El mapa del guarda Capítulo 11 La noche de la decisión #3
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Capítulo 11 La noche de la decisión #3

En el meñique izquierdo brillaba un anillo de oro.

Una torre rodeada por tres figuras.

Hernán levantó la vista.

El rostro quedó expuesto apenas un momento.

Don Amadeo de Castro.

Lo había visto en ceremonias públicas del Consejo, siempre a distancia: erguido junto a otros consejeros, escuchando con una cortesía impecable, vestido con una sobriedad que solo podían pagar los ricos.

Ahora se encontraba en un esquife nocturno junto a Gaspar Arce.

—Es él —dijo Hernán.

Felipe se asomó desde arriba.

—¡Subid de una vez!

Castro levantó la cabeza.

Sus ojos encontraron los de Hernán.

No mostró sorpresa.

Solo una irritación fría, como la de un hombre que contempla un documento mal archivado.

—Maestro Giráldez —dijo.

La voz cruzó el agua.

Hernán la oyó con claridad.

No podía relacionarla todavía con el hombre enmascarado que había visitado a Juan, pero la guardó en la memoria.

—Entregad la carta —continuó Castro—. Todavía puedo evitar que vuestra amiga muera por una causa que no comprende.

Melibea apareció en la borda.

—Comprendo que matasteis a mi marido.

La compostura del consejero se alteró.

Solo una fracción de segundo.

Suficiente.

—No sabéis de qué habláis.

—Íñigo Grijalva.

Castro no respondió.

Riaño alzó la ballesta.

Felipe arrojó un bichero.

La punta de hierro golpeó la borda del esquife y obligó al tirador a retroceder. El movimiento desequilibró la embarcación.

Hernán subió los últimos peldaños.

Los marineros cortaron la cuerda que unía el bote al barco.

—¡Levad el ancla! —gritó Felipe.

—El patrón no ha dado orden —protestó un marinero.

Felipe miró el esquife.

—La doy yo hasta que baje.

La tripulación comenzó a maniobrar.

La corriente giró lentamente la proa de la Santa Bárbara .

Gaspar Arce ordenó al barquero acercarse de nuevo.

Castro no alzó la voz.

—No llegaréis a Tierra Firme.

Hernán apoyó una mano sobre el tubo.

—Llegaremos antes que vuestra mentira.

La oscuridad aumentó entre ambas embarcaciones.

El esquife no podía seguir a la nao río abajo. Los remos podían perseguirla durante una milla, pero no cuando desplegara las velas.

Castro permaneció en pie.

El anillo continuó brillando bajo el farol hasta que la distancia lo convirtió en un punto de luz.

Felipe se volvió hacia Hernán y Melibea.

—No sé quiénes sois ni por qué un miembro del Consejo os persigue con hombres armados.

—Hemos pagado un pasaje —dijo Melibea.

—Eso solo responde a la parte menos importante.

Hernán le entregó la ficha.

—Bartolomé dijo que no hacíais preguntas.

El contramaestre examinó la cruz.

—Bartolomé dice muchas cosas cuando bebe.

—¿Y esta?

Felipe guardó la ficha.

—Esta la dijo sobrio.

Miró el hombro vendado de Melibea y después el brazo de Hernán.

—Bajad al sollado antes de que alguien os vea desde otra barca. Allí hablaremos.

—Falta pagar —dijo Hernán.

—Pagaréis cuando estemos fuera del puerto.

La Santa Bárbara avanzaba ya con la corriente.

En la orilla, hombres con antorchas corrían siguiendo su marcha. Otros gritaban órdenes desde el muelle. Una campana comenzó a sonar cerca de la Torre del Oro.

—¿Pueden cerrarnos el paso? —preguntó Melibea.

Felipe miró río abajo.

—No con esta marea. Pero pueden enviar una embarcación rápida desde Sanlúcar.

—Entonces necesitáis toda la vela.

El contramaestre sonrió.

—Ahora empezáis a hablar como pasajeros que desean llegar vivos.

Ordenó desplegar la vela de proa.

El lienzo se abrió con un chasquido. El viento lo llenó y la nao ganó velocidad.

Sevilla comenzó a quedar atrás.

Hernán observó las luces de la ciudad: la catedral, las torres, los almacenes, las casas del Arenal.

En algún lugar de aquel resplandor, Cata y Juan buscaban a Ocampo.

Zamora protegía las copias del San Telmo .

Padre Jerónimo acababa de enterrar a Lucio.

Bartolomé intentaba mantener unidos los fragmentos de una verdad que podía costarles la vida.

Melibea permaneció junto a la borda.

Tenía el rostro pálido y una mano cerrada sobre la medalla de Íñigo.

—No volveremos siendo los mismos —dijo.

—Ya no lo somos.

—Cata cree que volveré.

Hernán no respondió.

—Yo también necesito creerlo —añadió ella.

La corriente oscura del Guadalquivir los arrastraba hacia el mar.

Detrás quedaban la casa, el taller, los muertos y los documentos escondidos.

Delante aguardaban el océano, Nombre de Dios y una cala situada quince leguas al sur de Santa María del Mar.

La Espera.

La nao pasó junto a la última hilera de embarcaciones fondeadas.

Hernán volvió la mirada hacia el puerto.

El esquife de Castro era ya invisible.

Pero la voz del consejero permanecía en su memoria.

Y también el anillo.

Oro en el meñique izquierdo.

Una torre rodeada por tres figuras.

La misma marca impresa sobre los restos de dos sellos quebrados.

Felipe señaló la escotilla.

—Abajo.

Hernán ayudó a Melibea a caminar.

Antes de descender, ella miró una vez más hacia Sevilla.

Después se quitó el velo de viuda y lo dejó caer al río.

La tela permaneció unos segundos sobre el agua.

La corriente la plegó sobre sí misma y la hizo desaparecer en la oscuridad.