El mapa del guarda Capítulo 15 Las cadenas de la tierra
59%

Capítulo 15 Las cadenas de la tierra

La tierra apareció después de más de siete semanas de navegación.

A l principio fue una línea oscura bajo las nubes. Después surgieron las copas de los árboles, las elevaciones bajas de la costa y, finalmente, los tejados de Nombre de Dios.

Los pasajeros y los marineros se agruparon junto a la borda.

Algunos rezaron.

Otros permanecieron en silencio, como si pronunciar una palabra pudiera hacer desaparecer la costa.

Hernán esperaba sentir alivio.

Sintió desconfianza.

Durante semanas había deseado pisar un suelo que no se moviera. Ahora, contemplando el puerto, comprendía que el océano les había proporcionado una seguridad que la tierra no prometía. A bordo solo había habido un espía.

En Nombre de Dios no sabían cuántos los esperaban.

Melibea permanecía a su lado.

Había adelgazado. El rostro mostraba los pómulos más marcados y la piel conservaba una palidez que el sol no conseguía ocultar. La herida del hombro había cerrado por fuera, pero algunas noches sufría fiebre. Aquella mañana aseguraba sentirse bien.

Hernán no la creyó.

—Estás temblando.

—Hace viento.

El aire era cálido y pesado.

—No hay viento.

—Entonces será emoción.

—Tampoco.

Melibea le dirigió una mirada cansada.

—Cuando lleguemos a una posada, podrás ejercer de médico sin título. Hasta entonces, procura no anunciar a todo el puerto que estoy enferma.

Felipe se acercó.

Llevaba el disco de plomo colgado de un cordel bajo el jubón y una copia de la orden encontrada a Ramiro dentro del libro de la nave.

—El capitán ha enviado aviso al gobernador —dijo—. Dos oficiales vendrán a recoger al prisionero.

—¿Confiáis en ellos? —preguntó Hernán.

—No.

—Entonces no lo entreguéis.

—Tampoco puedo mantener encadenado indefinidamente a un pasajero.

—Intentó asesinarnos.

—Lo sé. Está escrito en el diario y firmado por seis testigos.

Felipe miró el muelle.

—Por eso he pedido que el juez venga en persona o envíe una orden con dos firmas. Si aparece un hombre diciendo “tres guardan la torre”, sabremos que no representa a la justicia.

—Puede utilizar otra contraseña.

—También puede subir con veinte soldados. En ese caso, el problema dejará de ser una contraseña.

La nao entró lentamente en el fondeadero.

Nombre de Dios se extendía junto a la costa sin la grandeza que su nombre sugería. Casas de madera y adobe se apiñaban alrededor de almacenes, tabernas y pequeñas iglesias. El calor levantaba un vapor húmedo sobre los tejados. Las calles parecían hechas de barro, desperdicios y agua estancada.

En el muelle aguardaban cargadores, comerciantes, soldados, esclavos y hombres que ofrecían alojamiento antes incluso de que las naves echaran el ancla.

Hernán vio también a dos individuos que no ofrecían nada.

Permanecían bajo un cobertizo, vestidos con camisas claras y sombreros de ala ancha. Uno fingía examinar unas redes. El otro observaba la cubierta de la Santa Bárbara .

—Nos han encontrado —dijo.

Melibea siguió su mirada.

—O esperan a Ramiro.

—Puede ser lo mismo.

Felipe vio a los hombres.

—No desembarcaréis por el muelle principal.

—¿Hay otra salida?

—La lancha de provisiones atracará por la banda contraria. Iréis con los toneles vacíos.

—¿Y Ramiro?

—Se quedará aquí.

Felipe sacó una hoja doblada.

—Esta es la copia de su orden y del interrogatorio. También he añadido lo que vi hace tres años: el barco que entró cargado entre las dos lomas y salió más alto sobre el agua.

Hernán recibió el documento.

—No mencionáis el oro de Cartagena.

—Eso lo declararé con mi voz cuando haya un tribunal que merezca escucharla.

Era más de lo que había ofrecido días atrás.

—¿Testificaréis?

—He dicho que lo declararé.

—No es lo mismo.

—Tendrás que conformarte.

Felipe tendió la mano.

Hernán la estrechó.

—Cuando volvamos a Sevilla…

—Primero vuelve.

El contramaestre miró a Melibea.

—Y busca un cirujano que no huela a ron.

—Eso reduce mucho las opciones en este puerto —respondió ella.

* * *

Descendieron en una lancha cargada con toneles vacíos.

Hernán se había cambiado el jubón por una camisa de marinero. Melibea cubría el cabello y parte del rostro con un pañuelo. El tubo de cuero estaba escondido dentro de un barril sin fondo, entre cabos viejos.

Desembarcaron junto a unos almacenes situados al extremo occidental del puerto.

Nadie los detuvo.

Aun así, Hernán sintió miradas sobre la espalda desde el momento en que pisó tierra.

El suelo no se movía.

Sus piernas sí.

Tuvo que detenerse y apoyar una mano contra una pared hasta que el cuerpo comprendió que las casas no se inclinaban con las olas.

Melibea sonrió.

—Después de tanto desear tierra firme, parece que no sabes utilizarla.

—Le falta ritmo.

—También ratas.

—Todavía no hemos visto la posada.

El humor duró poco.

Un muchacho descalzo pasó corriendo junto a ellos. No llevaba mercancía ni parecía perseguido. Al rebasarlos, giró la cabeza para observar el barril que cargaba Hernán.

Siguió hasta una esquina.

Allí lo esperaba uno de los hombres del cobertizo.

—Nos han reconocido —dijo Hernán.

—No saben quiénes somos.

—Saben de qué barco venimos.

Melibea señaló una calle llena de vendedores.

—Entraremos entre la gente.

Nombre de Dios era una ciudad construida para recibir riquezas y enfermedades.

Los almacenes rebosaban de mercancías procedentes de ambos océanos.

Fardos de paños europeos aguardaban transporte hacia Panamá.

Cajas de especias, perlas, metales y productos de las Indias se apilaban bajo tejados que apenas protegían de la lluvia.

En las calles se mezclaban marineros, comerciantes, soldados, cargadores africanos, indígenas, clérigos y aventureros.

El olor era espeso.

Pescado seco.

Humo.

Animales.

Fango.

Fruta pasada.

Agua podrida.

Melibea se llevó la mano al hombro.

—¿Dolor?

—Calor.

Hernán rozó su frente.

Estaba ardiendo.

—Tienes fiebre.

Ella apartó la cara.

—Tomás Montiel primero.

—Un cirujano primero.

—El cirujano puede vendernos antes de lavarse las manos. Montiel sabrá quién es de confianza.

Bartolomé había indicado cómo encontrarlo: un almacén junto a los depósitos de vino, con una campana pequeña sobre la puerta y un perro de tres patas en el patio.

Encontraron la campana.

El perro tenía las cuatro patas, pero no apoyaba una de ellas.

—Lo bastante cerca —dijo Melibea.

El almacén estaba lleno de toneles y cajas marcadas con nombres de mercaderes sevillanos. Detrás de una mesa, un hombre de cabello canoso contaba monedas formando columnas exactas.

Tomás Montiel no levantó la cabeza.

—Está cerrado.

—La puerta estaba abierta —respondió Hernán.

—Eso permite salir.

Melibea entró y cerró.

—Bartolomé Cruces nos envía.

Los dedos de Montiel se detuvieron.

—No conozco a nadie con ese nombre.

—Perdió un ojo en Nombre de Dios y la vergüenza en Sevilla.

El comerciante alzó la mirada.

Tenía una cicatriz blanca que le cruzaba la frente y unos ojos pequeños, cautelosos.

—Eso describe a muchos pilotos.

Hernán dejó sobre la mesa la ficha de madera marcada con una cruz.

Montiel la observó sin tocarla.

—¿Qué queréis?

—Información sobre La Espera —dijo Melibea.

El comerciante recogió las monedas con un movimiento rápido.

Las guardó en una caja y cerró la tapa.

—Marchaos.

—Quince leguas al sur de Santa María del Mar —continuó Hernán—. Dos lomas bajas, un arrecife al norte, un banco de arena al sur y una entrada alineada con una palmera partida.

Montiel miró hacia el patio.

El perro había dejado de dormir.

—Bajad la voz.

—Entonces hablemos en otro lugar.

—No hay otro lugar seguro.

—Este tampoco —dijo Melibea—. Dos hombres nos siguen desde el puerto.

Montiel maldijo.

Fue hasta la puerta trasera y echó la barra. Después cerró los postigos.

—Bartolomé prometió no enviar a nadie.

—Bartolomé promete mejor cuando está borracho —respondió Hernán.

—Siempre está borracho.

—Precisamente.

Montiel volvió a la mesa.

—¿Qué sabéis?

Hernán no mostró el mapa.

Explicó únicamente que las cartas oficiales estaban siendo alteradas para llevar naves hasta un punto de encuentro donde una balandra las guiaba hacia un puerto oculto. Mencionó los cargamentos sin registrar y la participación de Gaspar Arce.

No pronunció el nombre de Castro.

Montiel lo hizo por él.

—Don Amadeo no os permitirá llegar.

Melibea apoyó las manos sobre la mesa.

—Entonces lo conoces.

—Conozco a los hombres que cobran por él.

—¿Y lo que cargan?

Montiel miró a Melibea con atención.

—Vos sois la viuda de Íñigo Grijalva.

—Sí.

—Se parece a vuestra hija.

Melibea quedó inmóvil.

—¿Conociste a Cata?

—Íñigo llevaba un pequeño retrato de las dos entre sus papeles.

—¿Cuándo hablaste con él?

—Un año antes de que muriera. Me escribió preguntando por cargamentos que desaparecían entre Nombre de Dios y Cartagena.

—¿Qué le respondiste?

Montiel no sostuvo su mirada.

—Nada.

—Lo dejaste solo.

—Tenía mujer, hijos y un negocio. No podía enfrentarme al Consejo por un contable al que no conocía.

—Y ahora sigues vivo.

—Sí.

—¿Ha valido la pena?

Montiel apretó la mandíbula.

—No he dicho que duerma bien.

Hernán intervino antes de que la rabia de Melibea cerrara la conversación.

—Necesitamos llegar hasta La Espera.

—Desde aquí no.

—¿Por qué?

—Todos los barcos que salen hacia esa zona son observados. La red controla los embarcaderos, los pilotos y varios puestos de guardia. Una pareja de extranjeros preguntando por una cala secreta no llegará a la primera noche.

—¿Qué propones?

—Id a Cartagena.

—Eso nos aleja de La Espera.

—Os permite aproximaros desde el norte con una embarcación de pesca. Los guardas esperan barcos guiados desde Santa María o cargamentos procedentes de esta costa. Vigilan menos a los pescadores que bajan desde Cartagena.

La explicación encajaba.

—¿Quién puede llevarnos? —preguntó Hernán.

—Bermúdez. Tiene una balandra pequeña y hace la ruta costera transportando pescado, sal y cualquier cosa que no pregunte de dónde viene.

—¿Es de confianza?

Montiel lo miró con desprecio.

—No. Pero le gusta el dinero más de lo que teme a Castro.

—Eso no es suficiente.

—En esta costa es lo más parecido a la lealtad.

Melibea se llevó una mano a la frente.

Montiel la observó.

—Tiene fiebre.