El mapa del guarda Capítulo 14 La furia del cielo
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Capítulo 14 La furia del cielo

El viento desapareció poco antes del amanecer.

N o amainó poco a poco. Cesó.

Las velas quedaron colgadas de los palos como paños húmedos y la Santa Bárbara perdió el impulso que durante días la había empujado hacia poniente. La superficie del océano se alisó hasta parecer una plancha de metal oscuro.

Hernán observó la franja de nubes que crecía en el horizonte.

Eran negras en la base y de un gris verdoso en la parte superior. No avanzaban deprisa, pero ocupaban cada vez más cielo.

Los marineros dejaron de bromear.

Uno aseguró los barriles de agua. Otro revisó los nudos de la vela mayor. Felipe de la Vega recorrió la cubierta comprobando escotas y drizas, y después ordenó reducir el paño.

—¿Una tormenta? —preguntó Hernán.

Felipe no levantó la vista del cabo que examinaba.

—Todavía no.

—¿Qué es entonces?

—Una promesa.

El contramaestre gritó una orden.

Los marineros comenzaron a aferrar parte de las velas.

—Bajad al sollado —dijo Felipe—. Sujetad todo lo que pueda moverse y no volváis a subir hasta que alguien os llame.

Hernán miró las nubes.

—¿Será fuerte?

—Lo suficiente para que no quiera encontraros en medio.

Descendió.

En la bodega, Melibea se encontraba sentada junto al tubo de cuero. Tenía la carta de Juan de la Cruz sobre las rodillas y observaba el nudo alterado.

Ramiro dormía en el extremo contrario.

O fingía hacerlo.

—Felipe cree que viene una tormenta —susurró Hernán.

—Los marineros llevan una hora asegurando la carga. Yo también lo creo.

Melibea señaló el cierre del tubo.

—No lo he abierto.

—Bien.

—Pero el cordel ha vuelto a moverse.

Hernán se agachó.

Había dejado el cabo orientado hacia la derecha después de descubrir la primera manipulación. Ahora seguía en aquella posición, aunque uno de los bucles estaba más tenso.

Alguien había intentado reproducir el nudo.

—Quiere saber si la carta continúa dentro —dijo.

—O ya lo sabe.

—No puede haber abierto el tubo sin despertarnos.

Melibea miró a Ramiro.

—Los hombres que confían en su sueño suelen ignorar lo que ocurre mientras duermen.

Hernán retiró el cordel.

Ramiro no se movió.

Extrajo primero el portulano ordinario. Debajo apareció la funda encerada que protegía la carta falsa auténtica. El documento de la Casa seguía allí, junto con las copias de las páginas del San Telmo .

—No ha tomado nada.

—Todavía.

Melibea sacó de su hatillo una madeja de hilo oscuro.

—Átalo con esto.

—Reconocerá que cambiamos el cierre.

—Eso es lo que quiero.

—¿Para advertirle?

—Para obligarlo a decidir. Si cree que sospechamos, actuará antes de que lleguemos a puerto.

Hernán la miró.

—Durante una tormenta.

—Es el momento que elegiría yo.

No se sintió más tranquilo.

Volvió a guardar los documentos y cerró el tubo con el hilo. Antes de apretar el último nudo, introdujo una hebra roja entre las vueltas. Si alguien lo abría, la hebra caería.

—Ahora sabemos si lo toca —dijo.

—Siempre que encontremos el tubo después.

La primera ráfaga golpeó la nao.

El casco se inclinó con violencia hacia babor. Un tonel crujió contra sus calzos y las cadenas que sujetaban la carga tintinearon en la oscuridad.

Ramiro abrió los ojos.

—¿Qué ha sido eso?

—El mar —respondió Melibea—. Está fuera.

Una segunda ráfaga sacudió la nave.

Arriba comenzaron los gritos.

Los pasos corrieron por la cubierta y la madera entera vibró bajo el golpe de una vela que se tensaba. Después llegó la lluvia.

No empezó con gotas.

Se abatió sobre el barco como si el cielo hubiera volcado un río.

El ruido contra las tablas era tan intenso que anulaba las voces. El casco descendió por la ladera de una ola y golpeó el fondo del seno con un estrépito que hizo saltar varias cajas.

—¡Las cuñas! —gritó Hernán.

Un fardo de lana se desplazó.

Él y Melibea se abalanzaron sobre él y empujaron hasta devolverlo contra la pared. Hernán introdujo una cuña con el pie sano. El esfuerzo le hizo arder el tobillo y reabrió la herida del brazo, pero el fardo dejó de moverse.

Ramiro no ayudó.

Se había levantado y observaba la escotilla.

—Sentaos —ordenó Hernán.

—Voy a cubierta.

—Felipe ha dicho que permanezcamos aquí.

—No recibo órdenes de vuestro contramaestre.

Ramiro avanzó hacia la escalerilla.

Melibea se interpuso.

—¿Qué urgencia puede tener un propietario de ganado durante una tormenta?

El hombre la miró.

—Apartaos.

—No.

La nao se inclinó hacia estribor.

Una caja se soltó de sus amarras y atravesó la bodega. Ramiro saltó a un lado. Melibea no pudo hacerlo con la misma rapidez. El cajón golpeó el tonel junto al que estaba y la derribó.

Hernán acudió hacia ella.

—¿El hombro?

Melibea apretó los dientes.

—Sigue en su sitio.

La caja había golpeado la cadera y la pierna, no la herida. Aun así, le costó incorporarse.

Hernán miró hacia Ramiro.

Ya no estaba junto a la escotilla.

Tampoco se encontraba en su rincón.

—El tubo —dijo Melibea.

Había desaparecido.

Hernán se volvió hacia la escalera.

Un trueno sacudió la nao.

—Ve —ordenó ella.

—No puedo dejarte aquí.

—No me has dejado. Me has levantado. Ahora ve.

Hernán dudó.

Antes habría corrido detrás del mapa sin mirar a nadie. Esta vez comprobó primero que Melibea podía mantenerse en pie y la ayudó a sujetarse a una viga.

—No salgas de aquí.

—No tengo costumbre de obedecer.

—Aprende ahora.

Subió.

La lluvia lo cegó en cuanto asomó la cabeza.

La cubierta era un caos de agua, cabos sueltos y hombres que avanzaban agachados. La vela mayor había sido reducida, pero una parte del trinquete seguía abierta y amenazaba con desgarrarse. Felipe gritaba desde el alcázar mientras cuatro marineros forcejeaban con una driza.

Hernán buscó a Ramiro.

Lo vio cerca de la popa.

Llevaba el tubo bajo la capa y trataba de alcanzar la borda.

—¡Ramiro!

El hombre se volvió.

Dejó de fingir por un momento.

Su rostro no mostró sorpresa ni vergüenza. Solo cálculo.

Sacó el tubo y lo levantó por encima de la regala.

Hernán avanzó.

Una ola barrió la cubierta y lo golpeó en las piernas. Cayó de rodillas y tuvo que sujetarse a una argolla. El agua arrastró cubos, fragmentos de cuerda y una cesta rota hacia los imbornales.

Ramiro se preparó para arrojar el tubo.

Melibea apareció en la escotilla.

—¡A tu espalda!

Ramiro giró.

Ella lanzó una cabilla de madera.

No lo alcanzó, pero lo obligó a cubrirse. El tubo cayó sobre la cubierta y rodó hacia la borda.

Hernán se arrojó sobre él.

Lo atrapó a menos de un palmo del agua.

Ramiro llegó un instante después y le pisó la muñeca.

—Suéltalo.

Hernán apretó los dedos.

El dolor ascendió por el brazo herido.

—No.

Ramiro aumentó la presión.

—No sabes lo que llevas.

—Tú tampoco.

—Llevo semanas mirándolo.

Sacó el cuchillo que había estado afilando en la bodega.

Hernán intentó apartarse, pero seguía de rodillas y tenía una mano ocupada con el tubo. La hoja descendió.

Melibea embistió a Ramiro por el costado.

El golpe no tuvo fuerza suficiente para derribarlo, pero desvió el cuchillo. La punta atravesó el mantón y abrió la tela junto a la cintura.

Ramiro la golpeó con el codo.

Melibea cayó contra el palo de mesana.

Hernán utilizó el tubo como maza y golpeó la rodilla del hombre.

Ramiro perdió el equilibrio.

La cubierta se inclinó en el mismo momento y los tres resbalaron hacia babor. Hernán quedó atrapado contra una caja. Melibea alcanzó un cabo. Ramiro continuó deslizándose hasta chocar contra la regala.

Felipe apareció entre la lluvia.

Golpeó la muñeca del espía con un bichero.

El cuchillo salió despedido.

Dos marineros se abalanzaron sobre Ramiro y lo inmovilizaron contra las tablas.

—¡Atadlo al palo! —ordenó el contramaestre.

—¡El barco! —gritó uno—. ¡La vela de proa!

—¡Primero atadlo!

Los hombres utilizaron un cabo corto para sujetar las muñecas de Ramiro. Después lo aseguraron a una cornamusa, lejos de la borda.

Felipe agarró a Hernán por el jubón y lo puso en pie.

—¿Qué demonios hacéis en cubierta?

Hernán levantó el tubo.

—Impedir que esto acabara en el mar.

—Podríais haber acabado vosotros.

—Él intentó robarlo.

Felipe miró a Ramiro.

La furia apareció en sus ojos, pero la tormenta no permitía interrogatorios.

—Llevadlo abajo —ordenó—. Encerradlo en el pañol de proa y poned guardia.

—¡Contramaestre! —gritó el piloto—. ¡El trinquete!

Felipe corrió hacia el castillo de proa.

Hernán ayudó a Melibea a levantarse.

—Te dije que no subieras.

—Y yo te dije que no obedecía.

—Podría haberte matado.

—También podría haberte abierto la garganta mientras discutías con él de rodillas.

La sangre asomaba bajo la venda de su hombro.

—Se ha reabierto.

—Luego.

Otro golpe de mar estremeció la nave.

Hernán aseguró el tubo alrededor del torso y condujo a Melibea hacia la escotilla.

Durante las horas siguientes, la tormenta no les permitió pensar en Ramiro.

Un barril de agua se soltó en la bodega y aplastó dos cajas. La sentina comenzó a llenarse con mayor rapidez de la que las bombas podían evacuar. Los pasajeros y los marineros heridos formaron una cadena para sacar agua en cubos.

Hernán trabajó hasta que dejó de sentir el brazo.

Melibea, incapaz de cargar peso, sujetaba las lámparas, vendaba cortes y aseguraba las cuñas que se desplazaban con cada bandazo.

La nao crujía como si fuera a abrirse.

En un momento, el mástil mayor emitió un estampido seco. Todos levantaron la vista, esperando verlo partirse. Aguantó.

Felipe bajó empapado.

—El viento gira —dijo—. Lo peor está pasando.

Nadie celebró la noticia.

Continuaron sacando agua.

La lluvia disminuyó poco antes del amanecer.

El océano seguía levantando grandes olas, pero el barco dejó de luchar contra cada una y empezó a cabalgar sobre ellas. La tripulación recogió cabos, cubrió las vías de agua menores y evaluó los daños.

La Santa Bárbara había perdido parte del trinquete, dos toneles de agua, varias cajas de carga y un marinero.

El hombre había caído por la borda en mitad de la noche.

Nadie lo vio desaparecer.

No hubo forma de buscarlo.

Felipe reunió a Hernán y Melibea en la cámara del piloto.

Ramiro estaba sentado en el suelo, con las manos atadas y un marinero armado junto a la puerta. Tenía el labio partido y un ojo hinchado.

El contramaestre dejó sobre la mesa el cuchillo y varios objetos retirados de sus bolsillos.

Unas monedas.

Una llave pequeña.

Una hoja doblada y protegida con cera.

Un disco de plomo del tamaño de una uña.

Hernán tomó el disco.

Una cara estaba lisa.

La otra mostraba una torre rodeada por tres figuras.

—La misma señal —dijo Melibea.

Ramiro levantó la vista.

Felipe desplegó la hoja.

La escritura había sufrido con el agua, pero todavía podía leerse:

El pasajero llevará consigo un tubo de cuero. Retirad el contenido antes de arribar a Nombre de Dios. Si no fuera posible, impedid que los dos viajeros desembarquen con vida. Presentad la señal para recibir el resto del pago.

No había firma.

—¿Quién te entregó esto? —preguntó Felipe.

Ramiro guardó silencio.

El contramaestre puso el cuchillo sobre la mesa.

—Un marinero murió esta noche mientras tú aprovechabas la tormenta para robar a bordo de mi nave. No me obligues a considerar que una cosa está relacionada con la otra.

—No maté a vuestro hombre.

—Responde.

Ramiro miró a Hernán.

—Un agente de Sevilla.

—Nombre.

—No lo dio.

—Descripción —exigió Melibea.

—Cuarenta años. Delgado. Barba corta. Una cicatriz junto a la oreja.

Melibea palideció.

—Gaspar Arce.

Ramiro negó.

—No sé cómo se llama.

—¿Dónde te contrató?

—En una venta fuera de Sanlúcar. Me entregó los documentos de la herencia, la mitad del dinero y esa señal.

—¿Viste a Amadeo de Castro? —preguntó Hernán.

—No.

—¿Conocías el contenido del tubo?

—Un mapa.

—¿De qué lugar?

—No lo sé.

—Mientes.

—No me pagaron por entenderlo.

Felipe tomó el disco de plomo.

—¿Qué significa?

—Que trabajaba para ellos. Debía entregarlo al hombre que me esperaría en Nombre de Dios.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿Cómo lo reconocerías?

—Diría: “Tres guardan la torre”. Yo respondería: “El cuarto abre el camino”.

Melibea miró a Hernán.

Una contraseña.

Una red que alcanzaba ambos lados del océano.

—¿A quién debías matar primero? —preguntó ella.

Ramiro bajó los ojos.

—A él.

—¿Y después?

—Debía parecer que vuestra herida se había infectado durante el viaje.

Melibea permaneció inmóvil.

La frialdad de la orden era peor que una amenaza pronunciada con rabia. Sus asesinos habían convertido las heridas de ambos en explicaciones preparadas.

—¿Por qué no lo hiciste antes? —preguntó Hernán.

Ramiro tardó en responder.

—Esperaba que enfermarais. O que el mar resolviera el trabajo.

—Y cuando no ocurrió…

—Llegó la tormenta.

Felipe guardó la hoja y el disco.

—Permanecerás encadenado hasta que decidamos dónde entregarte.

—En Nombre de Dios hay autoridades.

—También habrá un hombre esperando esa ficha.

Ramiro no contestó.

Felipe se volvió hacia Hernán.

—Haré que el escribano de la nave copie la nota y registre la señal en el diario. El original quedará en mi poder.

—Necesito una copia.

—La tendrás.

—También el disco.

—No.

—Es una prueba.

—Y ya llevas demasiadas encima.

Felipe cerró el puño sobre la pieza de plomo.

—Si os matan en tierra, la señal seguirá a bordo.

Hernán aceptó.

Era la misma lógica con que habían distribuido los documentos en Sevilla.

—¿Qué haréis con él? —preguntó Melibea.

—No lo entregaré al primer alguacil que suba con un sello. Cuando lleguemos, el capitán solicitará al gobernador una orden firmada delante de testigos.

—La red puede alcanzar al gobernador.

—La red no es Dios.

—Se esfuerza por parecerlo.

Felipe abrió la puerta.

—Descansad. Aún nos quedan muchas semanas de mar.

Melibea se puso en pie.

El movimiento le arrancó una mueca.

Felipe reparó en la mancha de la venda.

—Que la vea el cirujano.

—No confío en él.

—Tampoco yo. Pero tiene mejores agujas que el cartógrafo.

Cuando salieron, Hernán llevaba de nuevo el tubo atado al cuerpo.

La hebra roja había desaparecido.

No necesitaba encontrarla.

Ya sabía quién había abierto el nudo.

En cubierta, los marineros cosían la vela rota y reparaban los daños bajo un cielo lavado por la lluvia. El sol comenzaba a surgir entre las nubes.

El océano parecía tranquilo.

Solo los restos de madera, una cofa partida y el espacio vacío de un hombre recordaban la violencia de la noche.

Melibea apoyó la mano sana sobre la borda.

—Ramiro dijo que alguien nos espera en Nombre de Dios.

—Ahora conocemos la contraseña.

—También ellos sabrán que no ha cumplido.

Hernán miró hacia poniente.

No había tierra.

Solo agua hasta donde alcanzaba la vista.

—Entonces tendremos que llegar antes de que sepan por qué.