Capítulo 5 La sangre en la madera
La puerta del taller estaba entreabierta.
Hernán se detuvo en mitad de la calle.
N o había dejado ninguna luz encendida, pero un resplandor débil escapaba por la rendija y dibujaba una línea amarillenta sobre el empedrado.
A aquella hora, Lucio debía haber echado la barra y cubierto las ventanas.
El muchacho podía olvidar un encargo, una comida o incluso el nombre de un cliente, pero nunca dejaba la puerta sin cerrar desde que habían descubierto al hombre del jubón pardo.
Hernán miró hacia ambos extremos de la calle.
No vio a nadie detenido frente a las casas. Un carro cargado de toneles avanzaba hacia el río; dos marineros discutían junto a una taberna; una mujer vaciaba un cubo desde una ventana. Todo parecía normal.
Demasiado normal.
Metió la mano bajo la capa y palpó el paquete envuelto en paño encerado. La carta falsa seguía allí, junto con las copias del diario del San Telmo y la declaración de Pedro de Llanos.
No llamó a Lucio.
Empujó la puerta con dos dedos.
La madera avanzó un palmo y chocó contra algo blando.
Hernán dejó de respirar.
Volvió a empujar, esta vez apoyando el hombro. El obstáculo se deslizó sobre las tablas con un roce pesado. Una mano apareció en el hueco, la palma hacia arriba, los dedos ligeramente encogidos.
Tenía manchas de tinta en las uñas.
—Lucio.
La palabra salió sin fuerza.
Hernán se introdujo de lado y cerró la puerta tras él.
El muchacho yacía boca arriba en el recibidor.
La cabeza estaba vuelta hacia la escalera, como si hubiese intentado mirar al piso superior en el último instante.
Un corte profundo le atravesaba la garganta.
La sangre había empapado la camisa, el jubón y las tablas del suelo, formando una mancha oscura que llegaba hasta el primer peldaño.
No había arma junto al cuerpo.
Hernán dejó caer el paquete.
Se arrodilló.
La sangre aún conservaba algo de calor.
Apoyó dos dedos bajo la mandíbula del muchacho, aunque sabía que no encontraría pulso. Después acercó la mano a su boca. Tampoco había aliento.
Los ojos de Lucio permanecían abiertos.
Hernán se los cerró con el pulgar.
—Perdóname.
No sabía si pedía perdón por haberlo dejado solo, por haberlo llevado al archivo o por haber reconocido demasiado tarde que el muchacho tenía razón desde el principio.
Aquella mañana, Lucio discutía sobre sellos, rutas y pilotos comprados. Horas después era un cuerpo tendido en el suelo.
Hernán miró sus manos.
Los nudillos de la derecha estaban abiertos y cubiertos de sangre ajena. Había luchado. Una uña se había partido casi hasta la carne. En el dorso del antebrazo tenía un hematoma y la manga desgarrada.
La mano izquierda estaba cerrada.
Hernán intentó abrirle los dedos, pero el rigor comenzaba a endurecerlos. Tuvo que separarlos uno por uno.
Dentro no había una señal del asesino ni un objeto arrancado durante la lucha.
Había un pequeño botón de hueso.
Hernán lo reconoció.
Pertenecía al interior del jubón de Lucio, al lugar donde habían ocultado la copia de los cinco ángulos. El muchacho había arrancado el botón antes de morir.
No era una pista.
Era una instrucción.
Hernán deslizó los dedos bajo el forro. Encontró una abertura estrecha y extrajo el papel doblado. Los cinco ángulos trazados en el diario del San Telmo seguían allí.
Los asesinos habían registrado al muchacho, pero no lo habían encontrado.
—Bien hecho —murmuró.
Guardó el papel junto a las copias que llevaba bajo la capa.
Solo entonces percibió el olor.
Humo.
No procedía del hogar. Llegaba de la planta superior y llevaba mezclado el olor acre de la tinta quemada, la cola caliente y la vitela chamuscada.
Hernán recogió el paquete y subió.
El taller había sido destruido.
Los estantes estaban volcados. Los tubos de cuero habían sido abiertos y arrojados al suelo.
Las cajas de pigmentos se mezclaban con cristales rotos y herramientas pisoteadas.
Los compases aparecían doblados o partidos, como si los hombres que habían entrado no se hubieran conformado con buscar documentos.
Habían querido destruir el oficio.
El arcón permanecía abierto. La cerradura colgaba arrancada y la tapa mostraba dos marcas de hacha.
Dentro no quedaba nada.
Los portulanos antiguos, los encargos de los pilotos, los cuadernos de trabajo y las cartas privadas habían desaparecido o ardían en un montón situado junto a la mesa.
Alguien había utilizado aceite para prenderlos.
Las llamas aún eran pequeñas, contenidas entre el papel amontonado, pero comenzaban a extenderse hacia una pata de madera.
Hernán cogió una manta y la arrojó sobre el fuego.
El humo le llenó los ojos.
Pisó la tela hasta sofocar las llamas. Debajo, el papel continuó crepitando durante unos segundos. Cuando levantó un extremo, solo encontró fragmentos ennegrecidos.
Habían quemado veinte años de mapas.
No se habían llevado todo. Habían seleccionado lo que les interesaba y destruido el resto.
Hernán recorrió el taller con la mirada.
El cuadro de san Cristóbal yacía en el suelo con el marco roto. La tabla que ocultaba la cavidad de la pared había sido arrancada. Si la carta falsa hubiese permanecido allí, ahora estaría en manos de los asesinos.
Ocampo había tenido razón.
También la había tenido Zamora.
Y Lucio había pagado por ambas verdades.
Hernán se acercó a la mesa volcada.
En la madera había una mancha de sangre menor que la del recibidor. Lucio debía de haber sido atacado arriba. Había luchado, recibido algún golpe y tratado de llegar a la puerta antes de que le cortaran la garganta.
Junto a la pata de la mesa encontró uno de sus cuchillos de cartógrafo.
La hoja estaba cubierta de sangre.
Hernán lo reconoció por la empuñadura de madera de olivo y la pequeña muesca que utilizaba para apoyar el pulgar al raspar la vitela.
No era el arma que había matado a Lucio. La hoja era demasiado corta y estrecha para producir aquel corte.
Pero un alguacil que llegara con prisa no necesitaría distinguirlo.
El cuchillo pertenecía a Hernán.
La sangre estaba sobre su mesa.
El cadáver yacía en su casa.
Y él había regresado llevando documentos sustraídos del archivo.
La trampa no dependía de una sola prueba. Estaba construida para que cada explicación pareciera otra mentira.
Oyó un golpe en la puerta.
No el puño de un vecino.
Un golpe de madera contra madera.
Después otro.
—¡Abrid en nombre del Santo Oficio!
Hernán miró hacia la escalera.
La voz no era la de Ocampo.
Varias personas se movían al otro lado de la puerta. Escuchó órdenes, el roce de una espada al salir de la vaina y otro impacto contra la madera.
Habían llegado demasiado pronto.
Los hombres que mataron a Lucio no podían llevar fuera más de unos minutos. Quizá no se habían marchado por la puerta principal. Quizá continuaban cerca, esperando a que Hernán entrara para dar la señal.
—¡Maestro Hernán Giráldez! —gritó la misma voz—. ¡Por mandato del tribunal, abrid esta puerta!
Mandato del tribunal.
Ocampo había dicho que el registro tendría sellos, firmas y hombres armados. También había advertido que podía proceder de funcionarios comprados.
Hernán recogió el cuchillo ensangrentado con un paño y lo examinó.
No podía dejarlo allí.
Llevárselo tampoco lo favorecería.
Lo arrojó dentro del brasero y cubrió la hoja con las cenizas calientes.
La puerta de la calle crujió.
—¡Derribadla!
Hernán guardó bajo el jubón la copia de los ángulos, la declaración de Llanos y las páginas del diario. Después introdujo la carta falsa dentro del tubo de cuero y lo ató a la espalda bajo la capa.
Los golpes continuaban.
No podía huir sin despedirse de Lucio.
Bajó.
El muchacho seguía junto a la puerta, convertido en el obstáculo que impedía entrar a quienes venían a acusar a Hernán de haberlo matado.
Se arrodilló una última vez.
—No eras mi criado —dijo—. Ni un muchacho al que pudiera ordenar que se quedara atrás.
Le acomodó el cuello del jubón para cubrir la herida.
—Eras mi aprendiz.
La puerta se abrió con un estallido.
La barra saltó de sus soportes y cayó sobre el suelo. El cuerpo de Lucio se desplazó unos centímetros al recibir el golpe.
Hernán retrocedió hacia la escalera.
Cuatro hombres irrumpieron en el recibidor.
Dos vestían de negro y llevaban sobre el pecho la insignia de los familiares del Santo Oficio. Los otros eran alguaciles con rodelas y espadas cortas. El primero, un hombre grande de barba entrecana, sostenía un pliego doblado.
—¡Hernán Giráldez! —gritó—. Quedáis detenido por asesinato, sustracción de documentos y sospecha de falsificación de sellos reales.
No había mencionado herejía.
Las acusaciones estaban preparadas antes de entrar.
El alguacil vio el cadáver y después las manchas de sangre en las rodillas de Hernán.
—Dios bendito.
El hombre de la barba levantó el pliego.
—Arrodillaos y entregad las manos.
Hernán miró la insignia de su pecho.
El bordado era correcto, pero demasiado nuevo. No mostraba desgaste, polvo ni restos de cera. Podía tratarse de un familiar recién nombrado.
O de un hombre disfrazado.
—¿Quién firma la orden? —preguntó.
—El tribunal no da explicaciones a un asesino.
—Fray Leodán de Ocampo conoce esta investigación.
El nombre produjo una reacción.
No en el hombre de la barba, sino en el alguacil situado detrás de él. Sus ojos se desviaron fugazmente hacia el pliego.
Temían a Ocampo.
Eso significaba que la orden no procedía de él.
—Mostradme la firma —dijo Hernán.
—¡De rodillas!
El familiar desenvainó la espada.
Hernán empezó a subir de espaldas.
—Si el mandato es legítimo, enseñadlo.
—Detenedlo.
Los alguaciles avanzaron.
Hernán se volvió y corrió hacia el taller.
Escuchó las botas en la escalera.
La manta con que había sofocado el fuego se había desplazado. Una llama reaparecía entre los papeles y trepaba por la pata de la mesa.
Llegó a la ventana del patio.
La abrió de un golpe.
—¡No saltéis! —gritó uno de los hombres—. ¡No os haremos daño si cooperáis!
La promesa confirmó que pensaban hacer exactamente lo contrario.