Capítulo 15 Las cadenas de la tierra #2
—Lo sé —dijo Hernán—. Necesitamos un cirujano.
—No llegaría hasta la noche sin hablar de vosotros.
—¿Una curandera?
Montiel dudó.
—Mi mujer sabe limpiar heridas.
—¿Está aquí?
—Murió hace seis meses.
La estancia quedó en silencio.
Montiel fue hasta un armario y sacó una caja pequeña.
—Conservo sus cosas.
Dentro había vendas, una aguja curva, hilo, aguardiente y varias bolsitas de hierbas.
—No soy médico —dijo—. Pero puedo ver si hay pus.
Melibea se quitó el mantón.
Hernán cortó la venda.
La herida había cerrado en los bordes, pero el centro estaba hinchado y de un rojo oscuro. Al presionar alrededor, salió una gota amarillenta.
Montiel retrocedió.
—Hay que abrirla.
—No —dijo Melibea.
—Si queda suciedad dentro, la fiebre aumentará.
—¿Sabes hacerlo?
—He visto hacerlo.
—Eso no inspira confianza.
—Tampoco morirse en una balandra.
Hernán sostuvo la mirada de Melibea.
—Tiene razón.
—No empieces.
—La infección puede alcanzarte la sangre.
—¿Desde cuándo conoces tantas palabras de cirujano?
—Desde que llevas semanas obligándome a mirar esa herida.
Melibea cerró los ojos.
—Hazlo.
Montiel calentó la aguja en la llama y la lavó con aguardiente. Hernán sujetó el brazo sano de Melibea. Ella mordió un trozo de cuero.
El comerciante abrió uno de los bordes.
Melibea no gritó.
El cuerpo entero se tensó y sus dedos se clavaron en la mano de Hernán. Salió sangre mezclada con pus. Montiel limpió hasta que el líquido dejó de ser turbio y colocó una tira de lino para impedir que la abertura cerrara demasiado pronto.
—Habrá que lavarla dos veces al día —dijo.
—¿Podrá viajar? —preguntó Hernán.
—Puede quedarse.
Melibea abrió los ojos.
—Viajaré.
Montiel no discutió.
Entregó a Hernán las vendas y el aguardiente.
—Bermúdez está en el embarcadero de pescadores. Decidle que yo pagaré la mitad cuando regrese.
—¿Y si no regresa?
—Entonces no tendré que pagarla.
Un golpe sonó en la puerta principal.
Los tres callaron.
—¡Montiel! —gritó una voz—. Abre.
El comerciante palideció.
—¿Quién es?
—Oficiales del puerto.
Melibea miró a Hernán.
—Han tardado poco.
—La puerta de atrás —dijo Montiel.
—Has echado la barra.
—Por eso sigue siendo una puerta.
Retiró el cerrojo y los condujo a un patio.
Más allá había un pequeño embarcadero privado junto a un canal estrecho. Una canoa permanecía atada a un poste.
—El canal desemboca al sur del puerto —explicó—. Seguidlo hasta ver una cruz pintada en una roca. Allí encontraréis el embarcadero de pescadores.
—¿Y tú? —preguntó Hernán.
—Diré que vinisteis a venderme un barril.
—No tenemos barril.
Montiel miró el recipiente hueco donde escondían el tubo.
—Ahora sí.
Los golpes aumentaron.
—Marchaos.
Hernán colocó el tubo dentro del barril y lo introdujo en la canoa. Ayudó a Melibea a sentarse.
Antes de subir, se volvió.
—Íñigo no os escribió por casualidad.
Montiel no respondió.
—Podéis seguir sin ayudar —continuó Hernán—. Pero cuando esto llegue a un tribunal, vuestro nombre aparecerá entre quienes sabían lo que ocurría.
—¿Es una amenaza?
—Una oportunidad para decidir cómo aparecerá.
El comerciante cerró la puerta del patio.
Hernán tomó el remo.
La canoa avanzó por el canal mientras los oficiales irrumpían en el almacén.
* * *
Bermúdez dormía sobre un rollo de redes.
Su balandra era una embarcación de vela latina, estrecha y remendada con tablas de distintos tonos. El casco presentaba reparaciones de brea y fibras. Las jarcias parecían haber sobrevivido por costumbre.
El barquero levantó la gorra cuando Hernán pronunció su nombre.
Tenía la piel quemada por el sol, una barba desigual y unos ojos enrojecidos.
—Tomás Montiel nos envía.
—Montiel envía problemas y después olvida recogerlos.
—Necesitamos llegar a Cartagena.
Bermúdez observó a Melibea.
Ella se sostenía contra un poste, pálida y sudorosa.
—La mujer no llegará.
—Llegará —respondió Melibea.
—Eso dicen todos antes de morirse en mi barco.
Hernán mostró las monedas.
—La mitad ahora. Montiel pagará el resto a tu regreso.
Bermúdez no miró el dinero.
Observaba la entrada del embarcadero.
Dos hombres aparecieron al final del camino.
Uno era el muchacho que los había seguido desde el muelle.
—Subid —dijo el barquero.
—¿Aceptas?
—Acepto no estar aquí cuando lleguen.
Soltó la amarra.
Hernán ayudó a Melibea a entrar y pasó el barril con el tubo. Después saltó a bordo.
Los perseguidores echaron a correr.
—¡Deteneos!
Bermúdez empujó la balandra con una pértiga.
El casco se separó del embarcadero. El viento llenó parcialmente la vela y la corriente comenzó a arrastrarlos hacia la salida del canal.
Uno de los hombres llegó hasta el borde.
Lanzó una piedra.
Golpeó la popa sin causar daño.
—¡Volveréis! —gritó.
Bermúdez escupió al agua.
—Todo el mundo vuelve. La cuestión es cómo.
Tomó la caña del timón y orientó la vela.
Nombre de Dios empezó a quedar atrás.
Desde el puerto llegaba el sonido de una campana. Podía anunciar una nave, un incendio o la fuga de dos sospechosos. Ninguno necesitaba saberlo.
Melibea apoyó la cabeza contra la borda.
—No cierres los ojos —dijo Hernán.
—Solo descanso.
—Eso dijiste en la nao.
—Y no morí.
—Procura no convertirlo en una excepción.
Ella abrió los ojos.
La fiebre brillaba en ellos.
Bermúdez señaló el barril.
—¿Qué lleváis?
—Papel —respondió Hernán.
—¿Vale más que vosotros?
—Eso creen quienes nos siguen.
El barquero no volvió a preguntar.
La balandra salió al mar.
A babor, la costa se extendía como una muralla verde. A estribor, el agua abierta reflejaba un cielo blanco por el calor.
Hernán contempló la línea del litoral.
En algún punto de aquella ruta se encontraba Santa María del Mar.
Quince leguas más al sur, escondida entre dos lomas y protegida por un arrecife, aguardaba La Espera.
Pero antes debían llegar a Cartagena.
Encontrar una forma de aproximarse sin ser vistos.
Y mantener viva a Melibea durante el camino.
Ella cerró de nuevo los ojos.
Esta vez Hernán no la corrigió.
Introdujo una mano en el agua, humedeció un paño y se lo colocó sobre la frente.
La balandra continuó hacia el norte, perseguida por el sol y por una red de hombres que parecía extender sus cadenas sobre toda la costa.