Capítulo 12 El vientre de la nao #2
Ramiro de la Fuente parecía rondar los treinta y cinco años.
Era ancho de hombros, de cabello oscuro y barba corta.
Vestía con sobriedad, pero sus botas eran demasiado buenas para un propietario empobrecido que cruzaba el océano por una herencia.
Llevaba un pequeño cofre, una capa enrollada y una espada.
Subió con agilidad.
Felipe recibió sus documentos.
—Cartagena —dijo después de leerlos.
—Sí.
Ramiro habló con acento castellano poco marcado.
—Mi tío murió el año pasado. Dejó una estancia y algunos animales.
—Todos los parientes muertos de este barco han dejado más de lo que poseían vivos.
Ramiro sonrió.
—Espero que el mío sea la excepción.
Sus ojos recorrieron la cubierta.
Se detuvieron sobre Melibea.
Después sobre Hernán.
Finalmente, sobre el tubo de cuero.
Fue un instante.
Demasiado breve para acusarlo de nada.
Suficiente para que Hernán lo advirtiera.
Felipe señaló la escotilla.
—Dormiréis en la bodega, frente a los otros pasajeros.
—¿Los conocéis?
—No conozco a nadie que pague por cruzar el océano.
Ramiro descendió.
Melibea se acercó a Hernán.
—Ha mirado el tubo.
—Todos lo miran.
—No de la misma forma.
—No saquemos conclusiones antes de que abra nuestra garganta.
—Siempre esperas demasiado.
Felipe terminó de firmar los papeles y se aproximó.
—Partimos en cuanto cambie la marea.
—¿Llegó la carta complementaria? —preguntó Hernán.
El contramaestre lo miró.
—¿Qué carta?
—La actualización de Tierra Firme que figuraba en el registro de Sevilla.
El silencio se prolongó un latido de más.
—Creí que eras escribano de herencias.
—Trabajé durante años copiando cartas para mercaderes. Vi el tubo preparado en la lonja antes de embarcar.
—No ha llegado.
—¿Esperará el capitán?
—El capitán ha recibido una nota del agente de Sevilla indicando que el documento se retrasará. Nos ordenan recogerlo en Canarias o en Nombre de Dios.
—¿Quién firma?
—Un escribano de la Casa.
—¿Gaspar Arce?
Felipe cerró los ojos un instante.
—No sé quién sois, maestro, pero empezáis a resultar más caro que veinticinco ducados.
—¿Firma Arce?
—Sí.
Hernán miró hacia la desembocadura.
Gaspar no había logrado entregar el mapa antes de la salida, pero seguía intentando introducirlo en la ruta.
—Necesito ver la carta que utiliza el piloto.
—No.
—Si la complementaria está alterada, podría llevaros a una cala falsa.
—¿Y cómo sabes que está alterada?
Melibea dio un paso.
—Porque por descubrirlo mataron a su aprendiz.
Felipe la miró.
Después observó el brazo vendado de Hernán, su cojera, el hombro herido de ella y el tubo que ninguno dejaba sin vigilancia.
—Venid conmigo —dijo.
Los condujo hasta una pequeña cámara situada bajo el castillo de popa. Allí trabajaba el piloto, un hombre delgado y envejecido que protestó cuando Felipe le pidió abrir el armario de cartas.
—No pienso entregar un documento de la nave a dos pasajeros.
—No te lo pido —respondió Felipe—. Solo extiéndelo.
El piloto sacó un portulano usado.
La vitela tenía manchas, reparaciones en los bordes y anotaciones de varios viajes. No era la carta nueva preparada por Castro.
Hernán la reconoció.
Correspondía a una edición anterior.
La extendieron.
Buscó Santa María del Mar.
Colocó la regla y midió la distancia.
Cincuenta y una leguas.
La posición correcta.
El aire abandonó lentamente sus pulmones.
—¿Y bien? —preguntó Felipe.
—Esta carta no está alterada.
—Eso ya lo sabía el piloto.
El hombre lo miró con visible desagrado.
—Llevo quince años navegando con ella.
—La complementaria que Arce intenta entregaros desplaza Santa María una legua al sur y ordena esperar la señal de una balandra.
El piloto dejó de parecer ofendido.
—¿Una balandra?
—Sí.
—El año pasado recibimos una instrucción parecida.
Felipe se volvió.
—Nunca dijiste nada.
—No viajábamos por esa derrota. La orden llegó con otros papeles y la archivé.
—¿La conservas?
El piloto buscó dentro del armario.
Sacó un pliego doblado.
Hernán leyó la parte relevante:
En caso de necesidad de aguada o reparación al aproximarse a Santa María del Mar, aguárdese embarcación de reconocimiento y sígase su señal sin apartarse de la derrota indicada.
No llevaba la firma de Castro.
Solo una rúbrica de secretaría.
—¿Obedecisteis? —preguntó Hernán.
—No pasamos cerca.
—¿Qué habríais hecho?
El piloto lo miró como si la pregunta lo ofendiera.
—Una orden sellada de la Casa se obedece.
Aquello demostraba hasta qué punto funcionaba la maniobra.
El engaño no necesitaba pilotos corruptos en cada nave. Bastaba con una orden oficial y una balandra que apareciera donde el mapa prometía un puerto inexistente.
Felipe tomó el pliego.
—Esto se queda conmigo.
—Pertenece al archivo de la nave —protestó el piloto.
—Y seguirá en la nave.
El contramaestre miró a Hernán.
—La Santa Bárbara no recogerá ninguna carta en Canarias.
—Gaspar puede enviar otra orden.
—Entonces el capitán decidirá si la obedece.
—¿Le contaréis la verdad?
Felipe observó la puerta cerrada.
—Le contaré que dos fugitivos heridos afirman que el Consejo distribuye mapas falsos, que un consejero los persiguió en el puerto y que uno de sus hombres intentó subir a bordo con una carta que no necesitábamos.
—Eso no suena convincente.
—No.
Felipe dobló el pliego antiguo.
—Pero vi a Amadeo de Castro en el esquife.
Hernán lo miró.
—¿Lo reconocisteis?
—He transportado mercancías para el Consejo. Conozco a los hombres que firman sin tocar la carga.
—Entonces sabéis que no exageramos.
—Sé que un consejero no persigue personalmente a un escribano de herencias.
Felipe abrió la puerta.
—Eso no significa que confíe en vosotros.
—No os lo pedimos.
—Bien.
Señaló el tubo.
—Mantened eso oculto. Y vigilad al nuevo pasajero.
Hernán comprendió que Felipe también había visto la mirada de Ramiro.
—¿Lo conocéis?
—No.
—¿Sus documentos son auténticos?
—Llevan sello.
Felipe guardó el pliego dentro de su jubón.
—Últimamente eso significa menos de lo que creía.
* * *
La nao zarpó al caer la tarde.
Al cruzar la barra de Sanlúcar, el río dejó de protegerlos y el océano comenzó a levantar el casco. La proa descendía entre las olas y volvía a subir, golpeando el agua con un sonido que recorría la estructura.
Hernán pasó la primera noche enfermo.
La segunda, también.
A la tercera pudo comer media galleta sin devolverla.
Ramiro ocupaba el rincón opuesto de la bodega. Hablaba poco, mantenía su cofre cerrado y subía a cubierta durante los cambios de guardia. Nunca se acercaba al tubo.
Pero Hernán despertó dos veces con la impresión de que lo observaba.
La primera, Ramiro fingió dormir.
La segunda, estaba sentado, afilando un cuchillo.
—Sirve para cortar la carne salada —explicó sin que Hernán preguntara.
—Debe de ser una carne difícil.
Ramiro sonrió.
—Todo se endurece durante un viaje largo.
Hernán comenzó a dormir con el tubo entre el cuerpo y el costado del barco.
La cuarta noche descubrió una marca nueva sobre la tapa.
Un arañazo pequeño junto al cierre.
Alguien había intentado abrirlo.
No había penetrado.
Todavía.