El mapa del guarda Capítulo 12 El vientre de la nao
50%

Capítulo 12 El vientre de la nao

El olor llegó antes que la oscuridad.

H ernán descendió por la escotilla sujetándose con una sola mano y sintió que el aire del sollado le golpeaba el rostro.

Olía a agua estancada, brea, lana húmeda, cuero, sudor y pescado salado.

Bajo aquella mezcla persistía el hedor más profundo de la sentina, un aliento agrio que parecía subir desde el fondo de la nao.

Detuvo el pie en el último peldaño.

El suelo continuaba moviéndose.

No como el bote, que respondía a cada golpe del agua, sino con una oscilación lenta y constante. El cuerpo esperaba encontrar una superficie firme y recibía, en cambio, una tabla que ascendía bajo una pierna mientras descendía bajo la otra.

—No mires el suelo —dijo Felipe de la Vega desde abajo—. Mira algo que no se mueva.

Hernán observó al contramaestre.

Felipe era un hombre alto y ancho, de unos cuarenta años, con el rostro curtido por el sol y las manos manchadas de alquitrán.

Llevaba un jubón de cuero sin mangas y un gorro de lana gris calado hasta las cejas.

Sus dientes eran desiguales y oscuros en los bordes, pero sus ojos se mantenían despiertos.

—Vos también os movéis —respondió Hernán.

—Entonces mira el palo.

Señaló una viga vertical.

—Se mueve con el barco.

—Pero no intenta fingir que no lo hace.

Melibea descendió detrás.

La herida del hombro le impedía sostenerse con el brazo derecho. Apoyaba la mano izquierda sobre la escala y acercaba los pies uno por uno, conteniendo la respiración cada vez que el casco se inclinaba.

Hernán quiso ayudarla.

—No te pongas debajo —ordenó ella—. Si caigo, nos rompemos los dos.

Felipe la sujetó por la cintura al llegar al último peldaño y la depositó sobre las tablas.

—Los pasajeros de Bartolomé suelen llegar borrachos, perseguidos o sangrando —dijo—. Vosotros habéis decidido no elegir.

Melibea ajustó el mantón sobre la venda.

—Nos gusta justificar el precio.

Habían pagado veinticinco ducados.

Veinte por el pasaje hasta Nombre de Dios y cinco para que la Santa Bárbara aprovechara la marea sin esperar la carta complementaria que Gaspar Arce llevaba desde la lonja.

El capitán había aceptado porque el retraso podía costarle más que aquella cantidad y porque Felipe había garantizado que el documento no era imprescindible.

Ninguno de los dos había explicado por qué querían zarpar con tanta urgencia.

Felipe tampoco había preguntado delante de la tripulación.

Los condujo hacia la bodega.

Toneles, fardos y cajas ocupaban casi todo el espacio disponible. Las mercancías estaban sujetas con cuerdas y calzos, aunque cada balanceo hacía crujir la carga. Dos candiles protegidos por rejillas de metal proporcionaban una luz amarillenta.

—Dormiréis ahí.

Señaló un rincón entre varios fardos de lana y un tonel de vino.

—No es una cámara de pasajeros, pero está seco. Más de lo que puede decir la mitad de los marineros.

Melibea dejó el hatillo sobre la lana.

—¿Cuánto durará el viaje?

Felipe se encogió de hombros.

—Lo que decidan el viento, el mar y Dios. En ese orden, casi siempre. Haremos agua y completaremos provisiones en Sanlúcar. Después pondremos rumbo a Canarias y cruzaremos cuando el piloto considere que los vientos son favorables.

—¿Semanas? —preguntó Hernán.

—Muchas.

—¿Meses?

—Los suficientes para que dejéis de preguntar cuánto falta.

Felipe miró el tubo sujeto a la espalda de Hernán.

—¿Sois escribano?

Melibea respondió antes que él.

—Mi cuñado lleva las cuentas de la pequeña herencia de mi marido. Vamos a Nombre de Dios para reclamarla.

—¿Una herencia en papel?

—Las propiedades de los muertos suelen pesar menos que sus deudas.

Felipe observó las vendas, el tobillo sujeto y la escasez de equipaje.

La historia no lo había convencido.

Pero los veinticinco ducados sí.

—A bordo podéis ser viuda, cuñado o arzobispo —dijo—. Mientras paguéis y no interfiráis en el trabajo, nadie os molestará. Hay dos reglas: no encendáis fuego fuera de los candiles protegidos y no toquéis una cuerda si no sabéis qué sostiene.

—¿Y si vemos algo extraño? —preguntó Hernán.

—En el mar todo es extraño para quien acaba de embarcar.

Felipe se dirigió a la escalerilla.

—La cena se reparte después del toque. Galleta, queso y bacalao. El agua se raciona desde mañana. Si alguno empieza con fiebre, vómitos que no sean de mareo o mal olor en las heridas, avisadme.

Melibea levantó una ceja.

—¿También sois cirujano?

—No. Pero sé cuándo conviene buscar al que dice serlo.

Antes de subir, Felipe se volvió.

—Llegará otro pasajero en Sanlúcar. Dormirá al otro lado de la bodega.

—¿Quién? —preguntó Hernán.

—Un hombre llamado Ramiro de la Fuente. Viaja a Cartagena para reclamar unas tierras de un pariente.

—Otra herencia —dijo Melibea.

Felipe sonrió.

—El océano está lleno de muertos generosos.

Desapareció por la escalerilla.

Melibea esperó hasta que sus pasos se perdieron.

—No nos cree.

—No necesita creernos.

—Eso dijiste de Ocampo.

—Felipe no puede arrestarnos.

—Puede arrojarnos al agua.

Hernán se sentó sobre un fardo.

El movimiento del barco hizo que el estómago se le contrajera. Cerró los ojos, pero la oscuridad empeoró la sensación. Volvió a abrirlos y fijó la vista en la viga recomendada por el contramaestre.

—Bartolomé confía en él —dijo.

—Bartolomé no confía en nadie.

—Por eso su recomendación tiene valor.

Melibea intentó quitarse el mantón. El brazo derecho no respondió y tuvo que ayudarse con la mano izquierda. Hernán se levantó.

—Déjame.

Ella dudó antes de volverse.

Hernán retiró la tela con cuidado. La venda que Cata había colocado en el taller de los tintoreros presentaba una mancha oscura alrededor de la herida.

—Ha vuelto a sangrar.

—He trepado por una escala con un agujero en el hombro. Era previsible.

—Hay que cambiarla.

—Primero la tuya.

El antebrazo de Hernán también había manchado la manga. El esfuerzo de remar y subir al barco había separado de nuevo los bordes del corte.

—La mía no es profunda.

—La infección no mide con regla.

Melibea sacó del hatillo el paño limpio y la pequeña botella de aguardiente. Prepararon agua en un cuenco. Primero atendieron el brazo de Hernán. Después él retiró la venda del hombro de Melibea.

La herida era más profunda de lo que había parecido bajo la presión de la tela. La hoja había entrado cerca del omóplato y salido por la parte superior, abriendo un túnel irregular en la carne.

—No me gusta —dijo Hernán.

—No tiene que gustarte.

—Está hinchada.

—Han pasado pocas horas.

—Y está caliente.

Melibea lo miró.

—¿Cuándo te convertiste en médico?

—Cuando comprendí que no hay ninguno cerca.

Lavó la herida con agua y después vertió una pequeña cantidad de aguardiente. Melibea tensó la mandíbula, pero no gritó.

—Cata lo habría hecho mejor —dijo.

—Cata ha tenido una buena maestra.

—La maestra habría procurado no dejarse apuñalar.

Hernán colocó lino limpio y ajustó la venda alrededor del torso.

—¿Demasiado fuerte?

Melibea respiró hondo.

—Un poco.

Aflojó el nudo.

—Así.

Permanecieron muy cerca durante unos segundos.

Hernán podía sentir el calor que desprendía la piel de Melibea y el olor a jabón de ceniza mezclado con sangre y aguardiente. Apartó las manos y volvió a su fardo.

Ella se cubrió.

—Gracias.

—No me las des todavía.

Ambos sonrieron con cansancio.

Melibea se recostó contra el tonel.

—Cata ya estará con el sacerdote.

—Bartolomé sabe cómo llegar.

—Bartolomé sabe cómo llegar a todas las tabernas de Sevilla. Las iglesias son otra cosa.

—Juan llegará hasta Ocampo.

—Eso tampoco me tranquiliza.

—A mí no me tranquiliza nada desde que recibí el mapa.

Hernán apoyó el tubo sobre las rodillas.

La madera protegía la carta falsa auténtica y el portulano antiguo. En la regla de boj conservaba la declaración de Juan, las copias del San Telmo y el fragmento de cera recogido en el embarcadero de Castro. La ballestilla de Llanos viajaba dentro de su estuche, oculta entre la ropa.

Habían distribuido las demás pruebas.

Desde el incendio, perder el tubo había significado perderlo todo. Ya no, aunque seguía significando demasiado.

—Necesito comprobar la carta de navegación de la nao —dijo.

—La dejaste en la lonja.

—La falsa.

—Entonces ¿qué quieres comprobar?

—Qué mapa utiliza el piloto.

Melibea abrió los ojos.

—Si todavía conserva el antiguo.

—Y si Santa María del Mar figura en su posición correcta.

—¿Para qué? Ya hemos salido.

—Porque necesito saber si Castro puede desviar esta nave sin la carta complementaria.

—El capitán no obedecerá una orden que no ha recibido.

—Puede haber otra copia a bordo. O instrucciones anteriores.

Melibea estudió el tubo.

—Pregúntale a Felipe.

—Nos tomará por espías.

—Ya nos toma por mentirosos. No empeorará demasiado.

* * *

La Santa Bárbara llegó a Sanlúcar al día siguiente.

Durante el descenso por el Guadalquivir, Hernán apenas abandonó la bodega. El mareo lo obligó a permanecer tendido durante horas, con un cubo junto al fardo y el orgullo reducido a evitar que los marineros lo vieran vomitar.

Melibea no se mareó.

—Siempre sospeché que no eras humano —murmuró él.

—Tengo el estómago acostumbrado a la cocina de mi casa.

Al alcanzar una zona de aguas más tranquilas, Felipe permitió que subieran a cubierta.

Sanlúcar se extendía junto a la desembocadura bajo un cielo blanco. Barcas, urcas, carabelas y naos ocupaban el fondeadero. Algunas embarcaciones descargaban mercancía; otras completaban agua, leña y alimentos antes de cruzar el océano.

La tripulación de la Santa Bárbara trabajaba con rapidez.

Subieron barriles de agua, sacos de harina, legumbres secas, queso, aceite, vino, bacalao salado y jaulas con gallinas. Un escribano revisó la carga y entregó al capitán varios pliegos.

Hernán observó desde la sombra del castillo de proa.

—¿La carta? —preguntó Melibea.

—No veo ningún tubo.

Un bote se acercó por la banda de estribor.

Solo llevaba al barquero y a un pasajero.