El mapa del guarda Capítulo 21 La espera en el lodo
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Capítulo 21 La espera en el lodo

El mosquito se posó junto al ojo izquierdo de Hernán.

No lo espantó.

P ermanecía encajado entre dos raíces de mangle, con el cuerpo hundido en el barro y la espalda apoyada contra un tronco. Desde allí veía parte del campamento de La Espera a través de una cortina de hojas.

La noche había caído.

La hoguera principal iluminaba el embarcadero, el almacén y las figuras de los guardias. El San Gabriel seguía atracado. La descarga había terminado y las escotillas estaban cerradas.

Las doce cajas y los seis barriles habían desaparecido dentro del almacén.

Hernán contó a los hombres.

Tres junto al embarcadero.

Dos frente a la casa principal.

Uno en la galería.

Dos más patrullando entre los almacenes.

Ocho.

Podía haber otros durmiendo.

La choza donde habían encerrado a Melibea se encontraba al extremo meridional del campamento. Estaba levantada sobre pilotes bajos, con una sola puerta y una ventana estrecha cubierta por una celosía.

Dos hombres la vigilaban.

Uno fumaba.

El otro afilaba un cuchillo contra una piedra.

Hernán llevaba horas observando.

La marea había bajado. El canal secundario era ya una lengua de barro atravesada por charcos. La canoa no podría salir hasta la siguiente pleamar.

Eso le daba tiempo.

También lo atrapaba.

Tocó el tubo.

El recibo del San Gabriel permanecía junto a la carta falsa, las páginas del San Telmo y la declaración de Juan de la Cruz.

Habían obtenido la prueba que buscaban.

Pero Melibea estaba dentro del campamento.

Sin ella, el regreso no era una victoria.

Era otra forma de fracaso.

Una puerta se abrió.

Dos hombres sacaron a Melibea de la choza.

Llevaba las manos atadas por delante. Habían retirado la venda exterior del hombro y el vestido aparecía manchado alrededor de la herida. La sangre seca del labio le oscurecía la barbilla.

Caminaba por sí misma.

Eso fue lo único que permitió a Hernán seguir quieto.

La condujeron hasta la casa principal.

Desapareció dentro.

Los guardias cerraron la puerta.

Hernán cambió de posición.

La pierna izquierda estaba entumecida. El pie descalzo había dejado de sangrar, pero los cortes estaban cubiertos de barro. La herida del antebrazo latía bajo la venda mojada.

No importaba.

Escuchó voces.

Al principio no distinguió las palabras.

Después alguien levantó el tono.

—¿Quién os envió?

La respuesta de Melibea llegó apagada:

—Gaspar Arce.

Hernán cerró los ojos un instante.

Utilizaba el único nombre que podía sembrar dudas dentro de la red.

—Arce no envía mujeres.

—Envía a quien puede pasar por los puertos sin que lo registren.

—¿Dónde está la orden?

—El cartógrafo la llevaba.

—Has dicho que está muerto.

—Por eso no tenéis la orden.

Hubo un golpe.

No fue violento, pero sí lo bastante claro para que Hernán apretara la mandíbula.

—¿Dónde está el mapa?

—En el canal.

—Mis hombres no lo han encontrado.

—El barro se traga cosas mayores.

—¿Qué habéis venido a hacer?

Melibea guardó silencio.

El interrogador insistió:

—¿Quién conoce La Espera?

—Los hombres que me siguieron desde Cartagena.

—Nombres.

—No los sé.

Otro golpe.

Hernán hundió los dedos en la raíz.

Podía acercarse por detrás de la casa. Cortar la pared. Provocar un incendio. Disparar con un arcabuz robado.

Podía intentar muchas cosas.

Ninguna permitía enfrentarse a ocho hombres y sacar a Melibea viva.

Esperar era la única decisión sensata.

También era la más difícil.

—El patrón llegará esta noche —dijo el interrogador—. Él decidirá cuánto tiempo puedes seguir mintiendo.

Melibea respondió:

—Entonces preguntadle a él por Íñigo Grijalva.

El silencio posterior fue distinto.

No era incomprensión, sino reconocimiento.

—¿Quién te ha dado ese nombre? —preguntó el hombre.

—Era mi marido.

—Íñigo Grijalva murió hace años.

—Lo sé.

—Se ahogó.

—Lo matasteis.

La silla arrastró sobre el suelo.

—No sabes dónde estás.

—Estoy en el lugar que él encontró en vuestras cuentas.

—No encontró nada.

—Por eso seguís matando a quien pronuncia su nombre.

Un nuevo golpe hizo crujir la pared.

Hernán empezó a moverse.

Solo unos centímetros.

Lo suficiente para apoyar el pie sano bajo el cuerpo.

La puerta de la casa se abrió.

El interrogador salió.

Era un hombre de hombros anchos y cabello cortado muy corto. Se limpió los nudillos con un paño y habló con los guardias de la galería.

—Llevadla otra vez a la choza. Nadie entra hasta que llegue el patrón.

—¿Y el cartógrafo? —preguntó uno.

—Duplicad la vigilancia en los canales.

Melibea apareció detrás.

Caminaba encorvada, pero no necesitaban arrastrarla. Uno de los guardias la sujetaba por el brazo izquierdo.

Al cruzar frente a la hoguera, dejó caer algo.

Un pequeño fragmento de tela.

Nadie lo advirtió.

Hernán siguió el movimiento.

La tela quedó junto a un tronco, fuera del círculo más intenso de luz.

No había sido accidental.

Melibea sabía que él observaba.

La encerraron.

Un guardia revisó la puerta. Otro recorrió el perímetro de la choza. Después regresaron a sus puestos.

Hernán esperó.

Cuando la hoguera bajó y los hombres comenzaron a beber, abandonó el escondite.

Avanzó pegado a las raíces.

Cada movimiento hundía las manos en el barro. No podía ponerse en pie sin quedar expuesto. Se arrastró hasta alcanzar el tronco junto al que Melibea había dejado la tela.

La recogió.

Era una parte de su venda.

Dentro había un objeto pequeño.

Una horquilla de cobre.

Una punta estaba limada hasta convertirse en una hoja estrecha.

Melibea había ocultado el instrumento en el vendaje desde Cartagena.

Podía cortar la cuerda.

No necesitaba que Hernán entrara.

Necesitaba que despejara el camino de salida.

Volvió al mangle.

Estudió el campamento otra vez.

La ruta hasta el canal secundario cruzaba detrás del almacén. Había un solo guardia en aquel lado, aunque otro patrullaba cada cierto tiempo. Si conseguía apagar la hoguera o crear ruido cerca del embarcadero, los hombres mirarían en dirección contraria.

El San Gabriel ofrecía una posibilidad.

Sus amarras estaban sujetas a dos postes. La marea baja había dejado el casco apoyado parcialmente sobre el fondo. Cuando el agua regresara, cualquier cabo cortado permitiría que la corriente lo hiciera girar contra el muelle.

Un accidente así movilizaría a todos.

Pero para alcanzar las amarras debía cruzar un espacio abierto.

Y todavía faltaban horas para la pleamar.

Esperó.

Los insectos cubrieron su piel.

Un cangrejo pasó junto a la mano y desapareció en el barro. La humedad enfrió sus heridas. La espalda comenzó a dolerle por permanecer encorvado.

Pensó en Lucio.

No en el cadáver.

En el muchacho inclinado sobre un mapa, moviendo el compás y negándose a aceptar que una medida oficial debiera ser correcta solo porque llevara un sello.

Las distancias no obedecen a los hombres , había dicho una vez.

Hernán había respondido que los hombres las medían.

Lucio se rio.

Entonces el error es de los hombres.

La legua falsa había sido un error humano convertido en arma.

El recibo del San Gabriel podía volverla contra sus autores.

Si conseguía salir.

Si Melibea conseguía cortar la cuerda.

Si Yuri seguía esperando.

Demasiadas condiciones.

Pero ninguna podía resolverse desde Sevilla.

La hoguera se redujo a la mitad.

Dos hombres se retiraron a dormir. Los guardias del embarcadero se quedaron en tres. Uno de los vigilantes de Melibea apoyó la cabeza contra la pared.

El otro continuó despierto.

Hernán observó la rendija de la choza.

Una sombra se movió en el interior.

Después otra.

La luz se apagó.

Melibea estaba trabajando.

Un murmullo recorrió el campamento.

Uno de los guardias se puso en pie y miró hacia la entrada de la cala.

Desde el mar apareció una luz.

Breve.

Se apagó.

Volvió dos veces más.

Tres destellos cortos.

Los hombres del embarcadero corrieron hacia los postes.

Una cuarta luz permaneció encendida durante más tiempo.

—El patrón —dijo alguien.

El campamento despertó.

Se encendieron lámparas. Los guardias cargaron los arcabuces. El hombre de la casa principal salió abrochándose el jubón y ordenó despejar el muelle.

Hernán miró hacia la choza.

La puerta continuaba cerrada.

Pero por debajo apareció un extremo de cuerda cortada.

Melibea había liberado las manos.

En la entrada de la cala surgió una silueta.

Un barco pequeño avanzaba sin bandera, guiado por remos. No mostraba más luz que un farol cubierto en la proa.

El patrón llegaba con la marea.

Hernán se deslizó fuera del barro.

Había terminado la espera.