Capítulo 4 El polvo del archivo #3
—El diario del San Telmo .
Lucio dejó de respirar.
Zamora no se movió.
—¿Por orden de quién?
El criado le entregó el pliego.
El archivero lo leyó junto al candil.
—Don Amadeo de Castro —dijo.
—Debo llevarlo esta noche.
—El documento requiere la firma del secretario mayor antes de salir del archivo.
—La orden del consejero debería bastar.
—No para mí.
El hombre sonrió sin humor.
—Os hacéis viejo, maese Zamora. Los hombres viejos suelen confundir la prudencia con la importancia.
—Y los jóvenes confunden una librea con autoridad.
El criado mantuvo la mirada.
—Volveré mañana con la firma.
—Mañana lo encontraréis si los ratones no se lo han comido.
El hombre dio media vuelta, pero antes de alejarse dirigió la lámpara hacia los estantes.
La luz pasó sobre la mesa donde habían trabajado.
El libro del San Telmo estaba cerrado, pero no colocado en su lugar. El de reparaciones descansaba a su lado.
El criado se detuvo.
—¿Qué hacíais con esos volúmenes?
Zamora ni siquiera miró la mesa.
—Mi trabajo.
—El San Telmo .
—Acabáis de pedirlo. No debería sorprenderos encontrarlo.
El hombre observó al archivero durante unos segundos.
Después continuó hacia la salida.
Sus pasos se perdieron.
Zamora esperó hasta oír cerrarse la puerta del corredor. Entonces sacó a Hernán y Lucio del escondite.
—Ahora sí hemos terminado.
Guardó el diario del San Telmo en una caja distinta de aquella donde había estado.
—Mañana se lo llevarán.
—Haz otra copia —dijo Hernán.
—No hay tiempo.
—De las páginas del 22 y 23.
Lucio ya había preparado la pluma.
Copiaron las entradas con rapidez. Zamora arrancó las hojas de un libro de borradores, las secó con arena y las dobló.
Una copia quedó oculta en la misma carpeta que la carta de Llanos.
La otra fue para Hernán.
—Si vienen con autorización, tendrás que entregar el diario —dijo.
—Entregaré un diario.
Hernán lo miró.
Zamora señaló otra caja.
—El Santa Isabel hizo la misma ruta aquel año. Los volúmenes tienen cubiertas idénticas. Un funcionario con prisa puede cometer errores.
—Eso te convertirá en cómplice.
—Ya lo soy desde que abrí la puerta.
El archivero los condujo hacia la salida por un corredor diferente. Antes de descorrer la barra, agarró a Hernán del brazo.
—No regreses.
—Necesitaré más documentos.
—Encuentra primero algo que justifique arriesgar otras vidas.
—Llanos dejó una posición codificada.
—Y un nombre: La Espera. Con eso basta para saber dónde conduce esta historia.
—No basta para demostrarla.
—La verdad no sirve de nada si todos los que la conocen están muertos.
Hernán pensó en Treviño, en Juan de la Cruz vigilado y en la advertencia de Ocampo.
—Haré lo posible.
—Eso es lo que dicen los hombres antes de hacer exactamente lo contrario.
Zamora abrió la puerta.
La calle estaba desierta.
—Salid separados. El muchacho primero.
Lucio ocultó la copia de los ángulos bajo el forro y se ajustó el jubón.
—Os devolveré la carta al llegar al taller —dijo a Hernán.
—La llevo yo.
Hernán tomó el paquete envuelto en paño.
Lucio pareció dispuesto a discutir, pero una mirada bastó para detenerlo.
—Ve por la plaza de San Francisco. No corras y no mires atrás.
—¿Y vos?
—Daré un rodeo por el Arenal.
El muchacho salió.
Zamora cerró la puerta casi por completo, dejando a Hernán en el umbral.
—Es listo —dijo.
—Demasiado.
—Entonces no lo utilices como si fuera desechable.
Hernán sintió la acusación.
—No lo hago.
—Lo has traído a un archivo de noche mientras media Casa busca el documento que lleváis encima.
—Él encontró la legua.
—Y tú eres el maestro. Compórtate como tal.
La puerta se cerró.
Hernán permaneció unos segundos en la calle, con la carta falsa bajo la capa y las palabras de Zamora siguiéndolo.
Caminó hacia el oeste.
No regresó directamente al taller.
Tomó dos callejones, cruzó la plaza y descendió hacia la puerta de Triana. Quería comprobar si los hombres que vigilaban a Juan de la Cruz seguían en la taberna. No se acercaría al copista. Solo observaría la calle y regresaría.
Al menos eso se dijo.
La taberna estaba abierta.
Dos hombres ocupaban una mesa próxima a la puerta. Uno llevaba jubón pardo y barba negra. El otro era más alto y mantenía la mano izquierda bajo la capa.
Hernán pasó de largo.
Al llegar a la esquina oyó una silla arrastrándose.
No se volvió.
Apresuró el paso, dobló hacia una calle de curtidores y se mezcló con un grupo de jornaleros que regresaba de descargar una barcaza. Permaneció con ellos hasta alcanzar el Arenal.
Solo entonces miró atrás.
Nadie parecía seguirlo.
La campana de la catedral dio las diez.
Lucio debía de haber llegado ya al taller.
Hernán cruzó las calles con el paquete apretado contra el pecho. Llevaba la carta falsa, las copias de las anotaciones del San Telmo y el nombre del puerto que no figuraba en ningún mapa.
La Espera.
Una cala oculta entre dos elevaciones de piedra.
Un lugar al que conducían barcos guía, órdenes selladas y cajas declaradas como herramientas.
Al fin, Hernán sabía qué escondía la legua falsa.
No sabía todavía cuánto estaba dispuesto a pagar por descubrirlo.
Al doblar la esquina de la calle de la Mar, vio que la puerta del taller estaba entreabierta.