Capítulo 13 El susurro del agua
Durante los primeros días, el océano no tuvo horizonte.
H abía cielo, agua y una línea incierta donde ambos se confundían bajo nubes bajas. La Santa Bárbara avanzaba hacia el sudoeste con las velas llenas, alejándose de la península hasta que no quedó tierra en ninguna dirección.
El mundo se redujo al barco.
A sus crujidos.
A las campanas que marcaban los cambios de guardia.
Al reparto de agua.
A la galleta golpeada contra la mesa para expulsar los insectos.
Al bacalao salado que aumentaba la sed que el agua racionada no podía calmar.
Hernán aprendió a caminar compensando el balanceo antes de que ocurriera. El tobillo mejoró, aunque seguía doliéndole al subir escaleras. La herida del brazo empezó a cerrar sin supurar. La de Melibea tardaba más.
Algunas mañanas el hombro amanecía caliente.
Otras, la hinchazón disminuía.
Hernán cambiaba la venda y comprobaba el olor de la herida, intentando no mostrar la preocupación que le causaba cada mancha nueva.
Ramiro de la Fuente se mantenía apartado.
Había aceptado las explicaciones de Hernán sobre el arañazo del tubo con una sonrisa inocente. Desde entonces, no había vuelto a tocarlo.
O había aprendido a hacerlo sin dejar marcas.
Felipe dispuso que los pasajeros ayudaran en tareas sencillas.
Hernán llevaba algunas cuentas de provisiones y copiaba partes dañadas de los libros.
Melibea cosía lona, ordenaba medicamentos y atendía pequeños cortes que el supuesto cirujano de la nave resolvía siempre con la misma receta: vino, una oración y la amenaza de amputar.
Ser útiles les proporcionó un lugar entre la tripulación.
No era confianza, pero sí una forma de pertenencia.
Una noche, tras una jornada de viento débil, Hernán subió a cubierta con la ballestilla de Llanos.
El cielo estaba despejado.
Felipe permanecía junto al timón. El piloto observaba las estrellas desde el alcázar. Los demás marineros hablaban en voz baja o dormían cerca de sus puestos.
Hernán apoyó el instrumento contra el rostro y desplazó la sonaja por la vara.
Buscó una estrella al norte.
El movimiento de la nao dificultaba mantener alineados el horizonte y el astro. Cada vez que creía encontrar la medida, una ola levantaba el casco y alteraba el ángulo.
—Estás sujetándola como si fueras a dibujar una iglesia —dijo Felipe.
Hernán bajó el instrumento.
—Llanos utilizó esta ballestilla.
—Llanos tenía estómago de piloto.
—Yo también.
La nao se inclinó.
Hernán tuvo que agarrarse a la borda.
Felipe esperó.
—Quizá no el mismo estómago.
El contramaestre tomó la ballestilla.
—No luches contra el movimiento. Espera el momento en que el barco termine de subir antes de empezar a bajar. Ahí tienes un instante.
Realizó una observación.
Después otra.
Los resultados diferían.
—¿Cuál es correcto? —preguntó Hernán.
—Ninguno del todo.
Felipe le devolvió el instrumento.
—En tierra, un astrónomo puede medir hasta convencerse de que Dios trazó el cielo para él. En cubierta, tomas varias alturas y decides qué error prefieres.
—Llanos tomó cinco.
—Entonces desconfiaba de cuatro.
Hernán sacó la copia de los ángulos.
—Fueron observados el 22 de agosto.
Felipe examinó el papel.
—¿Cerca de La Espera?
—Eso creemos.
—Las alturas pueden aproximarte a la latitud.
—Bartolomé dijo lo mismo.
—Bartolomé acierta algunas veces por accidente.
—Pero no identifican la entrada.
—No. Para eso necesitas la costa.
Felipe señaló el mar oscuro.
—Las estrellas te dicen que no estás perdido en todo el océano. Las piedras te dicen dónde estás a punto de naufragar.
Hernán guardó el papel.
—¿Habéis navegado por esa zona?
El contramaestre se tomó su tiempo.
—He navegado entre Nombre de Dios y Cartagena.
—¿Visteis La Espera?
—No sé qué nombre tenía lo que vi.
—Contádmelo.
Felipe apoyó los antebrazos sobre la borda.
—Hace tres años viajaba en la María de la Luz . Íbamos hacia Cartagena con vino y hierro. Una noche vimos un navío pequeño navegando sin pabellón. Iba demasiado cargado: la línea de flotación casi tocaba la borda.
—¿Hacia dónde se dirigía?
—A una zona de costa baja situada después de Santa María del Mar. Desapareció entre dos lomas.
Hernán sintió que el pulso se aceleraba.
—¿Quince leguas más al sur?
—No medí la distancia.
—¿Había una palmera partida?
—La vimos al día siguiente. Una palmera alta junto a una roca blanquecina.
La descripción coincidía con la de Bartolomé y Llanos.
—Entrasteis.
—No.
—Pero visteis salir el barco.
—Al amanecer. Navegaba más alto sobre el agua. Había descargado.
—¿Qué llevaba?
—No lo sé.
—¿Visteis barriles?
Felipe volvió la cabeza.
—¿Por qué preguntas exactamente por barriles?
Hernán comprendió que había dicho demasiado.
—Bartolomé los vio.
—Bartolomé ve más con un ojo que otros con dos.
—Afirmó que contenían oro.
La expresión del contramaestre no cambió.
Pero sus manos dejaron de moverse.
—El año pasado vi romperse uno —dijo finalmente.
—¿Dónde?
—En el muelle de Cartagena. Llegó en una balandra sin marcas. Dos hombres intentaban descargarlo de noche. El fondo cedió y cayó una pieza al suelo.
—¿Un lingote?
Felipe asintió.
—Llevaba una señal raspada. Aun así se distinguía parte del escudo real.
Aquel testimonio podía convertirse en una pieza fundamental.
Felipe no había visto el oro en La Espera, pero había visto un barco entrar cargado, salir descargado y después una balandra de la misma red transportando lingotes con marcas de la Hacienda.
—¿Declarasteis lo que viste?
—¿Ante quién?
—La autoridad del puerto.
Felipe soltó una risa breve.
—Uno de los hombres que recogieron el barril vestía la librea del gobernador.
—Eso no demuestra que el gobernador estuviera implicado.
—Demuestra que mi declaración habría llegado antes al dueño del oro que al juez.
Hernán observó el rostro curtido del contramaestre.
—Algún día tendréis que repetirlo ante el Consejo.
—No.
—Es la primera prueba de un testigo vivo.
—Tú confundes ver algo con querer morir por ello.
—Treviño murió.
—Lo sé.
—Llanos también.
—Lo sé.
—Lucio tenía diecisiete años.
Felipe apretó la mandíbula.
—No utilices a tus muertos para decidir por los vivos.
Hernán se detuvo.
El contramaestre se separó de la borda.
—Cuando lleguemos a Nombre de Dios, dejarás el barco. Yo seguiré teniendo una tripulación, una familia en Sanlúcar y viajes que hacer. No me pidas que los arriesgue porque tú has decidido convertir una legua en una cruzada.
—Esa legua ya ha matado a hombres que no eligieron nada.
—Y matará a más si no sabes cuándo callar.
Felipe se alejó hacia el timón.
Hernán permaneció solo.
Había conseguido una verdad, pero todavía no un testigo.
* * *
Encontró a Melibea en la proa.
Estaba sentada sobre un cabestrante, envuelta en el mantón y con la espalda apoyada contra la base del bauprés. El viento había soltado varios mechones de su cabello. La medalla de Íñigo descansaba sobre el vestido.
—No deberías estar aquí con el hombro descubierto —dijo Hernán.
—Lo tengo cubierto.
—El viento atraviesa ese mantón.
—Entonces dile que se detenga.
Hernán se sentó a una distancia prudente.
El agua se abría frente a la proa en dos líneas de espuma que brillaban bajo la luna. Las velas crujían sobre ellos. La nao parecía avanzar por un océano negro salpicado de estrellas.
—Felipe conoce La Espera —dijo.
Melibea lo miró.
—¿Ha entrado?
—Vio un barco desaparecer entre las dos lomas. Al día siguiente salió descargado. Más tarde vio lingotes con marcas reales raspadas.
—Entonces puede testificar.
—No quiere.
—Querrá.
—No podemos obligarlo.
—Todo el mundo quiere algo.
—Él quiere seguir vivo.
—Eso suele tener precio.
—No pienso comprar su testimonio.
Melibea observó el agua.
—Eres más escrupuloso de lo que permite tu situación.
—Un testigo pagado es una prueba que Castro puede destruir con una pregunta.
—Entonces habrá que darle otra razón.
Hernán la miró.
—Felipe ha dicho que no utilice a mis muertos para decidir por los vivos.
—Tiene razón.
La respuesta le dolió.
—Lucio murió por esto.
—Sí. Pero no puedes cobrar su vida a cualquier hombre que conozca una parte de la verdad.
—No intento cobrarla.
—Lo intentas cada vez que pronuncias su nombre para convencer a alguien.
Hernán bajó la vista.
La madera del cabestrante estaba cubierta de sal seca.
—No sé qué hacer con su muerte.
—No tienes que hacer nada con ella.
—Eso parece olvidarlo.
—No. Significa aceptar que no es una herramienta.
Permanecieron en silencio.
El agua golpeaba el casco con un ritmo suave.
Hernán pensó en el taller. En la puerta abierta. En el cuerpo de Lucio impidiendo que los asesinos entraran. En el botón de hueso encerrado en su mano.
—Zamora me dijo que no utilizara al muchacho como si fuera desechable —dijo—. Yo creí que no lo hacía.
—No lo hiciste.
—Lo llevé al archivo.
—Él decidió acompañarte.
—Era mi aprendiz.
—Y tú no eras su dueño.
—Era responsable de él.
—Ser responsable de alguien no significa poder escoger todas las consecuencias de su vida.
Hernán la miró.
—Hablas como si te lo hubieras repetido muchas veces.
Melibea cerró la mano sobre la medalla.
—He tenido cinco años.
La luna iluminaba una parte de su rostro. La otra quedaba oculta por la sombra del mantón.
—En el muelle reconocí a Gaspar Arce —dijo.
Hernán se tensó.
—¿Lo habías visto antes?
—Cinco años atrás.
La voz de Melibea se hizo más baja.
—Una semana antes de que mataran a Íñigo, un hombre me abordó junto a la fuente de la plaza de San Francisco. Vestía como escribano y aseguró trabajar con mi marido. Dijo que estaba preocupado porque Íñigo había dejado de responder a ciertas cartas.
—¿Era Arce?
—En el muelle estaba más viejo y llevaba barba. Pero era él. La forma de inclinar la cabeza, la cicatriz pequeña junto a la oreja y la voz cuando dio una orden al barquero.
—¿Qué le dijiste aquel día?
Melibea apretó la medalla.
—Demasiado.
Hernán esperó.
—Le dije que Íñigo trabajaba por las noches —continuó ella—. Que había encontrado un agujero en las cuentas y que guardaba copias de algunos registros. Le dije que llevaba varios días asustado.
—Arce ya sabía dónde buscarte.
—Yo le confirmé que Íñigo tenía pruebas.
—No podías saberlo.