Capítulo 10 La lonja de los susurros #3
—No era un criado quien vino a mi casa.
—¿Quién era? —preguntó Hernán.
—No vi su rostro. Llevaba una máscara de terciopelo negro.
—¿El anillo?
—En el meñique izquierdo.
La continuidad de la señal ya no admitía duda.
—¿Podríais reconocer su voz? —preguntó Hernán.
Juan tardó en contestar.
—Sí.
—¿Habéis oído hablar a Amadeo de Castro?
—Una vez. Desde lejos, durante una inspección en el puerto.
—¿Era la misma voz?
El copista miró el sello.
—Podría ser.
—Eso no basta.
—No he dicho que sea él.
—¿Qué podéis afirmar?
Juan respiró hondo.
—Gaspar Arce entregó el modelo y la primera mitad del pago. El hombre de la máscara vino a recoger la copia y quemó el original delante de mí. Arce regresó ayer. Quería saber si había hecho otro dibujo, si conservaba notas o si había hablado con alguien.
—¿Qué respondisteis?
—Que los treinta ducados habían comprado mi memoria.
—No os creyó.
Juan tocó la venda de la cabeza.
—No.
—¿Por qué os dejó vivo?
—Porque oyó ruido en la calle. Sus hombres vigilaban las salidas y pensaban volver.
Bartolomé escupió al suelo.
—No volverán a la casa.
—Vendrán aquí cuando comprendan cómo salió —dijo Juan.
—Entonces no podemos quedarnos —respondió Hernán.
Melibea soltó un gemido cuando Cata ajustó la venda.
—¿Qué encontraste en la lonja? —preguntó.
Hernán mostró las notas.
—Las cartas falsas ya se distribuyen. Gaspar Arce ha retirado tres en nombre de una autoridad que no se identifica. La Santa Bárbara zarpa esta medianoche y todavía no ha recogido la suya.
Bartolomé se aproximó.
—¿Estás seguro?
—Vi el registro y la carta preparada.
—¿La examinaste?
—Tiene la misma legua falsa y una orden para esperar a la balandra.
El viejo leyó los nombres de las naves.
—La Santa Bárbara va a Nombre de Dios.
—Lo sé.
—Su capitán acepta pasajeros discretos.
Melibea levantó la cabeza.
—¿Podemos embarcar?
—Si llegamos antes de que Arce entregue el mapa y antes de que cierren el puerto.
—Después de lo ocurrido en la lonja, buscarán todas las naves —dijo Hernán.
—Buscarán a un cartógrafo herido y a una mujer con el hombro atravesado —respondió Bartolomé—. No a dos fardos de paño.
—No pienso viajar dentro de un fardo —dijo Melibea.
—Entonces tendrás que parecer menos orgullosa.
Juan guardó los fragmentos de sello.
Hernán extendió la mano.
—Necesitamos conservarlos separados.
—¿Por qué?
—Si nos capturan, no deben obtener toda la prueba.
Entregó a Juan el fragmento procedente de la casa de Castro.
Él conservó la gota de lacre del original.
—Llevadlo a padre Jerónimo —dijo Hernán—. Contadle lo que ocurrió. Que prepare una declaración y guarde el sello.
Juan lo miró.
—¿Por qué confiar en un sacerdote?
—Porque acaba de dar sepultura a Lucio.
El copista bajó los ojos.
Había oído hablar del asesinato.
—Lo siento.
Hernán no respondió.
Las palabras ya no podían modificar nada.
—Padre Jerónimo puede llevaros ante Ocampo —continuó—. Solo ante él. No entreguéis el sello a ningún alguacil ni escribano.
—¿Confías en el inquisidor?
—Confío en que Castro intentó utilizar una orden falsa para evitar que Ocampo supiera lo que ocurría.
—No es una respuesta.
—Es lo único que tengo.
Bartolomé fue hasta una abertura del almacén y miró al patio.
—Vienen.
Todos callaron.
Se oían voces detrás de la tapia.
Un hombre preguntaba por Salcedo.
Otro ordenó revisar las puertas.
Cata apagó el fuego utilizado para calentar el agua.
—¿Cuántos? —preguntó Melibea.
—Cuatro, quizá cinco.
Bartolomé señaló una trampilla en el suelo.
—La bodega comunica con la casa vecina.
—¿Y desde allí? —preguntó Hernán.
—Un pasadizo llega hasta un patio de tintoreros. Podemos salir a dos calles de aquí.
Melibea intentó levantarse.
La herida la obligó a apoyarse en Cata.
—Tú vuelves a casa —le dijo a su hija.
—No.
—Cata.
—La casa estará vigilada.
—Entonces irás con Mencía.
—Tampoco.
Los golpes sonaron en la puerta principal.
—¡Abrid!
Melibea agarró el rostro de su hija con la mano sana.
—Escúchame. Hernán y yo debemos salir de Sevilla. Tú te quedarás para proteger los papeles de Íñigo y ayudar a Juan a llegar hasta Ocampo.
—Puedo viajar.
—Lo sé.
—Entonces…
—Precisamente por eso te necesito aquí.
Cata sostuvo la mirada.
No lloró.
Eso hizo más difícil la despedida.
—¿Volverás? —preguntó.
Melibea tardó demasiado en responder.
—Haré todo lo posible.
La puerta recibió otro golpe.
La madera empezó a ceder.
Bartolomé abrió la trampilla.
Un aire húmedo y oscuro ascendió desde la bodega.
—Se acabó el tiempo.
Juan descendió primero.
Cata fue detrás.
Melibea intentó agacharse y palideció.
Hernán la sostuvo por la cintura.
—Despacio.
—No me trates como a una anciana.
—Las ancianas suelen obedecer mejor.
Bartolomé bajó el último.
Hernán cerró la trampilla sobre sus cabezas justo cuando la puerta del almacén se partía.
En la oscuridad de la bodega, Cata tomó la mano de su madre.
Nadie habló mientras avanzaban entre barriles y paredes húmedas.
Detrás, las botas de los hombres de Castro registraban el almacén.
Delante, el pasadizo se dividía.
Un camino llevaba de regreso a Sevilla.
El otro, hacia el río y la Santa Bárbara .