El mapa del guarda Capítulo 19 La canoa y el horizonte
67%

Capítulo 19 La canoa y el horizonte

Yuri despertó a Hernán antes de que el cielo comenzara a clarear.

N o lo llamó por su nombre. Le apoyó dos dedos en el hombro y señaló hacia la playa.

La marea había empezado a subir.

El mar avanzaba sobre la arena en pequeñas lenguas oscuras. La canoa descansaba junto al agua, cargada con dos calabazas, un hatillo de comida, una red y el tubo de cuero protegido dentro de una funda de fibras trenzadas.

Melibea ya estaba despierta.

Se encontraba sentada frente a las brasas de la cabaña mientras ajustaba el puñal a su cintura con la mano izquierda. La venda del hombro estaba limpia. La herida seguía doliéndole, pero la fiebre no había regresado.

—¿Has dormido? —preguntó Hernán.

—Lo suficiente para recordar que no me gusta madrugar.

Yuri apagó las brasas con arena.

—No dejaremos humo.

—El barco que vimos anoche habrá llegado ya —dijo Hernán.

—Todavía estará descargando.

—¿Cómo lo sabes?

—Las embarcaciones grandes entran con la marea alta. La carga tarda más que el agua en cambiar.

Arrastraron la canoa.

Yuri ocupó la popa. Hernán se sentó en el centro, con el tubo entre las piernas. Melibea quedó en la proa, mirando hacia la línea oscura de la costa.

El pescador utilizó una pala corta.

No remaba con fuerza. Introducía la hoja en el agua y dejaba que la corriente hiciera la mayor parte del trabajo. La embarcación avanzó hacia el sur mientras el cielo pasaba del negro al gris.

Durante un buen trecho no hablaron.

La costa era una sucesión de manglares, pequeñas playas y promontorios cubiertos de vegetación. Desde el mar, todos los recodos parecían iguales. Hernán trataba de retener cada uno, pero la escala del mundo real no obedecía a la limpieza de sus cartas.

Un canal que en el papel ocupaba el ancho de una pluma podía necesitar media hora de navegación.

Una curva mínima escondía una playa entera.

Una legua medida con compás se convertía en corrientes, arrecifes y vientos contrarios.

—Los mapas deberían dibujar el tiempo —murmuró.

Yuri continuó remando.

—El tiempo cambia.

—La costa también.

—Entonces ya has aprendido algo.

El sol apareció detrás de ellos.

Yuri dirigió la canoa mar afuera hasta dejar una distancia considerable respecto a los manglares. Después señaló una elevación baja de piedra oscura.

—La loma del norte.

Hernán entrecerró los ojos.

Desde aquella posición apenas parecía una colina. Detrás, medio confundida con la vegetación, se levantaba una segunda formación rocosa.

—La otra está más al sur —dijo.

—Sí.

—Desde lejos parecen una sola.

—Por eso muchos barcos pasan de largo.

Melibea señaló hacia la costa.

—La palmera.

Un tronco alto y seco sobresalía sobre la vegetación. La copa había desaparecido y la parte superior estaba abierta en dos.

Más atrás, en una ladera, brillaba una roca clara.

La palmera partida al este.

La roca blanca detrás.

Hernán sacó la hoja donde había anotado las observaciones astronómicas. La franja calculada durante la noche comprendía aquel tramo de costa.

No demostraba que La Espera estuviese allí, aunque tampoco lo contradecía.

—Coincide —dijo.

Yuri miró el papel.

—Las piedras coinciden.

Hernán lo guardó.

—También.

El pescador hizo girar la canoa hacia el norte de la primera loma.

El arrecife apareció bajo el agua como una sombra irregular. Las olas rompían contra algunas rocas y ocultaban otras. Más al sur, un banco de arena teñía el mar de un tono pálido.

Entre ambos se abría el canal principal.

Una embarcación sin experiencia habría buscado el centro.

Y habría golpeado el fondo.

—La entrada segura pasa cerca de la loma norte —dijo Hernán.

—Demasiado cerca para quien no la conoce.

Yuri dejó de remar.

—Desde aquí seguís solos.

Melibea volvió la cabeza.

—Dijiste que nos llevarías hasta el arrecife.

—Estamos en el arrecife.

—Todavía no vemos el canal secundario.

Yuri señaló una zona donde las raíces de los mangles se extendían sobre el agua.

—Allí.

Hernán solo vio una pared vegetal.

—No hay entrada.

—Por eso no la vigilan.

El pescador sacó del fondo de la canoa una pértiga larga.

—La marea está subiendo. Podréis pasar durante poco más de dos horas. El canal gira tres veces. En la primera, manteneos junto a las raíces oscuras. En la segunda, evitad el árbol caído. En la tercera, el agua se divide.

Trazó las direcciones con la mano.

—Tomad el brazo izquierdo. El derecho termina en barro profundo.

—¿Dónde saldremos? —preguntó Hernán.

—Detrás de los almacenes.

—¿Cuántos guardias?

—La última vez había seis durante el día. Más cuando llega carga.

—¿Cuándo fue la última vez?

Yuri miró hacia las lomas.

—Hace dos meses.

—Dijiste que nunca habías entrado.

—Dije que había pescado cerca.

—No es lo mismo.

—Tampoco es una respuesta falsa.

Melibea se inclinó hacia él.

—¿Trabajaste para ellos?

Yuri sostuvo su mirada.

—Llevé pescado. Agua. Dos veces transporté hombres desde una embarcación hasta la playa.

—¿Sabías lo que hacían?

—Sabía que pagaban por no hacer preguntas.

—Eso no responde.

—Entonces ya sabes cómo se siente hablar conmigo.

Melibea apretó los labios.

Yuri continuó:

—Dejé de ir cuando un muchacho de mi aldea no regresó. Había visto abrir una caja.

Hernán recordó a Lucio.

—¿Qué contenía?

—Metal amarillo.

—Oro.

—No pregunté su nombre antes de que lo mataran.

El pescador sacó una pequeña caracola perforada y se la entregó.

—Si conseguís salir, soplad dos veces desde el otro lado del arrecife. Esperaré en una cala al norte hasta que el sol esté sobre nuestras cabezas.

—¿Y después? —preguntó Melibea.

—Después supondré que habéis elegido quedaros.

—O que nos han capturado.

—En ese caso no podré ayudaros con una canoa y tres flechas.

Hernán guardó la caracola.

Yuri se arrodilló en el agua y salió de la embarcación.

—¿Qué haces? —preguntó Hernán.

—La canoa es mía.

—La necesitamos.

—Necesitáis una embarcación pequeña. No esta.

Señaló hacia las raíces.

Oculta bajo ramas y hojas había una segunda canoa, más estrecha, sin adornos ni marcas visibles.

—Esa no lleva mi nombre —dijo.

Trasladaron el tubo, el agua y la comida.

La canoa secundaria tenía dos remos cortos y un fondo casi plano, apropiado para aguas someras.

Yuri sostuvo la borda mientras embarcaban.

—No encendáis fuego. No crucéis espacios abiertos. No confiéis en el embarcadero vacío.

—¿Por qué? —preguntó Hernán.

—Porque nunca está vacío.

Empujó la canoa hacia las raíces.

—Recordad la marea.

La vegetación los recibió.

* * *

El canal secundario era más estrecho de lo que Hernán había imaginado.

En varios tramos, las ramas rozaban ambos lados de la canoa. Las raíces emergían del agua como dedos negros. No podían remar con normalidad y debían impulsarse contra los troncos.

El primer giro apareció tras una cortina de hojas.

Hernán mantuvo la embarcación junto a las raíces oscuras.

En el lado contrario, el fondo se volvió claro y poco profundo. Una vara más hacia allí habría dejado la canoa varada.

—Yuri tenía razón —susurró Melibea.

—Procura no parecer sorprendida cuando volvamos a verlo.

El segundo giro estaba bloqueado por un tronco caído.

Hernán se tumbó sobre la proa y empujó las ramas mientras Melibea utilizaba el remo con la mano izquierda. Pasaron por debajo con pocos dedos de separación entre el árbol y sus cabezas.

La venda de Melibea rozó la corteza.

Ella reprimió un gemido.

—¿Se ha abierto?

—No.

—Eso ha sonado a mentira.

—He tenido buenos maestros.

Llegaron a la bifurcación.

El brazo derecho parecía más ancho y profundo.

El izquierdo apenas era una grieta entre los mangles.

Hernán recordó la instrucción.

Tomaron el izquierdo.

Poco después apareció el primer indicio de presencia humana.

Una cuerda estaba atada entre dos raíces, a la altura del agua. De ella colgaban pequeñas conchas y fragmentos de metal que habrían sonado si una embarcación la tocaba.

Hernán detuvo la canoa.

—Alarma.

Melibea sacó el puñal.

—Puedo cortarla.

—El cabo suelto delataría que alguien ha pasado.

Hernán se inclinó y examinó el mecanismo.

La cuerda podía levantarse sobre la proa sin hacer sonar las piezas. Melibea la sostuvo con el remo mientras él hizo avanzar la canoa palmo a palmo.

Pasaron.

Más adelante encontraron otras dos.

La tercera tenía una campanilla de bronce oculta entre las hojas.

—No confían tanto en que nadie conozca el canal —dijo Melibea.

—O Yuri no es el único que lo utiliza.

El agua empezó a ensancharse.

Escucharon voces.

Hernán condujo la canoa bajo una bóveda de ramas y la ató a una raíz. Desde allí avanzaron a pie, hundiéndose hasta los tobillos en un barro cálido.

El campamento apareció entre los árboles.

Había cuatro construcciones principales.

Un almacén largo con paredes de madera.

Dos chozas menores.

Una casa algo mayor, elevada sobre postes y con una galería delantera.

El embarcadero principal se extendía hacia la cala.

El barco sin bandera estaba atracado.

Era la misma sombra que habían visto desde la cabaña.

Una docena de hombres descargaban su bodega.

Hernán y Melibea se ocultaron detrás de un grupo de raíces.

Los cargadores bajaron doce cajas rectangulares.

Después, seis barriles.

Hernán sintió que Melibea se tensaba a su lado.

—La misma cantidad que transportó el San Telmo —susurró.

Doce cajas.

Seis barriles.

El procedimiento no había cambiado.

Un escribano anotaba cada pieza en un libro. A su lado, un hombre con jubón verde inspeccionaba la carga y marcaba las cajas con una barra de hierro.

Las señales originales habían sido raspadas, pero no por completo.

En una de las tablas se distinguía todavía parte del escudo de la Real Hacienda.

—Necesito acercarme —dijo Hernán.

Melibea le sujetó el brazo.

—No.

—Una marca vista desde aquí no bastará ante un tribunal.

—Tampoco servirá tu declaración si te cortan la garganta.

Un cargador perdió el equilibrio.

La caja que transportaba golpeó el borde del muelle. Una tabla se partió y algo cayó sobre la madera.

El sonido fue metálico.

Un lingote rodó hasta detenerse junto al pie del escribano.

El hombre del jubón verde lo recogió.

Antes de devolverlo a la caja, Hernán vio una parte del sello real raspado en la superficie.

Felipe de la Vega había descrito exactamente lo mismo.

Oro de la Corona.

Marcas borradas.

Transporte clandestino.

Melibea apretó los dedos contra la raíz.

—Ya lo hemos visto.

—Ver no basta.

—Felipe testificará.

—Necesitamos algo que no pueda retractarse.

El escribano arrancó una hoja pequeña del libro. Escribió varias líneas, derramó cera y estampó un sello.

Después entregó el documento a un mensajero joven.

El hombre ocultó el pliego dentro de una bolsa atada a la cintura y se dirigió hacia el interior del campamento.

Melibea observó su recorrido.

—Ese papel es el recibo.

—O una orden de traslado.

—Cualquiera de las dos cosas sirve más que mirar desde el barro.

Hernán comprendió lo que proponía.

—No.

—Todavía no he dicho nada.

—Lo has pensado.

—Eso no puedes impedirlo.

El mensajero atravesó una pasarela estrecha y desapareció entre los almacenes.

Melibea comprobó el puñal.

—Solo tenemos dos horas.

—Menos.

El nivel del agua había dejado de subir.

La marea se acercaba a su punto más alto.

Hernán miró el barco, las cajas y el camino seguido por el mensajero.

Habían encontrado La Espera.

Habían visto el oro.

Pero para destruir una red sostenida por documentos falsos necesitaban un documento verdadero.

—Lo seguimos —decidió—. Sin separarnos.

—Eso iba a decir.

—No te creo.

—Entonces empiezas a conocerme.

Se internaron entre las raíces.

A su espalda, una nueva caja se abrió sobre el embarcadero.

El sonido de los lingotes al chocar entre sí fue bajo y pesado.

No se parecía al de las monedas.

Se parecía al de unas cadenas.