Capítulo 20 La emboscada en la marisma
El mensajero no se dirigió a la casa principal.
A travesó el campamento hacia el sur, siguiendo una pasarela levantada sobre el barro. Llevaba una camisa clara, botas de cuero y una bolsa sujeta a la cintura. No miraba hacia atrás.
Hernán y Melibea avanzaban por debajo de la plataforma.
Las tablas ocultaban sus cabezas, pero los obligaban a caminar inclinados entre raíces y agua estancada. Cada paso debía colocarse con cuidado. El barro podía tragarse una bota o producir un sonido húmedo que delatara su posición.
El mensajero llegó a una choza separada de las demás.
Llamó dos veces.
Una mano abrió desde dentro.
—Traigo la cuenta del San Gabriel —dijo.
—¿Completa?
—Doce y seis.
La misma forma de nombrar la carga.
Doce cajas.
Seis barriles.
—¿Firma el maestre? —preguntó la voz interior.
—La marca basta.
—Al patrón no le bastan marcas. Quiere nombres.
—El maestre no firma nada que pueda llevarlo a la horca.
—Entonces que aprenda a escribir mientras cuelga.
La puerta se abrió lo suficiente para que el mensajero entrara.
Hernán miró a Melibea.
Ella había escuchado también el nombre de la nave.
San Gabriel.
Una prueba más que podía verificarse en los registros portuarios.
Esperaron.
El agua subía lentamente alrededor de sus tobillos. La marea llenaba los canales y ocultaba parte de las raíces. En menos de una hora comenzaría a retirarse.
La puerta se abrió.
El mensajero salió sin la bolsa.
Llevaba ahora un pequeño rollo dentro de la manga.
Se encaminó hacia el embarcadero.
—Ha cambiado un documento por otro —susurró Melibea.
—No podemos saber cuál importa más.
—El que trae va a salir del puerto.
—Y tendrá más vigilancia.
El hombre abandonó la pasarela y tomó un sendero estrecho entre los mangles. Allí estaría oculto a la vista del campamento durante unos minutos.
Melibea señaló el camino.
—Ahora.
Lo siguieron.
El sendero terminaba junto a un canal donde esperaba un bote pequeño. No había nadie más a la vista. El mensajero se agachó para soltar la amarra.
Melibea recogió una piedra.
La lanzó hacia el lado contrario.
El golpe sonó entre las raíces.
El hombre se volvió.
Hernán salió detrás de él y le rodeó el cuello con el brazo derecho. No tenía fuerza para mantenerlo mucho tiempo. Solo necesitaba impedir que gritara.
—Quieto —susurró—. No queremos matarte.
El mensajero respondió con un codazo.
El golpe alcanzó la herida del antebrazo. Hernán perdió la presión. El hombre se giró y sacó una daga.
Melibea llegó por el costado.
Golpeó la muñeca con el mango de su puñal.
La daga cayó al agua.
El mensajero abrió la boca.
Hernán le tapó la nariz y la boca con la mano.
—El rollo —dijo.
Melibea lo extrajo de la manga.
—Lo tengo.
—Ahora déjalo.
El mensajero dejó de luchar.
Sus ojos miraban por encima del hombro de Hernán.
Melibea lo advirtió primero.
—¡Abajo!
El arcabuz disparó.
La bala atravesó una rama y levantó barro junto a sus piernas.
Hernán soltó al hombre.
Tres guardias aparecieron en el sendero. Uno recargaba el arma. Los otros llevaban espadas cortas.
—¡El mapa! —gritó el mensajero—. ¡Es el cartógrafo!
Hernán y Melibea corrieron hacia el canal.
El bote era demasiado lento de soltar.
Se internaron en el manglar.
Las raíces les golpeaban las piernas. El agua había subido y ocultaba el fondo. Hernán avanzaba con el tubo pegado al cuerpo y el documento dentro del jubón. Melibea lo seguía a pocos pasos.
Detrás llegaron voces.
—¡Rodead el canal!
—¡Que no alcancen la entrada norte!
Los conocían.
La red había recibido descripciones desde Nombre de Dios o Cartagena.
Quizá desde Sevilla.
Hernán saltó una raíz y cayó al otro lado hasta las rodillas. El pie izquierdo se hundió en el barro. Tiró, pero la bota no salió.
Melibea regresó.
—Suelta el pie.
—Perderé la bota.
—Mejor que la pierna.
Hernán intentó sacar el talón.
El barro retenía el cuero con una fuerza constante. Las voces se acercaban.
Melibea se arrodilló y metió la mano en el lodo. Encontró el borde de la bota y lo inclinó mientras Hernán tiraba.
El pie salió.
La bota quedó enterrada.
—Continúa —ordenó ella.
Hernán avanzó descalzo de un lado.
Cada raíz y concha le cortaba la planta.
Llegaron a una zona donde el agua se dividía en varios canales. Hernán no reconoció el recorrido.
—¿Por dónde vinimos?
Melibea miró las raíces.
—Por allí.
Señaló a la izquierda.
Tomaron el canal.
Tras veinte pasos encontraron una cuerda con conchas.
No era una de las alarmas que habían levantado al entrar.
—Nos hemos equivocado.
—No podemos volver.
Una espada golpeó un tronco detrás de ellos.
Los perseguidores estaban demasiado cerca.
Melibea empujó a Hernán hacia una depresión llena de agua oscura.
—Escóndete.
—Los dos.
—Con el hombro no puedo arrastrarme por ahí.
—Entonces buscamos otro lugar.
—No hay tiempo.
Sacó el rollo del jubón de Hernán.
—Guárdalo con el mapa.
—Melibea.
—Escucha.
La voz era baja y firme.
—Si nos capturan juntos, obtendrán todo. Yo puedo hacer que crean que llevé el mapa hasta aquí y lo perdí en la huida.
—Te matarán.
—No mientras crean que puedo decirles dónde está.
—No.
—No estás decidiendo por mí.
Aquello lo detuvo.
Melibea no era Lucio ni una aprendiz a la que pudiera ordenar permanecer detrás.
Melibea eligió aquel riesgo sabiendo lo que significaba.
—Dame una hora —dijo—. Si no regreso, busca la canoa.
—No pienso abandonarte.
—No te lo pido. Te pido que no arruines la única ventaja que tenemos.
Los pasos llegaron al otro lado de las raíces.
Melibea empujó el tubo contra el pecho de Hernán.
—Entra en el agua.
Él se deslizó bajo una maraña de mangles. El barro le cubrió el cuerpo hasta el pecho. Solo podía mantener la boca y la nariz sobre la superficie.
Melibea se alejó por el canal.
No corrió.
Se dejó ver.
—¡Aquí! —gritó uno de los hombres.
Ella levantó la mano izquierda.
—No disparéis. Tengo un mensaje de Gaspar Arce.
Los guardias se detuvieron.
—¿Arce?
—Tres guardan la torre.
Hernán observaba desde el barro.
El hombre que dirigía la persecución avanzó con la espada levantada.
—El cuarto abre el camino.
La respuesta correcta.
—¿Dónde está el cartógrafo? —preguntó.
—Muerto.
—Te vimos con él.
—Lo alcanzó la bala. El cuerpo cayó en el canal.
—¿Y el mapa?
Melibea señaló hacia el barro.
—Se hundió con él.
El jefe se acercó.
La golpeó en el rostro con el dorso de la mano.
Melibea cayó de rodillas.
Hernán apretó los dedos alrededor de una raíz.
—Mientes.
—Entonces búscalo.
El hombre la agarró por el cabello.
—Eso haremos.
Dos guardias comenzaron a registrar el canal.
Pasaron a menos de cinco varas del escondite de Hernán. Uno hundía una pértiga en el barro. El otro apartaba las raíces con la espada.
Hernán se sumergió hasta dejar solo la nariz fuera del agua.
El tubo estaba presionado entre su cuerpo y el fondo. La funda impermeabilizada impedía que el agua alcanzara los documentos, pero el peso lo arrastraba hacia abajo.
El primer guardia clavó la pértiga cerca de su pierna.
La punta rozó el barro.
Volvió a levantarla.
—Aquí no hay nada.
—Seguid buscando —ordenó el jefe.
Melibea permanecía arrodillada.
Tenía sangre en el labio, pero la mirada fija en los hombres que rastreaban el canal.
Uno se acercó a la maraña donde estaba Hernán.
Apartó una rama.
El cartógrafo cerró los ojos.
Un grito llegó desde el campamento.
—¡La cuenta! ¡Han robado la cuenta del barco!
El guardia se volvió.
—Registradla —ordenó el jefe.
Uno de los hombres arrancó el mantón de Melibea y palpó el vestido. Encontró el puñal, las monedas y la medalla de Íñigo.
No encontró el rollo.
—No lleva nada.
—Llevadla al campamento.
—¿Y el hombre?
El jefe miró el canal.
—Si está herido, no llegará lejos. La marea está cambiando.
Agarraron a Melibea por los brazos.
Ella dejó que la levantaran.
Antes de desaparecer entre las raíces, volvió la cabeza hacia el lugar donde Hernán se ocultaba.
No podía verlo.
Aun así, mantuvo la vista en aquel punto un momento.
Después se la llevaron.
Hernán permaneció inmóvil.
Esperó hasta que las voces se perdieron.
Luego esperó más.
El barro le enfriaba el cuerpo y los mosquitos cubrían su rostro. Cada impulso le exigía salir, seguirlos y atacar antes de que alcanzaran el campamento.
No lo hizo.
Melibea había comprado tiempo con su captura.
Desperdiciarlo habría convertido su decisión en un sacrificio inútil.
Cuando ya no oyó nada, Hernán salió de debajo de las raíces.
Estaba cubierto de lodo desde el cuello hasta los pies. La planta descalza sangraba y el tobillo herido apenas sostenía el peso.
Sacó el rollo.
El sello continuaba intacto.
Llevaba la torre y las tres figuras.
Lo abrió con cuidado.
El documento era un recibo:
Recibidas del maestre del San Gabriel doce cajas y seis barriles procedentes de los depósitos de la Real Hacienda, conforme a la orden reservada. Peso comprobado: cuatro mil ochocientos marcos. Entrega pendiente al patrón.
Debajo aparecía una inicial.
A. C.
Hernán leyó la cifra otra vez.
Cuatro mil ochocientos marcos de oro.
Aquello no era una sospecha.
No se trataba de una anotación marginal ni del testimonio de un muerto.
Era la contabilidad interna de La Espera.
Guardó el recibo dentro del tubo.
Después siguió las huellas de quienes se habían llevado a Melibea.
La marea comenzaba a retirarse.
El agua descendía entre las raíces.
Y la canoa, oculta en el canal secundario, no permanecería a flote mucho más tiempo.