Capítulo 8 El sello quebrado #2
No fueron tres golpes, sino dos, seguidos por una pausa y otro más suave.
Melibea salió de la cocina.
Regresó acompañada por una mujer de unos treinta años, cabello rubio recogido bajo un pañuelo y vestido verde oscuro. Hernán la había visto fugazmente al entrar en la casa.
—Mencía —dijo Melibea—. Habla.
La mujer miró a Hernán con curiosidad.
—El mozo llevó nuestra respuesta.
—¿La aceptaron?
—Sí. El tubo debe estar en el humilladero antes de que toquen maitines. Han dicho que, si es el verdadero, el cuerpo del muchacho será entregado a la iglesia de San Miguel.
—¿Y si no? —preguntó Hernán.
Mencía bajó la voz.
—Lo enterrarán fuera de sagrado como asesino y hereje.
Hernán apretó la mandíbula.
—Lucio no era ninguna de las dos cosas.
—Ellos lo saben —dijo Melibea—. Por eso sirve como amenaza.
Mencía continuó:
—También he preguntado por Gaspar Arce.
—¿Qué has averiguado? —preguntó Melibea.
—Trabaja como cobrador para varios mercaderes. O eso dice. Pero Leonor lo vio hace meses en una casa próxima al Alcázar.
—¿Qué casa?
—La de don Amadeo de Castro.
Nadie habló.
La relación dejaba de ser una conjetura.
Gaspar Arce, el hombre que había dirigido el registro falso, entraba en la casa del consejero cuya firma autorizaba las cajas del San Telmo .
—¿Como criado? —preguntó Hernán.
—No llevaba librea. Entró por la puerta de servicio y los guardias lo dejaron pasar sin preguntar.
—¿Estás segura?
—Leonor reconoce a los hombres que le deben dinero.
Melibea asintió.
—¿Algo más?
—Padre Jerónimo ha enviado respuesta.
Hernán se incorporó.
—¿Dónde está Lucio?
—En una cámara anexa a la cárcel real. El escribano lo registró como ayudante asesinado durante la huida de su maestro.
—¿Pueden entregarlo a la iglesia?
—Con una orden del juez o del Santo Oficio.
—Entonces la amenaza es real.
Mencía negó.
—Padre Jerónimo dice que no esperará ninguna orden. Antes del amanecer hará que dos hermanos de la cofradía retiren el cuerpo y lo lleven a San Miguel.
Hernán la miró.
—¿Puede hacerlo?
—Puede decir que hubo un error en el registro y que el cadáver pertenece a un feligrés reclamado por su familia.
—Lucio no tenía familia en Sevilla.
—Esta noche tendrá una.
Hernán bajó la cabeza.
La presión que llevaba en el pecho desde el incendio cedió apenas.
—¿Podrán enterrarlo en sagrado?
—Sí.
—¿Con su nombre?
—Lucio Ferrol —dijo Mencía—. Padre Jerónimo ya lo ha anotado.
Hernán cerró los ojos.
Desde que encontró el cuerpo, nunca había logrado imaginar al muchacho fuera de la casa quemada: lavado, cubierto y depositado bajo una cruz.
No era justicia, pero impedía que sus asesinos decidieran también el destino de sus restos.
—Gracias —murmuró.
Mencía se encogió de hombros.
—Dáselas al padre. Yo solo llevé un mensaje.
—¿Cuánto ha pedido?
—Nada.
Melibea la miró con escepticismo.
—Jerónimo nunca hace nada gratis.
—Ha dicho que Lucio le arregló una vez un mapa de las tierras de su parroquia y se negó a cobrarle.
Hernán recordó el encargo.
Lucio había pasado dos tardes copiando aquel plano. Cuando Hernán preguntó por el pago, el muchacho aseguró que el sacerdote le entregaría una cesta de huevos. Los huevos nunca llegaron.
Había cobrado de otra manera.
—El cuerpo ya no depende del intercambio —dijo Melibea—. Eso nos da libertad.
Tomó el tubo señuelo.
—Ahora el mapa no comprará una sepultura. Comprará un rastro.
* * *
Salieron una hora antes de maitines.
Hernán llevaba una capa prestada y el sombrero inclinado sobre el rostro. Melibea le había cambiado la venda por otra limpia y ajustado el tobillo con tiras nuevas. Caminaba con un bastón, deteniéndose cuando el dolor ascendía por la pierna.
Cata no apareció al despedirse.
Melibea no preguntó por ella.
Mateo los esperaba junto a una puerta lateral. Era un hombre ancho, de cuello corto y manos enormes. No parecía mudo, pese al apodo con que lo había nombrado Melibea. Simplemente no habló en ningún momento.
Tomó el tubo y lo ocultó bajo un saco vacío.
Recorrieron las calles en grupos separados.
Mateo avanzó primero.
Hernán y Melibea caminaron una manzana por detrás. Mencía cerraba la marcha para comprobar que nadie los siguiera desde la casa.
El humilladero se levantaba junto a un muro abandonado, cerca de unos almacenes utilizados para guardar cordaje viejo. La hornacina había perdido la imagen del santo y solo conservaba un fondo ennegrecido por velas antiguas.
Frente a ella se alzaba la cordelería de Simón.
Entraron por una puerta trasera y subieron al desván.
El propietario no estaba. Había dejado una escalera apoyada y la cerradura abierta, la forma prudente de ayudar sin convertirse en testigo.
Desde una pequeña ventana podían observar la calle.
Mateo apareció bajo ellos.
Caminaba encorvado por el saco. Se detuvo ante el humilladero, fingió ajustar una sandalia y dejó el tubo detrás de una piedra suelta.
Después siguió hacia el río.
La calle quedó vacía.
Hernán apoyó las manos en el alféizar.
—¿Cuánto esperaremos?
—Hasta que alguien lo recoja —respondió Melibea.
—Puede que vigilen primero.
—Lo harán.
Pasaron los minutos.
Una mujer cruzó con una cesta.
Dos marineros se detuvieron a orinar contra el muro.
Un perro olfateó la hornacina y recibió una piedra lanzada desde alguna ventana.
Después apareció Gaspar Arce.
Hernán lo reconoció por la barba entrecana y la anchura de los hombros. Vestía un jubón oscuro sin insignias y caminaba como un hombre que no teme ser detenido.
No se acercó directamente al humilladero.
Pasó de largo.
Dobló la esquina.
Regresó por el lado contrario.
Se detuvo a hablar con uno de los marineros y le ofreció fuego para una pipa. Mientras conversaban, examinó las ventanas, los tejados y las puertas.
La mirada pasó por la cordelería.
Hernán retrocedió un poco.
—Es él —susurró.
—¿El hombre de la orden? —preguntó Melibea.
—El que dirigió el registro.
Gaspar continuó hablando.
Otro hombre apareció junto al extremo de la calle. Llevaba una cesta de pescado. Miró a Arce, recibió un gesto mínimo y prosiguió hasta la hornacina.
No era Gaspar quien recogería el mapa.
El pescadero se agachó.
Sacó el tubo.
Lo ocultó bajo la cesta.
—Ahora —dijo Melibea.
Una sombra se movió sobre el tejado de enfrente.
Hernán la vio saltar a una azotea más baja.
—¿Quién es?
Melibea apretó los labios.
Cata.
La joven llevaba ropa de muchacho, el cabello oculto bajo una gorra y una chaqueta corta. Se deslizó detrás de una chimenea y descendió por una escalera exterior.
—Voy a matarla —murmuró Melibea.
—Primero dejad que siga viva.
Gaspar permaneció en la calle mientras el falso pescadero se alejaba.
Aquello confirmaba que era más que un cobrador. Dirigía la operación y se protegía utilizando intermediarios.
Cata apareció en un callejón paralelo.
No seguía al hombre directamente. Caminaba por calles laterales, aprovechando patios y pasadizos.
—¿La perderá? —preguntó Hernán.
—No.
La respuesta de Melibea contenía orgullo y miedo en proporciones iguales.
Gaspar abandonó la zona poco después.
Mateo salió de otra puerta y comenzó a seguirlo.
Melibea había preparado dos rastros.
Uno tras el mapa.
Otro tras el jefe.
—No confía en nadie —dijo Hernán.