El mapa del guarda Capítulo 5 La sangre en la madera #2
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Capítulo 5 La sangre en la madera #2

El patio interior quedaba tres varas más abajo. Un cobertizo de tejas se adosaba a la pared de la casa contigua. Hernán había pasado por allí al salir hacia el archivo, pero trepar con calma no era lo mismo que saltar perseguido.

Se encaramó al alféizar.

Los hombres entraron en el taller.

El de la barba lo señaló.

—¡Vivo!

Uno de los alguaciles levantó una ballesta corta.

Hernán saltó.

El virote golpeó la pared y se astilló junto a su cabeza.

Cayó sobre el cobertizo.

Las tejas se rompieron bajo el peso. El hombro derecho recibió el impacto y un dolor seco le atravesó el brazo. Rodó hacia el borde, logró agarrarse a una viga y quedó colgando sobre el patio.

Arriba apareció el rostro de un alguacil.

—¡Está en el tejado!

Hernán se impulsó, alcanzó la cornisa y trepó hasta la azotea vecina.

Las campanas de alarma comenzaron a sonar.

Al principio pensó que avisaban de su fuga. Después vio la luz reflejada en las chimeneas.

El taller ardía.

El fuego había alcanzado la mesa y subía por los estantes. Una llamarada salió por la ventana que acababa de abandonar. El humo negro envolvió a los hombres del Santo Oficio y los obligó a retroceder.

—¡Rodead la manzana!

Hernán corrió.

Las tejas se movían bajo sus botas. Saltó un pequeño muro, atravesó una azotea donde una familia cenaba al aire libre y derribó una jaula de gallinas. Alguien gritó detrás de él.

No miró.

El tubo de cuero golpeaba contra su espalda a cada zancada.

Llegó al borde de la siguiente casa. El espacio hasta el tejado contiguo era mayor de lo que había calculado. Retrocedió dos pasos y tomó impulso.

Saltó.

La punta de la bota alcanzó la cornisa, pero el tobillo izquierdo se dobló al recibir el peso. Hernán cayó de rodillas y se golpeó las palmas contra las tejas.

Un virote silbó por encima de su cabeza.

El segundo le rozó el antebrazo izquierdo.

Sintió un golpe ardiente, seguido por un calor húmedo que empezó a extenderse bajo la manga.

Se levantó.

El brazo podía moverse. El virote no se había clavado, pero había abierto la piel desde el codo hasta la mitad del antebrazo.

—¡Le he dado! —gritó alguien.

Hernán corrió hacia una escalera exterior. Bajó tres peldaños y saltó a un balcón. Una mujer chilló al verlo aparecer entre las sábanas tendidas. Él se agarró a la barandilla, pasó al balcón vecino y dejó caer el peso sobre un toldo.

La lona se rasgó.

Cayó entre cajas de fruta en un callejón.

El golpe le vació los pulmones. Durante unos segundos no pudo respirar. Se obligó a levantarse mientras escuchaba las voces acercándose desde los tejados.

El callejón desembocaba en el Arenal.

Allí la noche seguía su curso.

Las tabernas estaban llenas, los músicos tocaban junto a las puertas y los cargadores bebían sentados sobre barriles. Hernán se mezcló con la multitud, ocultando el brazo herido bajo la capa.

No podía correr.

Un hombre que corría atraía las miradas.

Avanzó con paso rápido, pero sin precipitación, imitando el andar irregular de los borrachos que lo rodeaban. El tobillo le dolía y la sangre descendía hasta la mano izquierda.

Detrás, las campanas continuaban sonando.

Los gritos se extendieron de calle en calle:

—¡Fuego en la calle de la Mar!

—¡Agua!

—¡Traed cubos!

Hernán se volvió una sola vez.

Las llamas sobresalían por encima de los tejados. Su taller, sus instrumentos y sus mapas ardían bajo el cielo de Sevilla.

Lucio continuaba dentro.

Pensó en regresar.

La idea no fue racional. Su cuerpo llegó a girarse hacia el incendio antes de que comprendiera que ya no podía salvar nada. Si volvía, lo arrestarían junto al cadáver y la carta falsa desaparecería.

La voz de Zamora regresó a su memoria:

No lo utilices como si fuera desechable.

Hernán había creído proteger a Lucio al dejarlo en el taller.

En realidad, lo había dejado solo en el primer lugar donde irían a buscar la carta.

—Perdóname —dijo de nuevo.

Un grupo de hombres vestidos de negro apareció al comienzo de la calle.

No llevaban antorchas. Avanzaban separándose para vigilar las salidas.

Hernán siguió caminando.

Conocía el Arenal, pero no lo suficiente. Durante veinte años había vivido a pocas calles de aquellas tabernas sin penetrar en sus patios, pasadizos y casas de juego. Sabía trazar la costa de Tierra Firme con más precisión que los callejones situados detrás de su propio taller.

Necesitaba un lugar donde desaparecer.

Al pasar frente a una casa de dos plantas, oyó voces femeninas, música de cuerda y risas demasiado cuidadas. Dos hombres aguardaban junto a la puerta. No eran guardias, sino criados encargados de comprobar que los clientes pagaran antes de causar problemas.

Una casa de mujeres.

Hernán continuó de largo.

Los hombres de negro entraron en la calle.

Uno señaló hacia la multitud.

—¡Cerrad las salidas!

Hernán dobló la primera esquina.

El callejón terminaba en un muro.

A su izquierda encontró una puerta cerrada. A la derecha, una tapia baja separaba la calle de varios patios interiores.

Escuchó pasos detrás.

Subió a un barril, apoyó la pierna derecha en el muro y trató de impulsarse. El tobillo izquierdo no respondió. Resbaló y estuvo a punto de caer.

Los perseguidores doblaron la esquina.

—¡Ahí!

Hernán volvió a intentarlo.

Esta vez alcanzó la parte superior de la tapia. Una mano se cerró sobre el borde de su capa.

El tejido lo ahogó contra el cuello.

Se desprendió del broche y dejó la prenda en manos del perseguidor. Después pasó una pierna sobre el muro.

Una espada golpeó la piedra junto a su muslo.

Hernán se dejó caer al otro lado.

No había suelo donde esperaba.

Cayó desde una altura mayor de dos varas hacia un patio lleno de ropa tendida. Atravesó dos cuerdas, arrastró sábanas y camisas y golpeó las losas con el hombro derecho.

El brazo herido quedó atrapado bajo el cuerpo.

El dolor le arrancó un gemido.

Al levantar la cabeza vio una puerta abierta y, en ella, una muchacha de piel oscura con las manos cubiertas de harina.

La joven abrió la boca para gritar.

Hernán intentó levantarse.

El tobillo cedió.

A través del muro llegaron las voces de sus perseguidores.

—¡Ha saltado al otro lado!

La muchacha retrocedió.

—¡Madre! —gritó—. ¡Hay un hombre en el patio!

Hernán apretó la mano derecha contra la herida del antebrazo. La sangre le corría entre los dedos.

Detrás de la joven apareció otra mujer.

Tenía el cabello castaño rojizo recogido en un moño severo, un vestido oscuro y una mirada que no se sorprendía con facilidad.

Observó al hombre ensangrentado, las sábanas derribadas y las sombras que se movían al otro lado de la tapia.

—Mételo dentro —ordenó.