Capítulo 11 La noche de la decisión #2
Una medalla de latón pendía de un cordel de cuero.
—Era de padre.
Melibea la reconoció.
La cruz pequeña del anverso estaba casi borrada. En el reverso, Íñigo había rayado las iniciales de Cata cuando era niña.
—La guardabas tú —dijo.
—La escondí cuando registraron la casa.
Melibea cerró la mano sobre la medalla.
—Deberías conservarla.
—Tú vas más lejos.
La mujer se colocó el cordel alrededor del cuello.
Después abrazó a su hija.
No fue un gesto solemne.
Fue torpe por la herida, breve por el miedo y tan fuerte como permitió el hombro vendado. Cata apoyó el rostro contra su pecho. Durante unos segundos, las dos dejaron de representar el papel de mujeres que no necesitaban a nadie.
Hernán apartó la vista.
Pensó en Lucio.
No habían tenido una despedida.
Solo una orden para quedarse en el taller y una puerta cerrada.
* * *
La luz empezó a desaparecer tras los postigos.
Bartolomé preparó dos hatillos.
El primero contenía ropa de mercader pobre, un pan de munición, queso duro, dos vendas, una botella pequeña de aguardiente y unas pocas monedas.
El segundo, más pequeño, llevaba papel, carbón, una pluma y la ballestilla de Llanos.
La carta verdadera fue enrollada dentro de una funda de lona impermeabilizada con cera. Hernán la colocó en el tubo junto con un portulano ordinario. Desde fuera no había forma de saber cuál de los dos documentos tenía valor.
—No abras el tubo en cubierta —advirtió Juan—. Los marineros miran lo que no entienden.
—Lo sé.
—No. Lo sabes como cartógrafo. Todavía tienes que aprenderlo como fugitivo.
Hernán aceptó la corrección.
Juan le entregó una hoja diminuta.
Había escrito una declaración preliminar:
Yo, Juan de la Cruz, copista de cartas de marear, declaro que Gaspar Arce me entregó un modelo alterado de la costa de Tierra Firme y que un hombre enmascarado, portador de un anillo con torre y tres figuras en el meñique izquierdo, recogió la copia y quemó el original.
Debajo figuraba su firma.
—Por si no llego hasta Ocampo —dijo.
Hernán leyó el texto.
—Guarda el original.
—Hay dos.
Juan mostró otra hoja idéntica.
—Hace cuarenta años que vivo de copiar.
Hernán introdujo una de ellas en el hueco de la regla.
—No permitas que te interroguen solo.
—¿Quién va a impedirlo?
—Cata.
La joven levantó la cabeza.
—Lo haré.
Bartolomé les explicó la ruta.
Juan y Cata saldrían por el patio norte y avanzarían entre casas de tintoreros hasta la parte trasera de San Miguel.
El sacerdote los recibiría en una cripta utilizada para guardar cera y ornamentos viejos.
Desde allí enviarían a un muchacho de confianza al convento de San Pablo con un mensaje dirigido únicamente a Ocampo.
Bartolomé los acompañaría.
Después intentaría localizar a Zamora.
—El archivero puede estar vigilado —dijo Hernán.
—No iré a su casa. Preguntaré en los lugares donde los escribanos beben cuando quieren olvidar lo que han copiado.
—Dile que Castro retiró las cartas de tres naves.
—Se lo diré.
—Y que proteja la copia del diario.
—También.
—Que no vuelva al archivo.
Bartolomé lo miró.
—¿Quieres que te repita todo lo que ya sabes?
Hernán comprendió que estaba retrasando la despedida.
—No.
El viejo se ajustó la espada.
—Cuando lleguéis a Nombre de Dios, preguntad por Tomás Montiel. Fue piloto costero y conoce a los hombres que navegan hacia Cartagena.
—¿De vuestra confianza?
—No confío ni en mi sombra. Pero Montiel me debe la vida.
—¿Eso cuánto dura?
—Hasta que pueda pagarla sin morir.
Bartolomé señaló la ballestilla.
—Cuídala. Llanos decía que un instrumento conserva la honestidad de la última mano que lo utilizó.
—Los instrumentos no son honestos.
—Por eso se llevaba bien contigo.
* * *
Salieron cuando faltaban dos horas para la marea.
Cata y Juan partieron primero.
Bartolomé los siguió después de asegurarse de que la calle estaba libre. Antes de cruzar la puerta, se volvió hacia Hernán.
—La Santa Bárbara está fondeada río abajo, más allá de las últimas casas. Un esquife os esperará junto al muelle del carbón.
—¿Cómo sabrá quiénes somos?
—La ficha.
—¿Y si Arce llega antes?
—Entonces Felipe no verá la ficha porque estaréis muertos.
Melibea soltó un suspiro.
—Siempre sabes tranquilizar.
—Es un don.
Se marchó.
Hernán y Melibea esperaron cien respiraciones antes de salir por otra puerta.
La noche había caído.
El Arenal continuaba lleno de gente, pero la noticia de la persecución se había extendido. Vieron parejas de hombres armados en dos esquinas y un alguacil preguntando en una taberna. Ninguno llevaba las insignias del Santo Oficio.
Castro ya no necesitaba fingir una investigación religiosa.
Buscaba a dos fugitivos acusados de asesinato y robo de documentos.
Melibea cubría el hombro con un mantón grueso. El rostro había perdido color, aunque caminaba sin ayuda. Hernán llevaba un sombrero ancho y mantenía el bastón oculto bajo la capa para evitar que lo identificaran por la cojera.
Avanzaron por calles secundarias.
Al llegar al muelle del carbón se detuvieron detrás de una pila de toneles.
Había un esquife atado al embarcadero.
Un hombre permanecía sentado junto a los remos.
—Demasiado fácil —murmuró Melibea.
—Bartolomé lo ha preparado.
—Bartolomé prepara tabernas, no milagros.
Hernán observó al barquero.
Vestía una camisa sin mangas y una gorra de lana. Parecía mirar el agua, pero sus manos descansaban demasiado cerca de un cuchillo sujeto al cinto.
Hernán sacó la ficha de madera.
No se acercó todavía.
Un grupo apareció en el extremo del muelle.
Gaspar Arce caminaba delante.
Lo acompañaban Esteban Riaño, con el brazo izquierdo sujeto contra el pecho, y otros tres hombres. Uno llevaba un tubo de cuero.
La carta complementaria de la Santa Bárbara .
Habían llegado antes de lo previsto.
Hernán retrocedió.
—No podemos utilizar el esquife.
—Si esperamos, entregarán la carta al piloto —dijo Melibea.
—Y la nave esperará a la balandra cuando llegue a Tierra Firme.
—Entonces no esperamos.
Señaló un pequeño bote amarrado entre dos barcazas de carga.
No tenía barquero.
—Robar una embarcación en el puerto es una forma rápida de conseguir otra acusación —dijo Hernán.
—Añádela a la lista.
Melibea avanzó agachada entre los toneles.
Hernán la siguió.
Arce hablaba con el hombre del esquife. Le mostró el tubo y señaló río abajo. El barquero negó al principio. Riaño le puso una moneda en la mano.
Después añadió otra.
El hombre aceptó.
—Llevarán el mapa a la nao —susurró Hernán.
—Nosotros también.
Llegaron al bote.
Hernán soltó la amarra y ayudó a Melibea a bajar. Ella tomó un remo con la mano izquierda.
—No puedes remar.
—Puedo hacerlo con un brazo.
—Girarás en círculos.
—Entonces procura que tu lado sea más fuerte.
Hernán ocupó el otro banco.
Empujaron contra el muelle.
El bote se separó de la sombra de las barcazas y entró en la corriente.
Durante unos segundos nadie los vio.
Después Riaño volvió la cabeza.
—¡Allí!
Gaspar Arce señaló.
—¡Detened esa barca!
El esquife inició la persecución.
Hernán remó.
El hombro derecho protestó y el brazo izquierdo apenas podía colaborar, pero la corriente los ayudaba río abajo. Melibea manejaba un solo remo, utilizándolo para corregir el rumbo.
El bote avanzaba con movimientos torpes.
Detrás, el esquife ganaba distancia.
—No llegaremos —dijo Hernán.
—No necesitamos ganar. Solo alcanzar la nao.
La Santa Bárbara estaba fondeada más abajo, una masa oscura entre otras embarcaciones. Sus mástiles se recortaban contra el cielo y dos faroles ardían en la popa.
En cubierta había movimiento.
La tripulación preparaba la salida.
—¡Santa Bárbara! —gritó Hernán—. ¡Pasajeros de Bartolomé Cruces!
Nadie respondió.
El esquife estaba a menos de treinta varas.
Riaño se había puesto en pie.
Llevaba una ballesta.
—Agáchate —ordenó Melibea.
El virote pasó sobre sus cabezas y golpeó el agua.
—¡Santa Bárbara! —repitió Hernán.
Una silueta apareció en la borda.
—¿Quién llama?
—¡Felipe de la Vega!
El hombre se inclinó.
Hernán levantó la ficha de madera.
La luz de un farol alcanzó la cruz grabada.
—¡Bajad la escala! —gritó Felipe.
Dos marineros arrojaron una escala de cuerda.
Hernán acercó el bote al casco.
—Sube —dijo a Melibea.
—Tú primero.
—No discutas.
—Si subo yo y te alcanzan, pierdes el mapa.
—Si subo yo y tú caes al agua, pierdo algo más.
Aquello la detuvo.
Melibea agarró la escala.
Subió utilizando sobre todo el brazo izquierdo. Cada peldaño le arrancaba una mueca. Felipe la tomó por la cintura desde arriba y la izó hasta cubierta.
Hernán ató el tubo a la espalda y comenzó a ascender.
El esquife se acercaba.
Gaspar Arce estaba en la proa.
No llevaba máscara.
Por primera vez, Hernán pudo verle el rostro con claridad: mandíbula ancha, nariz rota, ojos pequeños y una barba cuidada que no concordaba con su papel de cobrador.
Detrás de él permanecía otro hombre.
Alto.
Vestido con capa oscura.
El sombrero ocultaba parte del rostro, pero la luz del farol iluminó la mano apoyada sobre la borda.