Capítulo 24 El precio de la verdad
M elibea había salido por la parte posterior de la choza mientras los hombres de La Espera miraban hacia el embarcadero.
La horquilla tardó más de una hora en cortar la cuerda.
Después utilizó la punta para levantar dos clavos de la tabla que Hernán había visto moverse. El primero salió con facilidad. El segundo se resistió hasta doblarse. Melibea tuvo que empujar con el hombro izquierdo y morderse el interior de la mejilla para no gritar.
La madera cedió.
Cayó al barro detrás de la choza.
No esperó a Hernán.
El acuerdo era claro.
Él seguiría el barco hasta conocer el rumbo.
Ella alcanzaría el canal secundario.
La libertad duró menos de tres minutos.
Al rodear el almacén encontró la puerta abierta. Dentro quedaban dos empleados recogiendo libros y vertiendo aceite sobre los papeles que Castro había ordenado destruir.
Melibea pudo haber continuado.
No lo hizo.
El libro abierto sobre la mesa mostraba una relación de fechas, barcos y cantidades. Reconoció la estructura contable que Íñigo utilizaba en la Casa de la Contratación.
Entradas.
Salidas.
Pesos.
Firmas.
Aquel libro era la otra mitad del recibo que Hernán había obtenido.
Entró.
Uno de los empleados estaba de espaldas. El otro se agachaba ante un arcón.
Melibea arrancó dos hojas.
El sonido del papel rasgado hizo que ambos se volvieran.
Ella arrojó el tintero contra la lámpara.
La habitación quedó a oscuras.
Salió mientras los hombres gritaban.
En lugar de dirigirse inmediatamente hacia el canal, corrió hasta el cobertizo donde almacenaban brea, aceite y trapos. Derramó una lámpara sobre la paja y acercó la mecha del candil.
El fuego prendió.
Las llamas obligarían a los guardias a elegir entre perseguirla o impedir que ardieran los almacenes donde todavía quedaba parte de la documentación.
Melibea alcanzó la primera curva del manglar antes de que un hombre la encontrara.
Era el guardia que había permanecido frente a su choza durante la noche.
La golpeó por detrás.
Cayó sobre las raíces.
Las dos hojas quedaron atrapadas bajo su cuerpo.
—¿Dónde está Giráldez? —preguntó el hombre.
Melibea intentó alcanzar la horquilla.
El guardia le pisó la muñeca.
—¿Dónde?
—Siguiendo a vuestro amo.
—Entonces no volverá.
—Siempre vuelve.
El hombre la agarró por el brazo sano y la levantó.
La herida del hombro se abrió. El dolor le oscureció la vista, pero mantuvo las hojas apretadas contra el pecho, ocultas bajo la tela rasgada del vestido.
El cobertizo empezó a rugir.
—¡Fuego! —gritó alguien desde el campamento.
El guardia miró hacia las llamas.
Melibea golpeó su rodilla con el talón.
El hombre perdió el equilibrio, aunque no la soltó.
Fue entonces cuando una canoa apareció en el canal.
Hernán estaba en la proa, cubierto de barro, con un solo pie calzado y el tubo atado al cuerpo.
La expresión de Melibea cambió.
No sintió alivio, sino ira.
—¿Qué haces aquí?
El guardia se volvió.
Hernán empujó la canoa con el remo y golpeó las piernas del hombre. La borda impactó contra sus rodillas. El guardia cayó al agua y soltó a Melibea.
Ella no esperó ayuda.
Se abalanzó sobre él, recuperó la horquilla del barro y se la apoyó bajo la mandíbula.
—No te muevas.
El hombre quedó inmóvil.
Hernán acercó la canoa.
—Sube.
—Debías seguir el barco.
—Lo seguí.
—No el tiempo suficiente.
—Sé que va hacia Cartagena.
—Eso ya lo sabíamos.
—Ahora sé que Castro iba a bordo y que puso rumbo efectivo hacia el norte.
Melibea miró el fuego.
Los hombres empezaban a extenderse por los canales.
—Discutiremos después.
Golpeó al guardia en la sien con una piedra. No lo mató. Lo dejó inconsciente entre las raíces.
Subió a la canoa por sus propios medios.
—El canal de salida está a la izquierda —dijo.
Hernán giró.
La embarcación rozaba ya el fondo. La bajamar convertía el agua en una capa cada vez más delgada sobre el barro. Tuvieron que alternar el remo con las manos, empujándose contra raíces y troncos.
Detrás apareció una lámpara.
—¡Ahí están!
Un arcabuz disparó.
La bala golpeó una rama sobre sus cabezas y arrojó astillas dentro de la canoa.
Melibea tomó el segundo remo.
Solo podía utilizar la mano izquierda, pero lo manejó como una pértiga. Empujó mientras Hernán remaba.
—¿Qué llevas bajo el vestido? —preguntó él.
—Dos hojas del libro.
—¿Qué contienen?
—Naves, fechas y cantidades. No pude leer más.
—¿Aparece Castro?
—Una de las columnas lleva las iniciales A. C. La otra indica salidas hacia Cartagena.
El segundo disparo sonó más cerca.
Un latigazo caliente atravesó el brazo derecho de Hernán, por encima del codo. La bala no penetró. Abrió un surco y se perdió en las raíces.
Hernán soltó el remo.
—Te ha alcanzado.
—Solo ha rozado.
La sangre empezó a bajar hasta la muñeca.
Melibea tomó el remo de su mano.
—Presiona la herida.
—No puedes remar con un brazo.
—Tampoco tú con uno agujereado.
Impulsó la canoa.
Hernán presionó la manga contra el corte y utilizó la otra mano para apartar las ramas.
Llegaron a la cuerda de alarma.
Durante la entrada la habían levantado con cuidado.
Ahora no había tiempo.
Melibea la cortó con la horquilla.
Las conchas y la campanilla cayeron al agua.
El estrépito señaló su posición.
—¡El paso secundario! —gritó un perseguidor—. ¡Rodeadlos desde el arrecife!
La segunda alarma estaba a pocas varas.
Hernán se inclinó y levantó la cuerda mientras la canoa pasaba por debajo. El brazo herido tembló, pero consiguió sostenerla.
La tercera cuerda quedó atrás.
El canal se estrechó hasta obligarlos a inclinarse.
La canoa rozó el tronco caído. El extremo de uno de los remos quedó atrapado entre la madera y una raíz. Se oyó un crujido.
Melibea tiró de él.
La pala se liberó.
Una grieta recorría el mango.
—No aguantará mucho —dijo Hernán.
—Tiene que aguantar hasta el mar.
La claridad apareció delante.
Salieron del manglar.
La cala se abría bajo el resplandor del incendio. Las llamas habían alcanzado el techo del primer almacén. Los hombres formaban cadenas de cubos y corrían entre el fuego y el agua.
La mayoría no podía perseguirlos.
Dos guardias descendían por el embarcadero hacia un bote.
Hernán buscó la entrada principal.
La nave de Castro había desaparecido.
El San Gabriel seguía atracado, pero el fuego iluminaba sus velas y obligaba a la tripulación a cortar amarras.
—Hacia la loma norte —dijo.
Melibea dirigió la canoa.
El bote de los guardias empezó a seguirlos.
Tenía dos remeros.
Era más rápido.
Hernán volvió a tomar el remo agrietado.
—Dámelo.
—El brazo…
—El izquierdo funciona.
Remó de un lado mientras Melibea trabajaba en el contrario. La canoa avanzó hacia el canal principal.
Los perseguidores ganaban distancia.
Uno cargaba un arcabuz.
—Cuando se levante, cambia el rumbo —dijo Hernán.
—¿Por qué?
—Necesita que mantengamos una línea constante para disparar.
El hombre se puso en pie.
Melibea hundió el remo y giró la canoa hacia el arrecife.
El disparo pasó por su costado.
El bote intentó imitar la maniobra.
Su fondo golpeó una roca sumergida.
Los dos remeros salieron despedidos. El tirador cayó al agua y el arcabuz desapareció.
—No conocen el canal —dijo Melibea.
—Yuri sí.
Pasaron cerca de la loma norte.
Las olas del mar abierto levantaron la canoa. El incendio de La Espera quedó oculto detrás de las rocas, aunque un resplandor naranja continuó tiñendo el cielo.
Hernán sacó la caracola que Yuri le había entregado.
Sopló dos veces.
El sonido fue débil y se perdió entre las olas.
Ninguna respuesta llegó desde la costa.
Yuri había prometido esperar solo hasta el mediodía.
Habían pasado muchas horas desde entonces.
—Se ha ido —dijo Melibea.
—No podía saber cuánto tardaríamos.
—No lo culpo.
Hernán guardó la caracola.
—Tendremos que alcanzar la costa sin él.
Melibea abrió las dos hojas arrancadas del libro.
La luz del incendio permitía distinguir algunas líneas.
San Gabriel.
Doce cajas.
Seis barriles.
Cuatro mil ochocientos marcos.
Más abajo aparecía la salida:
Entregado al capitán de la Santa Irene por orden de A. C.
La otra página contenía al menos siete operaciones anteriores.
Nombres de barcos.
Fechas.
Pesos.
Iniciales.
—La Santa Irene —dijo Hernán—. Ya tenemos el nombre del barco.
—Y el destino: Cartagena.
Melibea señaló una abreviatura junto a la salida.
CTG.
Las dos pruebas se completaban.
El recibo demostraba la entrada del oro desde el San Gabriel .
Las hojas demostraban su embarque en la Santa Irene y su destino.
Hernán volvió la cabeza hacia el norte.
El barco estaba fuera de su alcance.
Pero ya no navegaba sin nombre.
—Podemos encontrarlo en Cartagena —dijo.
—Siempre que lleguemos antes de que descargue.
—No lo haremos.
Melibea dobló las hojas.
—Entonces encontraremos a quienes reciban la carga.
El remo agrietado volvió a crujir.
La canoa derivó hacia los manglares de la costa.
Hernán corrigió con cuidado.
—¿Por qué regresaste? —preguntó Melibea.
—Había averiguado el rumbo.
—Podías haberlo seguido hasta Cartagena.
—La marea estaba bajando.
—Yo tenía un plan.
—También Castro.
—No te he preguntado por Castro.
Hernán no respondió.
Remaron hacia el norte sin hablar.
La Espera ardía detrás de las lomas.
La Santa Irene llevaba el oro hacia Cartagena.
Y en el fondo de la canoa, el remo que les quedaba se abría lentamente a lo largo de la veta.
Melibea dejó de preguntar.
No porque hubiera aceptado la decisión, sino porque sabía que la discusión apenas había comenzado.