Capítulo 6 La puerta del Arenal #2
—¿Por qué entraron con una orden contra ti antes de encontrar el cadáver? —preguntó cuando terminó.
—Porque sabían lo que iban a encontrar.
—Eso indica que quienes mataron al muchacho y quienes emitieron la orden son los mismos hombres.
—O que unos trabajan para los otros.
—¿Firmaba Ocampo?
—No me dejaron ver el pliego.
—Pero utilizaste su nombre y dudaron.
Hernán la miró.
—Lo oyó.
—Las paredes de esta casa escuchan mejor que muchos confesores.
Melibea se sirvió un poco de aguardiente y bebió.
—Esos hombres no regresarán esta noche —dijo—. No después de que pronunciara el nombre de Ocampo. Pero vigilarán las entradas.
—Debo marcharme.
—No puedes cruzar el patio sin apoyarte en alguien.
—No quiero ponerlas en peligro.
—Ya lo has hecho al caer desde mi tapia.
Cata se sentó frente a él.
—¿Por qué te ayudó el inquisidor?
—No me ayudó.
—Entonces, ¿por qué lo temen los hombres que te persiguen?
Hernán guardó silencio.
Melibea colocó el cuenco sobre la mesa.
—Ahí está la parte que no quieres contar.
—No sé quiénes son ustedes.
—Has entrado en mi casa huyendo de hombres disfrazados de familiares, has permitido que mi hija esconda tus papeles y has dejado que te cure. Es tarde para la reserva.
—No entregué el tubo voluntariamente.
—Tampoco te arrojé a la calle.
Hernán observó la cocina.
La estancia era demasiado amplia para pertenecer a una vivienda ordinaria. Junto al corredor había varias puertas. Desde el piso superior llegaban risas apagadas y el sonido de una vihuela. El olor a perfume intentaba imponerse al de las hierbas y la comida.
Comprendió dónde estaba.
—Es una casa de mancebía.
Melibea no mostró ofensa.
—Una casa de mujeres. Los hombres vienen por distintos motivos y pagan por todos.
—¿También por información?
—Sobre todo por información. Después del vino, los hombres hablan para demostrar lo importantes que son. Los marineros cuentan qué cargan, los escribanos a quién han visto entrar en un despacho y los funcionarios qué firma están dispuestos a vender.
—¿Y usted recuerda todo?
—Lo que merece ser recordado.
Hernán volvió a mirar el tubo.
Quizá aquella casa fuera el lugar más seguro del Arenal.
También podía ser el sitio donde la información llegaba más deprisa a quien pagara por ella.
—No puedo confiar en nadie.
—Eso no es prudencia. Es una excusa para decidir solo.
—Mi aprendiz ha muerto porque lo impliqué.
—Tu aprendiz ha muerto porque alguien decidió matarlo.
—Lo dejé solo.
—¿Y habría vivido si hubieras estado a su lado?
Hernán no respondió.
Melibea se inclinó hacia él.
—La culpa es una forma elegante de soberbia. Te permite creer que todo dependía de ti.
Las palabras lo hirieron.
—No sabe nada de Lucio.
—Sé lo suficiente sobre muertos.
Cata miró a su madre. La dureza de Melibea se quebró apenas, no en el rostro, sino en los dedos que rodeaban el cuenco.
Hernán lo advirtió.
—¿A quién perdió?
Melibea dejó el aguardiente.
—A mi marido.
La música del piso superior se detuvo. Durante unos segundos solo se oyó el murmullo de la calle.
—Se llamaba Íñigo Grijalva —continuó—. Trabajaba con las cuentas de la Casa de la Contratación.
Hace cinco años encontró partidas que no encajaban: cargamentos que salían de los depósitos reales y no llegaban a los puertos consignados, pagos a tripulantes que no figuraban en ninguna lista, naves que demoraban su regreso sin declarar avería.
—¿Lo denunció?
—Intentó hacerlo.
—¿Qué le ocurrió?
Melibea miró a Cata.
La joven había bajado los ojos.
—Lo encontraron en el río —dijo la mujer—. Dijeron que se había arrojado desde un embarcadero con una piedra atada al cuello.
Hernán tardó en comprender la obscenidad de la versión oficial.
—Nadie se ata una piedra para suicidarse y después se arroja al agua.
—Los funcionarios que cerraron el expediente no parecieron interesados en esa dificultad.
—¿Ocampo investigó?
—Ocampo todavía no ocupaba el puesto que ocupa ahora. El asunto pasó por otras manos.
—¿Conserva las cuentas?
Melibea no respondió.
Hernán comprendió que había llegado al límite de lo que estaba dispuesta a revelar.
—¿Qué tiene esto que ver conmigo?
—Antes de morir, Íñigo mencionó dos nombres. Uno era Santa María del Mar.
El corazón de Hernán dio un golpe.
—¿Y el otro?
—Todavía no.
—Mi aprendiz ha muerto por esa ruta.
—Mi marido también.
—Entonces necesito saberlo.
—Necesitas demostrar que no eres uno de los hombres que vinieron a terminar el trabajo de Íñigo.
Hernán señaló su brazo vendado.
—¿Cree que me dispararon para hacer más convincente el engaño?
—He conocido hombres capaces de cortarse un dedo para evitar la horca.
—No soy uno de ellos.
—Eso tendrás que demostrarlo.
Cata se levantó.
—Madre, si fuera uno de ellos, habría dejado que los familiares entraran. No habría saltado la tapia con sus papeles.
—Los hombres desesperados hacen cosas extrañas.
—También los inocentes.
Melibea miró a su hija.
—Sube y avisa a las demás de que nadie sale por el patio hasta la mañana. Que los clientes abandonen la casa por la puerta principal y de uno en uno. Si preguntan por el ruido, cayó una tinaja.
—Han visto las sábanas.
—Entonces cayó una tinaja sobre las sábanas.
Cata tomó el candil.
Antes de marcharse, dirigió a Hernán una mirada breve.
—Lucio escondió bien el dibujo.
Él se tensó.
—¿Qué dibujo?
La joven señaló su jubón.
—Cuando te ayudé, vi el papel bajo el forro. Cinco ángulos. No lo saqué.
Melibea se volvió hacia Hernán.
—¿Cinco ángulos?
Cata sonrió sin alegría.
—No soy la única curiosa de la familia.
Subió las escaleras.
Hernán introdujo una mano bajo el jubón y comprobó que la copia continuaba allí.
—Su hija ve demasiado.
—Por eso sigue viva.
—Ese dibujo no significa nada todavía.
—Pero está relacionado con el tubo.
Hernán guardó silencio.
Melibea se levantó y fue hasta la puerta que daba al patio. Miró por una rendija.
—Hay dos hombres en el callejón. Uno junto al pozo y otro frente a la tapia.