Capítulo 6 La puerta del Arenal #3
—¿Los mismos?
—No puedo verles la cara.
—Debo sacar los documentos de aquí.
—No esta noche.
—Si registran la casa…
—No lo harán mientras crean que puedo poner al Arenal contra ellos. Aquí la reputación vale más que una cerradura.
—No puede protegerme durante mucho tiempo.
—No pretendo hacerlo.
Regresó a la mesa.
—Dormirás unas horas. Cuando despunte el día me contarás qué relación existe entre Santa María del Mar, esos cinco ángulos y los hombres que mataron a Lucio.
—¿Y si no lo hago?
—Te entregaré a Ocampo.
Hernán la miró con sorpresa.
—No a los hombres de fuera —aclaró—. A Ocampo personalmente. Si te teme quien falsificó la orden, quizá seas más útil vivo que colgado.
—No sabe si puede confiar en él.
—No. Pero sé que los corruptos evitan pronunciar su nombre.
La lógica era difícil de discutir.
Melibea recogió el tubo.
—¿Dónde lo lleva?
—A un lugar que ni Cata conoce.
—No le doy permiso.
—Ya te he dicho que en esta casa decido yo.
—Necesito comprobar que la carta no se ha dañado.
—La comprobarás mañana.
Hernán intentó levantarse.
El tobillo lo obligó a volver a sentarse.
Melibea no sonrió.
—El orgullo tampoco sirve de muleta.
Sacó el tubo de la cocina.
Regresó sin él unos minutos después y señaló una puerta situada junto a la despensa.
—Hay una tarima y una manta. No es cómoda, pero la calle lo es menos.
—No puedo dormir.
—No te he pedido que duermas. Te he dicho dónde puedes tumbarte.
Hernán se puso en pie apoyándose en la mesa.
Melibea le ofreció un bastón corto utilizado para remover las brasas. Él lo rechazó al principio, dio un paso y tuvo que aceptarlo.
—Mañana necesitaré encontrar a Juan de la Cruz —dijo.
El nombre alteró la expresión de Melibea.
Solo durante un instante.
—¿El copista?
—Lo conoce.
—Conozco su reputación.
—Su taller está vigilado.
—Desde ayer.
Hernán se detuvo.
—¿Cómo lo sabe?
—Uno de los hombres que vigilan su calle durmió aquí la semana pasada.
—¿Quién es?
—Mañana.
—Puede que Juan no llegue a mañana.
—Y tú no llegarás si sales ahora.
Hernán apretó el bastón.
—Ocampo también quería esperar.
—Entonces quizá el inquisidor y yo seamos las dos únicas personas sensatas que has encontrado hoy.
—Lucio esperó en el taller.
Melibea se acercó.
—Lucio murió porque los asesinos sabían dónde buscar. Juan sigue vivo porque todavía no saben qué hizo después de entregar la carta. Si corremos hacia él, les confirmaremos que puede identificar al cliente.
—¿Debemos utilizarlo como cebo?
—No. Debemos sacarlo sin que quienes lo vigilan sepan que lo hemos hecho.
—¿Cómo?
Melibea miró hacia el piso superior, donde la música había comenzado de nuevo.
—El Arenal tiene más puertas que las que aparecen en las fachadas.
Abrió el cuarto del fondo.
—Ahora túmbate. Al amanecer hablaremos.
Hernán entró.
El cuarto era pequeño, con una tarima de madera, una manta doblada y una jarra de agua. No tenía ventana. La única ventilación procedía de una abertura alta cubierta por una celosía.
Melibea dejó el candil en el suelo.
—Una cosa más —dijo Hernán.
Ella esperó.
—¿Cuál era el segundo nombre que pronunció su marido?
—Cuando sepa qué guardas en el mapa.
Cerró la puerta sin echar la llave.
Hernán se sentó en la tarima.
El brazo latía bajo la venda. El hombro se endurecía y el tobillo parecía crecer dentro del vendaje. Sacó del forro el papel de los cinco ángulos y lo extendió sobre la rodilla.
Pensó en Pedro de Llanos.
En Treviño.
En Juan de la Cruz.
En Lucio tendido bajo la puerta.
Cinco hombres unidos por una ruta que no debía existir.
En la estancia contigua, Melibea habló en voz baja con Cata. Hernán no distinguió las palabras. Después oyó abrirse y cerrarse varias puertas, pasos en la escalera y risas de clientes que abandonaban la casa sin sospechar lo que se ocultaba a pocos metros.
Se tumbó.
No logró cerrar los ojos.
El dibujo permanecía entre sus dedos. Cinco ángulos que Llanos había relacionado con estrellas y que quizá señalaban una posición en la costa de Tierra Firme.
La Espera no estaba en ningún mapa.
Pero alguien había encontrado la forma de guardar el camino.
Hernán dobló el papel y lo ocultó bajo la camisa.
Arriba, una mujer comenzó a cantar una copla lenta. La voz descendió a través de las tablas y se mezcló con el rumor del río.
Durante unos minutos, el cansancio venció al dolor.
Entonces sonaron tres golpes en la puerta del cuarto.
Melibea entró sin esperar respuesta.
Llevaba una hoja doblada.
—Uno de los hombres que vigilaba la casa acaba de marcharse —dijo—. Ha dejado esto con una de las muchachas.
Hernán tomó el papel.
No tenía firma, solo una frase:
Entregad la carta antes del amanecer y el muchacho recibirá sepultura cristiana.
Las letras estaban trazadas con una mano artificialmente torpe.
—Saben que la conservo —dijo Hernán.
—Y saben qué cadáver utilizar para obligarte.
La tinta aún estaba fresca.
Melibea contempló la nota.
—Ahora ya no puedes seguir diciendo que esto solo te concierne a ti.
Hernán dobló el papel.
—Al amanecer le contaré todo.
—No.
Melibea acercó el candil.
—Me lo contarás ahora.