Capítulo 8 El sello quebrado #3
—Confío en que un hombre puede ver una calle. Para vigilar dos hacen falta dos hombres.
Esperaron.
El cielo comenzaba a aclararse sobre los tejados. Una primera campana anunció la proximidad de maitines.
Mencía apareció en el desván media hora después.
—Mateo ha perdido a Gaspar cerca del Alcázar.
—¿Entró en la casa de Castro? —preguntó Hernán.
—No lo vio. Gaspar atravesó un patio al que Mateo no pudo seguirlo.
—¿Y Cata?
—Todavía no ha vuelto.
Melibea se apartó de la ventana.
—Regresamos.
—Puede llegar aquí.
—Sabe volver a casa.
—Entonces esperemos.
—No pienso permanecer escondida mientras mi hija sigue a un asesino.
Bajaron.
El dolor del tobillo de Hernán empeoraba, pero no se quejó. Melibea avanzaba tan deprisa que apenas podía seguirla.
Llegaron a la casa del Arenal cuando las campanas comenzaban a sonar.
Cata estaba en la cocina.
Había recuperado su vestido y se lavaba las manos en un cuenco. La gorra y la chaqueta de muchacho descansaban sobre la mesa.
Melibea cruzó la estancia y le dio una bofetada.
El golpe hizo girar el rostro de la joven.
Nadie habló.
Cata volvió la cabeza despacio.
—Lo seguí.
—Te prohibí salir.
—Por eso tuve que hacerlo sin avisar.
Melibea levantó de nuevo la mano, pero no llegó a golpearla.
La dejó caer.
—¿Adónde llevó el mapa?
Cata se secó la sangre de una pequeña grieta en el labio.
—Al embarcadero privado detrás de los jardines del Alcázar. Allí se lo entregó a un barquero.
—¿Reconociste la embarcación?
—Una falúa pequeña, casco verde y remos negros. Navegó río arriba.
—¿Hasta dónde?
—La seguí desde la orilla hasta que atracó detrás de una casa con muro alto.
—¿Qué casa? —preguntó Hernán.
Cata miró a su madre.
—La de Amadeo de Castro.
Melibea cerró los ojos.
Aquella era la primera conexión material entre el mapa y el consejero.
No se trataba de una firma atribuible a un trámite ni de una inicial perdida en las cuentas de un muerto.
El mapa señuelo había sido recogido por un hombre relacionado con el registro falso y transportado hasta la casa de Castro.
—¿Viste quién lo recibió? —preguntó Hernán.
—Un criado. Alto, vestido de negro. Llevaba guantes a pesar del calor.
—¿Algo más?
Cata dudó.
—Un anillo.
Hernán sintió un escalofrío.
—¿En qué mano?
—En la izquierda.
—¿Qué dedo?
La joven extendió su propia mano.
Señaló el meñique.
—No vi el dibujo. Solo que era de oro.
El hombre de la máscara del prólogo todavía no tenía rostro para Hernán, pero el anillo comenzaba a recorrer la historia como una señal que nadie había sabido interpretar.
Melibea tomó el mentón de Cata y examinó la herida del labio.
—Podrían haberte visto.
—No me vieron.
—No puedes saberlo.
—Tampoco puedes saber que no habría muerto aquí encerrada.
Las palabras devolvieron el silencio a la cocina.
Melibea soltó a su hija.
—Sube.
—Madre…
—Sube antes de que diga algo de lo que me arrepienta.
Cata recogió la gorra y la chaqueta.
Al pasar junto a Hernán, dejó sobre la mesa un objeto pequeño.
Era un fragmento de cera roja.
—Se cayó del tubo cuando el criado lo abrió —dijo—. Lo recogí junto al embarcadero.
Después subió.
Hernán tomó el fragmento.
La cera conservaba parte de la impresión rota que había realizado aquella noche.
También mostraba una marca nueva.
Alguien había presionado sobre ella un sello distinto: una torre rodeada por tres figuras diminutas.
El mismo emblema que Juan de la Cruz había entrevisto en el anillo del hombre enmascarado.
Hernán aún no podía saberlo.
Pero sí sabía otra cosa.
El criado no se había limitado a comprobar el mapa.
Había sellado de nuevo el tubo antes de llevarlo al interior de la casa.
—Han roto nuestro sello —dijo Melibea.
—Y han dejado el suyo.
Guardó el fragmento de cera dentro de la regla de boj.
—Necesitamos hablar con Juan antes de que descubran la media legua añadida.
—Primero veremos a Bartolomé Cruces —respondió Melibea—. Si el viejo reconoce La Espera, sabremos qué preguntas hacerle al copista.
—¿Y Lucio?
Melibea miró hacia la ventana.
Las campanas de maitines sonaban sobre Sevilla.
—A esta hora, padre Jerónimo estará sacándolo de la cárcel.
Hernán asintió.
No podría acompañarlo.
No podría sostener el féretro ni pronunciar una oración junto a la tumba. Pero Lucio sería enterrado con su nombre y no con la mentira de sus asesinos.
Se acercó a la mesa donde había dibujado el mapa señuelo.
Quedaban restos de tinta, virutas de lacre y una gota de sangre caída de su venda.
El sello quebrado había cumplido su función.
La carta falsa había conducido hasta la casa de Amadeo de Castro.
Ahora necesitaban averiguar adónde conducía la costa que contenía.
Melibea recogió su mantón.
—Descansa mientras amanece del todo.
—No puedo.
—Entonces finge. Dentro de una hora iremos a El Perro Bermejo.
—¿Bartolomé bebe desde tan temprano?
—Bartolomé no distingue la mañana de la noche. Solo distingue cuándo su vaso está vacío.
Hernán miró el fragmento de cera oculto en la regla.
Una torre.
Tres figuras.
Un anillo en el meñique izquierdo.
Y una casa donde la mentira acababa de encontrar a su dueño.
—Dentro de una hora —dijo.