El mapa del guarda Capítulo 22 El barco de la medianoche
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Capítulo 22 El barco de la medianoche

La luz apareció en la entrada de la cala.

Breve.

S e apagó.

Volvió dos veces más, separada por intervalos exactos.

Tres destellos cortos.

Después llegó el cuarto, largo y sostenido.

Los hombres de La Espera respondieron desde el embarcadero. Levantaron una lámpara cubierta y repitieron la misma secuencia.

Tres guardaban la torre.

El cuarto abría el camino.

Hernán abandonó el mangle en cuanto los vigilantes volvieron la atención hacia el mar. Avanzó agachado, siguiendo la parte posterior de los almacenes, hasta encontrar un lugar desde el que pudiera observar el muelle sin cruzar el claro.

El barco surgió entre las dos lomas poco antes del amanecer.

Era una embarcación de poco calado, larga y oscura, con un único mástil y las velas recogidas. No mostraba pabellón ni luces visibles, salvo el farol cubierto de la proa. Cuatro hombres remaban mientras otro dirigía desde popa.

Conocían el canal.

La nave pasó a pocas varas de la loma septentrional, evitó el arrecife y giró en el punto exacto donde la corriente habría empujado a un piloto inexperto contra el banco de arena.

Dos marineros saltaron al embarcadero.

Las amarras quedaron sujetas.

Ningún hombre del campamento preguntó quiénes eran.

Los estaban esperando.

Hernán se pegó al barro.

La humedad había endurecido la venda del brazo izquierdo. Los cortes del pie descalzo ardían y el tobillo latía bajo su peso. Cada parte de su cuerpo parecía exigirle que permaneciera inmóvil.

No podía obedecer.

La puerta de la cámara de popa se abrió.

El hombre que apareció vestía una capa negra, botas altas y guantes del mismo color. Una máscara de terciopelo le cubría el rostro desde la frente hasta el labio superior.

No necesitó verlo de cerca para reconocer su estatura ni la forma pausada de caminar.

Había contemplado aquella misma figura desde la cubierta de la Santa Bárbara , la noche en que abandonaron Sevilla.

El hombre descendió por la plancha.

Los guardias se cuadraron.

—Patrón —saludó el jefe del campamento.

El enmascarado respondió con una inclinación mínima de la cabeza.

—¿Está completa la entrega?

—Doce cajas y seis barriles. Cuatro mil ochocientos marcos, según el recibo.

Hernán sintió el tubo contra el pecho.

Llevaba aquel recibo consigo.

La prueba escrita coincidía con la declaración del jefe.

—¿Quién firmó por el San Gabriel ? —preguntó el patrón.

La voz atravesó a Hernán.

La había oído en el Guadalquivir.

Entregad la carta. Todavía puedo evitar que vuestra amiga muera.

Amadeo de Castro.

La máscara no ocultaba la voz.

—El maestre se negó a escribir su nombre —respondió el jefe—. Hemos utilizado su marca.

—Los cobardes siempre creen que no firmar los vuelve inocentes.

El enmascarado levantó la mano izquierda para apartar la capa.

El guante terminaba antes de la primera articulación de los dedos.

En el meñique brilló un anillo de oro.

Una torre rodeada por tres figuras.

La misma mano.

El mismo dedo.

El mismo emblema.

Uno de los hombres del barco bajó a tierra con un libro bajo el brazo. Era delgado, vestía un jubón marrón y llevaba un tintero sujeto al cinturón.

—Don Amadeo —dijo—, el capitán desea saber si cargaremos también los documentos.

Castro se volvió hacia él.

—Solo el libro principal. Las relaciones de entrada y los recibos permanecen aquí hasta que comprobemos el peso en Cartagena.

El nombre quedó pronunciado sin espacio para la duda.

Don Amadeo.

Cartagena.

Hernán retuvo ambas palabras.

—¿Y después? —preguntó el escribano.

—Se queman.

Castro caminó hacia el almacén.

El jefe lo acompañó.

—La mujer sigue encerrada.

—¿Ha hablado?

—Dice que Gaspar Arce la envió. Conoce la contraseña.

Castro se detuvo.

—Arce no la habría enviado sin una carta.

—Afirma que la llevaba el cartógrafo.

—¿Y el cartógrafo?

—Cayó en el canal. No encontramos el cuerpo.

Castro miró hacia los manglares.

La máscara ocultaba la expresión, pero no el cambio en su postura.

—Entonces está vivo.

—La marea habría…

—Está vivo —repitió—. Un hombre que ha cruzado el océano por una carta no se ahoga en un palmo de barro sin que aparezca el cuerpo.

El jefe bajó la cabeza.

—Duplicaré la vigilancia.

—No.

Castro reanudó la marcha.

—Cargaréis el oro. Después abandonaréis el campamento por la trocha meridional. Prended fuego a los almacenes, a las chozas y al muelle.

—¿Esta noche?

—Antes de la siguiente marea.

—¿Y la mujer?

—La interrogaré.

Hernán sintió que sus dedos se hundían en el barro.

Castro entró en la casa principal.

El escribano y el jefe fueron detrás.

Los guardias empezaron a abrir el almacén.

La primera caja salió poco después.

Cuatro hombres la transportaron hasta el embarcadero. No llevaba ninguna inscripción visible, pero Hernán reconoció la tabla rota por la que había visto rodar el lingote. La subieron al barco.

Después llegó la segunda.

La tercera.

El oro procedente de los depósitos de la Real Hacienda abandonaba una nave española, desaparecía en La Espera y era embarcado de nuevo sin pabellón ni registro oficial.

No necesitaban convertirlo en monedas clandestinas; les bastaba con romper la cadena documental.

Hernán observó la operación durante más de una hora.

Contó las doce cajas.

Después los seis barriles.

Todo el cargamento consignado en el recibo pasó al barco de Castro.

El San Gabriel permanecía en el muelle con la bodega vacía. Su maestre y su tripulación recibirían documentos que declararían otra carga, otro puerto y otro destino.

La mentira cubriría el trayecto.

El oro seguiría navegando.

La puerta de la casa principal se abrió.

Castro salió sin la capa. Continuaba enmascarado.

Detrás de él apareció Melibea.

Llevaba las manos atadas por delante. Dos hombres la sujetaban por los brazos, aunque caminaba sin necesitar que la arrastraran. El labio partido se había hinchado y la herida del hombro teñía la tela del vestido.

Castro señaló una silla situada bajo la galería.

—Sentadla.

Melibea se dejó caer.

Al levantar la cabeza, sus ojos recorrieron el campamento.

No buscaron a Hernán de forma evidente.

Observaron los almacenes, el embarcadero, el barco y las dos entradas hacia la marisma.

Después se detuvieron un instante sobre el mangle donde él se ocultaba.

No podía verlo, pero sabía que estaba allí.

Castro permaneció de pie frente a ella.

—Melibea Grijalva.

Ella no respondió.

—Viuda de Íñigo Grijalva. Propietaria de una casa del Arenal. Madre de Catalina Grijalva.

La mención de Cata cambió algo en su rostro.

Solo un parpadeo.

Castro lo advirtió.

—Vuestra hija permanece en Sevilla —continuó—. Sería lamentable que heredara la curiosidad de sus padres.

—Dejadla fuera.

—Entonces decidme dónde está Hernán Giráldez.

—Muerto.

—No os creo.

—No necesito que me creáis.

Castro se agachó frente a ella.

—Vuestro marido dijo algo parecido.

Melibea dejó de respirar.

Hernán sintió la misma inmovilidad en su propio cuerpo.

—¿Lo conocisteis? —preguntó ella.

—Leí sus informes.

—No os he preguntado eso.

Castro se incorporó.

—Íñigo Grijalva confundió irregularidades contables con una conspiración. Había trabajado demasiado y dormido poco. El río terminó lo que su imaginación empezó.

Melibea se puso en pie.

Los hombres tuvieron que sujetarla.

—Vos lo matasteis.

—No personalmente.

La respuesta fue tan serena que incluso los guardias miraron a Castro.

Él continuó:

—Vuestro marido recibió varias oportunidades de olvidar. Decidió no aprovecharlas.

—Y por eso lo arrojasteis al río.

—Por eso ya no es un problema.

Melibea lo miró con un odio desprovisto de ruido.

—Lo será cuando alguien lea sus cuentas.

Castro volvió la cabeza hacia el barco.

—Las cuentas arden.

—No todas.

La máscara se orientó de nuevo hacia ella.

—¿Qué conserváis?

Melibea sonrió con el labio ensangrentado.

—La duda.

Castro la golpeó.

No con el puño.

Con el dorso de la mano izquierda.

El anillo abrió una pequeña herida en su mejilla.

Hernán estuvo a punto de levantarse.

Se detuvo al ver el movimiento de los dedos de Melibea.

La mano derecha permanecía atada, pero el pulgar rozaba una punta de cobre oculta entre las vueltas de la cuerda.

La horquilla.

Ya estaba cortando sus ligaduras.

—Llevadla otra vez a la choza —ordenó Castro—. Partirá con nosotros.

Melibea dejó de mover la mano.

—¿Adónde?

—A un lugar donde vuestra hija nunca sabrá buscaros.

—No llegaré viva.

—Eso dependerá de lo que recordéis durante el viaje.

Los guardias la levantaron.

Al pasar cerca del mangle, Melibea tropezó.

Uno de los hombres tiró de ella.

—Camina.

El tropiezo había sido deliberado.

Un pequeño objeto cayó de la manga y se hundió parcialmente en el barro.

Melibea continuó sin volver la cabeza.

Hernán esperó hasta que la encerraron.

Después se arrastró hasta el objeto.

Era un fragmento de madera ennegrecida, del tamaño de dos dedos. En una cara había arañadas tres líneas y una cuarta más larga.

En la otra, Melibea había marcado una flecha.

Apuntaba hacia el embarcadero.

Tres y una.

El código de luces.

La flecha indicaba el barco.

Debajo había una palabra casi ilegible:

Rumbo.

Melibea quería que siguiera la nave.

No para abandonarla.

Para averiguar adónde llevaban el oro.

Hernán cerró la mano alrededor de la tablilla.

Observó la choza.

Una de las tablas traseras se movió ligeramente.

Melibea había encontrado una salida.

Él cruzó la marisma mientras los cargadores subían el último barril.

Llegó hasta la pared posterior y acercó la boca a una rendija.

—Melibea.

—No deberías estar aquí.

La voz llegó baja desde dentro.

—He visto la señal.

—Cuando zarpe, síguelo.

—No puedo dejarte.

—Puedo salir.

Una tabla cedió hacia fuera.

A través del hueco apareció la punta de la horquilla de cobre.

—He cortado la cuerda y aflojado dos clavos —explicó—. Cuando retiren al guardia para la partida, saldré por aquí.

—Castro ha ordenado llevarte en el barco.

—Entonces tendré que escapar antes.

—No es suficiente.

—Nada lo es para ti.

Hernán miró hacia el campamento.

—La marea empezará a bajar después de la salida. El canal secundario quedará bloqueado.

—Me reuniré contigo en la primera curva.

—¿Cuánto tiempo?

—Sigue el barco hasta saber su rumbo. No más.

—Cartagena.

—Lo ha mencionado, pero puede ser una mentira para sus propios hombres.

—Y si no vuelves al canal…

Melibea guardó silencio.

—Volveré —dijo finalmente.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tienes.

Hernán apoyó la frente contra la pared.

—No quiero elegir entre la prueba y tú.

—No elijas. Haz tu parte y déjame hacer la mía.

Al otro lado del campamento sonó una orden.

Los marineros empezaban a retirar la plancha.

Melibea empujó la tabla otra vez.

—Vete.

—Volveré antes de que baje la marea.

—Sigue el barco.

—Hasta saber el rumbo.

—Hasta saberlo de verdad.

Hernán se apartó.

Llegó al canal secundario mientras la nave soltaba amarras. La canoa seguía a flote, aunque el agua había empezado a descender alrededor de las raíces.

Desató el cabo.

Desde el embarcadero llegó la voz de Castro:

—Quemad el campamento cuando recibáis mi señal.

El barco inició el movimiento.

Hernán tomó el remo.

Por última vez miró hacia la choza.

La tabla posterior se separó un dedo más.

Melibea no esperaba que la rescataran.

Esperaba que el camino permaneciera abierto.

La nave de la máscara cruzó la cala.

Hernán impulsó la canoa detrás.

Los dos barcos desaparecieron entre las lomas mientras La Espera comenzaba a prepararse para arder.