamora?

Juan bajó la mirada.

—Desapareció hace seis semanas.

—¿Lo detuvieron?

—No lo sé. Dejó de acudir a las dependencias de la Casa en el Alcázar. Cuando Ocampo envió a buscarlo, la casa estaba vacía.

Cata se separó de su madre.

—Dejó esto.

Sacó de su bolsillo una tira de papel doblada.

Solo contenía tres palabras:

Tercera baldosa. Hogar.

Debajo aparecía una inicial:

R.

Hernán reconoció la letra.

Ruperto Zamora.

—¿Cuándo llegó?

—Tres días después de que os marcharais —respondió Cata—. Un niño la dejó bajo la puerta. No he ido a la casa porque Ocampo advirtió que podía estar vigilada.

Hernán guardó la tira.

—¿Ocampo sabe que existe?

—No.

Melibea miró a su hija.

Después a Hernán.

—Primero Zamora.

—Después Ocampo —dijo él.

Juan negó con suavidad.

—Primero alguien que pueda impedir que los documentos desaparezcan dentro del Santo Oficio.

—¿Quién?

—Zamora habló una vez de don Baltasar de Mendoza.

Hernán conocía el nombre.

Un consejero viejo, reservado y demasiado poco rico para haber prosperado mediante sobornos.

—Veremos qué dejó Ruperto —dijo.

Afuera sonaron pasos.

Todos callaron.

Pasaron de largo.

Sevilla seguía siendo su ciudad.

Pero habían regresado como hombres y mujeres que entraban en territorio enemigo.