Capítulo 23 La máscara de terciopelo
Hernán permitió que el barco ganara distancia.
No podía acercarse demasiado.
L a canoa carecía de vela, farol y cubierta. Cualquier vigía que mirara hacia atrás distinguiría su silueta sobre el agua si se recortaba contra la claridad de la costa.
Remó cerca de la loma septentrional.
El oleaje del arrecife ocultaba el sonido de la pala. Cuando la nave salió a mar abierto y comenzó a desplegar lona, Hernán cruzó el canal y se mantuvo dentro de la franja oscura proyectada por las rocas.
La noche descendía con rapidez.
El barco sin pabellón izó una vela latina y puso la proa hacia el norte.
No exactamente hacia Cartagena.
El rumbo se separaba algunos grados de la costa, buscando aguas más profundas.
Hernán necesitaba observarlo durante más tiempo.
En la popa apareció una lámpara.
Un marinero la cubrió con una pantalla y realizó tres destellos cortos. Después uno largo.
Desde algún punto situado al norte respondió otra luz.
La red no terminaba en La Espera.
Había puestos de observación a lo largo de la costa.
Quizá embarcaciones.
Quizá hombres en playas y cabos.
Hernán tomó nota mental de la dirección de la respuesta.
El viento favorecía a la nave. La distancia aumentaba aunque él remara con toda la fuerza que le permitían las heridas. El hombro derecho ardía. La venda del brazo izquierdo volvía a humedecerse y el pie descalzo resbalaba sobre el fondo de la canoa.
Aun así, continuó.
Necesitaba saber si el barco mantendría el norte o cambiaría hacia mar abierto.
La luna apareció entre nubes.
Su luz plateó la cubierta de la nave.
Castro salió de la cámara de popa.
Ya no llevaba la máscara.
La sostenía en la mano derecha.
Hernán dejó de remar.
El rostro quedaba a demasiada distancia para distinguir detalles pequeños, pero conocía aquella cabeza, la línea de la mandíbula y la forma de llevar el cabello peinado hacia atrás.
Amadeo de Castro.
El hombre al que había visto en ceremonias de la Casa.
El consejero que lo persiguió por el Guadalquivir.
El patrón de La Espera.
Castro apoyó la máscara sobre una mesa y habló con el capitán. Hernán no podía oír las palabras. Vio, sin embargo, cómo el consejero señalaba hacia el norte y después hacia el este.
El capitán negó.
Castro insistió.
Un marinero modificó la posición de la vela.
La nave viró ligeramente hacia la costa.
Cartagena.
Mantenía un rumbo compatible con el puerto, aunque navegaba mar afuera para evitar arrecifes y miradas.
Hernán había obtenido lo que Melibea le pidió.
La identidad.
La dirección.
La relación entre Castro, La Espera y el oro.
Podía continuar siguiéndolos.
Si el viento disminuía, quizá alcanzaría una distancia desde la que pudiera leer el nombre del barco. Tal vez descubriría el embarcadero clandestino de Cartagena o la casa donde almacenaban el cargamento.
Una prueba más.
Después otra.
Siempre habría otra.
Miró hacia el sur.
Las dos lomas se habían reducido a sombras sobre el horizonte.
Melibea permanecía detrás.
Había cortado las ligaduras, pero seguía encerrada dentro de un campamento lleno de hombres armados. Castro había ordenado incendiarlo. La marea descendía. El canal secundario no tardaría en convertirse en barro.
Ella le había pedido que siguiera el barco hasta conocer su rumbo.
Ya lo conocía.
Hernán dejó la pala sobre las rodillas.
La nave continuó alejándose.
El pensamiento apareció con la claridad de una línea trazada con regla:
Si sigo, la perderé.
No porque Melibea fuera incapaz ni porque necesitara que él decidiera cada paso.
La perdería porque el tiempo físico de la marea no obedecía a la voluntad de ninguno. Si tardaba otra hora, la canoa no podría entrar. Si los guardias descubrían la tabla floja antes de que ella saliera, no habría camino por el que alcanzarla.
Hernán sostuvo la pala.
Había prometido seguir el barco.
También había prometido volver.
No podía cumplir las dos cosas hasta el final.
La elección no fue heroica.
Fue brutal.
Giró la canoa.
La proa quedó orientada hacia el sur.
Durante unos segundos, la corriente intentó mantenerlo tras la nave de Castro. Hernán hundió el remo y corrigió el rumbo.
—No voy a seguirte —dijo hacia el barco—. Ya sé quién eres.
La distancia continuó aumentando.
Castro desapareció dentro de la cámara. El farol de popa se convirtió en un punto amarillo. Después, en nada.
Hernán remó hacia La Espera.
Cada golpe de pala anulaba parte del avance que había realizado. El viento le llegaba de frente. Las olas pequeñas golpeaban la proa y arrojaban agua dentro de la embarcación.
No podía permitir que el cansancio redujera el ritmo.
La marea no esperaría.
Utilizó la Polar para conservar el rumbo meridional y buscó las siluetas de las lomas. Las nubes ocultaron la luna. La costa se convirtió en una masa oscura sin accidentes reconocibles.
Durante varios minutos temió haberse desplazado demasiado hacia mar abierto.
Después vio la palmera partida.
Solo el tronco, negro contra una zona más clara del cielo.
La roca blanca quedaba oculta, pero la palmera bastaba para localizar la entrada general. Se aproximó desde el norte, atento al sonido del arrecife.
Las olas rompían a su derecha.
El banco de arena debía quedar a la izquierda.
Hernán dirigió la canoa hacia el canal.
Una luz apareció sobre la loma septentrional.
No era una señal.
Era una antorcha.
Se movía de un lado a otro.
Los guardias buscaban algo.
O a alguien.
Hernán dejó de remar y permitió que la corriente lo acercara.
Se oyeron voces.
—¡Revisad el canal!
—¡La mujer ha salido!
Melibea había escapado.
La noticia produjo alivio y terror al mismo tiempo.
Estaba libre.
También la perseguían.
Hernán esperó a que la antorcha se alejara del borde y entró en la cala.
El campamento brillaba al fondo.
No ardía todavía, pero varias hogueras habían sido avivadas y los hombres recorrían la orilla con lámparas. La puerta de la choza estaba abierta. Una de las tablas posteriores yacía en el barro.
Melibea había cumplido su parte.
Hernán buscó el canal secundario.
La marea había bajado más de lo previsto.
La abertura entre los mangles apenas conservaba agua suficiente. La canoa rozó el fondo al entrar. Las raíces raspaban ambos costados.
Avanzó impulsándose con el remo como si fuera una pértiga.
En la primera curva encontró sangre sobre una raíz.
No mucha.
Dos gotas y una mancha producida por una mano.
Más adelante apareció un trozo del vestido de Melibea.
Se había dirigido hacia el punto acordado.
Hernán continuó.
Las voces de los guardias se aproximaban desde el lado contrario.
—¡Ha venido por aquí!
—¡Cerrad la salida norte!
—¡El cartógrafo puede estar con ella!
Hernán apagó cualquier reflejo cubriendo la parte clara del tubo con el jubón.
La canoa llegó a la segunda curva.
Allí el agua se dividía alrededor de un tronco.
El brazo izquierdo llevaba hacia el punto de encuentro.
El derecho regresaba al interior del campamento.
Escuchó un golpe.
Después un jadeo.
—Suéltame.
Melibea.
La voz procedía del brazo derecho.
Había salido de la choza, pero un guardia la había interceptado antes de alcanzar la ruta pactada.
Hernán cerró los ojos.
Ella le había pedido que siguiera el barco.
Había regresado.
Ahora debía asumir el precio de su decisión.
Empujó la canoa hacia el canal derecho.
Un resplandor naranja apareció entre los árboles.
Alguien acababa de encender el cobertizo de brea.
No lo había provocado él. Melibea no solo había escapado.
Había iniciado su propia distracción.
Las llamas se elevaron sobre el campamento.
Los hombres gritaron.
El guardia que sujetaba a Melibea volvió la cabeza.
Hernán llevó la canoa hacia el resplandor.
La persecución del barco había terminado.
La fuga de La Espera acababa de empezar.