Capítulo 7 La hora de la verdad
Melibea dejó el candil en el suelo y cerró la puerta del cuarto.
No echó la llave.
A quello no tranquilizó a Hernán.
La mujer permaneció de pie frente a la tarima, con los brazos cruzados y la nota anónima entre los dedos. La llama iluminaba desde abajo sus facciones, endureciendo las líneas de la boca y la pequeña cicatriz sobre el labio.
—Empieza por el mapa —dijo.
Hernán se incorporó contra la pared.
—Necesito el tubo.
—Lo verás cuando sepa por qué cuatro hombres están dispuestos a matar por él.
—Ya sabe que contiene una carta de marear.
—También sé que un arcón puede contener vino sin que todo el vino sea igual.
—Es un documento de la Casa.
—Eso explica los sellos. No explica a Lucio.
Hernán miró la nota.
Entregad la carta antes del amanecer y el muchacho recibirá sepultura cristiana.
No pedían dinero.
No exigían su rendición.
Querían únicamente el mapa.
—Si le cuento todo —dijo—, no podrá fingir que no lo sabe.
—Hace cinco años que dejé de fingir.
—Pondrá en peligro a Cata y a las demás mujeres.
—Eso me corresponde decidirlo a mí.
—No mientras me escondan.
Melibea se inclinó hasta situar el rostro cerca del suyo.
—Escúchame con atención, maestro Giráldez. Has caído sangrando en mi patio, has traído asesinos a mi puerta y has despertado un nombre que llevo cinco años intentando enterrar. No vuelvas a utilizar la seguridad de mi hija como excusa para reservarte la parte de la historia que te conviene.
La dureza de la voz no admitía réplica.
Hernán introdujo la mano bajo la camisa y sacó el papel de los cinco ángulos.
Lo extendió sobre la manta.
—Esto apareció en el diario de navegación del San Telmo .
Melibea se sentó frente a él.
—Cuéntalo desde el principio.
Hernán cerró los ojos unos segundos.
No desde la llegada al archivo.
Desde la legua.
Le explicó que la Casa de la Contratación había enviado a su taller una carta de Tierra Firme para que comprobara las escalas y autorizara su reproducción.
Que Lucio percibió una distancia anómala entre Nombre de Dios y Santa María del Mar.
Que el compás confirmó una diferencia exacta de una legua respecto a los portulanos anteriores.
—¿Una legua hacia dónde? —preguntó Melibea.
—Hacia el sur.
—¿Y qué hay en la posición nueva?
—Costa baja, manglar y fango. Ningún puerto reconocido.
—De modo que quien siguiera el mapa no encontraría Santa María del Mar.
—No. Pero encontraría el lugar donde una balandra podía recogerlo.
Melibea no interrumpió.
Hernán continuó.
Describió la zona raspada de la vitela, el sello auténtico trasladado con cola de pescado y la marca de punta seca dejada por Juan de la Cruz.
—Dos líneas paralelas y una oblicua —dijo.
La reacción de Melibea fue mínima.
Un ligero movimiento de los dedos.
Hernán lo vio.
—Conoce esa marca.
—La he visto.
—¿Dónde?
—Sigue.
Hernán apretó la mandíbula.
No le gustaba entregar respuestas a cambio de silencios, pero había perdido el derecho a exigir una confianza que él tampoco concedía.
Le habló de las visitas de Ocampo.
De Alonso de Treviño.
De la orden secreta para alterar la derrota.
De la balandra que guiaba a los barcos hasta una cala no consignada.
De la muerte del piloto y la desaparición de su declaración dentro del propio Santo Oficio.
Melibea se levantó y abrió la puerta.
—Cata.
La joven apareció casi de inmediato. Debía de haber estado escuchando en el corredor.
—Trae vino y dos vasos.
—Tres —dijo Cata.
Melibea la miró.
—Has oído bastante para quedarte.
Cata regresó con una jarra y tres vasos de barro. Se sentó junto a la puerta, no al lado de su madre.
Hernán prosiguió.
Explicó la entrada nocturna en el archivo, la ayuda de Ruperto Zamora y el hallazgo del diario del San Telmo . Repitió las anotaciones de Pedro de Llanos: la balandra, la navegación sin luces, el fondo de fango, las doce cajas y los seis barriles descargados en un fondeadero sin nombre.
—Las cajas figuraban en otro libro como clavos y herramientas —añadió—. La salida fue autorizada por Amadeo de Castro.
Melibea no mostró sorpresa.
Cata dejó de beber.
—Ese es el segundo nombre —dijo Hernán.
Melibea sostuvo el vaso sin acercarlo a los labios.
—Sí.
—El nombre que Íñigo pronunció antes de morir.
—Sí.
—Lo sabía desde que entré en esta casa.
—Sabía que Castro aparecía en las cuentas de mi marido. No sabía si el mapa estaba relacionado con él.
—Ahora lo sabe.
—Ahora tengo otra coincidencia.
—Una autorización firmada no es una coincidencia.
—Tampoco es una condena. Castro firma docenas de órdenes cada semana. Podrá decir que las cajas contenían lo que constaba en el registro.
Hernán señaló el papel.
—Llanos escribió que procedían de los depósitos de Hacienda y que no llevaban herramientas.
—Llanos está muerto.
—Dejó una declaración.
—Una copia de una declaración que encontrasteis de noche en un archivo al que no debíais entrar.
—Zamora puede confirmar que existe el original.
—Si decide sacrificar a su familia y su puesto.
La precisión de Melibea le recordó al archivero.
No se dejaba arrastrar por el entusiasmo de encontrar una pista. Buscaba desde el primer instante cómo podrían destruirla.
—Hay más —dijo Hernán.
Le contó que la carta de Llanos mencionaba La Espera y afirmaba que cinco estrellas guardaban la posición. Mostró los ángulos copiados por Lucio.
Cata se acercó.
—No parecen estrellas.
—Solo trazó los ángulos —explicó Hernán—. Quizá correspondan a la altura de cinco astros sobre el horizonte o a las separaciones entre ellos.
—¿Puedes localizar el puerto con eso? —preguntó Melibea.
—No sin saber qué estrellas utilizó, desde dónde las observó y a qué hora.
—Entonces el dibujo no sirve.
—Todavía.
Hernán describió después el libro de bastimentos, la firma de Castro y la llegada del criado que pretendía retirar el diario aquella misma noche.
Melibea apoyó el vaso sobre el suelo.
—¿Castro sabía que estabais allí?
—No puedo demostrarlo.
—Pero envió a buscar el cuaderno en el momento exacto en que lo examinabais.
—Podría haber sido casualidad.
Cata soltó una risa seca.
—Los hombres poderosos tienen mucha suerte con las casualidades.
Hernán terminó con el regreso al taller.
No omitió nada.
La puerta abierta.
Lucio en el suelo.
El botón de hueso dentro de su mano.
El papel escondido en el forro.
Los mapas destruidos.
El cuchillo ensangrentado colocado como prueba.
Los hombres que irrumpieron con una acusación preparada y una orden que no permitieron leer.
Al llegar al salto desde la ventana, su voz comenzó a fallar.
—Lo dejé allí —dijo—. El fuego se extendió antes de que pudiera sacar el cuerpo.
Cata bajó los ojos.
Melibea continuó mirándolo.
—Lucio no murió por haber encontrado la legua —dijo—. Murió porque sabía dónde estaba el mapa.
—Eso no mejora nada.
—No intento mejorarlo. Intento comprender el orden de los hechos.
Hernán bebió vino.
El líquido sabía agrio, pero alivió la sequedad de la garganta.
—Alguien observó nuestra casa desde que llegó la carta. Registraron el taller mientras estaba en el archivo. Mataron a Lucio porque no quiso decirles dónde la había escondido.
—O porque se lo dijo y quisieron borrar al testigo.
—No lo encontraron. Yo llevaba el mapa conmigo.
Melibea guardó silencio.
—¿Qué? —preguntó Hernán.
—No estoy pensando en el mapa.
—¿En qué, entonces?
—En el mensaje.
Levantó la nota anónima.
—Los asesinos saben que escapaste con la carta. Saben que Lucio no ha sido enterrado. Saben que te importa el lugar donde depositen su cuerpo. Y han conseguido que una nota llegue hasta esta casa pocas horas después de tu huida.
—Alguien me vio entrar.
—No necesariamente. El mensaje pasó por tres manos antes de llegar a la muchacha que lo recibió. Pudo enviarse a varias casas del Arenal.
—¿Para que terminara encontrándome?
—Para que supieras que pueden alcanzarte dondequiera que te ocultes.
Cata recogió el papel y lo examinó junto al candil.
—La escritura está fingida.
—Como la denuncia contra mí —dijo Hernán.
—¿Lo sabes?
—Ocampo me mostró una parte. La mano también parecía deformada.
Melibea tendió la mano.
Cata le devolvió la nota.
—Quieren que actúes antes de pensar —dijo Melibea—. Que salgas, intentes negociar o entregues la carta a quien se presente.
—¿Y qué propone?
—No responder.
—Utilizarán el cuerpo de Lucio.
—Ya lo han utilizado.
Hernán se puso en pie demasiado deprisa.
El tobillo falló y tuvo que apoyarse en la pared.
—No permitiré que lo arrojen a una fosa como un criminal.
—¿Qué harás? ¿Entrar en el depósito de cadáveres con un cuchillo de cartógrafo?
—Hablaré con Ocampo.
—Los mismos hombres que te persiguen pueden estar esperando que lo hagas.
—Ocampo no ordenó el registro.
—Eso crees.
—Temieron su nombre.
—Los delincuentes temen a muchos hombres sin que esos hombres sean honrados.
Hernán respiró hondo.
—Treviño confió en él.
—Y acabó en una acequia.
Aquello le recordó las palabras que había dirigido al inquisidor.
La prudencia del cazador no consuela a la presa.
Ocampo no había protegido al piloto. Tampoco había protegido a Lucio.
Pero era el único funcionario que parecía investigar la red desde dentro.
—Necesitamos averiguar si la orden contra mí existe realmente —dijo.
—Puedo hacerlo sin que salgas.
—¿Cómo?
—Los alguaciles hablan con las mujeres a las que visitan. Los familiares también.
—¿Alguna de las mujeres de esta casa conoce a quienes entraron en mi taller?
—Todavía no lo sé.
Melibea miró a Cata.
—Despierta a Leonor y a Mencía. Que describan a los clientes de esta noche y pregunten discretamente en las casas vecinas. Necesito saber quién llevaba la voz cuando buscaron a Hernán.
Cata se levantó.
—¿Y el cuerpo de Lucio?
La pregunta iba dirigida a su madre.
Melibea meditó unos segundos.
—Busca a padre Jerónimo. Dile que necesito que averigüe dónde lo han depositado y bajo qué acusación. Que no mencione esta casa.
—No querrá ayudarnos.
—Ayudará si le recuerdas quién pagó la reparación del tejado de su capilla.
Cata abrió la puerta.
Antes de salir miró a Hernán.
—No dejarán a Lucio sin enterrar.
Él asintió sin encontrar palabras.
Cuando quedaron solos, Melibea recogió el candil.
—Ven.
—¿Adónde?