Capítulo 13 El susurro del agua #2
—Debí desconfiar.
—Un desconocido te habló como compañero de tu marido.
—Y yo quise creerlo porque estaba cansada de no comprender qué ocurría en mi propia casa.
El viento agitó el mantón.
Melibea siguió hablando sin mirarlo.
—Dos días después registraron la vivienda. Al tercero encontraron a Íñigo en el río. La noche anterior me había hecho prometer que, si algo le ocurría, tomaría a Cata y saldría de Sevilla antes del amanecer.
—Pero te quedaste.
—Sí.
—¿Por qué?
—Miedo.
La palabra salió sin defensa.
—Miedo a la calle, a no tener dinero, a que nos encontraran antes de llegar a la primera venta. Y rabia. No quería huir y dejar que convirtieran a Íñigo en un suicida deshonrado.
—Por eso abriste la casa.
Melibea asintió.
—Necesitaba escuchar. Los hombres que trabajaban en el puerto hablaban después de beber. Los funcionarios buscaban mujeres ante las que sentirse poderosos. Empecé reuniendo nombres. Después fechas. Barcos. Cargamentos.
—No incumpliste la promesa por cobardía.
—Me quedé paralizada durante semanas.
—Y después construiste una red de información en el mismo lugar donde trabajaban los hombres que mataron a Íñigo.
—Eso no cambia lo que prometí.
Hernán contempló la espuma.
—Lucio no me pidió ninguna promesa.
—No era tu hermano.
—No.
La corrección era importante.
No solo para los hechos.
También para su culpa.
—Era mi aprendiz —continuó—. Lo recogí cuando tenía catorce años.
Trabajaba descargando sacos cerca de Triana y copiaba las letras de los carteles con un trozo de carbón.
Le ofrecí comida a cambio de barrer el taller.
A la semana ya había aprendido a preparar tinta.
Al mes corrigió una escala que yo había copiado mal.
Melibea sonrió apenas.
—Debía de ser insoportable.
—Mucho.
—Como tú.
—Peor. Todavía creía que todos los errores podían corregirse.
La sonrisa desapareció.
—¿Qué fue lo último que le dijiste?
Hernán lo recordó con precisión.
Yo hablaré con Zamora. Tú te quedarás aquí y vigilarás la carta.
—Le ordené que se quedara en el taller.
—Pensabas que allí estaría seguro.
—Pensaba que obedecerme lo mantendría vivo.
—Lo mismo pensó Íñigo cuando me pidió que huyera.
Hernán volvió la cabeza.
—No obedeciste.
—Y tú desearías que Lucio tampoco lo hubiera hecho.
Aquellas palabras abrieron una grieta en algo que Hernán había mantenido cerrado desde el incendio.
Durante días había reconstruido todas las decisiones que podían haber salvado al muchacho: llevarlo al archivo, esconderlo en otro lugar, regresar antes, entregar la carta, obedecer a Ocampo.
Nunca había considerado que Lucio también había elegido.
Se quedó porque Hernán era su maestro.
Porque quería proteger el mapa.
Porque creía que aquel trabajo importaba.
Eso no absolvía a Hernán.
Pero devolvía al muchacho una voluntad que la culpa le había arrebatado.
—No sé vivir con eso —dijo.
—No se vive con los muertos.
Melibea contempló el mar.
—Se aprende a caminar mientras ellos pesan.
—Bartolomé diría que se aprende a compensar el balanceo.
—Bartolomé diría que bebamos.
El océano continuó susurrando contra el casco.
Hernán sintió la cercanía de Melibea sin necesidad de mirarla. No era consuelo. Tampoco perdón. Era algo más humilde: la certeza de que otro ser humano comprendía la forma exacta de aquella carga.
—Cuando volvamos a Sevilla —dijo—, Arce tendrá que responder por Íñigo y por Lucio.
Melibea no contestó inmediatamente.
—No prometas que volveremos.
—Entonces prometo que lo intentaremos.
—Eso es menos heroico.
—También más exacto.
La mujer soltó una risa suave.
El movimiento le produjo dolor en el hombro. Se llevó la mano a la venda.
—Está caliente otra vez —observó Hernán.
—Siempre encuentras una forma de arruinar una conversación.
—Hay que revisarla.
—Abajo.
Intentó levantarse.
El barco se inclinó y perdió el equilibrio. Hernán la sostuvo por el brazo sano. Melibea quedó apoyada contra él, inmóvil un momento.
Ninguno se apartó de inmediato.
El cabello de ella rozó su mejilla. Hernán sintió su respiración y el pulso acelerado bajo el cuello.
Melibea fue la primera en retroceder.
—No confundas que casi me caiga con una declaración —dijo.
—No lo haré.
—Bien.
—Los cartógrafos distinguimos los accidentes del terreno.
Ella lo miró con una mezcla de cansancio y diversión.
—Eso ha sido peor que caerme.
Descendieron.
Al llegar junto a la escotilla, Hernán miró hacia la popa.
Ramiro permanecía bajo la sombra del palo mayor.
Los observaba.
Cuando advirtió que Hernán lo había visto, levantó una mano a modo de saludo y se dirigió hacia la bodega.
—Cada noche me gusta menos —dijo Melibea.
—Felipe también desconfía.
—Entonces ¿por qué no lo registra?
—Sus documentos llevan sello.
—Hemos aprendido lo que valen.
Bajaron.
Ramiro se había tumbado ya sobre su fardo. Tenía los ojos cerrados y respiraba con regularidad.
El pequeño cofre descansaba junto a su cabeza.
Hernán ayudó a Melibea a sentarse y preparó los paños para cambiarle la venda.
Al inclinarse sobre el hatillo, descubrió que el tubo de cuero no estaba donde lo había dejado.
Buscó entre los fardos.
Lo encontró debajo de su manta.
El cordel seguía atado.
Pero el nudo era distinto.
Hernán lo había cerrado con dos vueltas y el cabo hacia la derecha.
Ahora tenía tres.
Y el cabo quedaba hacia la izquierda.
Levantó la mirada hacia Ramiro.
El hombre continuaba inmóvil.
—No lo abras —susurró Melibea.
—Necesito comprobar si falta algo.
—Eso es lo que espera. Si lo acusas y no ha tomado nada, sabrá exactamente dónde guardas las pruebas.
Hernán sostuvo el tubo.
—Ya lo sabe.
—Sabe que contiene mapas. No cuáles.
Ramiro cambió de postura sin abrir los ojos.
Hernán dejó el tubo junto a su cuerpo.
No comprobó el contenido.
Todavía.
Aquella noche durmió con la mano sobre el cierre.
Antes del amanecer, el viento desapareció.
Las velas quedaron flojas.
El mar se volvió liso, oscuro y silencioso.
Sobre el horizonte occidental empezó a levantarse una franja de nubes negras.