El mapa del guarda Capítulo 16 El cuchillo en la sombra
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Capítulo 16 El cuchillo en la sombra

Bermúdez avistó Cartagena al tercer día.

N o señaló las torres ni las murallas. Se limitó a escupir por la borda y a ordenar a Hernán que bajara la cabeza.

—La ciudad está detrás de aquella punta —dijo—. Y vosotros no entraréis por el puerto.

La balandra navegaba cerca de la costa, protegida por una franja de arrecifes y aguas poco profundas.

El sol descendía hacia el oeste y convertía el mar en una extensión de cobre.

A lo lejos se distinguían algunos tejados y la línea clara de las fortificaciones, pero Bermúdez mantenía la vela orientada hacia una ensenada menor situada al sur.

Melibea permanecía recostada en la proa.

La fiebre había disminuido después de que Montiel abriera y limpiara la herida, pero el viaje había agotado sus fuerzas.

El hombro seguía inflamado. La tira de lino que impedía cerrar la abertura debía cambiarse dos veces al día y cada cura le arrancaba un sudor frío que ella fingía atribuir al calor.

Hernán introdujo una mano en el barril sin fondo.

El tubo permanecía oculto entre cabos y redes.

—¿Por qué no podemos desembarcar en Cartagena? —preguntó.

Bermúdez no apartó los ojos de la costa.

—Porque un bote salió del puerto esta mañana y preguntó por una balandra con casco remendado.

—Hay muchas.

—No con tres tablas claras en estribor y un patrón tan apuesto.

—¿Quién preguntaba?

—Hombres que pagaban por una respuesta rápida y prometían dolor por una lenta.

Melibea abrió los ojos.

—¿Te han descrito?

—A un hombre con un brazo herido y una mujer enferma. Llevan un tubo o un barril. Viajan desde Nombre de Dios.

Hernán miró el recipiente.

—Montiel ha hablado.

—O alguien vio cómo salíais por su canal.

—¿Confías en él? —preguntó Melibea.

Bermúdez se encogió de hombros.

—Confío en que Montiel prefiere seguir vivo. Eso lo hace más previsible que un hombre honrado.

La balandra entró en la ensenada.

Había un pequeño embarcadero de pescadores, varias chozas y unas redes tendidas sobre estacas. Dos niños dejaron de recoger moluscos y observaron la embarcación. Una mujer que limpiaba pescado volvió la cara al reconocer a Bermúdez, pero no lo saludó.

—Desembarcaréis aquí —dijo el patrón—. El camino llega hasta una posada llamada El Ancla. Preguntad por Isabel Rojas. Ha curado heridas peores que la de vuestra mujer.

—No es mi mujer —dijo Hernán.

—Eso le importará mucho a la infección.

Bermúdez bajó la vela.

—Mañana, antes de amanecer, un pescador llamado Yuri pasará por una playa al norte de la posada. Montiel le envió aviso antes de que saliéramos.

—Montiel no nos habló de ningún Yuri —dijo Melibea.

—No os lo contó todo.

—Tú tampoco.

—Por eso sigo teniendo barco.

Bermúdez acercó la balandra al muelle.

—Yuri conoce la costa entre Cartagena y Santa María del Mar. Si acepta llevaros, obedecedlo. Si dice que no, no intentéis comprarlo con amenazas. No le impresionan.

—¿Cómo lo reconoceremos?

—Él os reconocerá.

—Eso no resulta tranquilizador.

—Nada de lo que hacéis debería resultarlo.

Hernán sacó el tubo del barril y lo ató bajo la capa. Después ayudó a Melibea a incorporarse.

—¿Nos esperarás? —preguntó ella a Bermúdez.

—No.

—¿Volverás a Nombre de Dios?

—Cuando la costa deje de interesarse por mí.

—Podríamos necesitar otra embarcación.

El patrón señaló la balandra.

—Esta ya tiene dueño.

Melibea sacó una moneda.

Bermúdez no la aceptó.

—Montiel pagará el resto si regreso.

—Eso acordasteis.

—No acordé cobrar dos veces.

Miró a Hernán.

—No entréis en Cartagena hasta saber quién vigila las puertas. Y no enseñéis ese tubo. En esta tierra, un hombre puede ignorar qué contiene una cosa y matarte solo porque otro la desea.

Empujó la balandra con la pértiga antes de que pudieran responder.

Hernán y Melibea quedaron sobre el embarcadero con el hatillo, la maleta y el tubo.

Bermúdez recuperó el viento y se alejó.

No volvió la cabeza.

* * *

El camino hasta El Ancla atravesaba una zona de casas dispersas, huertos y almacenes de sal.

Melibea caminaba cada vez más despacio.

—Apóyate en mí —dijo Hernán.

—No.

—No hay nadie mirando.

—Siempre hay alguien mirando.

Dio otros diez pasos antes de perder el equilibrio.

Hernán la sostuvo por la cintura.

Ella no volvió a protestar.

La posada apareció al final de una calle estrecha. Era un edificio encalado de dos plantas con un letrero de madera donde alguien había pintado un ancla azul. De la puerta salía olor a cebolla frita, pescado y vino agrio.

Había luz en el interior.

Ningún cliente hablaba.

Hernán se detuvo.

—Una posada en silencio antes del anochecer.

—Quizá la comida sea peor de lo que huele —respondió Melibea.

El posadero esperaba apoyado en el marco.

Era un hombre gordo, de barba corta y delantal sucio. Se secaba las manos con un paño, aunque no parecían mojadas.

—¿Habitación? —preguntó.

—Buscamos a Isabel Rojas —dijo Hernán.

Los dedos del hombre dejaron de moverse.

Solo un instante.

—No hay ninguna Isabel aquí.

Melibea levantó la vista hacia el piso superior.

Una cortina se movió detrás de una ventana.

—Bermúdez nos ha enviado.

El posadero miró la calle.

—No conozco a ningún Bermúdez.

—Entonces nos marchamos —dijo Melibea.

Se volvió demasiado deprisa.

La debilidad la obligó a apoyarse en Hernán.

Dos hombres salieron del callejón situado junto a la posada.

Otros dos aparecieron detrás, cortando el camino por el que habían llegado.

El posadero retrocedió hacia el interior.

—Lo siento —murmuró.

Cerró la puerta.

El primer atacante llevaba un cuchillo corto y una banda de tela alrededor de la frente. El segundo sostenía un garrote. Los dos hombres de atrás aún permanecían a cierta distancia.

—Dejad el tubo en el suelo —dijo el del cuchillo—. Podéis marcharos.

—No os creo —respondió Hernán.

—No necesito que me creáis.

Su mirada pasó hacia Melibea.

—La mujer no llegará lejos. Entregadlo y os ahorraremos verla morir.

Melibea dejó caer la maleta.

La mano izquierda desapareció bajo el mantón.

El hombre sonrió.

—No seáis necia. Estáis rodeados.

Desde el callejón llegó una voz:

—Tres guardan la torre.

Hernán reconoció la contraseña hallada en la orden de Ramiro.

El hombre del cuchillo esperaba la respuesta.

—El cuarto abre el camino —dijo Hernán.

La sorpresa cruzó el rostro del atacante.

No esperaba que la conociera.

—¿Quién os la ha enseñado?

—Ramiro de la Fuente.

—Ramiro está muerto.

—No cuando lo vimos por última vez.

Los dos hombres intercambiaron una mirada.

Hernán había conseguido lo que necesitaba: incertidumbre.

—Ahora —dijo Melibea.

No habló para él.

Habló al posadero.

La puerta se abrió de golpe.

El hombre gordo arrojó un cubo de agua hirviendo hacia el atacante del cuchillo. No lo alcanzó de lleno, pero el líquido le salpicó el pecho y la cara. El hombre gritó y retrocedió cubriéndose los ojos.

Melibea sacó el puñal.

No se lanzó contra nadie.

Cortó la cuerda que sujetaba una pila de toneles junto a la pared.

Los recipientes rodaron hacia la calle.

El hombre del garrote saltó para esquivarlos. Uno golpeó sus piernas y lo derribó. Los otros dos tuvieron que separarse.

—¡Por la cocina! —gritó el posadero.

Hernán agarró la maleta y empujó a Melibea hacia la puerta.

Entraron.

El comedor estaba vacío. Las mesas habían sido retiradas contra las paredes como si el posadero hubiera sabido que habría pelea. Una mujer mayor esperaba junto a la cocina con una lámpara en una mano y un cuchillo de trinchar en la otra.

—¿Isabel? —preguntó Melibea.

—Después.

La mujer señaló una puerta trasera.

—Atravesad el corral y seguid el canal de desagüe hasta los manglares. Hay una playa al final.

—¿Por qué nos ayudáis? —preguntó Hernán.

—Porque mi marido ya os ha vendido una vez y no pienso permitirle cobrar dos.

El posadero entró detrás.

—Isabel…

—Cállate.

Los perseguidores golpearon la puerta principal.

La mujer empujó a Melibea.

—Marchaos.

Hernán abrió la puerta trasera.

El corral estaba lleno de jaulas, barriles vacíos y dos mulas. Más allá se extendía un canal estrecho utilizado para evacuar agua y desperdicios hacia una zona de manglar.

Corrieron.

Melibea apenas podía mantener el paso. La fiebre, la herida y el agotamiento del viaje la habían dejado sin reservas. Hernán la sostenía con un brazo mientras llevaba la maleta en la otra mano y el tubo golpeaba contra su espalda.

Detrás, la puerta de la cocina se abrió con un estrépito.

—¡Por el corral!

Los perseguidores habían entrado.

Hernán y Melibea alcanzaron el canal.

El agua les llegaba a los tobillos. Olía a cieno y a restos de pescado. Las paredes de tierra se estrechaban y las raíces de los mangles formaban arcos bajos que debían atravesar agachados.

Una hoja cortó el aire.

El cuchillo se clavó en la tierra junto al pie de Hernán.

—¡Detente!

No lo hizo.

El canal giró.

Melibea tropezó con una raíz y cayó de rodillas. Hernán soltó la maleta para levantarla.

—Déjala —ordenó ella.

—Los papeles de Íñigo…

—Llevo la hoja importante encima. Déjala.

Hernán abandonó la maleta.

Los perseguidores doblaron el recodo.

El del garrote sangraba por la frente. Otro llevaba una ballesta pequeña, todavía sin cargar.

Hernán y Melibea siguieron avanzando.

Las ramas los golpeaban. El fango retenía las botas. Cada respiración de Melibea terminaba en un sonido áspero.

—No puedo —dijo.

—Sí.

—No.

La sujetó con más fuerza.

—No me obligues a cargarte.

—No podrías.

—Entonces sigue caminando para no demostrarlo.

El canal desembocó en una playa estrecha.

El mar se extendía delante de ellos, oscuro bajo las últimas luces del crepúsculo. No había casas, embarcaciones ni pescadores.

Solo una canoa varada junto a una roca.

Hernán miró a ambos lados.

—¿Es la de Yuri?

—No lo sé.

Detrás sonaron ramas quebrándose.

No tenían tiempo.

Hernán arrastró la canoa hacia el agua. Era más pesada de lo que esperaba. Melibea intentó ayudar con la mano izquierda, pero el hombro vendado empezó a sangrar de nuevo.

Los perseguidores aparecieron entre los mangles.

El primero levantó el garrote.

Un silbido atravesó el aire.

Una flecha se clavó en la arena delante de él.

El hombre se detuvo.

La segunda flecha golpeó el tronco junto a su cabeza.

—La próxima entra en el cuello —dijo una voz desde las rocas.

Un hombre salió de la sombra.

Era delgado, de edad difícil de calcular, con el cabello negro recogido en la nuca y la piel oscurecida por años de sol. Llevaba un arco corto, una aljaba y un machete ancho sujeto a la cintura.

No apuntaba a Hernán ni a Melibea.

Apuntaba a los hombres del canal.

—Son asuntos de la autoridad —dijo el del garrote.

—La autoridad no camina de noche por mi playa con cuchillos.

—No es tu playa.

El desconocido tensó de nuevo el arco.

—Entonces no te importará morir en ella.

Los perseguidores calcularon la distancia.

Ninguno quiso comprobar su puntería.

Retrocedieron hacia los mangles.

—Esto no termina aquí —amenazó uno.

—Para ti puede terminar donde quieras.

Los hombres desaparecieron.

El arquero esperó hasta dejar de oír sus pasos.

Después bajó el arma.

Miró a Hernán, a Melibea y al tubo.

—Montiel dijo que llegarían dos personas —dijo—. No dijo que traerían media costa detrás.

—¿Yuri? —preguntó Hernán.

—Depende de quién pregunte.

Melibea perdió el conocimiento.

Hernán apenas logró sujetarla antes de que golpeara la arena.

Yuri guardó la flecha.

—Ahora —dijo— pregunta la fiebre.