El mapa del guarda Capítulo 25 La conciencia del cartógrafo
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Capítulo 25 La conciencia del cartógrafo

L a madera crujió junto a la pala y el mango golpeó la borda antes de escapar de las manos de Melibea. El fragmento mayor cayó al agua, flotó unos instantes y desapareció entre las raíces del manglar.

La canoa giró.

La corriente la empujó contra un banco de lodo. La quilla raspó el fondo, avanzó media vara y quedó atrapada con una inclinación que hizo rodar el tubo de cuero hacia la proa.

Hernán lo detuvo con el pie calzado.

El otro permanecía desnudo, cubierto de cortes y barro.

—No te muevas —dijo.

Melibea seguía mirando el trozo de remo que la corriente se llevaba.

Tenía el rostro manchado de hollín, el labio hinchado y una línea de sangre seca en la mejilla, abierta por el anillo de Castro. La venda del hombro volvía a oscurecerse alrededor de la herida.

Detrás de las lomas, el incendio de La Espera iluminaba el cielo.

No podían ver el campamento, pero sí el resplandor anaranjado y las chispas que se elevaban por encima de los árboles.

—Nos encontrarán —dijo Melibea.

Hernán cogió el extremo roto del remo.

Quedaba un mango de poco más de una vara, inútil para remar, pero suficiente para impulsarse contra el fondo.

—Antes tendremos que salir de aquí.

Clavó la madera en el barro.

Empujó.

La canoa avanzó un palmo.

El brazo derecho, rozado por la bala, le ardió desde el codo hasta el hombro. El izquierdo seguía debilitado por la herida recibida en Sevilla. Apoyó todo el peso del cuerpo sobre el palo y volvió a intentarlo.

La quilla no se movió.

—Espera a que suba la marea —dijo Melibea.

—Faltan horas.

—Entonces descansamos.

—Los hombres del campamento conocen estos canales.

—También están intentando salvar el oro y los libros.

—No todo el campamento arde.

Melibea se dejó caer contra la popa.

—Siempre encuentras una razón para seguir moviéndote.

—Nos mantiene vivos.

—No siempre.

Hernán dejó de empujar.

Las palabras no contenían reproche abierto, pero había algo más duro debajo. Algo que había comenzado cuando él abandonó la persecución de la Santa Irene .

—El barco se dirigía a Cartagena —dijo—. Vi a Castro sin máscara. Lo oí hablar con el capitán. Respondieron a otro puesto de señales al norte.

—Podías haberlo seguido.

—La marea estaba bajando.

—Podías haber descubierto dónde descargaban el oro.

—Y tú habrías quedado atrapada.

Melibea levantó la cabeza.

—No me salvaste. Elegiste por mí.

No había ira en su voz.

Eso la hizo más difícil de soportar.

Hernán dejó el remo roto sobre el fondo de la canoa.

—Te habían capturado.

—Me había liberado.

—Te sujetaba un guardia.

—Y prendí fuego al cobertizo para apartarlo.

—Había ocho hombres armados.

—Lo sabía cuando entré.

—Castro había ordenado llevarte en el barco.

—También lo sabía.

Hernán apretó los dientes.

—¿Qué esperabas que hiciera?

—Que cumplieras lo acordado.

—Averigüé el rumbo.

—Averiguaste una dirección que ya sospechábamos.

—Vi el rostro de Castro.

—Ya lo habíamos visto en Sevilla.

—No dentro de La Espera. No junto al oro.

Melibea sostuvo su mirada.

—Entonces debiste decidir si esa prueba valía más que volver.

Hernán bajó la voz.

—Decidí que no.

—Ese era mi derecho.

—¿Elegir morir?

—Elegir el riesgo.

La respuesta quedó suspendida entre ellos.

Hernán pensó en Lucio.

Durante semanas había reconstruido la última noche buscando una decisión que pudiera cambiarla. Cada camino terminaba igual: él escogiendo por otro, creyendo que la obediencia podía protegerlo.

Melibea no era Lucio.

No era su aprendiz ni una mujer a la que hubiese encontrado indefensa.

Había abierto la ruta hasta La Espera, robado las páginas del libro y provocado el incendio que hizo posible la huida.

Aun así, al verla atrapada, Hernán había vuelto.

Lo haría otra vez.

Eso no significaba que su elección hubiese sido justa.

—No sé hacer esto de otra forma —dijo.

Melibea miró hacia el agua.

—Aprende.

Una luz se movió entre los manglares.

Ambos se agacharon.

El resplandor de una linterna apareció detrás de las raíces, acompañado por el rumor de una embarcación.

—Están registrando los canales —susurró Hernán.

Melibea sacó las dos hojas robadas del libro de La Espera y las introdujo bajo la tela del vestido.

—Divide las pruebas.

Hernán abrió el tubo.

Entregó a Melibea la copia de la declaración de Juan de la Cruz y una de las páginas del San Telmo . Él conservó la carta falsa, el recibo del San Gabriel , la segunda página del diario y la hoja con las observaciones astronómicas.

—Si nos separan —dijo—, no menciones el sello que guarda Juan.

—Ni tú las cuentas de Íñigo.

La luz se acercó.

Hernán introdujo el tubo dentro del barro, bajo la canoa, dejando el cordel atado a una de las cuadernas. Desde fuera parecería que no llevaban nada.

Se tumbaron.

La barca de los perseguidores apareció en el canal principal. Tres hombres la ocupaban. Uno remaba, otro sostenía la linterna y el tercero llevaba un arcabuz sobre las rodillas.

—El canal termina más adelante —dijo el remero.

—Registradlo.

La luz recorrió las raíces.

Pasó sobre la canoa.

Hernán mantuvo la cara pegada al fondo. Sentía el barro contra la mejilla y la respiración de Melibea a pocos dedos.

—Una canoa —dijo el hombre del arcabuz.

La embarcación de los perseguidores se detuvo.

—Está varada.

—Puede ser de un pescador.

—No hay redes.

La linterna se acercó.

Melibea deslizó la mano hacia la horquilla de cobre.

Hernán cerró los dedos alrededor del remo roto.

Un grito llegó desde La Espera.

—¡El almacén grande!

El resplandor del incendio aumentó.

Una columna de llamas apareció por encima de las copas.

Los hombres miraron hacia atrás.

—Si alcanza los barriles de aceite, no quedará muelle —dijo el remero.

—El sargento ha ordenado registrar los canales.

—El patrón se ha marchado. El sargento puede apagar su propio fuego.

El del arcabuz continuó observando la canoa.

Hernán vio sus botas a través de una grieta entre las tablas.

El hombre levantó la linterna.

Después escupió al agua.

—Está vacía.

La barca se alejó.

Esperaron hasta que el rumor de los remos desapareció.

Hernán sacó el tubo del barro.

La funda exterior estaba cubierta de lodo, pero el interior permanecía seco.

—Ha funcionado —dijo.

Melibea no respondió.

El esfuerzo y la fiebre comenzaban a vencerla. Tenía los ojos entrecerrados y la respiración demasiado rápida.

Hernán tocó su frente.

—Estás ardiendo.

—No empieces.

—La herida se ha abierto.

—Lo sé.

—Necesitamos llegar a Cartagena.

—Eso también lo sé.

Hernán contempló el fragmento de remo.

Podían esperar la marea, pero los perseguidores regresarían. Necesitaban alcanzar el mar antes de que terminara el incendio.

Utilizó el palo como pértiga.

Melibea se inclinó hacia el otro lado para equilibrar el casco. Con cada empuje la canoa se desplazaba algunos dedos. El barro retenía la quilla, la liberaba y volvía a atraparla.

Trabajaron sin hablar.

Al cabo de media hora alcanzaron una lengua de agua algo más profunda. La corriente tomó la canoa y la condujo hacia la salida del manglar.

Hernán utilizó el remo roto para corregir el rumbo.

Melibea permanecía consciente, pero había dejado de ayudar. El cuerpo le temblaba pese al calor.

—Dame la caracola —murmuró.

Hernán se la entregó.

Melibea sopló.

El primer sonido fue débil.

El segundo salió más claro y se extendió sobre el agua.

Nadie respondió.

Repitió la señal.

Dos llamadas.

Después otras dos.

—Yuri se marchó hace horas —dijo Hernán.

—Entonces escuchará otro pescador.

—O los hombres de Castro.

—También nos buscan sin necesidad de invitación.

El canal se abrió hacia el mar.

La noche empezaba a retirarse. Una franja gris aparecía sobre el horizonte y el resplandor de La Espera se debilitaba detrás de las lomas.

Hernán impulsó la canoa hacia una pequeña playa situada al norte del arrecife. No podía remar mar abierto con aquel trozo de madera. Necesitaban esperar, reparar o caminar.

Melibea perdió el conocimiento antes de alcanzar la arena.

Hernán la sostuvo mientras la canoa encallaba.

La sacó del agua arrastrándola por debajo de los brazos. Apenas tenía fuerza para moverla, pero consiguió dejarla sobre una zona seca, bajo unas palmeras.

Limpió la herida con el agua que quedaba.

La tira de lino estaba saturada. Retiró la tela, lavó la abertura y volvió a vendarla con un fragmento de su camisa.

Melibea no despertó.

El cielo aclaró.

Hernán volvió a soplar la caracola.

Dos veces.

Esperó.

La respuesta llegó desde el norte, no como una caracola, sino como el grito breve de un ave.

Yuri apareció en una canoa grande acompañado por dos pescadores.

Desembarcó sin mostrar sorpresa.

Miró a Melibea, el remo roto y la sangre de Hernán.

Después observó el humo de La Espera.

—Dijiste que solo miraríais.

—Miramos demasiado.

Yuri se arrodilló junto a Melibea.

Le tocó el cuello y examinó el vendaje.

—Hay que llevarla a la aldea.

—Necesitamos Cartagena.

—Primero necesita seguir viva.

—Los hombres de Castro pueden llegar.

—Por eso no iremos a mi casa.

Los pescadores trasladaron a Melibea a la canoa grande.

Hernán recogió el tubo.

Yuri lo detuvo.

—¿Lo encontrasteis?

Hernán abrió la funda y mostró únicamente el encabezamiento del recibo.

El pescador reconoció el nombre del San Gabriel y la cifra, aunque leyó con dificultad.

—Cuatro mil ochocientos marcos —dijo Hernán—. Oro de la Hacienda.

Yuri miró el humo.

—¿Y el hombre de la máscara?

—Amadeo de Castro.

—¿Lo viste?

—Sin máscara.

Yuri asintió.

No parecía satisfecho, solo más preocupado.

—Ahora sabéis la verdad —dijo—. Veremos si sobrevivís lo suficiente para que sirva.

La canoa se apartó de la playa.

Melibea entreabrió los ojos.

Encontró a Hernán sentado frente a ella.

—¿Volviste a elegir? —preguntó.

Él comprendió.

—Yuri nos lleva a una aldea. Desde allí buscaremos una embarcación para Cartagena.

—Bien.

—Cuando despiertes del todo, decidiremos juntos el siguiente paso.

Melibea cerró de nuevo los ojos.

—Empiezas a aprender.

La canoa continuó hacia el norte.

Detrás quedaban las lomas, el puerto oculto y el incendio.

Delante, Cartagena.

Y después, si conseguían regresar, Sevilla.