Capítulo 9 La taberna del ciego #2
—He visto a Castro una vez, durante una inspección en el puerto. El hombre de La Espera tenía su estatura, pero eso no prueba nada.
—¿Qué hizo?
—Habló con el maestre de la Santa Lucía . Después ordenó que nos expulsaran del fondeadero.
—¿Por qué no os mataron?
—Porque no habíamos visto todavía la carga.
—Pero la visteis después.
Bartolomé asintió con lentitud.
—La tormenta nos obligó a permanecer cerca. Al amanecer, mientras cosíamos la vela mar afuera, llegó una embarcación sin pabellón. Entró por el canal y descargó barriles pequeños.
—¿Qué contenían?
El viejo se quedó mirando la jarra.
—Oro.
La palabra apenas fue un susurro.
—¿Monedas? —preguntó Melibea.
—Lingotes. Algunos llevaban marcas reales raspadas. Uno de los barriles cayó desde la pasarela y se abrió. Vi dos piezas antes de que los hombres las cubrieran.
—¿De dónde procedían?
—No podía saberlo.
—Llanos transportó doce cajas desde los depósitos de Hacienda —dijo Hernán—. Declaradas como clavos y herramientas.
—Entonces ya lo sabes.
—Sé que sacaban oro de los registros oficiales. No sé qué hacían con él después.
Bartolomé levantó el ojo hacia Hernán.
—Lo cargaban en naves pequeñas. Algunas navegaban hacia el norte, quizá a Cartagena. Otras seguían hacia poniente.
—¿Para sacarlo de los dominios de la Corona?
—O para volver a introducirlo con otra procedencia. El contrabando no siempre evita los puertos. A veces entra en ellos vestido con papeles nuevos.
Melibea señaló la carta.
—¿Juan sabía qué dibujaba?
—Juan nunca pregunta el propósito de un mapa.
—Eso no responde.
—Conocía la costa. Yo mismo le describí ese fondeadero años antes.
Hernán sintió que algo se ordenaba.
—Entonces el mapa de Íñigo pudo proceder de vos.
—Pudo.
—¿Le encargasteis a Juan que lo dibujara?
—Le pedí un bosquejo después del viaje de la Santa Lucía . Quería conservar la entrada por si alguna vez necesitaba demostrar lo que había visto.
—¿Y cómo llegó a manos de Íñigo Grijalva?
Bartolomé guardó silencio.
Melibea se levantó.
—Fuiste tú.
El viejo no la miró.
—Íñigo vino a verme.
—Nunca me lo dijo.
—Porque te estaba protegiendo.
—No utilices esa palabra.
La voz de Melibea se volvió baja y peligrosa.
Bartolomé apretó la jarra.
—Había encontrado pagos relacionados con naves que recalaban fuera de ruta. Buscaba a alguien que hubiera visto uno de esos lugares.
—¿Le entregaste el mapa?
—Una copia.
—Y después lo mataron.
—No fui yo quien lo envió al Consejo.
—Pero le diste la prueba que lo llevó hasta ellos.
Hernán observó a Melibea.
La rabia no estaba dirigida solo a Bartolomé. También a Íñigo, por haber compartido su investigación con otros y haberle reservado a ella la parte que consideraba menos peligrosa.
—¿Quién sabía que habías hablado con él? —preguntó Hernán.
—Juan.
—¿Alguien más?
—El maestre de la Santa Lucía . Murió en Veracruz al año siguiente.
—¿Nombre?
Bartolomé bebió antes de responder.
—Gonzalo Berrocal.
Hernán guardó el nombre.
—¿Murió realmente?
—Eso me dijeron.
—¿Visteis el cuerpo?
El viejo sonrió sin humor.
—Empiezas a parecerte a tu archivero.
—Zamora tiene la costumbre de desconfiar de los muertos que nadie ha visto.
—Una costumbre saludable.
Melibea volvió a sentarse.
—Juan puede identificar a quien encargó la carta falsa.
—Si vio su rostro.
—Lo suficiente para reconocer el anillo.
Bartolomé negó.
—Juan reconoce voces, manos y maneras de pagar. Nunca mira demasiado las caras de los clientes.
—Entonces necesitamos sacarlo de su casa antes de que Castro descubra que el mapa del humilladero es una copia —dijo Hernán.
—Ya lo habrá descubierto.
—No necesariamente. Si quien lo examinó no midió la distancia…
—El hombre que pagó por mover una cala una legua medirá cualquier carta que llegue a sus manos.
La afirmación era indiscutible.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Melibea.
—Poco.
Bartolomé se levantó.
Al hacerlo pareció más alto. La curvatura de la espalda no era tanta como sugería cuando estaba sentado.
—¿Adónde vas? —preguntó Melibea.
—A buscar mi capa.
—Has dicho que no ibas a ayudarnos.
—He dicho que no iba a navegar hasta La Espera.
—No es lo mismo.
—Juan me debe tres reales y una disculpa. No pienso permitir que lo maten antes de cobrar.
Hernán recogió los papeles.
—La entrada trasera de su casa comunica con un almacén de curtidores.
Bartolomé asintió.
—El de Salcedo.
—¿Lo conocéis?
—Conozco el hueco por donde Juan entregaba los mapas que no quería registrar.
—Melibea dice que solo cabe una persona delgada.
—Eso era antes. Hace dos años retiramos dos ladrillos para pasar una caja.
—¿Podemos entrar?
—Si Salcedo no ha cerrado el almacén con un muro nuevo.
Melibea miró el tobillo de Hernán.
—Tú no puedes arrastrarte por un hueco.
—Puedo.
—No.
—Juan me conoce.
—También conoce a Bartolomé.
El viejo se colocó una capa raída.
—Entraremos Cata y yo.
Melibea lo miró como si acabara de insultarla.
—Cata no irá.
—Entonces tú. Pero el cartógrafo no pasará con esa pierna.
—No necesito permiso para decidirlo.
—No —respondió Bartolomé—. Necesitas espacio. Y el hueco no lo tiene.
Hernán guardó el dibujo de las cinco alturas.
—Antes de ir necesito una carta actual de la flota.
Melibea frunció el ceño.
—¿Ahora?
—El mapa que llegó a mi taller debía copiarse para los pilotos. Si otra versión ya está circulando, necesito saber qué ruta se ha distribuido y qué barcos pueden haber recibido instrucciones.
Bartolomé se detuvo.
—¿Dónde conseguirás una?
—En la Lonja.
—La Lonja estará vigilada.
—Todo está vigilado.
—Eso no convierte en inteligente entrar.
Melibea miró a Hernán.
—Guzmán conserva una copia de los derroteros de este año.
—También puede saber qué naves han solicitado cartas nuevas —añadió Hernán—. Necesito los nombres antes de que zarpen.
—Mientras perdemos tiempo, Juan sigue rodeado.
—Si lo sacamos sin saber adónde llevarlo ni qué barcos participan, solo trasladaremos el peligro.
Bartolomé mascó la respuesta.
—Primero la Lonja —decidió Melibea—. Después iremos al almacén de Salcedo.
—¿Y si no salimos de la Lonja? —preguntó el viejo.
—Entonces tú sacarás a Juan.
—No me gusta que repartas mi vida como una baraja.
—Es la única forma de que alguna carta quede sobre la mesa.
Bartolomé se dirigió a la cortina.
—Esperad.
Fue hasta la barra y regresó con un pequeño estuche de madera.
Lo abrió.
Dentro había una ballestilla corta, dos tablillas transversales y varias reglas marcadas con divisiones.
—Era de Llanos —dijo.
Hernán lo miró con sorpresa.
—¿Cómo llegó a vos?
—Me la entregó antes de morir.
—Entonces hablasteis con él después del viaje del San Telmo .
—Sí.
—¿Por qué no lo dijisteis?
—Porque cada respuesta os hace formular dos preguntas.
Sacó una de las tablillas.
En uno de sus bordes había cinco pequeñas muescas.
Hernán colocó al lado la copia de los ángulos.
Coincidían en número, no en forma.
—¿Qué significan?
—Llanos utilizaba estas marcas para recordar qué pieza había empleado en cada observación. Las cinco alturas de tu papel fueron tomadas con esta ballestilla.
—¿Podemos reconstruirlas?
—Con las tablas del año, la fecha y un cielo parecido. No con exactitud, pero sí lo suficiente para confirmar la banda de latitud.
—¿Por qué os la dio?
—Dijo que el instrumento guardaba el camino si alguien sabía leerlo.
Las palabras de la carta adquirieron un sentido nuevo.
Cinco estrellas guardan el camino.
No solo las estrellas.
También el instrumento con que Llanos las había medido.
—Llevadla —dijo Bartolomé.
Hernán no tomó el estuche.
—Puede que la necesitemos en el viaje.
—Eso acabo de decir.
—Habéis dicho que no vendríais.
El viejo se ajustó la capa.
—También he dicho que no pensaba morir con un arcabuz en el pecho. Un hombre puede cambiar de opinión sobre la forma.
Melibea lo estudió.
—¿Vienes?
—Primero sacaré a Juan. Después decidiré si vuestra locura merece cruzar el océano.
Hernán recibió el estuche.
La madera estaba pulida por años de uso y olía a sal.
Aquel objeto no proporcionaba una coordenada exacta ni una ruta segura. Solo una serie de observaciones, una franja probable y la memoria de los hombres que habían navegado allí.
Pero era más de lo que tenían antes de entrar en la taberna.
Bartolomé apartó la cortina.
La luz de la mañana comenzaba a filtrarse por los postigos de El Perro Bermejo. Los marineros dormidos seguían sobre las mesas y el jugador de dados continuaba lanzando contra la pared, ajeno a los mapas y al oro.
—Quince leguas al sur de Santa María del Mar —dijo Hernán mientras guardaba el estuche bajo la capa—. Dos lomas bajas. Canal junto a la del norte. Arrecife, banco de arena, palmera partida y roca blanca.
Bartolomé asintió.
—Eso te llevará hasta la entrada.
—¿Y después?
El viejo abrió la puerta.
—Después necesitarás que los guardas no te vean llegar.