Capítulo 10 La lonja de los susurros
La actividad mercantil se extendía desde las gradas de la catedral hasta las calles próximas al río.
E n los días de calor, los corredores de los mercaderes ocupaban soportales, almacenes y salas alquiladas donde pudieran discutir precios sin asarse bajo el sol.
A una de aquellas dependencias, situada detrás de la calle de Génova, todos la llamaban la lonja, aunque no fuera más que un edificio ancho con columnas de piedra, un entresuelo de escribanos y varias puertas que daban a patios distintos.
Hernán observó la entrada desde la sombra de un soportal.
Entraban tratantes de lana, factores de compañías italianas, cargadores, corredores y criados con carpetas bajo el brazo. Nadie comprobaba sus nombres. La vigilancia se reservaba para los almacenes, no para una sala donde los hombres acudían voluntariamente a dejar su dinero.
Melibea se ajustó el velo.
Había cambiado el vestido oscuro de la noche anterior por uno de paño pardo y llevaba un rosario entre los dedos. Parecía una viuda respetable que acudía a reclamar una deuda, no la dueña de una casa del Arenal perseguida por hombres de Amadeo de Castro.
—No cojees tanto —dijo.
—No lo hago por llamar la atención.
—Pues consigue que parezca intencionado.
Hernán apretó el bastón.
Bartolomé se había separado de ellos dos calles antes. El viejo piloto y Cata debían dirigirse al almacén del curtidor Salcedo para intentar sacar a Juan de la Cruz por el hueco de la pared.
Melibea no había vuelto a prohibírselo a su hija.
Tampoco había aceptado su participación.
Se limitó a entregarle un cuchillo y a ordenarle que obedeciera a Bartolomé.
—Entramos, copiamos lo necesario y salimos —dijo—. Nada de robar tubos ni cargar con una carta que todos reconocerán.
Hernán la miró.
—Eso pensaba hacer.
—Anoche también pensabas que podías saltar tejados con un tobillo torcido.
—Salté.
—Y ahora caminas con un palo.
Cruzaron la calle.
El interior de la lonja estaba lleno de voces. Los corredores gritaban precios desde las mesas; los mercaderes discutían en castellano, portugués, italiano y flamenco; las plumas raspaban el papel sin descanso. Olía a lana húmeda, pimienta, cuero, sudor y cera.
En el centro se amontonaban fardos de tela y cajas de muestras. Al fondo, tres escalones conducían al entresuelo donde los escribanos registraban contratos, recibían relaciones de carga y entregaban copias de precios y derrotas a capitanes y pilotos.
Melibea señaló sin mirar.
—Guzmán es el calvo de las gafas.
El escribano ocupaba una mesa junto a la pared. Tenía unos cincuenta años, dedos amarillentos por la tinta y unas lentes redondas sujetas detrás de las orejas. A su espalda había estantes con legajos y varios tubos de cuero.
—¿Cómo consigues apartarlo? —preguntó Hernán.
—Hablando de dinero.
—Creí que le interesaban otras cosas.
—Esas sirven para que escuche. El dinero hace que se levante.
Avanzaron entre la multitud.
Hernán ocultaba la venda del brazo bajo una manga ancha.
Se había teñido el cabello con carbón diluido y llevaba una barba postiza, corta y desigual, preparada por una de las mujeres de la casa.
No esperaba que resistiera un examen cercano.
Solo necesitaba evitar que lo reconocieran desde la entrada.
Melibea llegó hasta la mesa.
—Señor Guzmán.
El escribano levantó los ojos.
Tardó un instante en reconocerla bajo el velo.
—Doña Melibea.
Su sonrisa mostró dientes amarillentos.
—No esperaba verla tan temprano.
—Los acreedores no suelen dormir bien.
—¿Qué puedo hacer por vos?
Melibea depositó un recibo sobre la mesa.
—Mi difunto marido dejó una participación en una carga de paños embarcada hacia Nombre de Dios. El corredor afirma que el precio de venta cayó durante la última flota y pretende pagarme la mitad de lo acordado.
Guzmán tomó el papel.
—¿Qué nave?
—La Nuestra Señora del Rosario .
El nombre había sido elegido por Bartolomé. La nave existía y había realizado el trayecto, pero Melibea no poseía participación alguna en su carga.
—Necesitaré consultar las relaciones de precios —dijo Guzmán.
—Y las fechas de llegada. El corredor asegura que la nao entró después de la feria.
—Un momento.
El escribano abandonó la mesa y se dirigió hacia un armario del otro extremo.
Melibea se sentó en la banqueta, ocupando el lugar desde el que podía vigilarlo.
Hernán se acercó a un pupitre lateral.
Sobre él había un libro abierto.
No contenía precios, sino entregas de documentos a pilotos. Cada línea indicaba el nombre de una nave, el del maestre o piloto, la fecha y el tipo de carta recibida.
Hernán pasó una página.
Reconoció la rúbrica utilizada en los documentos de la Casa.
—Tres minutos —dijo Melibea sin mirarlo.
Hernán recorrió las entradas.
San Jerónimo. Carta general del mar Océano y suplemento de Tierra Firme.
Nuestra Señora del Rosario. Carta general y correcciones de costa.
Santa Clara. Derrotero complementario para Nombre de Dios.
Las tres habían recibido documentos durante los últimos cuatro días.
En el margen, junto a cada entrega, aparecía una letra diminuta: una C atravesada por una línea.
La misma abreviatura que Íñigo había utilizado al marcar partidas relacionadas con Castro.
Hernán sacó un trozo de papel oculto en la manga y empezó a copiar los nombres.
No podía demostrar que la marca significara Castro, pero alguien había señalado aquellas entregas de forma distinta a las demás.
Siguió leyendo.
La Santa Bárbara figuraba cinco líneas más abajo.
Salida prevista: medianoche del día presente.
En la columna correspondiente a la carta complementaria había un espacio en blanco.
Todavía no se la habían entregado.
Hernán levantó la vista.
En el estante situado detrás de la mesa de Guzmán había un tubo con una etiqueta:
S. Bárbara. Tierra Firme.
El documento estaba preparado, pero no recogido.
Eso explicaba la urgencia.
Si conseguían embarcar antes de que el piloto recibiera aquella carta, viajarían en una nave que aún conservaba el derrotero antiguo.
—Dos minutos —murmuró Melibea.
Hernán pasó otra página.
El libro incluía una columna de responsables de entrega. Las tres cartas marcadas con la C habían sido autorizadas por el mismo oficial:
Gaspar Arce, por mandato superior.
Arce no era escribano.
No ocupaba puesto conocido en la Casa.
Sin embargo, había retirado documentos oficiales en nombre de alguien cuya identidad no se consignaba.
Hernán copió la línea.
Después examinó el tubo de la Santa Bárbara .
No podía llevárselo sin que todos advirtieran la ausencia. Necesitaba ver la carta y devolverla.
Guzmán seguía junto al armario, discutiendo con un ayudante sobre un legajo.
Hernán rodeó la mesa.
Deslizó el tubo fuera del estante y lo colocó sobre el pupitre, oculto tras un libro abierto.
Retiró la tapa.
La vitela estaba enrollada sin sello exterior. La autorización se encontraba en el propio documento.
La desenrolló solo lo necesario.
Santa María del Mar apareció junto al borde.
Hernán colocó discretamente sobre el mapa la tira de papel donde había marcado la distancia antigua.
La cala estaba desplazada una legua al sur.
La misma falsificación.
No era una carta aislada.
El Consejo había comenzado a distribuir copias.
Junto al punto alterado había una pequeña señal en forma de media luna. No figuraba en el mapa que llegó a su taller.
Hernán la copió.
Más abajo aparecía una instrucción:
Al reconocer costa baja en la derrota indicada, aguárdese señal de embarcación autorizada antes de proseguir.
Aquella frase convertía en orden oficial el procedimiento descrito por Treviño y Bartolomé.
El piloto debía llegar hasta la posición falsa.
Después debía esperar a la balandra.
Hernán sintió que las piezas encajaban con una precisión repugnante.
—Ya —dijo Melibea.
Guzmán regresaba.
Hernán enrolló la carta, la introdujo en el tubo y lo devolvió al estante.
Cuando volvió al pupitre, el escribano colocaba un libro de precios delante de Melibea.
—La Rosario llegó antes de la feria —explicó—. El corredor os miente.
—Eso sospechaba.
Guzmán señaló varias cifras.
—Aquí tenéis el valor medio de los paños en Nombre de Dios. Podéis exigir el pago completo.
Melibea acercó el rostro al libro.
—¿Podríais hacerme una certificación?
—Naturalmente. Tendrá un coste.
—Todo lo tiene.
Mientras Guzmán preparaba una hoja, Hernán retrocedió hacia la multitud.
Habían obtenido lo que necesitaban.
La falsificación se distribuía en serie.
Gaspar Arce retiraba las cartas.
La Santa Bárbara zarparía aquella noche y aún no había recibido la suya.
Solo faltaba salir.
Entonces vio al hombre de la cicatriz.
Estaba junto a la entrada.
No llevaba insignia ni uniforme. Vestía un jubón oscuro y mantenía una mano apoyada sobre el cinto. La cicatriz le cruzaba la mejilla derecha desde el pómulo hasta la mandíbula.
Hernán no lo había visto en el taller.
Pero reconoció la forma de mirar.
No observaba mercancías ni buscaba a un mercader.
Contaba salidas.
Otro hombre apareció junto a la puerta lateral.
Un tercero se situó cerca del patio.
La lonja tenía tres accesos.
Los tres estaban cubiertos.
Hernán volvió la cabeza hacia Melibea.
Ella seguía conversando con Guzmán, pero sus ojos habían encontrado ya al hombre de la cicatriz.
La mano derecha desapareció bajo el mantón.
Hernán negó apenas.
Una pelea en una sala llena de testigos no los ayudaría.
Melibea comprendió.
Sonrió al escribano.
—Esperaré la certificación mañana.
—Puedo tenerla antes del mediodía.
—Entonces mi criado pasará a recogerla.
Se levantó.
El hombre de la cicatriz avanzó.
—Doña Melibea Grijalva.
El murmullo de la lonja disminuyó alrededor de ellos.
Melibea se volvió con expresión de sorpresa.
—¿Nos conocemos?
—Gaspar Arce desea hablar con vos.
—Entonces Gaspar Arce puede venir a mi casa como cualquier otro hombre.
—No será necesario.
El desconocido miró a Hernán.
La barba postiza había empezado a despegarse junto a la mejilla por el sudor.
—Vuestro criado también debe acompañarnos.
—No es mi criado.
—Eso no mejora su situación.
Guzmán se levantó.
—¿Qué ocurre aquí?
El hombre de la cicatriz sacó un pliego.
No lo mostró.