Capítulo 11 La noche de la decisión
El pasadizo se dividía bajo la casa de los tintoreros.
A la izquierda, una galería baja continuaba hacia el Arenal. A la derecha, unos escalones húmedos ascendían hasta un patio próximo a la iglesia de San Miguel.
Bartolomé levantó el candil.
La luz alcanzó apenas las paredes de ladrillo, cubiertas de salitre, y los rostros fatigados de quienes aguardaban detrás de él. Juan de la Cruz se apoyaba en Cata. Melibea mantenía una mano contra el hombro vendado. Hernán sujetaba el tubo de cuero y el estuche de la ballestilla bajo la capa.
Sobre sus cabezas resonaron golpes.
Los hombres que registraban el almacén habían encontrado la trampilla.
—No tardarán en bajar —dijo Bartolomé.
Melibea miró los dos caminos.
—Nos separamos aquí.
Cata negó de inmediato.
—No.
—Tú irás con Juan y Bartolomé.
—Voy contigo.
—No.
La joven se plantó frente a su madre.
—No puedes mover el brazo y apenas te mantienes en pie.
—Precisamente por eso necesito saber que no tengo que protegerte.
—No necesito que me protejas.
—Esta discusión resulta familiar —dijo Hernán.
Melibea le dirigió una mirada que habría detenido a un hombre menos cansado.
—No intervengas.
—Lucio me dijo lo mismo que Cata. Yo respondí como tú.
—Y lo mataron.
El silencio fue inmediato.
Melibea cerró los ojos.
No necesitaba que nadie le explicara la crueldad de las palabras. Se había herido a sí misma al pronunciarlas.
Cata bajó la voz.
—No soy Lucio.
—No —dijo Melibea—. Eres mi hija.
Los golpes sonaron más cerca.
Alguien levantaba la trampilla.
Bartolomé apagó el candil.
La oscuridad cayó sobre ellos.
—Decidid mientras caminamos —susurró—. Los muertos discuten con mucha calma, pero nosotros todavía no tenemos ese privilegio.
Los condujo hacia la bifurcación.
Avanzaron a tientas, rozando las paredes. El suelo descendía y el agua les cubría los tobillos en algunos tramos. Hernán sentía la respiración de Melibea junto a él. Cada pocos pasos, ella tropezaba y se negaba a aceptar su ayuda hasta que el dolor la obligaba a apoyarse en su brazo.
Detrás apareció una luz.
Los perseguidores habían bajado.
—Por aquí —ordenó Bartolomé.
Llegaron a un arco cegado con tablas. El piloto retiró una de ellas y dejó al descubierto una abertura estrecha.
Un olor acre a tintes y orina fermentada entró en el pasadizo.
Cata pasó primero.
Después Juan.
Hernán ayudó a Melibea a atravesar el hueco. La mujer reprimió un grito cuando el hombro rozó la madera. Bartolomé entró el último y volvió a colocar la tabla.
Aparecieron en un sótano lleno de cubas.
El líquido oscuro que contenían teñía de azul, rojo y amarillo las paredes y el suelo. Unas escaleras conducían al patio superior.
Bartolomé encendió de nuevo el candil.
—Los hombres de Castro conocen el almacén de Salcedo —dijo—. No deberían conocer este paso.
—A menos que alguien se lo haya vendido —respondió Melibea.
—Todo puede comprarse.
—No todo.
Bartolomé miró a Hernán.
—La verdad también. Solo que suele salir más cara.
Subieron.
El patio pertenecía a un tintorero flamenco que debía dinero a media ciudad y favores a la otra media. No apareció para recibirlos. Había dejado abierta una habitación pequeña sobre el taller, con una mesa, dos jergones y un barreño de agua limpia.
Bartolomé cerró los postigos.
—Aquí estaremos seguros unas horas.
—Unas horas no bastan —dijo Hernán.
—La Santa Bárbara zarpa con la marea de medianoche.
—Todavía no hemos pagado el pasaje.
—El patrón me debe una noche, dos barriles y una mujer.
Melibea levantó una ceja.
—No quiero saberlo.
—Harás bien. Es una historia larga y ninguno de los tres queda en buen lugar.
Bartolomé sacó una ficha de madera marcada con una cruz y se la entregó a Hernán.
—La enseñarás a Felipe de la Vega, el contramaestre. Él os llevará ante el patrón.
—¿Cuánto pedirá?
—Veinte ducados por los dos.
—Es casi todo lo que tenemos —dijo Melibea.
—Si os ahorcáis en Sevilla, podréis conservar el dinero.
Hernán guardó la ficha.
—La carta complementaria de la nave sigue en la lonja.
—Arce irá a buscarla en cuanto sepa que habéis escapado —respondió Bartolomé—. Para llegar al barco tendrá que cruzar medio puerto y encontrar un bote. Tenéis una ventaja, pero no será larga.
—Podríamos destruir la carta.
—Y avisar al piloto de que ocurre algo. La Santa Bárbara debe partir creyendo que solo falta un documento retrasado.
Hernán abrió su hoja de notas.
La nave tenía prevista la salida a medianoche. La carta falsa aguardaba en el estante de Guzmán. Si conseguían embarcar y el patrón aprovechaba la primera corriente favorable, podrían estar río abajo cuando Gaspar Arce llegara con el documento.
—Hay que adelantar la partida —dijo.
Bartolomé asintió.
—Eso costará otros cinco ducados.
—Solo nos quedarán provisiones para unos días.
—En la nao os darán agua y comida.
—Nos darán galleta húmeda y pescado salado —dijo Melibea.
—Entonces ya sabes qué esperar.
Cata había permanecido junto a la puerta.
—¿Y nosotros qué haremos?
Bartolomé se volvió hacia ella.
—Llevaremos a Juan hasta San Miguel. Padre Jerónimo lo ocultará y enviará un mensaje a Ocampo.
—Los hombres de Castro pueden vigilar la iglesia.
—No entraremos por la puerta principal.
—¿Y después?
—Después Juan prestará declaración.
El copista tocó el fragmento de lacre oculto bajo su camisa.
—Diré lo que vi.
—No entregarás el sello hasta que Ocampo esté delante —advirtió Hernán—. Ni a un alguacil, ni a un escribano, ni a un fraile que afirme actuar en su nombre.
—¿Cómo sabré que es el verdadero Ocampo?
—No te pedirá el sello antes de escucharte.
Juan asintió.
—Y porque huele a incienso —añadió Cata.
—Media orden de Santo Domingo huele a incienso —dijo Bartolomé.
—El suyo es peor.
Hernán sacó de la regla de boj la copia de la declaración de Llanos.
La colocó sobre la mesa.
—Esto se queda en Sevilla.
Melibea lo miró.
—Es una de nuestras pruebas principales.
—Precisamente. Si el barco se hunde o nos capturan, no puede desaparecer todo.
Separó los documentos.
Juan conservaría el fragmento de sello procedente del mapa original.
Cata llevaría una copia de la declaración de Pedro de Llanos y la lista de las naves que habían recibido las nuevas cartas.
Bartolomé custodiaría una reproducción de los cinco ángulos y un resumen del registro de la Santa Bárbara .
Hernán se quedaría con la carta falsa auténtica, las copias de las páginas del San Telmo , el dibujo de la costa de La Espera y la ballestilla utilizada por Llanos.
Melibea conservaría una de las hojas de cuentas de Íñigo donde figuraba la inicial de Castro.
—No me gusta —dijo ella.
—¿Qué parte?
—Que lleves la carta verdadera.
—Solo yo puedo identificar las alteraciones ante un tribunal.
—También pueden obligarte a explicarlas antes de matarte.
—Por eso Juan conserva el sello y tú la contabilidad.
—Una hoja no condenará a Castro.
—No. Pero varias verdades separadas obligarán a sus hombres a perseguir demasiados caminos.
Bartolomé contempló los documentos distribuidos.
—Habéis aprendido algo del mar.
—¿Qué?
—No poner toda la carga en el mismo costado.
Cata tomó la declaración de Llanos.
La dobló y la escondió dentro del forro de su vestido.
—Ocampo puede detenernos.
—Puede —dijo Hernán.
—¿Y aun así debemos buscarlo?
—Es el único hombre dentro del Santo Oficio al que Castro ha intentado engañar con una denuncia falsa.
—Eso no lo convierte en amigo.
—No. Lo convierte en una amenaza para nuestro enemigo.
Juan guardó el lacre.
—A veces es suficiente.
* * *
Bartolomé limpió la herida de Melibea.
La hoja había atravesado la carne por encima del omóplato sin alcanzar el hueso, pero el trayecto era profundo. Cada vez que retiraba el paño, la sangre volvía a aparecer.
—Necesita reposo —dijo.
—Reposará en el barco —respondió ella.
—Necesita que un cirujano compruebe si la hoja dejó suciedad dentro.
—No puedo entrar en un hospital.
—Entonces puede morir de fiebre durante la travesía.
Melibea lo miró.
—También puedo morir aquí esta noche.
Bartolomé apretó una compresa contra la herida.
—No confundas valentía con insistir en la peor decisión.
—No la confundo. He tomado muchas decisiones peores.
Cata se arrodilló junto a su madre.
Sostenía una venda limpia, pero las manos le temblaban.
—Déjame hacerlo.
Bartolomé se apartó.
La joven envolvió el hombro y cruzó la tela por debajo del brazo contrario. Había visto a Melibea curar heridas durante años. Conocía la presión necesaria, la forma de inmovilizar sin impedir la respiración y el lugar donde debía quedar el nudo.
—Demasiado fuerte —dijo Melibea.
Cata aflojó un poco.
—Así.
—Todavía aprieta.
—Siempre dices que una venda floja solo sirve para ensuciarse de sangre.
—Eso lo digo cuando la herida es de otra persona.
Cata terminó.
Permaneció arrodillada.
—Podríamos irnos las tres.
Melibea acarició su mejilla con la mano sana.
—No.
—Juan puede llegar solo hasta Ocampo.
—Juan apenas puede caminar y Bartolomé tiene un solo ojo.
—Tengo uno más de los que necesito para encontrarte la boca —gruñó el piloto.
Cata no sonrió.
—No quiero quedarme esperando noticias.
—No te quedarás esperando. Protegerás las pruebas de tu padre y las de Hernán.
—Mencía puede hacerlo.
—Mencía no sabe leer.
—Juan sí.
—Juan tendrá que ocultarse.
Cata apretó los labios.
Melibea le tomó ambas manos.
—Escúchame. Si viajas conmigo y nos capturan, todo termina. Si permaneces aquí, hay una parte de esta historia que Castro no puede alcanzar con un solo golpe.
—¿Y si no vuelves?
Cualquier respuesta honesta habría causado dolor.
Melibea bajó la vista.
—Entonces sabrás qué ocurrió y podrás decidir qué hacer con ello.
—No quiero tus papeles.
—No son míos.
—Tampoco quiero una venganza heredada.
Melibea levantó de nuevo la mirada.
—Mejor.
Cata pareció desconcertada.
—La venganza obliga a los muertos a gobernar a los vivos. No quiero eso para ti.
—Pero tú vas a buscarla.
—Voy a saber por qué mataron a tu padre y a impedir que continúen haciéndolo.
—Eso también es venganza.
—Puede que sí.
Melibea sonrió con tristeza.
—Las madres no siempre ofrecen a sus hijas ejemplos dignos de imitación.
Cata sacó algo de su bolsillo.