Capítulo 9 La taberna del ciego
El Perro Bermejo olía a vino derramado, humo viejo y pescado en salazón.
A aquella hora de la mañana, la mayoría de las tabernas del Arenal lavaban el suelo y expulsaban a los últimos borrachos.
En aquella, sin embargo, la noche parecía no terminar nunca.
Tres marineros dormían con la cabeza apoyada sobre una mesa.
Un cuarto arrojaba dados contra la pared mientras el tabernero removía con un palo las brasas del hogar.
Melibea entró sin llamar.
Hernán la siguió apoyándose en el bastón.
El camino desde la casa no había sido largo, pero el tobillo le ardía dentro del vendaje. Cada irregularidad del empedrado parecía clavársele en la pierna. El brazo izquierdo permanecía pegado al cuerpo y el hombro derecho protestaba bajo la capa prestada.
Aun así, lo que más pesaba era el cansancio.
No recordaba haber dormido desde que encontró la legua falsa.
El tabernero alzó la vista.
Era un hombre calvo, de cuello grueso y nariz surcada por venas rojas. Reconoció a Melibea, dirigió una breve mirada a Hernán y señaló con la barbilla una cortina de arpillera situada al fondo.
—Lleva despierto desde ayer —dijo.
—Eso no es ninguna novedad —respondió ella.
—Esta vez tampoco ha dejado de beber.
—Eso sí sería una novedad.
Melibea apartó la cortina.
Detrás había una mesa pequeña, dos banquetas y un hombre encorvado sobre una jarra.
Bartolomé Cruces debía de rondar los setenta años, aunque el sol, la sal y el alcohol le habían añadido otros diez.
Tenía el rostro curtido, la barba gris mal cortada y unas manos grandes, llenas de cicatrices.
El ojo derecho permanecía cerrado bajo un párpado hundido y atravesado por una línea blanca.
El izquierdo, gris y vivo, se clavó en Hernán en cuanto entró.
—El cartógrafo —dijo.
No era una pregunta.
Hernán se detuvo.
—¿Nos esperabais?
—A ella, sí. A ti te esperaba media Sevilla.
Bartolomé señaló la banqueta.
—Siéntate. Me pone nervioso ver a un hombre cojo fingiendo que no lo está.
Hernán obedeció.
Melibea permaneció de pie.
—Necesitamos que mires unos papeles.
—Necesitáis muchas cosas. Yo necesito que alguien llene esta jarra.
Melibea sacó una moneda y la dejó sobre la mesa.
Bartolomé la cubrió con la mano antes de que terminara de sonar.
—Eso compra vino.
—También compra atención.
—La atención vale más.
—Entonces considéralo un adelanto.
El viejo guardó la moneda.
—Enséñame qué habéis traído.
Hernán sacó primero la pequeña carta conservada por Íñigo Grijalva. No era el documento falso de la Casa, sino el bosquejo antiguo donde aparecía una cala sin nombre entre dos elevaciones de piedra.
Lo extendió sobre la mesa.
Bartolomé no lo tocó.
Acercó el único ojo al papel y siguió la línea de costa con movimientos lentos de la cabeza.
—¿Quién lo dibujó?
—Juan de la Cruz.
Hernán señaló las tres incisiones del margen.
El viejo observó la marca.
—Es suya.
—¿Lo conocéis?
—Me copió más derroteros de los que pienso confesar delante de Dios.
—¿Cartas privadas?
—Cartas que un piloto necesita y un funcionario no entiende por qué debería tener.
Melibea se sentó.
—¿Reconoces la costa?
Bartolomé tardó en responder.
Pasó un dedo por encima del papel sin llegar a tocarlo. Se detuvo sobre las dos elevaciones dibujadas junto a la entrada.
—Puede ser cualquier lugar entre Nombre de Dios y el cabo de la Vela.
—No lo es —dijo Hernán—. Está quince leguas al sur de Santa María del Mar.
El ojo gris se levantó hacia él.
—¿Quién te ha dado esa distancia?
—La escala del dibujo.
—Las escalas mienten.
—También los hombres. Por eso os lo preguntamos a vos.
Bartolomé apoyó la espalda contra la pared.
—Quince leguas al sur de Santa María —repitió—. Siguiendo la costa, no en línea recta.
—Siguiendo la costa.
—Entonces sé cuál es.
Melibea no mostró satisfacción.
—Dinos el nombre.
—Ya lo sabéis.
—Quiero oírtelo.
El viejo tomó la jarra y bebió.
—La Espera.
Hernán sintió que el nombre adquiría por fin un peso material.
No era una anotación en el margen ni el recuerdo de un muerto.
Un piloto vivo reconocía el lugar.
—¿Habéis entrado? —preguntó.
Bartolomé dejó la jarra.
—Una vez.
—¿Cuándo?
—Hace dos años.
—¿En qué nave?
—La Santa Lucía . Una urca pequeña que llevaba paños, herramientas y vino hacia Nombre de Dios.
—¿Por qué os acercasteis a la cala?
—Una tormenta nos empujó hacia tierra. Perdimos parte de la vela mayor y el maestre creyó conocer un fondeadero donde reparar.
—¿Lo conocía?
—Eso dijo.
—¿Quién era?
Bartolomé lo miró.
—No preguntes nombres que no necesitas todavía.
—Quizá sí los necesite.
—Si sobrevives al viaje, tendrás tiempo de coleccionarlos.
Melibea apoyó los codos en la mesa.
—Cuéntale lo que viste.
El viejo mascó el interior de la mejilla.
—La entrada apenas se distingue desde el mar. Dos lomas bajas de piedra oscura, separadas por un canal estrecho. A la distancia parecen una sola elevación. Hay un arrecife al norte y un banco de arena al sur. Quien intente entrar por el centro sin conocer el paso perderá el timón o abrirá el casco.
—¿Dónde está el canal seguro? —preguntó Hernán.
—Más cerca de la loma septentrional de lo que parece prudente. Hay que avanzar hasta que una palmera partida quede alineada con una roca blanca del interior.
Hernán repitió la imagen mentalmente.
—¿Una palmera partida por un rayo?
Bartolomé lo observó con atención.
—Así era cuando la vi.
—Llanos también la mencionó.
—Entonces Llanos entró.
—Sí.
—Y no salió con la boca cerrada.
—Murió ocho meses después.
Bartolomé bebió de nuevo.
—Los secretos de mar tardan en matar, pero no olvidan.
Hernán desplegó la copia de los cinco ángulos.
—Pedro de Llanos dejó esto en el margen de su diario.
El viejo acercó el candil.
Las líneas eran simples: cinco pequeños ángulos trazados con diferente abertura y orientación. Cata los había copiado antes de que Castro retirara el cuaderno del archivo.
Bartolomé frunció el ceño.
—¿Dijo qué eran?
—Escribió que cinco estrellas guardaban el camino.
El piloto tomó el papel.
Lo giró.
Después lo puso en posición vertical y lo acercó al ojo sano.
—No es un mapa del cielo.
—¿Qué es?
—Una memoria de alturas.
—¿Alturas de cinco estrellas?
—Probablemente.
—¿Cuáles?
—Eso no puede saberse por estas marcas.
Hernán sintió una primera decepción.
—Entonces no sirven.
—No he dicho eso.
Bartolomé colocó el papel sobre la mesa.
—Un piloto puede medir la altura de una estrella sobre el horizonte con astrolabio o ballestilla. Una sola observación da una referencia, pero el movimiento de la nave, las nubes y la torpeza del hombre introducen error.
—Lo sé.
—Llanos debió de tomar varias alturas de astros diferentes y guardar solo los ángulos. No quería escribir nombres ni cifras que otro pudiera entender.
—¿Permiten obtener la posición?
—Una franja aproximada de latitud. No un punto exacto.
—¿Cuánto error?
—Depende del instrumento y del mar. Suficiente para buscar durante horas una entrada que está delante de tus ojos.
Hernán observó las cinco líneas.
La explicación encajaba con la advertencia editorial que la propia investigación les imponía: el cielo podía aproximarlos al lugar, pero no sustituir los accidentes de la costa.
—Las estrellas confirman la zona —dijo—. Las lomas, el arrecife y la palmera identifican la entrada.
—Exacto.
Bartolomé señaló la primera marca.
—Esta parece tomada de un astro bajo al norte. Podría ser la Polar, aunque demasiado próxima al horizonte para medirla con comodidad en esas latitudes. Las otras quizá sean alturas tomadas al amanecer o al anochecer. Sin la fecha y la hora no podrás reconstruirlas con seguridad.
—El diario indica 22 de agosto.
El ojo del viejo se iluminó.
—Eso ayuda.
—¿Podríais reconocer qué estrellas eran?
—Con tablas, tiempo y un cielo despejado, quizá. Pero seguirías obteniendo una latitud aproximada.
—Me basta.
—No debería.
Bartolomé empujó el papel hacia él.
—Escucha bien. Los cartógrafos confían demasiado en que el mundo obedece a sus líneas.
Una costa cubierta de manglar cambia con las lluvias.
Un banco se mueve. Una palmera cae. El arrecife permanece, pero las olas lo ocultan según la marea.
Esas cinco observaciones no te llevarán hasta el embarcadero.
Solo te impedirán buscarlo a cien leguas de distancia.
—¿Qué me llevará hasta él?
—Un hombre que haya entrado antes.
Melibea comprendió antes que Hernán.
—Tú.
Bartolomé se rio.
Fue un sonido breve y áspero.
—No.
—Acabas de decir que necesitamos un piloto.
—Necesitáis uno que quiera morir.
—No seas teatral —dijo Melibea—. Llevas años bebiendo como si ya hubieras decidido hacerlo.
—Morir sentado es distinto de morir con un arcabuz en el pecho.
Hernán recogió la pequeña carta.
—No os pedimos que vengáis.
—Todavía.
—Solo que nos indiquéis la ruta.
—Una ruta sin piloto no es más que otra forma de perderse.
—Podéis dibujarla.
—Y vosotros podéis entregar el dibujo al primer hombre que os corte los dedos.
Melibea se inclinó.
—Juan de la Cruz está vigilado.
La burla desapareció del rostro del viejo.
—¿Desde cuándo?
—Al menos desde ayer.
—¿Quiénes?
—Hombres de Castro.
Bartolomé miró a Hernán.
—¿Estás seguro?
—El mapa señuelo que entregamos esta madrugada llegó a su casa.
—¿Qué mapa?
Hernán explicó brevemente la maniobra del humilladero, el falso pescadero, la falúa y el criado del anillo.
No reveló dónde estaba la carta auténtica.
Bartolomé escuchó sin beber.
—¿Un anillo en el meñique izquierdo? —preguntó.
—Oro. Sello ovalado. Una torre rodeada por tres figuras.
—¿Lo has visto?
—Cata lo vio en el embarcadero.
El viejo se frotó la barba.
—Yo también.
Melibea se tensó.
—¿Dónde?
Bartolomé miró hacia la cortina.
El tabernero continuaba moviéndose en la sala principal. Los dados golpeaban la pared. Nadie parecía prestarles atención.
—En La Espera —dijo.
—¿Quién lo llevaba?
—Un hombre vestido de negro. No vi su cara. Llegó en una balandra mientras reparábamos la vela.
—¿Enmascarado?
—No en la cala. Pero se mantuvo lejos.
Hernán apoyó ambas manos en la mesa.
—¿Era Castro?