El mapa del guarda Capítulo 18 El código de la noche
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Capítulo 18 El código de la noche

La cabaña parecía haber sido construida con todo lo que el mar había rechazado.

L as paredes combinaban troncos torcidos, tablas de embarcaciones y cañas atadas con fibras. El techo de palma dejaba pasar una franja de cielo. En un rincón había un banco, una red rota y los restos de un hogar de piedra.

Yuri no permitió encender fuego hasta que la oscuridad fue completa.

—El humo se ve desde el mar —dijo.

—También necesitamos hervir agua —respondió Hernán.

—La herviremos cuando la noche cubra la costa.

Melibea se sentó sobre el banco.

El viaje había agotado la mejoría obtenida durante la mañana. Tenía la frente húmeda, aunque no parecía haber vuelto la fiebre. Yuri revisó la venda y señaló a Hernán el lugar donde debía colocar la tira de lino.

—No cierres la abertura —dijo—. Todavía debe salir lo que quede dentro.

—Montiel dijo lo mismo.

—Entonces una vez dijo algo útil.

Limpiaron la herida con agua hervida cuando el fuego pudo ocultarse tras unas piedras. Melibea soportó la cura en silencio.

Después comieron pescado seco y unas tortas planas que Yuri llevaba envueltas en hojas.

Hernán esperó a que el cielo quedara despejado.

Sacó el estuche de la ballestilla.

Yuri observó el instrumento.

—¿Eso encuentra puertos?

—Encuentra alturas.

—Los puertos están abajo.

—También las estrellas se utilizan para llegar a ellos.

El pescador salió sin responder.

Hernán extendió sobre el suelo la copia de los cinco ángulos trazados por Pedro de Llanos. Junto a ella colocó las tablillas transversales de la ballestilla. Cada una permitía medir un rango diferente.

Las cinco pequeñas muescas realizadas por Llanos en el instrumento indicaban qué pieza había utilizado.

No decían qué astro había observado ni a qué minuto exacto; solo conservaban una secuencia.

—Explícame qué intentas hacer —pidió Melibea.

—Llanos escribió la fecha: 22 de agosto. También anotó que entraron en la cala alrededor de medianoche.

—¿Eso basta?

—No.

Hernán sostuvo la primera tablilla.

—Pero reduce las posibilidades. Si sabemos qué estrellas brillantes podían observarse a esa hora y qué alturas resultan compatibles con estos ángulos, podemos obtener una franja de latitud.

—¿Una franja?

—No un punto.

—En Sevilla dijiste que las estrellas podían aproximarnos.

—Y Bartolomé advirtió que el margen sería amplio.

Melibea señaló las marcas.

—¿Cuánto?

—Podrían ser decenas de leguas.

—Eso parece poco útil.

—Lo sería si solo tuviéramos el cielo. Tenemos además las dos lomas, el arrecife, el banco de arena, la palmera y la roca blanca.

—Las estrellas nos dicen en qué parte buscar las piedras.

—Exacto.

Hernán tomó el instrumento y salió.

El cielo era más amplio de lo que había conocido en Sevilla.

No había tejados, humo ni campanarios que ocultaran las estrellas bajas. La Vía Láctea atravesaba la noche como una nube luminosa. Hacia el norte, la Polar apenas se elevaba sobre el horizonte.

Yuri estaba sentado sobre una roca, reparando una cuerda.

—Necesito saber dónde queda el norte verdadero desde esta playa —dijo Hernán.

El pescador señaló sin mirar.

—Allí.

—¿Cómo lo sabes?

—El sol se puso al otro lado.

—Necesito más precisión.

Yuri levantó la cabeza.

—La estrella pequeña sobre el mar.

Hernán siguió la dirección.

La Polar.

Baja, pero visible.

Apoyó la ballestilla contra el rostro y deslizó la tablilla hasta encajar un extremo con el horizonte y el otro con la estrella. La postura era incómoda y el instrumento no permitía una exactitud absoluta. Repitió la medida cinco veces.

Los resultados variaron.

—No coincide —dijo Melibea desde la puerta.

—Coincide lo suficiente.

—Eso suena a una frase que utilizarías para reprobar a Lucio.

Hernán bajó la ballestilla.

—Lucio habría dicho que estaba moviendo el instrumento.

—¿Y lo estás?

—Sí.

Repitió las observaciones sentado, apoyando la espalda contra la pared de la cabaña. El margen se redujo, aunque no desapareció.

Anotó los resultados con carbón.

Después buscó otros astros brillantes que pudieran corresponder a los cuatro ángulos restantes. Utilizó las tablas incompletas guardadas en el estuche y las notas que Bartolomé había trazado en el reverso de una hoja.

No todas las combinaciones servían.

Algunas situaban la observación cientos de leguas al norte.

Otras exigían estrellas que no podían verse juntas a medianoche.

Hernán descartó posibilidades.

Melibea se quedó dormida durante un rato. Al despertar, él seguía entrando y saliendo de la cabaña.

—¿Cuánto llevas? —preguntó.

—No lo sé.

—Eso no es una medida propia de ti.

—Tres combinaciones posibles.

—¿Y cuál es la correcta?

—Ninguna con certeza.

Melibea se incorporó.

—¿Después de todo este tiempo?

Hernán mostró el papel.

Había tres bandas dibujadas.

—La primera sitúa la cala demasiado cerca de Cartagena. No coincide con la distancia desde Santa María del Mar. La segunda la coloca al sur de Nombre de Dios, imposible según Bartolomé y Felipe. La tercera comprende la costa intermedia.

—¿Comprende cuánto?

—Entre nueve grados y algo más de diez grados al norte.

—Eso no parece una posición.

—No lo es.

Hernán se frotó los ojos.

—Llanos no creó un método para que un desconocido encontrara La Espera. Creó una comprobación para alguien que ya conociera la costa. Si el piloto veía las lomas y obtenía alturas dentro de esta franja, sabía que estaba ante la entrada correcta.

—El código no señala el puerto.

—Evita confundirlo con otro.

Yuri apareció en la puerta.

Había escuchado la última parte.

—Hay más de una entrada entre lomas —dijo—. Solo una tiene piedra al norte, arena al sur y una corriente que entra antes de la pleamar.

Hernán extendió el dibujo de la franja.

—¿Está dentro de estos límites?

Yuri contempló los números sin fingir que los comprendía.

—Muéstrame en la costa.

Hernán tomó una tabla lisa y dibujó una línea aproximada. Marcó Cartagena, Santa María del Mar y el tramo compatible con las observaciones.

Yuri señaló un punto.

—Las lomas están aquí.

—¿Seguro?

—He pasado frente a ellas.

—¿Cuánto al sur de Santa María?

Yuri calculó en silencio.

—Con canoa y buen viento, una jornada larga. Siguiendo cada curva, unas quince leguas.

La coincidencia no daba una coordenada exacta.

Daba algo mejor: tres testimonios independientes y una banda astronómica compatible.

—¿Y la palmera? —preguntó Melibea.

—Partida y seca. Desde el mar parece un poste. La roca clara está detrás, en una ladera.

—¿El canal seguro pasa junto a la loma norte? —continuó Hernán.

—Sí. Pero no entraréis por allí.

Hernán levantó la vista.

—¿Por qué?

—Hay un puesto de vigilancia oculto sobre la roca.

—Bartolomé no lo mencionó.

—Quizá no estaba cuando entró.

Yuri se sentó junto al mapa.

—Los guardas observan el canal durante el día y encienden una luz cubierta por la noche. Los barcos autorizados responden desde mar abierto.

—¿Qué señal utilizan?

—Tres luces cortas. Una larga.

Hernán pensó en la contraseña de la torre.

Tres guardan.

El cuarto abre el camino.

—La misma estructura —dijo.

Melibea comprendió.

—Tres señales y una respuesta.

—La red repite sus códigos —añadió Hernán—. El anillo, el sello, la contraseña y ahora las luces.

—Eso no nos ayuda a entrar —dijo Yuri.

—Podemos imitar la señal.

—Y después os pedirán una respuesta que no conocéis.

—La larga puede ser la respuesta.

—O la pregunta.

El pescador borró parte del dibujo.

—No arriesgaré mi canoa en el canal principal.

—Dijiste que nos mostrarías el camino —protestó Melibea.

—Hay otro.

Yuri trazó una línea desde el norte.

—Cuando la marea está alta, una canoa pequeña puede pasar por detrás del arrecife y entrar en un brazo de manglar. Es estrecho y poco profundo. Los guardas no lo utilizan porque no sirve para cargar barriles.

—¿Nos deja dentro de la cala?

—Detrás de los almacenes.

—Eso es mejor que el embarcadero —dijo Hernán.

—Es peor si baja la marea. Quedaréis atrapados en el barro.

—¿Cuánto tiempo tendremos?

—Desde la primera luz hasta que el sol alcance la altura de aquella palma.

Señaló un árbol visible a través del agujero del techo.

—Quizá dos horas.

—Suficiente para observar y salir.

Yuri lo miró.

—No sabes qué hay dentro.

—Por eso vamos.

El pescador guardó silencio.

Melibea se levantó y caminó hasta la puerta.

El mar era una extensión negra. En el horizonte no se veía ninguna vela.

—¿Cuándo partimos? —preguntó.

—Antes del amanecer —respondió Yuri—. La corriente os llevará al sur.

—¿Vendrás?

—Hasta el arrecife.

—Después tendremos que guiarnos solos.

—Tendréis las estrellas —dijo Yuri.

Hernán negó.

—Tendremos la costa.

Al fin, el pescador pareció aprobar una respuesta.

* * *

Yuri durmió junto a la puerta.

Melibea se acomodó sobre el banco.

Hernán permaneció junto a las brasas, revisando una vez más sus cálculos. Las cifras no se volvían más precisas por mirarlas. Seguían delimitando una franja amplia, sometida al error del instrumento, a la identificación de las estrellas y al movimiento de la nave de Llanos.

Escribió al final de la hoja:

Posición aproximada. No utilizar sin reconocer lomas, arrecife, banco de arena, palmera seca y roca blanca.

Era la advertencia que cualquier cartógrafo responsable debería haber añadido.

Guardó el papel en la regla de boj.

Después comprobó el tubo.

La carta falsa, las copias del San Telmo y la declaración de Juan seguían intactas.

Desde el exterior llegó un destello.

Hernán levantó la cabeza.

Una luz apareció sobre el mar.

Se apagó.

Volvió a aparecer dos veces más.

Tres señales breves.

Después, una cuarta más larga.

Yuri se incorporó de inmediato.

—Barco autorizado —susurró.

Melibea despertó.

Los tres salieron de la cabaña.

A lo lejos se distinguía una sombra que navegaba hacia el sur sin mostrar pabellón.

—Va a La Espera —dijo Hernán.

—Llegará antes que nosotros —respondió Yuri.

—¿Podemos seguirlo?

—No sin que vea nuestra canoa.

Melibea observó la silueta.

—Entonces lo encontraremos dentro.

La luz desapareció.

El barco continuó navegando bajo las estrellas, hacia las dos lomas que todavía no podían ver.

Yuri fue hasta el cobertizo donde guardaba la canoa.

—Dormid lo que podáis —ordenó—. Partiremos cuando el cielo empiece a aclararse.

Hernán miró el horizonte.

Las cinco observaciones de Llanos no le habían entregado una coordenada exacta.

Le habían confirmado que no perseguían una fantasía.

La Espera estaba en aquella franja de costa.

Quince leguas al sur de Santa María del Mar.

Oculta tras dos elevaciones de piedra.

Y un barco cargado acababa de dirigirse hacia ella.