Capítulo 7 La hora de la verdad #2
—A ver la razón por la que no te entregué.
Lo condujo por el corredor.
La casa había quedado en silencio. Las mujeres que aún trabajaban hablaban en voz baja detrás de las puertas. La música había cesado y los últimos clientes se marchaban por la entrada principal.
Melibea subió al piso superior.
Al final de un pasillo abrió una habitación pequeña, amueblada con una cama, un arcón y una mesa. No parecía utilizada por las mujeres de la casa. Sobre la pared colgaba una camisa masculina y, junto a ella, una medalla ennegrecida.
—Era el cuarto de Íñigo —dijo.
Se arrodilló ante el arcón.
No utilizó una llave. Introdujo la mano por debajo, presionó una pieza oculta y abrió un doble fondo.
Sacó un paquete envuelto en piel de cabra.
Hernán se acercó.
—¿Son sus papeles?
—Una parte.
Melibea colocó el paquete sobre la mesa y desató las correas.
Dentro había copias de registros, hojas de cuentas y pequeñas notas escritas con distintas tintas. Algunos documentos tenían marcas en los márgenes: cruces, círculos y líneas que unían cifras alejadas entre sí.
—Íñigo copiaba de noche lo que no podía sacar de la Casa —explicó—. Yo le ayudaba a ordenar las partidas.
Hernán tomó una hoja.
Melibea le sujetó la muñeca.
—Solo con los ojos.
Él retiró la mano.
La primera relación correspondía a una nave llamada Santa Marta . Indicaba el embarque de herramientas, aceite y paños. En el margen, Íñigo había anotado:
La cantidad cargada no coincide con el peso declarado al salir del depósito.
Otra hoja registraba pagos a marineros que no figuraban en la lista de tripulantes.
Una tercera reunía varias cantidades retiradas de la Hacienda durante años diferentes. Todas aparecían autorizadas por secretarios distintos, pero junto a cada partida había una misma letra:
C.
—Castro —dijo Hernán.
—Eso creía Íñigo.
—¿No está seguro?
—La letra no es una prueba.
Melibea apartó varias hojas y mostró un fragmento de carta.
El borde inferior había sido cortado. Faltaban el destinatario y la firma, pero el texto central se conservaba.
La corrección de las cartas deberá limitarse a la legua acordada. Una alteración mayor despertaría preguntas entre los pilotos. El copista recibirá el modelo y no conocerá el propósito.
Hernán leyó dos veces.
—La legua acordada.
—La carta tiene cinco años.
—Entonces el fraude no comenzó con el mapa nuevo.
—No.
—¿Quién la escribió?
—No lo sé.
—¿Cómo llegó a manos de Íñigo?
—La encontró entre los papeles de un secretario muerto. Solo pudo copiar esta parte antes de que retiraran el legajo.
Hernán observó la caligrafía.
Era regular, educada y carente de rasgos evidentes. Podía proceder de cualquier escribano formado en un despacho.
—¿Reconoce la mano de Castro?
—Nunca he visto una carta escrita personalmente por él. Los hombres del Consejo dictan.
Melibea sacó otro documento.
Era una carta de marear pequeña, apenas un bosquejo de la costa entre Nombre de Dios y Cartagena. No llevaba colores ni sellos. Cerca de Santa María del Mar aparecía una cala sin nombre.
En la esquina inferior había tres incisiones.
Dos paralelas.
Una oblicua.
—Juan de la Cruz —dijo Hernán.
—Íñigo la compró a un marinero poco antes de morir. El hombre aseguró haberla recibido de un piloto que necesitaba dinero.
—¿Cuándo fue dibujada?
—No lo sé.
Hernán acercó el candil.
La costa era menos detallada que en la carta falsa, pero el trazo tenía la misma firmeza. Junto a la cala aparecían dos elevaciones y, entre ellas, una entrada estrecha.
—La Espera.
—Íñigo creía que sí.
—¿Por qué no figura el nombre?
—Porque un mapa sin nombre puede confundirse con un borrador.
Hernán examinó la escala.
—La cala está aproximadamente quince leguas al sur de Santa María del Mar.
—¿Quince?
—No una. La legua falsa no coloca el puerto sobre La Espera. Coloca a los barcos en un punto donde una balandra puede interceptarlos antes de que reconozcan el error.
Melibea asintió despacio.
—La carta falsa no guía hasta el puerto.
—Guía hasta los guías.
Aquello confirmaba la función del engaño.
Los pilotos no podían encontrar La Espera por sí solos. Debían seguir a un barco controlado por la red.
—Juan conocía esta cala hace cinco años —dijo Hernán.
—O copió un modelo sin saber qué representaba.
—Tenemos que hablar con él.
—Sí.
Era la primera vez que Melibea aceptaba sin discutir.
—Los hombres de su calle impedirán que entremos —dijo Hernán.
—No entraremos por la calle.
Guardó los papeles y cerró el doble fondo.
—La casa de Juan comparte una pared trasera con el almacén de un curtidor llamado Salcedo. El almacén tiene salida a un patio que comunica con dos viviendas y una bodega.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque Salcedo debe dinero a esta casa y porque una de mis mujeres vivió en ese patio.
—¿Podemos llegar al taller sin que nos vean?
—Podemos llegar a la pared.
—¿Y después?
—Juan abrió hace años un pequeño hueco para pasar encargos sin que los clientes cruzaran su puerta. Está oculto tras unas pieles colgadas.
—¿Cabe una persona?
—Cabe Cata.
Hernán negó.
—No irá sola.
—Tú no puedes apoyar el pie.
—Puedo hacerlo.
—Cojeas como un condenado que ya ve el cadalso.