Capítulo 10 La lonja de los susurros #2
—Asunto del Consejo.
—Esta sala está bajo protección de los mercaderes —protestó el escribano—. No podéis detener a nadie sin una orden.
—No estamos deteniendo a nadie.
Dos de sus compañeros se acercaron.
—Solo los invitamos a venir.
Hernán apoyó el bastón contra el pupitre.
—¿Quién formula la invitación?
El hombre lo observó.
—Un amigo que desea recuperar su propiedad.
—La carta ya está en su casa.
La frase salió antes de que Melibea pudiera impedirlo.
El rostro del hombre no cambió.
Pero uno de sus compañeros miró hacia el estante de los tubos.
—Entonces sí es él —dijo.
La mano del hombre de la cicatriz se cerró sobre la empuñadura de su daga.
—Maestro Giráldez, habéis causado muchos inconvenientes.
Las conversaciones cesaron.
Los mercaderes empezaron a apartarse.
Nadie quería quedar atrapado entre un fugitivo y hombres que decían actuar por el Consejo.
—¿Quién sois? —preguntó Hernán.
—Esteban Riaño.
—No figuráis entre los oficiales de la Casa.
—No necesito figurar en ninguna lista.
—Entonces no tenéis autoridad.
Riaño sonrió.
—Tengo suficiente.
Se volvió hacia sus hombres.
—Llevadlos.
Melibea lanzó el tintero.
No contra Riaño.
Contra el candil situado sobre la mesa de Guzmán.
La lámpara cayó y se apagó al golpear el suelo, derramando aceite entre los papeles. El escribano gritó y se agachó para salvar sus libros.
Al mismo tiempo, Hernán empujó el pupitre.
La pesada estructura volcó sobre uno de los hombres. Los mercaderes retrocedieron, chocaron contra los fardos y la sala estalló en gritos.
—¡Fuego! —gritó Melibea.
Todavía no había fuego, pero la palabra bastó.
Los hombres corrieron hacia las puertas. Las cajas cayeron, las mesas se desplazaron y las monedas rodaron por el suelo.
Hernán agarró a Melibea del brazo.
—El patio.
Corrieron hacia la puerta lateral.
Uno de los hombres intentó cerrarles el paso. Melibea sacó el cuchillo y trazó un arco delante de su rostro. No buscó herirlo. Lo obligó a retroceder.
Riaño apareció detrás.
—¡No los matéis! ¡Castro los quiere vivos!
El nombre se oyó con claridad.
Demasiados testigos lo escucharon.
Riaño comprendió el error. La ira le deformó el rostro.
—¡Detenedlos!
Hernán llegó a la puerta del patio.
Estaba cerrada.
Metió el hombro derecho contra la madera. El dolor le atravesó el brazo, pero el pestillo resistió.
—Aparta —dijo Melibea.
Levantó una banqueta y la estrelló contra la cerradura.
La madera se abrió.
Salieron a un patio lleno de cajas, cántaros y carros pequeños. Al fondo había un arco que comunicaba con un callejón.
Un hombre les cortó el paso.
No pertenecía al grupo de Riaño. Vestía como cargador, pero sostenía un garrote y esperaba junto a la salida.
Melibea se lanzó hacia él.
El hombre amagó con el garrote y giró en el último instante. La madera golpeó el hombro derecho de Melibea.
Ella cayó contra un carro.
Hernán oyó el impacto.
—¡Melibea!
El cargador levantó de nuevo el arma.
Hernán utilizó el bastón.
No trató de golpear la cabeza. Introdujo el extremo entre las piernas del hombre y tiró con ambas manos. El atacante perdió el equilibrio y cayó de espaldas.
Hernán le golpeó la muñeca hasta que soltó el garrote.
Riaño entró en el patio.
Llevaba la daga desenvainada.
—Se acabó.
Melibea se incorporó.
Tenía el rostro pálido y una mano apretada contra el hombro. Entre los dedos aparecía sangre.
El garrote no había causado aquella herida.
Una hoja corta sobresalía de la parte posterior del mantón.
El hombre la había apuñalado durante el golpe.
—Corre —dijo ella.
Hernán miró la distancia hasta el callejón.
No conseguiría cargar con ella y escapar de Riaño.
Tomó una caja de barro del carro y la arrojó contra el suelo.
Los cántaros se rompieron.
El contenido se extendió por las losas.
Aceite.
Riaño dio un paso y resbaló. La daga cayó de su mano. Hernán recogió el garrote y lo golpeó en el antebrazo.
El hombre gritó.
Melibea alcanzó el arco.
Hernán fue detrás.
Atravesaron el callejón y salieron a una calle llena de vendedores. Se mezclaron con la multitud sin correr durante los primeros pasos. Después doblaron una esquina y aceleraron.
—Déjame ver la herida —dijo Hernán.
—Cuando no puedan vernos.
—Estás perdiendo sangre.
—Y tú estás hablando demasiado.
La fuerza de la respuesta no ocultaba su debilidad.
Llegaron a un patio de vecinos. Melibea conocía a una mujer que vendía pescado en la entrada. Le entregó una moneda y señaló la escalera.
—Solo cruzamos.
La mujer vio la sangre y no hizo preguntas.
Subieron hasta la azotea.
Hernán tuvo que ayudar a Melibea en los últimos peldaños. El hombro derecho colgaba más bajo que el izquierdo y cada movimiento le arrancaba una respiración breve.
Cruzaron tres tejados.
No saltaron.
Utilizaron pasarelas de madera, escaleras compartidas y terrazas comunicadas. En el Arenal, las casas guardaban caminos que no figuraban en las calles.
Descendieron detrás de una tahona.
El olor a pan caliente llenaba el patio.
—El almacén de Salcedo está cerca —dijo Melibea.
—No sabemos si Bartolomé ha conseguido entrar.
—Precisamente por eso iremos.
—También puede estar vigilado.
—Todo está vigilado.
Hernán recordó las palabras del viejo.
Una ruta sin piloto no era más que otra forma de perderse.
Apoyó el brazo de Melibea sobre sus hombros.
—Camina.
—No necesito que me cargues.
—No te cargo. Impido que te caigas.
—Es una diferencia pequeña.
—Una legua también lo era.
Melibea soltó una risa que terminó en una mueca.
* * *
El almacén de Salcedo ocupaba la planta baja de una casa de curtidores.
Las pieles colgaban desde las vigas y llenaban el aire de un olor ácido. El propietario no estaba. La puerta del patio permanecía cerrada, pero una contraventana se abrió cuando Melibea dio dos golpes y uno más suave.
Cata apareció detrás.
—Madre.
Vio la sangre.
Abrió de inmediato.
Bartolomé esperaba dentro con una espada corta en la mano.
—¿Os siguieron?
—No lo sé —respondió Hernán—. Cierra.
La puerta quedó atrancada.
—¿Dónde está Juan? —preguntó Melibea.
Cata señaló el fondo.
El copista estaba sentado sobre un rollo de pieles. Tenía una venda alrededor de la cabeza y una mancha de sangre seca en la camisa. Era un hombre pequeño, encorvado y de cabello casi blanco.
Hernán lo reconoció pese a los años.
—Juan.
El copista levantó la vista.
—Hernán Giráldez.
La voz era débil, pero conservaba algo de la insolencia de otros tiempos.
—Has envejecido.
—Tú también.
—Yo tengo excusa. Me han golpeado.
Cata condujo a Melibea hasta una mesa.
Bartolomé cortó el mantón alrededor de la herida. La hoja había entrado por la parte alta de la espalda y salido junto al hombro, sin quedarse dentro. Sangraba, pero Melibea podía mover los dedos.
—No parece haber alcanzado el hueso —dijo el viejo.
—Eso dijo ella de mi brazo —respondió Hernán.
—Entonces ahora podéis formar una cofradía.
Cata calentó agua mientras Bartolomé presionaba la herida con lino.
Hernán se volvió hacia Juan.
—¿Cómo salisteis?
—Tu muchacha entró por la pared.
—No es mi muchacha —dijeron Melibea y Cata al mismo tiempo.
Juan sonrió.
—Después el ciego prendió fuego a unas pieles en el patio. Los hombres de la calle corrieron hacia el humo y yo pasé por el hueco.
Bartolomé gruñó.
—No estoy ciego.
—Te falta la mitad de la vista.
—Y a ti la mitad del juicio.
Hernán se arrodilló frente al copista.
—Necesito saber quién encargó la carta.
Juan perdió la sonrisa.
Miró a Bartolomé, después a Cata y finalmente a Melibea, que apretaba los dientes mientras limpiaban la herida.
—¿La conservas? —preguntó.
—Sí.
—Entonces no encontraron todo.
—¿Guardasteis algo?
Juan metió la mano bajo la camisa.
Sacó un pequeño envoltorio de tela.
Dentro estaba la gota de lacre que había recogido de las cenizas del original en el prólogo.
El sello aparecía incompleto, pero se distinguía una torre y, alrededor, tres pequeñas aves.
—Cayó al suelo cuando quemaron el mapa —explicó—. La escondí porque pensé que alguna vez necesitaría demostrar que el original llevaba sello oficial.
Hernán sacó la regla de boj y extrajo el fragmento de cera recogido por Cata en el embarcadero de Castro.
Colocó ambos restos juntos.
El relieve coincidía.
La misma torre.
Las mismas tres figuras.
—El sello del anillo —dijo Cata.
Juan la miró.
—¿Lo has visto?
—En la mano de un criado de Castro.