Capítulo 17 La línea en la arena
Melibea despertó bajo un techo de palma.
L o primero que vio fue una viga ennegrecida por el humo. Después distinguió las paredes de caña, una cesta colgada y la silueta de Hernán sentado junto a la entrada.
Intentó incorporarse.
El dolor del hombro la obligó a detenerse.
—No te muevas —dijo él.
—¿Dónde estamos?
—En la casa de Yuri.
La estancia era pequeña y limpia. El suelo estaba cubierto por esteras. Una olla hervía sobre un hogar de barro y el olor a pescado ahumado se mezclaba con el de la sal y la madera.
Yuri permanecía agachado junto al fuego.
No parecía sorprendido de verla despierta.
—Has dormido hasta que el sol ha vuelto a levantarse —dijo.
Melibea tocó la venda.
Era nueva.
—¿Qué has hecho?
—Lavar la herida. Sacar la tela que se quedó dentro. Darte agua.
—¿Con qué la has limpiado?
—Agua hervida.
La respuesta pareció satisfacerla más que cualquier nombre de planta.
Hernán se acercó.
—La fiebre ha bajado.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente para que hayas vuelto a discutir.
Melibea buscó la medalla de Íñigo.
Seguía alrededor de su cuello.
Después miró el tubo.
Estaba junto a Hernán.
—¿Yuri lo ha abierto?
—No.
El pescador removió la olla.
—Los papeles no alimentan y arden demasiado rápido.
—Hay hombres dispuestos a matar por ellos —dijo Melibea.
—Los hombres matan por cosas más inútiles.
Yuri sirvió caldo en una escudilla y se la tendió.
—Come.
Melibea lo probó.
—¿Qué es?
—Pescado.
—Eso lo sé.
—Entonces no necesitas preguntar.
Hernán ocultó una sonrisa.
Melibea bebió despacio.
Cuando terminó, Yuri recogió la escudilla y salió de la choza.
—No confía en nosotros —dijo Hernán.
—Eso lo convierte en el hombre más inteligente que hemos conocido desde Sevilla.
—Ha salvado tu vida.
—No significa que deba confiar.
—También lo convierte en alguien parecido a ti.
Melibea lo miró.
—Retiro lo dicho.
* * *
Yuri los condujo hasta la playa cuando el sol todavía estaba bajo.
La casa se alzaba detrás de una línea de palmeras, apartada de la aldea principal. Había tres canoas bajo un cobertizo y varias redes extendidas para secarse. Dos parecían en buen estado. La tercera estaba volcada y presentaba una grieta a lo largo de la borda.
Hernán observó la costa.
Al norte se adivinaban las murallas de Cartagena, veladas por el calor. Hacia el sur, la playa se estrechaba hasta desaparecer detrás de manglares y salientes de piedra.
—La Espera está allí —dijo.
Yuri clavó una vara en la arena.
—Allí hay mucha costa.
Hernán tomó otra rama.
Dibujó una línea desde Cartagena hacia el sur. Marcó Santa María del Mar y, quince leguas más abajo, una curva pequeña.
—Dos lomas bajas —explicó—. Arrecife al norte. Banco de arena al sur. Una palmera partida alineada con una roca blanca.
Yuri observó el dibujo.
—¿Quién te enseñó esto?
—Pedro de Llanos lo escribió. Bartolomé Cruces entró allí. Felipe de la Vega vio un barco desaparecer entre las lomas.
—Muchos nombres.
—Todos describen el mismo lugar.
Yuri tomó la rama.
Borró la línea de Hernán.
—La costa no es así.
Trazó otra, irregular, llena de entradas, barras y canales.
—Aquí el agua sale de los manglares. Aquí la corriente empuja hacia fuera cuando baja la marea. Aquí hay piedra bajo el agua. Aquí parece que puedes pasar, pero la arena atrapa la quilla.
Señaló el punto que Hernán había identificado como Santa María del Mar.
—Ese poblado está más al norte de lo que has dibujado si sigues la costa. Menos si navegas mar afuera.
—Los mapas miden distancias directas.
—Los barcos no navegan por el papel.
En boca de otro hombre, aquello le habría molestado.
En la de Yuri era una evidencia.
—La Espera queda quince leguas al sur de Santa María del Mar siguiendo la costa —dijo Hernán.
—Eso es más parecido.
Yuri dibujó dos pequeñas elevaciones.
Después añadió un arrecife.
—La loma del norte parece más baja desde mar abierto. La del sur tiene una grieta grande. La palmera partida ya no tiene hojas.
—¿Has entrado?
Yuri dejó la rama.
—He pescado cerca.
—No es lo que he preguntado.
—Es lo que respondo.
Melibea estaba sentada bajo una palmera. A pesar de la debilidad, seguía la conversación con atención.
—Montiel dijo que conocías el puerto —intervino.
—Montiel conoce lo que compro y lo que vendo.
—Dijo que podías llevarnos.
Yuri miró hacia el mar.
—Puedo mostraros la costa. No entraré en la cala.
—¿Por qué?
—Porque los guardas conocen mi canoa.
—Podríamos utilizar otra.
—Conocen mi cara.
—Podríamos entrar de noche.
—Conocen el agua.
Hernán se acercó al dibujo.
—Necesitamos comprobar que existe, identificar los edificios y averiguar qué descargan.
—Ya sabes que existe.
—Necesito pruebas.
—Los muertos también necesitaban cosas.
Melibea se puso en pie.
El esfuerzo la obligó a apoyarse en el tronco.
—Mi marido descubrió que el oro de la Corona desaparecía en esa costa. Lo mataron. También asesinaron al aprendiz de Hernán. No hemos cruzado el océano para mirar dos lomas desde lejos.
Yuri no mostró compasión.
—Eso explica por qué queréis entrar. No por qué debo ayudaros.
Melibea sacó la hoja de cuentas de Íñigo que conservaba cosida en el vestido.
La mostró sin entregarla.
—Porque si esta red sigue creciendo, terminará comprando también a los hombres que gobiernan esta costa. Después no necesitarán esconder La Espera. Podrán quitaros el mar y llamarlo ley.
Yuri contempló el papel.
—Ya nos quitan lugares y los llaman de otros nombres.
—Entonces sabes de qué hablo.
—Sé que los españoles prometen justicia cuando necesitan un guía.
La acusación no podía negarse.
Hernán se arrodilló junto al mapa trazado en la arena.
—No puedo prometerte justicia.
Yuri lo miró.
—Eso es más honrado.
—Puedo prometer que tu nombre no aparecerá en ningún documento. Que no te pediremos entrar en la cala. Y que, si regresamos a Sevilla, utilizaremos lo que encontremos contra quienes controlan el puerto.
—¿Y si no regresáis?
—Entonces habrás perdido tiempo y quizá una canoa.
—También podrían seguirme.
—Ya nos han visto en tu playa —dijo Melibea—. No ayudarte tampoco te hará invisible.
Yuri miró hacia los manglares por donde habían desaparecido los atacantes.
Aquello era lo único que parecía pesar de verdad en su decisión.
—Los hombres de anoche volverán —dijo.
—¿Cuánto tardarán? —preguntó Hernán.
—Primero buscarán más gente. No quieren entrar en el manglar sin conocerlo.
—¿Horas?
—Antes del próximo amanecer.
Yuri borró el mapa con el pie.
—Hay una cabaña de pesca a media jornada hacia el sur. Nadie la utiliza en esta estación. Desde allí se puede observar el cielo y salir al mar sin pasar junto a las aldeas.
—¿Nos llevarás?
—Os llevaré hasta la cabaña.
—¿Y después?
—Veré si sabéis escuchar.
* * *
Partieron antes del mediodía.
No navegaron.
Yuri los condujo por un sendero oculto entre las palmeras y los manglares. Llevaba el arco, una red pequeña, dos calabazas de agua y un hatillo de comida. Hernán cargaba el tubo y la ballestilla. Melibea caminaba detrás con el puñal en la cintura y el brazo derecho inmovilizado.
El calor aumentó.
La humedad parecía pegar la ropa al cuerpo. Insectos diminutos se agrupaban alrededor de los ojos y la boca. Yuri avanzaba con un ritmo constante, sin apresurarse, pero tampoco se detenía por ellos.
Cada vez que Melibea perdía terreno, Hernán reducía el paso.
—Sigue con él —dijo ella al tercer descanso.
—No pienso dejarte.
—No voy a desaparecer por mirar hacia otro lado.
—La última persona a la que dejé atrás murió.
Melibea sostuvo su mirada.
—Yo no soy Lucio.
—Lo sé.
—Entonces no me conviertas en él.
Hernán tardó en responder.
—Avísame antes de caer.
—Procuraré anunciarlo con tiempo.
Continuaron.
El sendero terminó junto a un brazo de agua. Yuri había ocultado allí una canoa ligera bajo una cubierta de ramas. La embarcación cabía apenas para tres personas y la carga.
—¿No dijiste que no entrarías en La Espera? —preguntó Hernán.
—Esta canoa no entra.
—¿Hasta dónde llega?
—Hasta la cabaña.
Subieron.
Yuri manejó la embarcación con una pértiga por canales donde Hernán no habría distinguido agua de barro. Las raíces se cerraban a ambos lados y las ramas formaban un techo bajo. En algunos pasos debían inclinarse para no golpearse.
El pescador no consultaba mapas.
Leía el color del agua, la inclinación de las hojas y las marcas casi invisibles dejadas sobre ciertos troncos.
—¿Quién hizo esas señales? —preguntó Hernán.
—Pescadores.
—¿Indican el camino?
—Indican dónde no está.
—No entiendo.
—Por eso necesitas guía.
Melibea soltó una risa breve.
La fiebre no había regresado, pero el viaje consumía sus fuerzas. Acabó apoyando la cabeza contra la borda.
Al caer la tarde, Yuri detuvo la canoa junto a una lengua de arena.
Más allá se levantaba una cabaña abandonada.
El techo de palma tenía un agujero. Una de las paredes se inclinaba hacia el mar y la puerta colgaba de un solo gozne.
—Dormiremos aquí —dijo.
Hernán examinó la playa.
Había huellas.
No eran recientes, pero tampoco antiguas.
Botas con tacón.
Yuri se agachó.
Tocó una de las marcas.
—Tres días.
—¿Guardas? —preguntó Melibea.
—Quizá.
—¿Podemos quedarnos?
—Esta noche sí.
Yuri señaló el cielo.
—Tú querías mirar estrellas.
Hernán tocó el estuche de la ballestilla.
—Necesito oscuridad y horizonte.
—Tendrás ambos.
El pescador arrastró la canoa fuera del agua y la cubrió con ramas.
—Mañana decidiré si os muestro el camino hasta las lomas.
—Creí que ya lo habías decidido —dijo Melibea.
—He decidido que no muráis hoy.
Yuri observó el tubo de cuero.
—Mañana es otra cosa.