El mapa del guarda Capítulo 8 El sello quebrado
31%

Capítulo 8 El sello quebrado

La costa de Tierra Firme volvió a nacer bajo la pluma de Hernán.

N o era una copia completa. No había tiempo para iluminar las montañas, añadir las sondas de todos los fondeaderos ni reproducir las rosas de los vientos con el cuidado que exigía una carta destinada a sobrevivir durante años. Solo necesitaba engañar a un hombre durante unos minutos.

A veces, una mentira breve exigía tanta precisión como una verdad duradera.

Hernán trazó la línea del litoral con tinta negra.

La mano derecha se movía con seguridad, pero el hombro magullado le enviaba una punzada cada vez que alcanzaba la parte superior de la vitela.

El antebrazo izquierdo permanecía inmóvil sobre el regazo.

La venda se había teñido de rojo junto al codo.

Cata vigilaba la puerta de la cocina.

Melibea permanecía junto a la ventana, apartando de vez en cuando la cortina para observar la calle.

Los candiles producían un círculo de luz alrededor de la mesa. Fuera de él, la casa era una sucesión de sombras, murmullos y madera que crujía bajo pasos cuidadosos. Las mujeres habían terminado de despedir a los clientes. Nadie cantaba ya en el piso superior.

Hernán comparó la copia con la carta falsa original.

Había reproducido la costa, los principales topónimos y la posición manipulada de Santa María del Mar. Sin embargo, en el mapa señuelo, la cala aparecía media legua más al sur que en el documento encargado por los conspiradores.

Una mentira añadida dentro de otra mentira.

—¿Lo advertirán? —preguntó Melibea.

—No cuando recojan el tubo. Quizá tampoco al mirarlo por primera vez. Pero el hombre que ordenó la falsificación conocerá la distancia exacta.

—Y sabrá que no es la misma carta.

—Sí.

—Entonces la trampa solo servirá hasta que la examine.

—Por eso quien siga al mensajero tendrá poco tiempo.

Cata levantó la cabeza.

—¿Quién ha dicho que vaya a seguirlo yo?

—Nadie —respondió Melibea.

—Eso significa que lo has decidido.

—Significa que todavía no he decidido impedírtelo.

Cata dejó el cuchillo sobre sus rodillas.

—Conozco esas calles mejor que cualquiera de tus hombres.

—No tengo hombres.

—Tienes a Mateo, a Simón y a los dos hermanos de Leonor.

—Tengo personas que hacen favores cuando les conviene.

—Y ninguna de ellas entraría en un patio cerrado sin hacer ruido.

Melibea no contestó.

Hernán continuó trabajando.

Trazó las líneas de rumbo, añadió la escala y dejó el espacio correspondiente al sello.

La copia no resistiría el examen de un cartógrafo.

La vitela era más gruesa, la tinta demasiado reciente y algunos detalles de la costa estaban apenas indicados.

Pero enrollada dentro del mismo tubo y vista a la luz insegura de un callejón podía pasar por la carta original.

—Necesito el lacre —dijo.

Cata le acercó una pequeña barra roja.

—¿Y el sello? —preguntó Melibea.

—No puedo reproducir el del Consejo sin un molde.

—¿Servirá el de Íñigo?

—Depende de cuál sea.

Melibea salió de la cocina.

Regresó con una cajita de madera que Hernán no había visto antes. La abrió y mostró un fragmento de lacre adherido a un trozo de cordel.

El sello estaba partido.

Solo conservaba una parte del escudo y algunas letras alrededor del borde.

Hernán lo observó.

—¿De dónde procede?

—De uno de los documentos que Íñigo copió antes de morir. Encontré el sello bajo una tabla del cuarto.

—¿Pertenecía a la Casa?

—Al Consejo de Indias.

—¿Por qué lo rompió?

—No lo hizo él.

Hernán acercó el fragmento al candil.

La superficie mostraba una fractura limpia. En la parte posterior quedaban fibras de papel y restos de una sustancia transparente.

Cola.

—Lo levantaron —dijo.

Melibea se inclinó sobre la mesa.

—¿Como el de tu mapa?

—Con el mismo procedimiento.

Cinco años atrás, alguien había retirado un sello auténtico de un documento que pasó por las manos de Íñigo Grijalva.

El fraude no solo existía ya entonces.

Utilizaba el mismo método.

—¿Qué documento era? —preguntó Hernán.

—Una autorización para trasladar herramientas desde los depósitos de la Hacienda. Íñigo encontró el papel sin sello y creyó que se había desprendido por la humedad.

—No se desprendió.

—Ahora lo sé.

Hernán giró el fragmento.

La rotura impedía utilizarlo como molde completo. Sin embargo, bastaba para imprimir una porción reconocible del relieve.

—Fundiremos el lacre sobre un cordel y presionaremos esta parte —dijo—. Parecerá que el sello se rompió durante el transporte.

—Como el original —señaló Cata.

—El original no estaba roto. Había sido trasladado con cuidado.

—Pero los hombres que recojan el tubo no lo abrirán allí.

Hernán asintió.

Calentó la barra de lacre sobre la llama. Una gota roja cayó en el borde del pergamino y comenzó a endurecerse. Introdujo un cordel corto y añadió más material hasta formar una masa irregular.

Después humedeció el fragmento antiguo y lo presionó contra el lacre nuevo.

Esperó.

Al retirarlo, apareció una parte del escudo rodeada por letras incompletas.

Un sello quebrado.

No legitimaría el documento ante un funcionario, aunque sugería que alguna vez había sido legítimo.

—Los hombres creen en los restos de autoridad casi tanto como en la autoridad entera —dijo Melibea.

—Porque un sello roto permite imaginar la parte que falta.

Hernán dobló el cordel y lo sujetó al mapa.

Antes de enrollarlo, tomó la punta de metal con la que había trazado las líneas de rumbo.

En la esquina inferior derecha dibujó dos incisiones paralelas.

Añadió una tercera en diagonal.

Pero no reprodujo exactamente la marca de Juan de la Cruz.

La línea oblicua descendía hacia la izquierda en lugar de hacia la derecha.

—¿Para qué sirve eso? —preguntó Cata.

—Si volvemos a encontrar esta carta, sabremos que es la nuestra.

—Ya has cambiado la posición de la cala.

—Un cartógrafo puede necesitar medirla. La marca se reconoce con una mirada.

Melibea tomó el tubo original.

Hernán introdujo dentro la copia, lo cerró y ató una cinta alrededor.

La carta verdadera regresó a su escondite.

—¿Dónde esperan que la entreguemos? —preguntó Hernán.

—El primer mensaje no lo decía.

—Entonces ¿cómo responderemos?

Melibea miró hacia la escalera.

—La muchacha que recibió la nota conoce al hombre que se la entregó. Un mozo de una taberna próxima al muelle del Barranco. Mencía ha ido a decirle que aceptamos el trato.

—¿Sin preguntarme?

—No estabas en condiciones de discutir.

—Sigo sin estarlo y lo estoy haciendo.

—La costumbre puede más que las heridas.

Cata sonrió.

Hernán no.

—¿Qué lugar propusisteis?

—El humilladero abandonado junto a las antiguas atarazanas. Dejaremos el tubo detrás de la hornacina antes de maitines.

—Es un lugar abierto.

—Precisamente. Tiene tres accesos y varias ventanas desde las que observar sin acercarse.

—También puede estar rodeado.

—No irás tú.

—Necesito reconocer a quien recoja el mapa.

—Los hombres que entraron en tu taller también te reconocerán a ti.

Hernán empujó la banqueta hacia atrás.

—No pienso permanecer aquí mientras otro arriesga la vida por mis documentos.

Al intentar ponerse de pie, el tobillo falló.

Cata llegó a sujetarlo antes de que golpeara la mesa.

Melibea ni siquiera se movió.

—Una demostración admirable —dijo—. Estoy segura de que los perseguidores huirán al verte avanzar de rodillas.

Hernán se soltó de Cata y volvió a sentarse.

—Puedo observar desde una casa próxima.

—Eso sí.

Melibea tomó el tubo.

—Nos acompañarás hasta el desván de la cordelería de Simón. Desde allí se ve el humilladero. Cata llevará el mapa.

—No.

La respuesta salió de Hernán y Melibea al mismo tiempo.

Cata cruzó los brazos.

—Alguien tiene que colocarlo.

—Mateo lo hará —dijo Melibea.

—Mateo pesa tanto como un tonel y camina como si llevara campanas en las botas.

—Precisamente. Nadie sospechará que intenta ocultarse.

—Yo puedo entrar por el patio de atrás.

—No vas a ir.

Cata miró a Hernán.

—Lucio tenía mi edad.

—Tenía diecisiete años.

—Entonces era más joven.

—Eso no te convierte en responsable de ocupar su lugar.

—No quiero ocupar el lugar de nadie.

La joven sostuvo la mirada.

—Quiero ayudar a encontrar a quien lo mató.

Hernán reconoció en ella la misma obstinación que había visto en Lucio.

La semejanza lo asustó.

—Tu madre ha dicho que no.

—Mi madre dice muchas cosas antes de aceptar que tengo razón.

Melibea recogió la jarra de vino.

—Esta vez no la tienes.

Cata se levantó con brusquedad y salió de la cocina.

La puerta golpeó el marco.

—No deberíais tratarla como a una niña —dijo Hernán.

Melibea se sirvió vino.

—Y tú no deberías decirme cómo tratar a mi hija después de haber dejado morir a tu aprendiz.

Las palabras quedaron entre ambos.

Melibea se arrepintió. Hernán lo vio en el modo en que sus dedos se cerraron sobre la jarra.

Pero no retiró las palabras.

—Tenéis razón —dijo él.

—No.

—Sí.

—Quería herirte.

—Lo habéis conseguido porque es verdad.

—No dejaste que lo mataran.

—Lo dejé solo en el lugar donde sabía que irían a buscar la carta.

Melibea apoyó las manos en la mesa.

—Si hubieras estado allí, habría dos cadáveres.

—Quizá.

—No puedes convertir cada posibilidad en una condena contra ti.

—Tampoco podéis encerrar a Cata para impedir que el mundo la alcance.

—Puedo intentarlo.

—Íñigo intentó protegeros ocultándoos parte de lo que sabía.

Melibea levantó la vista.

—No sabes lo que hizo Íñigo.

—Sé que trabajaba con vos en esta mesa. También sé que murió sin haber reunido pruebas suficientes para que nadie pudiera continuar su investigación.

—Dejó sus papeles.

—Porque vos los escondisteis.

La mujer se quedó en silencio.

Hernán señaló la puerta por donde había salido Cata.

—Ella ya está dentro de esto. Vio el mapa, conoce el nombre de Castro y sabe que unos hombres falsificaron una orden del Santo Oficio. No volverá a ser más ignorante porque la dejéis encerrada.

—Ser ignorante no es lo mismo que estar viva.

—No.

Hernán recordó los ojos de Lucio cerrándose bajo sus dedos.

—Pero a veces la protección solo decide dónde encuentra la muerte a una persona.

Melibea bebió.

No respondió.

Un golpe breve sonó en la puerta de la calle.

Ambos se tensaron.