Capítulo 6 La puerta del Arenal
—
M ételo dentro.
La joven de las manos enharinadas miró a la mujer del moño y después a Hernán, tendido entre las sábanas que había derribado al caer.
—Madre, lo están buscando.
—También buscan a media Sevilla. Haz lo que te digo.
La muchacha obedeció.
Se acercó a Hernán y le pasó un brazo por la espalda. Era más fuerte de lo que sugería su cuerpo delgado. Él intentó ayudarla apoyando la pierna derecha, pero el tobillo izquierdo cedió en cuanto rozó las losas.
—Puedo caminar —dijo.
—Pues disimulas muy bien —respondió ella.
Al otro lado de la tapia se oyeron voces.
—¡Registrad los patios!
—¡No puede haber llegado lejos!
La mujer del moño levantó la vista hacia el muro. Su expresión no cambió.
—Cata, date prisa.
Entre los dos lograron poner a Hernán en pie. El patio se inclinó bajo sus botas. Temió perder el conocimiento, pero la muchacha ajustó el brazo alrededor de su cintura y lo arrastró hacia la casa.
—El paquete —dijo Hernán.
El tubo de cuero había quedado entre las sábanas caídas.
La mujer lo recogió.
Lo sopesó antes de entrar.
—¿Esto es lo que quieren?
—No lo abra.
Ella alzó una ceja.
—En mi casa decido yo qué se abre.
Los golpes sonaron en la puerta de la calle.
Tres impactos rápidos.
Cata se detuvo.
—Ya están aquí.
La mujer le entregó el tubo.
—Llévalo a la despensa. Detrás de los sacos de harina hay una tabla suelta. Escóndelo y vuelve.
—¿Y él?
—Conmigo.
La muchacha corrió hacia el interior.
La mujer sujetó a Hernán por el brazo sano y lo condujo a través de una cocina amplia.
De las vigas colgaban manojos de romero, salvia y otras plantas que él no reconoció.
Había una olla sobre las brasas, una mesa larga y varias jarras alineadas junto a la pared.
Un gato negro dormitaba sobre un banco como si los gritos de la calle no fueran asunto suyo.
La mujer abrió una puerta baja.
Detrás había un cuarto estrecho, sin ventanas, ocupado por cajas de vino, cestos y un tonel vacío.
—Dentro.
—No puedo quedarme encerrado.
—Entonces sal y explica a esos hombres por qué tienes sangre en la ropa.
Hernán oyó otro golpe en la entrada.
—¡Abrid en nombre del Santo Oficio!
La mujer lo empujó.
—Dentro.
Hernán atravesó el umbral y se apoyó contra la pared. El aire olía a madera húmeda y vino derramado.
—No cierre con llave.
—No tengo intención de encerrarte.
—¿Por qué me ayuda?
Ella mantuvo una mano en la puerta.
—Todavía no he decidido si lo estoy haciendo.
Cerró.
Hernán quedó a oscuras.
A través de la madera escuchó a la mujer cruzar la cocina. Después, el golpe del cerrojo de la calle al descorrerse.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella.
Su voz había cambiado. Sonaba irritada, no asustada.
—Buscamos a un hombre —respondió alguien—. Ha entrado en estos patios.
—En mis patios entra mucha gente. Es la base de mi negocio.
—Un hombre de unos cincuenta años. Herido. Sin capa.
—También recibo hombres heridos. A veces sus esposas tienen mal carácter.
Una segunda voz intervino.
—Apartaos.
—No entráis.
—Tenemos autoridad del Santo Oficio.
—Entonces mostradla.
Hubo un silencio.
Hernán contuvo la respiración.
—¿Te atreves a exigirnos la orden?
—Me atrevo a impedir que cuatro hombres armados irrumpan en una casa donde viven mujeres. Enseñadme el mandato o id a buscar a vuestro asesino a otra parte.
El primer hombre habló con menor seguridad.
—Hernán Giráldez ha matado a su ayudante y ha prendido fuego a su taller.
—Eso será terrible para Hernán Giráldez.
—Lo han visto correr hacia el Arenal.
—Toda Sevilla corre hacia el Arenal cuando necesita esconder un pecado.
Hernán apoyó la frente contra la madera.
Los hombres que habían entrado en su taller no tenían una orden legítima. De haberla poseído, la habrían mostrado sin vacilar. Melibea —aunque todavía no conocía su nombre— los había obligado a revelar la debilidad.
—Registraremos la casa —dijo el segundo.
—Probad.
Se oyó el roce de una espada.
Después, varios movimientos en el interior. Puertas que se abrían, pasos femeninos, una silla arrastrada. Alguien se echó a reír en el piso superior.
La mujer alzó la voz:
—¡Muchachas! Hay cuatro caballeros del Santo Oficio que quieren subir sin pagar.
Una respuesta llegó desde arriba:
—¡Que paguen por adelantado!
Otras risas acompañaron la frase.
—Esto no es una broma —protestó el hombre.
—Tampoco lo es mi casa. Si subís sin orden, mañana sabrán en cada taberna del Arenal que unos falsos familiares registran mujeres mientras duermen. Y pasado mañana lo sabrá el propio Ocampo.
La mención del inquisidor produjo el efecto de un disparo.
Nadie respondió de inmediato.
—¿Conoces a fray Leodán? —preguntó la primera voz.
—Conozco a quien conviene conocer.
Era una mentira, o quizá no.
Hernán empezaba a comprender que aquella mujer utilizaba la incertidumbre como otros utilizaban un cuchillo.
—No hemos dicho que seamos falsos —replicó el hombre.
—Tampoco me habéis enseñado una orden.
Los pasos retrocedieron hacia la calle.
—Si el fugitivo aparece por aquí, avisa al tribunal.
—Naturalmente.
—Es peligroso.
—Todos los hombres lo sois cuando os juntáis más de tres.
La puerta se cerró.
El cerrojo volvió a su lugar.
Hernán esperó.
No oyó a los perseguidores alejarse inmediatamente. Permanecieron unos momentos frente a la casa, hablando en voz baja. Después sus pasos se perdieron calle abajo.
La puerta del escondite se abrió.
La mujer sostenía un candil.
—Sal.
Hernán dio un paso y tuvo que agarrarse al marco. El antebrazo izquierdo ardía y la sangre había empapado la manga hasta la muñeca. El hombro derecho comenzaba a endurecerse por el golpe de la caída.
—Siéntate antes de desplomarte sobre mis botellas.
Lo condujo hasta la cocina.
Cata había regresado. Permanecía junto a la mesa con el tubo de cuero en las manos.
—Lo escondí —dijo.
Su madre miró el objeto.
—No parece escondido.
—Lo saqué cuando se fueron.
—¿Por qué?
—Porque quería saber qué pesa tanto.
—La curiosidad deja más huérfanos que la peste.
Cata depositó el tubo sobre la mesa.
—Eso lo dices porque eres curiosa.
—Yo puedo permitírmelo.
La joven abrió la boca para responder, pero la otra mujer señaló la alacena.
—Agua hervida. Lino limpio. Y trae la jarra pequeña.
Cata se marchó murmurando.
La mujer se volvió hacia Hernán.
—El brazo.
Él apoyó el antebrazo sobre la mesa.
Ella cortó la manga con unas tijeras y dejó al descubierto la herida. El virote había abierto un surco desde debajo del codo hasta la mitad del antebrazo. No parecía profundo, pero los bordes estaban separados y la sangre continuaba manando.
La mujer examinó el corte sin tocarlo.
—Te ha rozado una saeta.
—Un virote.
—Para tu brazo, la diferencia es escasa.
—No alcanzó el hueso.
—Eres cartógrafo, no cirujano.
Hernán levantó la cabeza.
—¿Cómo sabe quién soy?
—La calle de la Mar no está en otro reino.
—No todos reconocen a un hombre que dibuja mapas.
—No todos tienen motivos para conocer a los hombres de la Casa de la Contratación.
Cata regresó con un cuenco humeante, una cesta de paños y una jarra de barro.
La mujer se lavó las manos.
—Sujétale el hombro.
—Puedo permanecer quieto —protestó Hernán.
—Todos decís lo mismo antes de gritar.
Cata se colocó detrás de él y apoyó las manos sobre sus hombros. Hernán notó que el derecho le dolía al contacto, pero no se apartó.
La mujer vertió aguardiente sobre la herida.
El dolor fue blanco.
Hernán apretó los dientes, pero un gemido escapó de su garganta. Cata aumentó la presión cuando intentó retirar el brazo.
—Quieto —ordenó la mujer.
—Eso no cura.
—Evita que la suciedad de los tejados se quede dentro.
Lavó la herida con agua hervida y retiró pequeños fragmentos de hilo y polvo. No introdujo agujas ni hizo promesas. Cuando la sangre disminuyó, acercó los bordes con tiras de lino adhesivo y envolvió el antebrazo con una venda limpia.
—Mueve los dedos.
Hernán obedeció.
Podía cerrar la mano.
—No parece afectado el tendón —dijo ella—. Cambiaremos la venda cuando vuelva a sangrar. Si mañana el brazo está caliente, hinchado o huele mal, necesitaremos a un cirujano.
—No puedo acudir a uno.
—Entonces procura no pudrirte.
Examinó después el hombro. Le hizo levantar y girar el brazo derecho hasta que Hernán protestó.
—Magullado, no roto.
Se agachó ante el tobillo.
—Esto sí se hinchará.
—Puedo caminar.
—Puedes cojear. No es lo mismo.
Cata acercó otra banqueta y colocó el pie de Hernán encima. Su madre lo envolvió con una tira de tela, ajustándola lo suficiente para limitar el movimiento.
—¿Tiene nombre? —preguntó Cata.
—Hernán Giráldez —respondió él.
—Eso ya lo sabemos.
—Cata —advirtió su madre.
La muchacha cruzó los brazos.
Tenía alrededor de veinte años. Su piel oscura y sus facciones no se parecían a las de la mujer que acababa de curarlo, salvo en la forma de mirar: las dos observaban como si cada silencio contuviera información.
—Yo soy Cata Grijalva —dijo—. Ella es Melibea, mi madre.
La mujer terminó el vendaje.
—No acostumbres a presentar a la familia ante hombres buscados por asesinato.
—Ya sabe dónde vivimos.
Melibea se incorporó.
—Y todavía no sabemos si saldrá de aquí.
Hernán miró hacia el tubo.
—Necesito recuperar eso.
Cata colocó una mano encima.
—Primero debes explicarnos por qué cuatro hombres armados lo buscan.
—Dicen que maté a mi aprendiz.
—¿Lo hiciste? —preguntó Melibea.
—No.
—Todos los asesinos responden lo mismo.
—Lucio estaba muerto cuando regresé.
Pronunciar el nombre produjo un dolor más hondo que el del brazo.
Melibea lo advirtió.
—¿Lucio?
—Lucio Ferrol. Mi aprendiz.
—Los hombres de fuera lo llamaron ayudante.
—Porque no les importaba quién era.
Cata retiró la mano del tubo.
—¿Cuántos años tenía?
—Diecisiete.
La joven bajó los ojos.
Melibea permaneció impasible.
—Cuéntame lo que ocurrió.
Hernán relató solo lo indispensable.
El regreso del archivo.
La puerta abierta.
Lucio tendido en el suelo.
El taller registrado.
El cuchillo colocado como prueba.
Los supuestos familiares entrando con una acusación preparada.
No habló de La Espera, de Juan de la Cruz ni del contenido del tubo.
Melibea lo escuchó sin interrumpir.