Capítulo 7 La hora de la verdad #3
—Juan me conoce. Si aparece Cata en su pared, puede gritar.
—Entonces irá alguien a quien sí conozca.
Melibea cerró el arcón.
—Bartolomé Cruces.
—El piloto.
Ella lo miró.
—¿Has oído hablar de él?
—De nombre. Navegó muchos años en Tierra Firme.
—También trabajó con Juan. Le encargaba copias de derroteros que no quería registrar en la Casa.
—¿Puede localizar La Espera?
—Vivió en Nombre de Dios durante veinte años. Si ese dibujo representa la costa que creemos, reconocerá las elevaciones.
—¿Dónde está?
—En una taberna junto a la puerta de la Carne. Bebe allí desde el mediodía hasta que alguien lo lleva a dormir.
—Necesitamos verlo antes de entrar en el taller de Juan.
—Lo veremos al amanecer.
Hernán señaló la nota anónima.
—Al amanecer esperan una respuesta.
—La tendrán.
—¿Qué piensa entregarles?
Melibea sonrió.
No fue una sonrisa amable.
—Un mapa.
—No el verdadero.
—Evidentemente.
—Reconocerán una falsificación.
—No si la haces tú.
Hernán comprendió.
—Quiere que copie la carta.
—Quiero que reproduzcas lo suficiente para que alguien que la vea enrollada crea que es la misma. Cambiaremos un detalle.
—¿Cuál?
—La marca de Juan.
Hernán meditó la idea.
Una copia falsa del mapa falso.
Podían utilizarla para descubrir quién acudía a recogerla o adónde la llevaban.
—Necesito materiales.
—Los tendrás.
—Y tiempo.
—Hasta antes del alba.
—Mi mano izquierda está herida.
—Dibujas con la derecha.
—El hombro también.
—Pensé que el orgullo podía hacerlo todo.
Hernán no respondió.
Melibea recogió la pequeña carta de Íñigo y la guardó en el doble fondo.
—No pienso entregar la copia directamente —dijo—. La dejaremos donde indique el próximo mensaje. Uno de mis hombres seguirá a quien la recoja.
—¿Tiene hombres?
—Tengo personas que me deben favores.
—No es lo mismo.
—Es más seguro. Un hombre pagado cambia de amo. Uno endeudado necesita que sigas vivo.
Regresaron al cuarto inferior.
Cata los esperaba en la cocina con una bolsa de cuero.
—Leonor ha reconocido al hombre de la barba —dijo—. Se llama Gaspar Arce. Trabaja como cobrador para un mercader, pero algunas noches acompaña a alguaciles.
—¿Para qué mercader? —preguntó Hernán.
—No lo sabe. Mencía va a preguntar.
—¿Es familiar del Santo Oficio?
—No figura entre los que visitan la parroquia —respondió Melibea—. Ocampo podrá confirmarlo.
Cata dejó la bolsa sobre la mesa.
Contenía tinta, plumas, una regla, compases y varias hojas de pergamino de calidad desigual.
—Es lo mejor que he encontrado sin despertar a un escribano.
Hernán examinó una hoja.
—Servirá para una copia vista de lejos.
—Eso necesitamos —dijo Melibea.
—No puedo reproducir todo el mapa antes del alba.
—Solo la costa, el sello aparente y el tubo.
—El sello no puede copiarse con tinta.
Cata sacó un pequeño trozo de lacre rojo.
—La casa tiene clientes previsores.
Hernán la miró.
—No preguntes —dijo Melibea.
Se sentó ante la mesa.
La herida del brazo latía. El hombro protestaba cada vez que levantaba la mano. Aun así, al tomar la pluma, sintió algo que no había sentido desde el incendio.
Seguía siendo cartógrafo.
Melibea colocó junto a él el tubo verdadero.
—La carta permanece dentro —dijo—. La sacarás, copiarás lo necesario y volverás a guardarla.
—Nadie puede interrumpirme.
—Nadie lo hará.
Cata encendió dos candiles adicionales.
Hernán abrió el tubo.
La carta falsa apareció sobre la mesa.
La legua alterada, el sello trasladado y la marca de Juan de la Cruz seguían intactos.
Melibea contempló el documento por primera vez.
—Cinco años —murmuró—. Llevan al menos cinco años preparando esto.
—Quizá más.
Hernán colocó al lado la vitela vacía.
—¿Qué detalle cambiamos?
Melibea señaló Santa María del Mar.
—Muévela media legua más al sur.
—¿Por qué?
—Porque si la copia llega a manos de quien encargó la original, sabremos después cuál de las dos utiliza. Una diferencia que solo nosotros conozcamos.
Hernán la miró con respeto involuntario.
—Una marca dentro de la mentira.
—Aprendí de un contable.
Comenzó a dibujar.
Afuera, la noche avanzaba sobre el Arenal.
En algún depósito, Lucio aguardaba una sepultura utilizada como moneda de cambio.
En una calle de curtidores, Juan de la Cruz permanecía vigilado por hombres que quizá ya hubieran decidido matarlo.
Y en los despachos del Consejo, Amadeo de Castro podía ignorar todavía que dos historias separadas por cinco años acababan de unirse sobre una mesa.
Hernán trazó la primera línea de costa.
—Cuando termine —dijo— iremos a buscar a Bartolomé Cruces.
—Cuando termines —corrigió Melibea— tú dormirás una hora.
—No habrá tiempo.
—Necesito un cartógrafo, no un cadáver despierto.
Cata se sentó frente a la puerta con un cuchillo sobre las rodillas.
Melibea permaneció junto a la ventana, vigilando la calle.
Hernán inclinó la cabeza sobre la vitela.
La mano le temblaba por el cansancio y el dolor, pero el primer trazo salió firme.
Después vino el segundo.
Y mientras copiaba la mentira que había destruido su vida, comprendió que al fin podía utilizarla contra quienes la habían creado.